La amortentia es una solución a medias.
Vicente estaba enamorado de Pietro. Mucho. En un principio quiso negarlo, pero le fue imposible cuando durante un partido de Quidditch se había distraído viendo al rubio en las gradas, apoyándolo, terminando con el moreno en el suelo, con la escoba encima y una bonita estadía en la enfermería en la que, claro, fue visitado por el rubio de Ravenclaw. Y la alegría que sintió por verlo ahí a su lado fue lo que destruyo su negación para darle paso a sus incontrolables sentimientos.
Ahora lo único que quería era invitar a Pietro a salir y decirle lo que sentía. Era un Gryffindor, no tenía miedo a gritar sus sentimientos al aire.
Sin embargo... era difícil acercarse al joven Russo de esa manera, pues, dicho de manera simple, no solía entenderlo por más directo que intentara ser. Quizás era un chico inteligente de la casa azul pero cuando se trataba de amor era un distraído de primera. Llego a pensar que quizás el que estaba haciendo las cosas mal era él y que necesitaba consejos de amor.
Y es por eso que no entiende en qué momento se le ocurrió que pedirle ayuda a Joyce era una buena idea.
—No sé en qué momento pensé que esto era una buena idea.
—¿Quieres dejar de ser tan negativo, Vicente? ¡Confía en mí, soy un as en el amor!
La verdad es que no creía mucho en las palabras del pelirrojo, en especial cuando ese cabeza hueca no se había dado cuenta de que Rasmus, su mejor amigo, estaba enamorado de él y le mandaba señales que podían resultar muy obvias. Joyce seguía sin darse cuenta. Pero Vicente estaba desesperado.
—Muy bien, “as del amor” —dijo Vicente, haciendo comillas en el aire, pero tratando de retener el tono burlón lo más posible —, ¿qué recomiendas que haga?
Joyce coloco una pose pensativa, con la mano bajo el mentón y la vista clavada en el techo hechizado del Gran Comedor. Vicente solo lo miraba, expectante, mientras pedía internamente que Ravenclaw se tardara un poco más para bajar a desayunar. Entonces, Joyce lo miro con una sonrisa.
—¿Has pensado en la amortentia?
Al escucharlo, Vicente jadeo indignado.
—¡Por supuesto que no! —exclamó. —Jamás pensaría en utilizar una pocion de amor en Pietro. Es vil. Si le gusto quiero que sea por mí no por un estúpido brebaje.
—Está bien, está bien, tranquilo. Solo era una idea —repetía Joyce, alzando las manos en señal de paz. Volvió a su pose pensativa y aunque esta vez tardo un poco más, logro soltar otra idea —¡Ya se! Pietro es inteligente, ¿no? Bueno, que tal si le demuestras que tú también lo eres. Quizás eso te dé una oportunidad.
—¿Qué te dije? —Joyce se recargo con los brazos tras la cabeza, luciendo una sonrisa orgullosa. —As del amor.
Joyce le miro con mala cara un momento, juguetonamente, pero entonces volvió a una pose pensativa, sin dejar de mirar a su amigo.
—¿Qué pasa? —pregunto Vicente ante la insistente mirada del pelirrojo.
—Es solo... ¿por qué no solo lo invitas a salir y ya? —le dijo. —Pietro de quien estamos hablando, no te morderá.
—Es complicado, Joyce —gruño Vicente, sintiéndose súbitamente avergonzado.
—Está bien, como quieras, galán.
Fue en la tercera hora en Herbología, justo la clase que compartían con Ravenclaw, que Vicente pensó sería el momento indicado para poner en práctica el consejo de Joyce —quien, por cierto, alzaba los pulgares en su dirección desde la otra punta del invernadero—. Pietro estaba a su lado y, frente a ellos, tenían macetas con retoños de mandrágoras las cuales tendrían que pasar a otra maceta para que las plantas lloronas crecieran.
La profesora Sprout les había entregado un par de orejeras a cada uno para evitar que el llanto de las mandrágoras les afectara. Todos se las colocaron y escucharon las indicaciones de la profesora, pero Vicente, impulsado por querer destacar para Pietro, se adelantó y saco la mandrágora como si fuera algo que hiciera todos los días sin manos y con los ojos cerrados. Obviamente, los chillidos y berridos de la planta no se hicieron esperar, pero Vicente seguía tan fresco como una lechuga.
