Realmente no recuerdo con claridad qué es lo que hice ese martes 19 de septiembre por la mañana, solo recuerdo que estaba en lo que aquel entonces era mi trabajo, un edificio residencial poco más de 30 pisos, el edificio era algo nuevo, tenía poco menos de 3 años desde que la firma de arquitectos lo inauguró. El edificio contaba con alrededor de 300 departamentos de distintos tamaños, en la planta baja se encontraban las amenidades, una alberca de tamaño mediano con vista a los jardines traseros, gimnasios, varios saunas y jacuzzis, una sala de cine con capacidad para 30 personas, una sala de juegos y una ludoteca para los más pequeños.
Alrededor de las 11 de la mañana se hizo un simulacro con todos los residentes y el personal que laboraba dentro del edificio, este simulacro en especial tenía varias causas, la principal por el sismo del 19 de septiembre de 1985 y los pasados sismos que hacía pocos días se habían presentado en distintas partes del país cercanas a la Ciudad de México. Fueron tan solo unos cuantos quienes se sumaron al simulacro, y siguieron las indicaciones para la evacuación del inmueble correctamente.
Tan solo un par de horas después, esto cambiaría.
Cerca de la una de la tarde y catorce minutos, mientras me encontraba en la sala de cine del residencial haciendo una llamada, mi interlocutor paró de hablar unos segundos, y ese pequeño silencio fue tan largo y confuso, que hasta la fecha, mientras escribo estas líneas sigo recordando el azoro que me transmitió cuando escuché sus palabras: “Está temblando”.
Los asientos reclinables de la pequeña sala de cine comenzaron a moverse violentamente hacia adelante y hacia atrás, el piso comenzó extrañamente a comportarse como si fuese un gran pedazo de goma que se estuviera curveando, las paredes crujían fuertemente. Corté la llamada y salí de la sala de cine, solo pensé en ir al pequeño salón dónde se encontraban varios niños y sacarlos. Al momento de abrir la puerta de aquella sala vi pasar por el pasillo a decenas de residentes, iban muy deprisa, todos lucían un rostro lleno de angustia, sus piernas parecían responder en automático; intenté acercarme a la Ludoteca, y pude notar que las puertas de cristal se abrían y cerraban violentamente; como pude abrí una hoja y rápidamente salieron los niños, algunas madres que se encontraban con sus hijos, y la ludotecaria, quién en sus brazos traía a una pequeña niña de unos 3 años de edad. Mientras todos evacuábamos el edificio, puedo recordar la sensación de un verdadero miedo en la sangre y en la piel, se sentía el pánico de todos, con cada paso dudabas si la construcción fuese a resistir, las paredes, el techo, los vidrios producían ruidos estridentes, como si decenas de árboles secos se partieran y cayeran al mismo tiempo.
Al salir del condominio, el sismo había terminado.
Se respiraba confusión y pánico, cientos de personas se esparcían por las calles, las aceras se llenaban, y otros tantos caminaban por las vialidades, la mayoría de los automóviles permanecieron estáticos ante la inminente catástrofe y los tumultos de gente. Casi inmediatamente las redes telefónicas cayeron, fueron pocos los que corrieron con suerte y pudieron comunicarse vía telefónica con sus familiares. Quienes tuvimos una señal de Wifi cercana, pudimos dar a conocer a nuestros allegados nuestra ubicación y estado actual, si podíamos ofrecíamos el apoyo para que otros se contactaran. A algunos cuantos más solo les quedó permanecer con la incertidumbre y la esperanza de que los suyos estuvieran a salvo.
Minutos después, ambulancias, patrullas, helicópteros, bomberos y cantidades de autos se escuchaban pasar por las calles. El ajetreo de la gente ya era inevitable. De los edificios seguían saliendo cantidades alarmantes de personas que ya sea por miedo, incapacidad o por inconciencia permanecieron dentro de los edificios. Adultos de la tercera edad, eran cargados por jóvenes, qué arriesgando su vida, subían por los más vulnerables, evadiendo en su cuerpo el cansancio y, tal vez, el miedo. Se acordonaron varias calles para que la gente pudiera resguardarse, se hicieron pequeñas brigadas que se aseguraban que no hubiera heridos, fugas de gas, agua, etc. La gente se desconectó por un momento de sus celulares y comenzó a ayudar, en las cercanías, solo se reportaban incidentes menores, tuberías quebradas, o algunos postes caídos.
Cuando el sol comenzaba a cubrir el otro extremo del edificio, cerca de las 4 de la tarde, la señal volvió a algunos celulares, en las televisoras las noticias anunciaban lo inminente, la ciudad de México había sufrido monumentalmente. Las primeras notas sobre el sismo arrojaban datos de la magnitud del sismo; 7 grados sobre la escala de Richter; decenas de edificios derrumbados, entre ellos escuelas donde hasta el momento se reportaban la desaparición de decenas de menores de edad que se encontraban en sus aulas, cientos de construcciones se reportaban dañadas gravemente, la ciudad estaba herida. Las próximas horas fueron de rescate intenso, de masificar la ayuda, distribuir la información lo más rápido posible, evitar más pérdidas humanas.
La historia se repetía como hacía 32 años. Muchos de mi generación no habíamos experimentado la magnitud y la fuerza con la que se vio afectada nuestra ciudad y alrededores, todo había quedado en relatos que pasaban de familiares y amigos. Y el 19 de septiembre de 2017 esa escena de un sismo que en el 85 causaba estragos, nos envolvió en nuestro presente, la tierra nos mostró que ella también tiene vida. Hicimos “del sismo” nuestro sismo, nuestra tragedia, nuestra pérdida, nuestra lucha.
Pero también supimos levantarnos y echar una mano al desconocido, a nuestro compatriota que sufría. Compartimos nuestros hogares, alimentos y bebidas, cuanto tuviéramos para resistir, lo hicimos. La gente salió armada con un par de cubetas y palas y se unieron en cadenas de cientos de personas para quitar toneladas de cascajo, con la esperanza de alcanzar esa voz que se escuchaba entre escombros. Hubo quienes dieron su tiempo y medios para recolectar información sobre desaparecidos, recolectar alimentos, medicamentos, aparatos médicos, instrumentos de excavación. Aquellos grupos de topos quienes valientemente ponían su vida para rescatar a otras tantas almas que yacían bajo lo que alguna vez llegó a ser su hogar.
Todavía hoy puedo recordar el aroma de aquel día, una especia de olores de metales mixtos, escucho a lo lejos las sirenas de las ambulancias pasar velozmente; puedo sentir en mis manos las lágrimas tibias que secaba de aquella chica que lloraba preocupada por no saber de sus padres.
El recuerdo está fresco, y permanecerá por mucho tiempo en mi mente como en la de muchos más mexicanos.
Texto escrito por Aldo Martínez.
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