Poder preventivo: decidir hoy quién podrá ayudarte mañana
Hay decisiones que solo pensamos cuando el problema ya ha aparecido.
Quién hará un trámite.
Quién hablará con el banco.
Quién se ocupará de una vivienda.
Quién podrá actuar si nosotros ya no podemos hacerlo personalmente.
El poder preventivo permite pensar estas cuestiones antes.
Permite designar a una persona de confianza para que pueda actuar en determinados asuntos si en el futuro se producen las circunstancias previstas.
Puede ser útil ante una enfermedad, un accidente, un deterioro cognitivo o una situación de dependencia.
Pero dar un poder significa conceder facultades.
Por eso no basta con pensar:
«Que se encargue mi hija»
o
«Mi familia ya sabrá qué hacer».
Es necesario decidir qué podrá hacer esa persona, cuándo podrá actuar, qué límites tendrá y qué controles deberán existir.
Rosa vive sola y quiere prever el futuro.
Confía en su hija, pero no desea entregarle una autorización ilimitada.
Quiere que pueda ayudarla con determinados trámites si algún día resulta necesario.
En la notaría explica su voluntad y puede decidir:
cuándo deberían utilizarse;
qué asuntos quedan fuera;
y qué controles considera adecuados.
El notario escucha a Rosa, comprueba su capacidad en el momento del otorgamiento, explica las consecuencias del poder, advierte sobre los riesgos y adapta el documento a su voluntad.
También puede orientar sobre límites, controles y revocación.
Idea principal: un poder preventivo no es perder control; es decidir con tiempo cómo quieres ser ayudado.
No debe confundirse con un testamento, una tutela, una curatela, una autorización familiar informal, compartir una clave bancaria o permitir que otra persona utilice nuestra firma digital.
Ayudar a alguien tampoco significa sustituir su voluntad sin control.
Cada poder preventivo afecta a la autonomía y al patrimonio de la persona, por lo que debe estudiarse individualmente y con especial prudencia.