Pietro lo miro con una sonrisa y Vicente, por un segundo, pensó que el plan estaba funcionando.
Pero entonces se desmayó y cayo de lleno en el piso. No se había colocado bien las orejeras.
—Joyce, ¿sería tan amable de llevar a su compañero a la enfermería? —pidió la profesora, mirando al joven pelirrojo.
Joyce se acercó a paso apresurado a Vicente, lo tomo por los costados y lo llevo hasta la enfermería donde Madame Pomfrey le atendería. Al cabo de unos minutos, el moreno despertó y se encontró con el rostro de su amigo. Y solo con verle el rostro supo que la había cagado.
—Un poco, sí. Bastante. —dijo Joyce, intentando, con todas sus fuerzas, no reírse. —Pero, vamos, aún hay oportunidades, tu confía en mí.
—¿Ahora que tienes en mente? —le preguntó Vicente, sentándose sobre la camilla.
—Bueno, ya vimos que hacerte el “inteligente” no te salió, obviamente —rio Joyce, ganándose una mala mirada de su amigo. Sin embargo, continúo hablando. —Pero hay algo en lo que si puedes lucirte y llamar su atención sin fallar.
El grito de Joyce resonó en toda la enfermería, pero no por eso Vicente se encogió en su lugar.
—En realidad no es mala idea... —murmuro, llevándose una mano al mentón. —Puedo lucirme en Quidditch. Lo malo... es que no tenemos un partido hasta dentro de dos semanas.
—Pero mañana tenemos práctica. —Exclamo Joyce, sonriendo de repente. —Puedo pedirle a Rasmus que lo lleve, ya sabes, están en la misma casa... y creo que a veces ven telenovelas juntos.
Así pues, al día siguiente, mientras Joyce y Vicente se ponían sus trajes de entrenamiento y se alzaban en sus escobas, Pietro y Rasmus tomaban asiento en una de las gradas para observar el partido. Una vez estuvo en el aire, el moreno busco la mirada verdosa que su nominado crush y, al encontrarla, no pudo evitar sonreír como idiota mientras movía la mano de lado a lado para saludarlo.
—Presta atención, idiota —Joyce llego volando a su lado, dándole un golpe en la cabeza que le hizo girar a mirarlo de inmediato. —El entrenamiento va a comenzar y si de verdad quieres impresionarlo, debes prestar concentrado.
—Si, si, tienes razón. —Vicente sonrió en dirección al pelirrojo y le dio una palmada en la espalda. —Vamos.
Todos se pusieron en posición y todas las pelotas fueron liberadas. Vicente y Joyce eran cazadores, por lo que inmediatamente se lanzaron por la quaffle a toda velocidad, creando una jugada perfecta que habían estado practicando y terminando con una exitosa anotación por parte de Vicente, que encendió la emoción de los espectadores.
—¡Eso, mamona! —gritó Joyce, acercándose a su amigo y dándole una palmada en el trasero, o al menos en lo que podía al estar ambos sobre escobas. La mirada del pelirrojo se movió hacia las gradas. — Bueno, parece que funciona, mira.
Vicente desvió su atención hacia Pietro y lo vio saltar y aplaudir en su dirección, emocionado. Eso le planto una gran sonrisa en la cara. Se movió con agilidad sobre la escoba hasta llegar a las gradas, justo donde estaba el rubio. Era el momento perfecto para invitarlo a salir, quizás ir a Hogsmeade por una cerveza de mantequilla o solo subir a la torre de astronomía con algunos aperitivos. Realmente no le importaba mucho el lugar siempre y cuando fuera con Pietro.
Pero, bueno, Vicente olvido en medio de que se encontraba.
Y así como así, todo se fue a negro. Una bludger lo había golpeado justo en la cabeza.
