Ya estaba lista para salir, un ajustado vestido negro y zapatillas del mismo color modelaban el cuerpo de la princesa alemana. Terminaba de colocarse un poco de discreta joyería, cuando un mensaje de texto le indicaba que Michael estaba esperando fuera. Estaba castigada, y una mierda... Desde que había vuelto de Dinamarca, no había hecho nada más que escuchar reproches de parte de sus padres acerca de la mala fama que se había ganado en el país vecino, y de cómo tendría que mejorarla de alguna forma -muy posiblemente comprometiéndose con algún príncipe-. Ya llegaría, sí, pero de momento, su boytoy favorito estaba esperándola y no lo haría esperar más. La puerta de su habitación fue abierta y salió sin dedicar más que un ---Bis morgen, Dietrich--- (hasta mañana) al escolta que, sabía, estaba custodiándola, sus pasos certeros continuando por el pasillo, porque sí, esperaba que intentara detenerla, pero en eso tenía que quedarse: en un intento. Adalric no tenía lo mejor de su humor últimamente, de todas formas.