Las tazas sobre el mantel
Paula me dejó un lunes en Madrid. Me mandó un mensaje al whatsapp que decía que teníamos que hablar, así en plural, aunque yo no quería hablar, era ella. Cualquiera sabe que el tenemos que hablar es el final, es la última extorsión emocional del que no está anclado, del que no está atrapado. En este caso: la que. Encima me pidió que vaya a su departamento, así que no solo me iba a dejar, sino que además me hacía ir a que me deje.
Hice el viaje en metro que va desde Avenida de las Américas hasta Alonso Martínez sabiendo que lo nuestro se terminaba. Apenas salió, caminamos hasta la esquina y nos sentamos en el escalón de mármol que estaba en la entrada de un edificio antiguo; ella lideraba, yo la seguía. Habló largo, de a ratos se le iba la voz, frenaba, respiraba y seguía. Yo estaba sentado mirando las balas pasar, como si fuera un Adolfo Suarez sin épica y ella la guardia civil tirando para todos lados. La escuchaba desatento mientras le miraba fijo el lunar de su pómulo izquierdo, lunar que alguna vez quise patentar para que los demás puedan ver que llevaba mi nombre. Paula me dijo que nunca le prestaba atención, después hizo un inventario de nuestros fracasos y terminó su monólogo con dos palabras que fueron como el dardo que da justo en el centro. Se paró y dijo: me desgastaste. Yo le dije que era una hija de puta buscando devolverle el golpe, pero no la toqué, solo me miró con lástima. Me paré, di media vuelta y me fui enojado, sobreactuando el papel de víctima.
Caminé sin dirección, bajé por Génova hasta el paseo de Recoletos, pasé por un Corte Inglés enorme, por otro Corte Inglés menos grande y llegué a Cibeles. Era como estar caminando sobre una letra deprimente de Sabina.
Ese lunes no hubo café. ¿Lo hubo alguna vez?
Ahora que lo pienso creo que nunca la entendí.
La noche que la conocí Paula me habló de su fanatismo por el café. Me dijo que para ser bueno tiene que tener la espuma haciendo una capa en la superficie. Que tiene que quemar un poco la lengua y aclarar la garganta. Que hay que tomarlo rápido porque rápido se disfruta más.
La conocí un sábado de verano en una fiesta de disfraces. Yo llevaba una camisa negra y dos cadenitas de oro falso que me prestó una amiga y dije que era Tony Montana. Paula era la Chilindrina. El uniforme, las pecas, los anteojos, la colita de la derecha más alta, la de la izquierda más baja, la paleta negra y la altura. Era ella. La miré fijo un buen rato y creo que ella también me miró. Esperé a que quede sola y cuando lo hizo me acerqué convencido de que la historia del cubano exiliado y la mexicana llorona ya estaba escrita. Le dije que era el Chavo disfrazado. Ella se rió y me dijo que pensó que era Juanes. Ya terminando la fiesta le dije que era muy linda y me dijo que eso era porque no la veía de día y la vi mucho más linda. Quise besarla y me movió la cabeza. Sus amigas que se querían ir la apuraban. Me dio su teléfono y me dijo que en unas horas fuéramos a tomar un café. Y se fue.
El domingo tomamos unos cafés en un barcito detrás del Reina Sofía. Ella se pidió un capuccino doble y yo un café negro. Azúcar para ella, edulcorante para mí. Me acuerdo que su café traía dos corazones dibujados en la espuma. Antes de que se ponga a revolver el azúcar, con las tazas sobre el mantel, la miré y le dije: los vas a romper. Están para eso, ¿no?, me respondió con una sonrisa.
Después salimos a caminar y mientras pasabamos por la plaza busqué su mano mirando para otro lado y su mano se dejó encontrar. Enfrente del museo me desafió a hacer la de Rocky y le dije que lo hacía si ella me musicalizaba el momento. Arrancó: para pan, para pan. Subí corriendo las escaleras y desde arriba levanté los brazos a lo semental italiano. Bajé trotando y ella me esperaba sonriendo, la abracé y nos besamos como hacen los enamorados. Dos días en mi vida y ya me tenía a todo quiero, era Jesse en el final de Antes del Atardecer cuando Céline, imitando a Nina Simone, le dice: nene, se te va el avión. Y a él le importa dos huevos el avión porque solo tiene ojos para ella.
Ese mismo domingo me fui a jugar al fútbol con amigos y le dije que a la vuelta la veía. Cuando estaba en el auto camino al partido me vibró el celular, tenía un mensajito que decía: suerte hoy, tranquilo, van a ganar. Pienso que si el enamoramiento fuera un rompecabezas imposible, el momento en que miré el teléfono y pensé en ella seguro sería una de sus piezas. Y ganamos y me fui a su departamento. Me esperaba con dos cervezas y picada. Terminamos de comer y puso de fondo a una banda inglesa que según ella me iba a fascinar, pero mi fascinación estaba cubierta. Le dije que se siente al lado mío y ya no hablamos más.
Al día siguiente me despertó con dos cafés perfectos y unas oreo. Esto pasó. No lo soñé.
No sé bien cuando se perdió lo que empezó esa noche de verano, pero hace rato que me aparece el recuerdo de una mañana en mi departamento. Le dije que se prepare porque le iba a hacer el mejor café del mundo. Dos cucharadas de nescafé clásico, una de azúcar y una con dos gotas de agua de la canilla. Revolví con fuerza, pero con cuidado. Tiré el agua caliente y le puse un poco de leche. Seguí todos los pasos, pero la espuma nunca apareció.