¿Qué hago con el poder que tengo?
Foto: Miguel Bruna en Unsplash.com
Por muchos años creí que no tenía poder. Entendía el poder como algo que ostentaban las personas que ejercen cargos políticos, quienes emplean a otras personas, quienes tienen el dinero suficiente para seducir a tomadores de decisiones de inclinarse por sus intereses.
Desde hace un tiempo vengo reconociendo que tengo poder y dependiendo de dónde estoy y qué está sucediendo en ese escenario tengo más o menos poder.
Hay formas de poder tan sutiles y cotidianas que es fácil ignorarlas. Cuando voy en bicicleta soy muy consciente del poder que los buses tienen sobre mí, pero reconozco que a veces paso por alto el poder que tengo sobre quien va a pie y sobre un perrito, por ejemplo.
Mi entrenamiento en el uso de las palabras es también un poder que a veces olvido. Poner en palabras mis emociones y mis ideas es fácil para mí. Muchas otras personas tienen dificultades para hacerlo y eso puede combinarse con una historia personal y familiar marcada por la idea de que no es bueno expresar sus ideas.
Desde agosto de 2021 hago parte de un grupo de agentes de cambio que transitamos en conjunto por un proceso de formación de una organización que se llama Acumen. Somos 25 personas, con muchas cosas en común, como el interés de contribuir al bienestar del mundo, y también con muchas diferencias, como el lugar de nacimiento, la edad, las creencias religiosas y políticas, las causas puntuales en las que trabajamos.
Durante el año de formación se nos invitó constantemente a revisar las dinámicas de comunicación, a preguntarnos cómo incluir en nuestras conversaciones a todas las voces. Al principio yo vi eso como algo muy obvio, me pareció que bastaba con que se hiciera una pregunta y se diera tiempo para que las personas la contestaran. Con el tiempo fui notando que al hacer eso, y nada más, lo que ocurría es que yo que tengo incontinencia verbal hablaba sin parar, daba mi punto de vista todo el tiempo. En el grupo había algunas personas que hablaban muy poco. Me parecía una decisión respetable, legítima e individual. Me equivocaba. No siempre era así.
A medida que fuimos construyendo confianza e incluso cariño, las cosas que nos separaban empezaron a ser menos importantes. Si alguien había estudiado en una universidad internacional y otra persona no, si alguien leía varios libros al año y otra persona no, si alguien podía contradecir al grupo entero y otra persona no. Todo eso fue siempre visible, pero empezó a ser menos relevante a la hora de confiar, de hablar, de abrazar y también de ‘empujar’ (invitar a alguien a ser más valiente y autocríticx). A medida que eso fue ocurriendo las voces que antes no se oían tanto empezaron a emerger.
Empezamos a escuchar las incomodidades, las preguntas, los dolores, las alegrías y los cuestionamientos de algunas personas que habían hablado muy poco. De repente se me hizo evidente que quería y debía ser más consciente del uso de mi palabra. Con tiempo limitado, mi afán por compartir mi posición tenía como consecuencia que otras personas se quedaban sin hablar. En los momentos en los que tuve la sabiduría de guardar silencio pude ver cómo se abría espacio para escuchar otras voces.
Hoy vi a un hombre en bicicleta, acompañado por quien parecía su hijo. Un niño de unos 6 años que iba a su lado en una bicicleta más pequeña. Se aproximaron a un cruce que tiene semáforo específico para ciclistas. En un breve instante en el que no pasaron carros, el adulto se abalanzó al cruce y le puso la mano en la espalda al niño para que pasara más rápido. Los carros y motos que aparecieron en la escena esperaron sin gritar ni pitar. Un par de minutos después el semáforo de bicicletas alumbró en verde y yo pude pasar. Pensé en la consciencia de ese niño, en el posible nacimiento de una noción de poder. Si a los 6 años vi que podía pasar el semáforo en el momento en el que no me corresponde, puede ser que crezca pensando que puedo hacerlo siempre, e incluso, que me merezco hacerlo, que nadie debería quejarse porque lo hago.
Yo a veces lo hago. Paso el semáforo en rojo porque voy en bicicleta. Paro un instante, si no veo ningún peatón paso. Cuando lo hago una voz mentirosa en mi mente me dice que una bicicleta no es peligrosa, que si veo abalanzarse a una niña, un perro, un peatón pararé rápido y nadie saldrá herido. Hoy pensé que no quiero volver a hacer eso. Pensé en los niños que me podían ver, pensé en la idea de derecho adquirido, y en ese poder que uso de manera corrupta (quebrando el sistema para mi bienestar individual sin considerar el bienestar general).
Dada la coyuntura política de mi país hoy pensé también en la ciudadanía que vota por el candidato que queda elegido. ¿Qué harán / haremos con ese poder? Si el candidato por el que yo voté gana, ¿será que aprovecharé para estigmatizar, humillar, despreciar al otro candidato, a las personas que votaron por él?, ¿será que usaré ese poder para entregárselo completamente al presidente y celebrarle todo lo que haga y diga? ¿será que construiremos uno y otro fulanismo que peleará visceralmente con un sutanismo?
Espero ser más sabia que eso, espero estar a la altura de las circunstancias que vive el país, espero ejercitar cada vez más el músculo de escuchar a quien piensa diferente, espero mantener activo mi sentido crítico, espero escuchar y leer a periodistas que investiguen la gestión del presidente, espero comprender que esas acciones cotidianas son las que más perduran en la construcción de una sociedad con mayor bienestar para cada persona, cada ecosistema, cada comunidad, cada territorio.
A quienes me quieren les agradezco que cuando me vean usando mi poder únicamente para mi beneficio, quitando espacio para el bienestar de otras y otros, tengan el valor de llamarme a un lado y recordarme con amor que tengo poder y que declaré mi intención de usarlo de otra manera.
¡Gracias!














