Carta al Espíritu Santo de Dios.
Señor, necesito de tu aire para respirar, y cada vez que caigo, necesito de tu aliento para continuar… es en esos momentos, cuando encerrado en mis miedos, en mis temores, en mis dudas y contradicciones, te acercas a la orilla de mi corazón, me miras a los ojos y sonriendo me llamas por mi nombre… ¡Cuanta dulzura hay en tu voz, Señor!... y yo, al descubrir que no soy digno ni siquiera de desatarte la correa de tus sandalias (cf. Jn 1, 27), quisiera decirte «Aléjate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador» (Lc 5, 8)… Pero tú, Señor, una y otra vez, soplas en mi tu aliento de vida que me devuelve el movimiento en mi transitar hacia tu lugar.
¡Ven y dame de tu aire! Y devuélvele la vida a estos huesos que están secos… ¡Ven y dame de tu aire! y transforma lo que es piedra en un corazón con un latido nuevo.
Quiero, Señor, ahora que he acogido en mi corazón tu amor y le has devuelto el sentido a mí vida, rogarte que me concedas, en tu Espíritu, los dones que me quieras conceder para anunciar en tu nombre todo esto que estás haciendo sentir en mi interior y que no puedo contener, porque hay en mi como un fuego ardiente prendido en mis huesos, fuego que por más que intente ahogar, sé que no podre lograr (cf. Jr 20, 9).
«Señor, mira que no sé expresarme» (Jr 1, 6), y aunque ya no soy un muchacho, me domina la timidez y el temor de no anunciar tu mensaje de amor conforme tu Santa Voluntad; por eso te ruego, Señor, alarga tu mano sobre este, tu siervo inútil, y toca mi boca (cf. Jr. 1, 9); Te ruego, Señor, pon tus Palabras en mi boca día y noche, a cada instante de mi vida, porque quiero anunciar tu amor con todo mi corazón, con toda mi alma, con todas las fuerzas de mi ser. Infunde, Señor, en estos huesos secos, tu Espíritu para poder vivir (cf. Ez 37, 5), para dejar de esconderme detrás de las letras y anunciarte a viva voz, pero sobre todo, Señor, te ruego que no sean mis palabras sino las tuyas, «no se haga mi voluntad, sino la tuya.» (Lc 22, 42).
¡Ven y dame de tu aire! Y devuélvele la vida a estos huesos que están secos… ¡Ven y dame de tu aire! y transforma lo que es piedra en un corazón con un latido nuevo.
«Háblame en silencio, en mi interior; dame tus susurros por favor, porque tus Palabras son mi vida, y si no hablaras, ¿dime a quien iría?» – Háblame – Pablo Martínez
Por: Ricardo Sánchez Martínez – Agente para la Evangelización, Arquidiócesis de Barranquilla / Ministerio de Música Parroquia Inmaculado Corazón de María.
Agradecimientos: Imagen de Jeff Jacobs en Pixabay – Licencia de uso gratuito.