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© Pandemia; María Las Heras, [2020]
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© Pandemia; María Las Heras, [2020]
El libro
“...Había pasado un siglo y medio, ya no quedaba rastro alguno del paso del ser humano por la tierra. Fue un trabajo laborioso, llevado a cabo por los fieles de Sem. Se apropiaron del arte, de la historia, hasta de la literatura. Destruyeron todo aquello que podía desvelar que no fueron ellos sino otros seres, los artífices de las grandes maravillas del mundo. Esto incluyó a sus creadores, los oruláh. La mayoría murieron por los efectos de la exposición prolongada a la atmósfera terrestre, y los pocos que resistieron, fueron asesinados por sus propios descendientes. Pero nadie es perfecto y siempre queda algún cabo suelto del que tirar...”
El mundo se ha transformado, una nueva sociedad domina la Tierra. Mos, ha logrado acallar las voces de la verdad y ha borrado toda huella del pasado construyendo una historia paralela. Un siglo y medio después, las nuevas generaciones mestizas le consideran el héroe de la batalla. ¿Cuánto tiempo podrá ocultarse la verdad? El libro de Nuria y su contenido es la mayor amenaza de los invasores y su nuevo mundo, en sus páginas está la certeza de aquella mentira y está a punto de ser descubierta...
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“...– Hola, ¿está Elin? –pregunté con sonrisa tímida.
La chica me miró, en lugar de responderme se quedó cayada, inclinó ligeramente su cuerpo hacia la derecha y levantando las cejas en señal de saludo me hizo un gesto para que mirara hacia atrás. Yo estaba tan nerviosa que me quedé mirándola fijamente sin entender lo que me decía. Entonces noté que alguien me tocaba, me giré rápidamente. Era Elin, ya había visto la flor y sabía de sobra que era para ella, pero aun así preguntó:
– Hola, ¿me buscabas? –
Intenté parecer lo más natural posible, a pesar de que estaba temblando. Extendí mi mano y le entregué la rosa y la nota.
– Hola Elin, solo quería darte esto –
Ella la cogió con la naturalidad de quien está acostumbrado a que le regalen flores. Sin esperar a que me marchara sacó la nota del sobrecito, la leyó tan despacio que parecía que le hubiese escrito todo un párrafo en lugar de dos líneas. Me cogió de la mano y acercándose a mí, me dio un beso en la mejilla, tan lentamente que sentí que un escalofrío me recorría todo el cuerpo...”
© Tras la ventana; María Las Heras, [2020]
“...me había pasado todo el día anterior discutiendo con Jorge, no habíamos puesto la tele, ni siquiera había mirado las noticias en el móvil. Es verdad que me había chocado que nadie me escribiera en todo el día, pero estaba tan metida en mi drama personal que no le había dado importancia.Cuando de nuevo volvió el silencio me habló la chica.- ¿De verdad no te has enterado de nada? Nos han invadido -me dijo muy seria.- ¿Quién nos ha invadido? -pregunté sorprendida.- Los extraterrestres -dijo. Me reí, aquello tenía que ser una broma. Pero luego miré la cara de los demás: nadie se estaba riendo. Siguió hablando:- Han llegado con unas naves inmensas, llenan el cielo de ese gas rojo y, si te cae encima, estás muerto.Los demás asintieron con la cabeza.- Han arrasado la mayoría de las grandes ciudades del mundo - añadió.De pronto pensé en mi familia, en mis amigos y me entró una angustia tremenda.- Tengo que salir de aquí e ir a buscar a mi gente -dije levantándome de nuevo.- No puedes salir aún, el efecto del gas tarda horas en irse, morirías si sales -dijo una mujer de unos cuarenta años que mantenía abrazados a sus hijos.- ¿Cuánto hay que esperar? -le pregunté. - Al menos a que caiga la noche; no sabemos demasiado, pero parece que el gas pierde efecto cuando no hay luz -me contestó.Me di cuenta de que no tenía otra opción que quedarme allí. Estaban bastante organizados: habían forrado de plástico todo el portal, lo habían aislado del resto del edificio. En una esquina habían acumulado una gran cantidad de víveres y agua y en la otra había herramientas, cuchillos, linternas, incluso había varias máscaras antigás. Les pregunté extrañada, por qué, sabiendo lo que ocurriría, no habían buscado un refugio más seguro. Me contaron que les habían llegado noticias de auténticas masacres en otras ciudades, que la gente que se escondió en el metro o en otros lugares públicos había muerto por el gas, y que la única manera de sobrevivir era evitar que entrara. Por eso habían forrado el portal de arriba abajo, pues era el único sitio en el que cabían todos. Les pregunté qué iban a hacer después y me contaron que en eso no se habían puesto de acuerdo: algunos pensaban marcharse esa misma noche. Yo también pensaba hacerlo, aunque no tenía muy claro a dónde.Debían ser las ocho y pico. Me ofrecieron cenar algo con ellos y acepté, no tenía nada claro si iba a ser fácil o no encontrar alimento. Me senté al lado de mi primera benefactora...”
