CamilaKristel & AndreaSoto


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CamilaKristel & AndreaSoto
CamilaKristel & AndreaSoto
Andrea Soto
Cosecha
La niña tiene prohibido entrar al jardín, le dicen que es por su propio bien, pero ella no hace caso. Ya lo ha intentado varias veces, siempre sale antes de ser descubierta. Últimamente usa guantes de tela, sus manos son testigos de sus fechorías y pueden delatarla. Ha decidido volverlo a hacer, esperar que todo esté en silencio para entrar al jardín prohibido. En su bolsillo tiene cinco semillas, ella no sabe contar muy bien y se imagina muchas, mil semillas han caído de ella. Desnuda sus manos y las enfrenta de nuevo a las ortigas, ardor mezclado con picor, esta vez algo de risa; reír duele, piensa, mientras cava en la tierra. El hoyo es profundo, perfecto para sus piedritas blancas. Las saca y las coloca en círculo. Ha esperado cuatro meses para reunirlas, sonríe y en sus encías también hay excavaciones profundas, nuevas semillas se asoman. El árbol para la abuela, piensa, las semillas para su boca.
Hija: Todavía tengo muy presente el diciembre que pasamos juntas. Yo había peleado horrible con el innombrable, tenía los ojos rojos de tanto llorar. Entonces llegué a casa llené una maleta, no vi qué empacaba, saqué dinero y tomé un taxi para la terminal. Subí al tercer piso y abordé el primer bus directo a Bogotá. La tierra caliente me tenía sofocada, sentía que iba a estallar si no salía corriendo del clima bochornoso.
Cuando llegué estaban acostadas en la cama de la abuela, casi no me abren la puerta. Yo estaba afuera, timbre que timbre, y ustedes estaban en el quinto sueño. ¿Te sorprendió verme llegar así? ¿Por qué? Te había dicho, la noche anterior, que si no tomaba un bus en ese momento me iba a tirar de un puente. Cuando abriste la puerta me recibiste con un bostezo que casi me traga con todo y tristeza. Entré y descargué la maleta en el piso. Me hubiera sentado un rato pero en la casa de la abuela no había muebles, entonces fui al comedor y la vi bajando las escaleras, tenía puesta una ruana y unos guantes. Iba a salir a comprarme un tamal porque pensaba que venía con hambre o porque, según ella, estaba en los huesos. Casi tuve que rogarle que volviera a la cama. Subimos las tres y nos recostamos. Volví a tener siete años.
Dormimos toda la mañana, toda la mañana. Ninguna se quiso levantar antes del mediodía, ni cuando escuchamos al perro llorar porque estaba que se orinaba. Estábamos inmersas en las cobijas térmicas, alejadas del frío de la ciudad, protegidas del páramo. Cuando desperté la tele ya estaba encendida, mi abuela había colocado un programa de animales, no sabía el nombre pero decía que era muy bueno.
Abuela: Ay, el gatico se va a comer a otro gatico.
Y mamá cogía el control y cambiaba.
Mamá: No me gusta cuando muestran esas cosas.
Entonces colocaba alguna historia de personas gordas, con tumores o con deformidades extremas.
Abuela: Ay, Dios mío, padre celestial.
Era todo lo que decía mi abuela con cada relato en la tele.
Entonces mamá y la abuela se levantaron a preparar algo de comer, me dijeron que no me levantara, que me arrunchara. Mamá subió una agua de panela con limón y la abuela salió en busca de un tamal. Yo seguía escuchando las voces de la tele pero no lograba prestarles atención, me asomé a la ventana y allí estaba: el jardín de la abuela. Eterno, limpio y con cerca nueva… nos pedazos de tabla, que le había pedido al vecino cortar, para evitar que los niños entraran a jugar con las matas.
Abuela: Me habían robado tres rosas los malaventurados esos. De las más grandes…
Bajé las escaleras, la abuela había conseguido dos tamales tolimenses y estaba mezclándolos con arroz blanco. Mamá estaba haciendo chocolate. Reían y discutían en la cocina. Salí a la puerta y me senté en el suelo. Al frente estaba el jardín.
¿Abue, de regreso puedo llevarme unas maticas de ortiga?
Le pregunté pero no me escuchó, ellas estaban al fondo preparando la comida.
Abrí la puerta de madera improvisada y allí las vi, puse mis manos sobre las ortigas y dejé que me reprendieran, ya que ni mi abuela ni mamá fueron capaces de hacerlo. Cada piquete se volvía una lágrima en mi cara. Entonces, recordé el árbol que había sembrado para la abuela, recordé la distancia exacta, excavé un poco, pero sólo había lombrices y gusanos.
¿Abue, y el árbol que sembré?
Abuela: ¿Cuál árbol?
El que sembré antes de irme de aquí.
La abuela sirvió los platos de comida y mamá puso el pan sobre la mesa.
Mamá: ¿Qué árbol?
De pequeña llegué a pensar que si enterraba cualquier cosa iba a nacer un árbol. Un árbol de lo que fuera.
Entonces mamá subió y se quedó unos minutos en silencio. La abuela no comprendía y comenzó a comer. Las semillas nunca florecieron porque la abuela seguía con huequitos en sus encías. Mamá bajo con un tarrito plateado, lo puso sobre la mesa.
Abuela: ¿De qué era el árbol?
Yo me metí una cucharada de tamal a la boca y empecé a reír.
Una vez, cuando era pequeña, se me cayó un diente al plato de lentejas y me lo tragué. Duré un buen tiempo pensando que me iba a nacer un árbol dentro.
Mamá abrió el tarrito plateado. Había coleccionado mis semillas sin darme cuenta.
De razón el árbol nunca creció.
De razón el árbol nunca creció.
De razón el árbol nunca creció.
Mamá y abuela se suspenden en la niebla del páramo, quedan atrapadas hasta que hierve el chocolate. No aguantó, el fuego lo sofocó y se derramó sobre toda la estufa, el líquido caliente pudo apagar el fuego. Olía a chocolate, pero también a gas.