Después de que Vicente salió de la enfermería —¿por qué todos sus intentos terminaban en la enfermería? — acompañado de Joyce, no tuvieron más opción que volverse a integrar en sus clases. Incluso si Vicente se moría de la vergüenza y lo único que quería hacer era esconderse en el armario de escobas hasta Navidad. Joyce solo trataba de subirle el ánimo, pero no fue de mucha ayuda cuando se dieron cuenta de que su siguiente clase era Pociones, la cual compartían con Ravenclaw. Genial.
Entro al salón de clases ocultándose tras Joyce, jalándolo de su túnica hasta el fondo para que Pietro no le viera. Joyce solo bufo y miro a su amigo con una ceja alzada.
—En este momento no mereces pertenecer a Gryffindor —dijo, tomándole por el hombro. —No tienes por qué ocultarte, Pietro jamás se burlaría de ti.
—Lo sé, pero eso no quita el hecho de que hice el ridículo delante de él dos veces. —chillo Vicente, sintiéndose mortificado y batallando porque sus mejillas no se ruborizarán. —¿Cómo te sentirías tú si te pasara lo mismo con Rasmus?
Ante la mención de su mejor amigo, el pelirrojo parpadeo, confundido.
—No entiendo, ¿qué tiene que ver Rasmus?
Vicente miro a Joyce como si le hubiera salido una segunda cabeza. Intercalo su mira entre el pelirrojo y el azabache de cabello largo al otro lado de la sala. Volvió hacia Joyce, quien seguía mirándole confundido. Y entonces se sintió mal por Rasmus y lo despistado que podía llegar a ser su compañero de casa.
Y justo cuando Joyce estaba por contestarle, el profesor los mando a callar con un grito que más bien pareció un gruñido, por lo que no les quedo más opción que quedarse quietos en su lugar. La clase comenzó con un repaso de lo que habían visto la clase pasada antes de seguir adelante con las pociones de ese día. Y no fue hasta que todas las preguntas fueron contestadas que el profesor destapo las pociones y, casi de inmediato, Vicente reconoció una de ellas.
—Bueno, alumnos, ¿alguien puede decirme cual poción es esta? —preguntó el profesor, señalando la amortentia que burbujeaba en un caldero justo en el centro de la mesa. Pietro levanto la mano. —Joven Russo.
—La amortentia es una poción de amor, señor —comenzó a explicar el rubio —, puede generar un poderoso enamoramiento, pero no amor de verdad, es más que nada una obsesión. Además, la amortentia huele diferente para cada persona dependiendo de lo que le atrae. —Pietro se acercó un poco más a la poción y olfateo. —Por ejemplo, a mí me huele a cítricos y... chile.
Al terminar de hablar, Pietro parecía un poco avergonzado. Las mejillas se le colorearon de un tenue color rosa y de inmediato retrocedió hacia su lugar a un lado de Rasmus. Vicente lo observo desde la otra punta, curioso sobre aquello que había dicho el rubio. ¿Cítricos y chile?
El profesor felicito a Pietro por su respuesta y entonces les pidió a todos que hicieran una fila para ver la amortentia y el resto de pociones. Cuando fue el turno de Vicente y Joyce este último le dio un codazo para llamar la atención del moreno.
—Justo ahora podemos usar el plan A —le dijo, con una sonrisa juguetona y señalando la poción de amor.
—No, ya te lo dije... quiero algo de verdad —expreso Vicente, un poco desanimado al recordar todos sus intentos fallidos. —Además, el profesor nos está vigilando.
Los dos chicos asintieron y se acercaron a la poción para olfatear, separándose con una expresión inescrutable.
—Huele a moras —dijo Vicente. Él reconocía ese olor y en el fondo se sintió algo avergonzado pero agradecido de que nadie más pudiera olfatear lo mismo que él. Miro a Pietro por el rabillo del ojo, sonriendo como un bobo enamorado.
Había estado enamorado de Pietro desde hace un buen tiempo, ¿y como no? Si el rubio era el chico más increíble de toda la escuela. Aún recuerda la primera vez que lo vio, cuando Pietro se convirtió en su tutor de pociones para evitar que reprobara; había sido paciente y le había explicado hasta la más mínima cosa, logrando que las complicadas recetas se quedaran en el cerebro de Vicente y lograra aprobar sus exámenes. Con el tiempo, se hicieron amigos.
