Y bueno, en estos tiempos de Guerra eterna, saquemos un bello cañón que hundirá en el futuro dorado de otra ideología a Némesis sangrienta (venganza). Esa perra asquerosa que podría naufragar en el abismo más profundo y oscuro del mar, atraída por todo ese peso que le añade su carácter celoso, sádico y envidioso...
(...) "Eso, y no más que eso, es la venganza misma: la repulsión de la voluntad contra el tiempo y su `fue`. Realmente alienta una gran locura en nuestra voluntad; y ha venido a ser maldición de todo lo humano el que esa locura haya aprendido a tener espíritu. El espíritu de la venganza: amigos míos, tal fue hasta el presente la mejor reflexión de los hombres; y dondequiera que hubo dolor, debió haber castigo. `Castigo`: así se llama a sí misma la venganza: con una palabra engañadora se finge una limpia conciencia. Y como en el que quiere hay sufrimiento, puesto que no cabe querer hacia atrás, ¡la voluntad misma y toda vida debían ser castigo! Y así se ha acumulado en el espíritu una nube tras otra, hasta que la locura proclamó: ` ¡todo pasa; por consiguiente, todo merece pasar!` `Y aquella ley que dice que el tiempo debe devorar a sus propios hijos, es la justicia misma`: así ha proclamado la locura. Ningún hecho puede ser destruido: ¡Como podría ser deshecho por el castigo! Y he aquí lo que hay de eterno en el castigo de la existencia: que la existencia debe ser una y otra vez, eternamente, acción y deuda" (...)
F. Nietzsche (Así habló Zaratustra - De la redención)
Cuando el hombre se libere de Némesis (venganza) será redimido, no hay otro camino. Pero es tan difícil hacer que las personas renuncien a su derecho de odiar, celar y envidiar. Al fin de cuentas... ¿Qué carajo retribuye el castigo? ¿Algo vuelve a ser como fue por el hecho de volver a empoderarse de la violencia y repetir eternamente sus funestos efectos? ¿Se recupera o se gana algo más allá del placer por la agresión y la destrucción? ¿Cómo se puede comparar y cambiar un hecho por otro?
La guerra real es una cuestión interna y personal, es contra nuestra propia pulsión de muerte y dolor, es contra vulgares, vergonzosos y arraigados sentimientos como los celos y la envidia, esos que siempre nos persiguen hablándonos al oído con su aliento putrefacto.
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