En resumen, en el análisis de las analogías entre los dos tribunales, no puede, ciertamente, olvidarse lo que fue una característica común: se trataba, en ambos casos, del ejercicio de una autoridad que demandaba ser obedecida sin discusión. El inquisidor demandaba al reo que aceptase su autoridad en materia de fe sin discutir; el confesor demandaba una delegación igualmente incondicional en el terreno de la moral.
Adriano Prosperi, “El inquisidor como confesor.”, en Studia Historica. Historia Moderna 13 (1995): 82.