Pietro le apoyo cuando hizo las pruebas para el equipo de Quidditch. Pietro le acompaño en la enfermería la primera vez que una bludger le golpeo en la cabeza. Pietro estuvo a su lado cuando el sauce boxeador le atrapo.
Pietro estuvo a su lado en las situaciones buenas, malas y vergonzosas. Lo acompañaba con una sonrisa, una palmada o su simple pero confortable silencio.
Entonces, pensó Vicente, ¿por qué estaba tan asustado de pedirle una cita?
Miro a Joyce, que olfateaba la poción, y pensó en que tenía razón.
—Esto huele a flores y manzana —dijo Joyce, una vez se alejó de la poción. —¿Qué carajos? ¿Cómo por qué?
La mirada del moreno se desvió hacia Rasmus justo a tiempo para sorprender al chico mordiendo una manzana para después esconderla entre los pliegues de su túnica. Sonrió de oreja a oreja. Quizás Joyce era bueno para el amor ajeno, pero no para su propia vida amorosa. Así que podría devolverle el favor.
Tomo al pelirrojo de los hombros y lo giro para mirarlo de frente.
—Joyce, tenías razón —escupió, sintiéndose extraño al saber que esas palabras se habían escurrido de su boca. Pensó que solo las diría en una situación de vida o castigo en el bosque prohibido. —Solo tengo que pedírselo, no necesito un teatro para hacerlo.
Y si la sonrisa en el rostro de Joyce no fue suficiente para que se estremeciera, el golpe que le dio en los hombros lo fue. El bruto era más fuerte de lo que aparentaba.
—¡Ahora sí estás hablando como un verdadero Gryffindor! ¡Ve por él, león!
—Eso hare, pero... te hare un favor en el camino —le guiño un ojo. —Me lo agradecerás.
El moreno de pronto se sentía lleno da valentía. Sentía que nada lo iba a detener. Y por eso, cuando llego frente a Pietro, la sonrisa no se la quito nadie, ni siquiera el recuerdo de sus intentos fallidos anteriores.
—Escucha, yo me estaba preguntando si... bueno, ¿les gustaría a ti y a Rasmus acompañarnos a mí y a Joyce a Hogsmeade?
La pregunta ya estaba ahí, flotando entre los dos y la mirada de Rasmus, esperando una respuesta que le acompañara.
—Te refieres... ¿a una cita? —murmuro el rubio. Vicente juro que vio un poco de reojo en sus pálidas mejillas.
Y aquello hizo tan feliz a Vicente que sonrió todavía más grande.
—Claro, seria genial —sonrió Pietro para después dirigir su mirada a su compañero de casa —¿Rasmus?
El azabache se veía un poco indeciso. Volteo en dirección a Joyce y lo vio bromeando con un Hufflepuff, siendo el idiota divertido que siempre era. Entonces una tenue sonrisa se pintó en su rostro.
—Por supuesto, será divertido.
—¡Rasmus, ven, tienes que ver el hechizo que me enseño Travis! —gritó Joyce desde el otro lado del salón, apuntando al Hufflepuff de hace un momento. Rasmus rio y, tras despedirse, camino hacia su amigo.
Vicente también estaba por despedirse y regresar a su lugar cuando Pietro le tomo por la túnica y le acerco levemente, para que solo él le escuchara. El moreno lo sintió tan cerca que su piel se erizo.
—¿Nos podemos ver en la torre de astronomía al terminar las clases? —le susurró, con voz dulce y serena.
El corazón de Vicente se saltó un par de latidos antes de querer escapar y profesar su amor a Pietro Russo.
La única respuesta fue un asentimiento feliz antes de despedirse y regresar a su lugar. Y entonces lo recordó... el shampoo que utilizaba era de cítricos.
Bueno, al final la amortentia no fue del todo necesaria, pero jamas quedaría totalmente indiferente.
Aquí esta la primera parte de un two-shot sobre estas dos parejitas SJSKJSK en el próximo veremos acerca de su cita y nos enfocaremos mas en Joyce y Rasmus asies
Espero les haya gustado <3