- ¿Usted no cree, Padre, ni siquiera en eso que se llama “patriotismo”?
Creo demasiado en el patriotismo, ¡pero cuidado con la endemoniada palabra! Es buen momento para recordar que no todo patriotismo es una virtud. Muchas veces puede ser un vicio o una alharaca. Hay preguntas para hacer: “sí no amas al prójimo, al que ves, ¿cómo amarás a la patria, a la que no ves?” Por otra parte tenemos que reconocer que a veces a la patria no se la puede amar, sólo se la puede compadecer. Creo que es legítimo preguntarse: cuando Jesucristo lloraba sobre Jerusalén, ¿lloraba porque la amaba? Yo digo que no: no podía amar a esa gran porquería en que se había convertido un estado que estaba bajo la dirección del hipócrita Caifás, el payaso Herodes y el poder efectivo de una potencia extranjera.
Dulcinea representa todo lo que exigen la virtud de piedad y el amor filial para con los padres, la Patria, la Iglesia…
Cada uno de ellos, a su manera, nos ha dado, conservado y defendido la vida, la física o la espiritual… y la razón de vivir…
Es nuestro deber, lo exige el cuarto mandamiento, respetarlos, amarlos, asistirlos en sus necesidades… llorarlos cuando son ofendidos… y cuando incurren en faltas, argüirlos con veneración y amor…
En la introducción de su libro, el Padre expresada de este modo: “Dulcinea es la Hermosura, el Amor, la Fe, la Iglesia… en fin, el ideal caballeresco. El quijotismo…”
Y Luís Numuncurá, el “Cura loco”, hablando de su hermana Dulcinea, dice:
“Ella cumplió su misión. Hizo lo que Dios quería.
Lo que Dios le pidió a ella no lo puedes comprender tú… ni yo, ni nadie.
Dios no quería que se perdiera del todo el decoro de esta nación, y que esta nación existiera de balde.
Y nos llamó a los dos; nos llamó porque nosotros nos habíamos ofrecido; pero para qué, y en qué forma, ¡Cristo! éso no lo habíamos ni imaginado; que si no…
Ella fue como el llamador; atrajo a la mejor gente del país, no a vencer, sino a morir con limpieza. Era como la representación viva del Ideal, de la Belleza, de la Fe, que sé yo…”.
Y ya casi al final, cuando el enamorado Edmundo Florio extendió los dos brazos, ella, esquivando el abrazo, dando un gemido y retrocediendo, exhaló una especie de bramido sordo:
¡Mundo! —dijo con imperio—, tú lo has querido. Ahora verás qué soy yo, qué es lo que tú codicias, desdichado.
Con un movimiento brusco se despojó del hábito blanco que cayó a sus pies, y apareció una blusa y una falda de sarga negra. Con mano febril y violenta se arrancó la blusa y desgarró una camisa, y apareció el busto desnudo. Edmundo dio una exclamación de espanto.
El lugar del seno derecho estaba ocupado por una cicatriz horrorosa. El otro seno estaba cubierto por una caperuza rebosada de vendas y algodones. Ella la arrancó y apartó de sí con un gesto amplio y circular de la derecha; y apareció una llaga espantosa, un manchón irregular de carne viva, con puntos negros y vetas verdosas, y piltrafas de carne corrupta, colgando como guedejas; y un olor fétido, de carne muerta y agua colonia, se esparció en la habitación.
¡Maldición! —dijo Edmundo—. Aquellos hombres diabólicos…
¡Cáncer! —dijo ella—. ¿Estás contento? Un ultraje infinito, horroroso. El infierno desatado. Dios lo permitió, quizás por alguna falta mía. Yo era muy soberbia… lo soy todavía, quizás
¿Estás contento? —dijo con especie de furor, cubriéndose el pecho herido—
Tú decías que yo era la representación viviente de la patria: ésta es la patria.
Tú decías que yo era la encarnación de la belleza: ésta es la belleza carnal.
Ahora estás marcado como yo para siempre… leproso en el alma.
Pero, levántate: Jesucristo fue como un leproso.
Edmundo, por primera vez desde que era niño, estaba llorando; con el llanto total y desesperado del niño enfermo. Largos hilos de lágrimas corrían de entre sus manos entrecruzadas ante su rostro, con sollozos a manera de rugidos y palabras entrecortadas.
La mujer había revestido su hábito y estaba delante de él rígida, inmóvil, hierática, con la cabeza abajada y los brazos caídos, como una estatua de la fatalidad; mas en sus ojos brillaba el inmenso sentimiento de la maternidad.
Así pasó un tiempo interminable, un tiempo no medible en minutos, un espacio de vida humana de dos almas en comunión, conectados con la eternidad.
Cuando Dulcinea regresó al convento, Edmundo dijo al tape que lo interrogaba inmutado con los ojos: “¡No hay patria! Dulcinea Argentina no existe más, y era nuestra última esperanza. Sépaslo”.
El tape respondió lleno de fe: “¡Tupá Guazú Ñandeyara hai querer devolverla! El puede todo”.
Y entonces se alzó una voz que conocía demasiado, como la de un ángel, entera, jovial y aún risueña, con un dejo de lágrimas ahogadas, en las caídas. Y cantó así:
Por tí quiero vivir, Flor de las Flores,
Quiero siempre descir de tus loores