“...Desde el primer día del fin del mundo ella era la primera y la última imagen que tenía en mi mente. Su manera de besar, de acariciar, incluso de caminar era tan especial, que resultaba imposible no mirarla cuando lo hacía, y no sólo porque fuera preciosa, sino porque tenía algo mágico, algo que inexorablemente te llevaba a desearla. Ahora mismo yo no tenía ninguna competencia, pero sabía que, si en algún momento encontrábamos a alguien, era posible que tuviese que luchar por ella, confiar en que no dejara de amarme, y eso me daba miedo. Yo nunca había desempeñado ese papel, siempre había sido “ella” en mis relaciones, pero no esta vez, aunque Diana intentaba convencerme de que no era así, yo sabía que sí lo era.
Diana me cogió de la mano, sabía a dónde me llevaba y, por supuesto la seguí: ni podía ni quería resistirme. Subimos la escalera, al llegar arriba ella se giró y me sonrió. Entramos en el dormitorio, la abracé y ella me besó. Me sentía tremendamente vulnerable. Me llevó hasta la cama y me senté al borde, ella se arrodilló y colándose entre mis piernas se abrazó a mi cintura, apoyando lentamente su cara en mi pecho.
- No pienses que nada va a cambiar porque salgamos de aquí -me dijo mirándome con gran ternura.
Yo no le dije nada, ella sabía cuáles eran mis miedos sin que yo se los contase. En vez de hablar bajé mis labios hasta los suyos y la besé. Se levantó y sin dejar de besarme me tumbó con suavidad. Sentí como su cuerpo se apoyaba en el mío. Fue poco a poco deslizando sus dedos entre las dos, quitándome la ropa, sin prisa, besando cada centímetro que quedaba sin cubrir, y siguió sin separarse de mí, hasta que no quedó ni una sola prenda entre las dos. Sentía la pasión de sus movimientos. Era imposible no perder la cabeza con ella, su piel era suave y su olor irresistible...”
“...La cogí con decisión poniéndola sobre mí y ella tras besarme los labios, siguió recorriendo mi cuerpo sin olvidarse ni un solo centímetro. Fueron los preliminares más intensos de mi vida: su boca, que conocía el camino como si lo hubiese recorrido mil veces, como si mi cuerpo hubiese sido siempre suyo, me llevó a las puertas del delirio, mientras sus manos, que ya jugaban entre mis piernas me dejaban entregada, rendida, extasiada de tanto placer. Tiré de ella, necesitaba besarla, necesitaba que sintiera lo mismo que yo y sellar así nuestro amor. Era la primera vez en mi vida en la que tenía más necesidad de dar placer que de sentirlo… me di cuenta de que me había enamorado de ella.
Al final se durmió en mis brazos. A mí también me estaba venciendo el sueño, pero antes de dejarme llevar por Morfeo me acerqué a su oído y le susurré: “te quiero”...”