La democracia ha muerto. ¡Viva la atomocracia!
atomocracia (del griego άτομο (átomo) "individuo", y κράτος (kratos) "poder"): dícese de la forma de gobierno en la que cada individuo puede elegir cómo quiere ser gobernado independientemente de las decisiones de los demás individuos.
Cuentan los viejos del lugar que en una ciudad existían tres empresas dedicadas al marketing y la comunicación ubicadas en el mismo edificio, en tres plantas contiguas. El edificio tenía forma plana y estaba orientado hacia el sur. De esta forma algunas oficinas podían disfrutar siempre de la luz solar, pero las oficinas del otro lado del pasillo nunca recibían ningún rayo de sol. Todas las oficinas disponían inicialmente de un sistema de aire acondicionado centralizado. El problema de dicho sistema es que nunca satisfacía a todos. Cuando en verano más castigaba el sol, los ubicados en las oficinas con orientación sur exigían que la temperatura del sistema de aire acondicionado se disminuyera. Pero cuando así se hacía, los ubicados en las oficinas con orientación norte pasaban frío, y muchos acababan resfriados y solicitando la baja laboral. Si se obedecía a los que tenían las oficinas en la cara norte, entonces los empleados de las oficinas con orientación sur pasaban tanto calor que su productividad se reducía significativamente, y algunos también acababan pidiendo la baja.
En la empresa situada en la planta 7 de dicho edificio todas las decisiones las tomaba el jefe, que tenía la oficina en un extremo de la planta compartiendo orientación norte y sur. Cuando por la mañana el sol iluminaba su oficina el jefe reducía la temperatura del aire acondicionado de toda la planta, por lo que los empleados de la cara norte sufrían las consecuencias. Por la tarde, cuando el sol ya no iluminaba la oficina del jefe la temperatura era aumentada por el mismo, y eran los de la cara sur los que pasaban calor. Pero era el jefe, y nadie se atrevía a llevarle la contraria por miedo a ser despedidos.
En la empresa situada en la planta 8 del mismo edificio la temperatura se decidía por un sistema de votación, y la mayoría decidía si la temperatura tenía que subirse o bajarse. Dependiendo entonces la estación del año los partidarios de subir o bajar la temperatura se iban alternando en las victorias. Nunca nadie estaba contento pero cada empleado tenía la sensación de ganar al menos durante algunos meses, aunque en los otros sufriera las consecuencias.
La empresa de la planta 9 decidió acometer unas molestas y costosas obras de acondicionamiento de la planta entera, e instaló sistemas individualizados de aire acondicionado por cada oficina, con sus controles individuales. Así cada empleado podía situar la temperatura de su oficina como mejor quisiera, para crear el ambiente de trabajo más adecuado.
Con el paso de los meses la empresa de la novena planta empezó a ganar en competitividad a las de las otras dos, hasta llegar a un punto de casi arrebatarles el mercado y casi todos los clientes. Además, como cada vez tenían más trabajo, muchos empleados de las empresas en las plantas séptima y octava dejaron sus empresas y pidieron trabajo en la empresa situada en la planta nueve. Al cabo de un par de años la empresa de la planta 9 había absorbido por completo a las otras dos, alquilado sus dos plantas, y contratado a todos sus empleados, los cuales ahora disfrutaban de sistemas de aire acondicionado individualizados y mejores sueldos y condiciones debido a su mayor productividad.
La moraleja de la historia para los viejos del lugar estaba clara: “nadie sabe lo que es mejor para ti que tú mismo”.
Si el edificio de nuestra historia fuera el planeta Tierra, y cada planta fueran países, la forma de control del aire acondicionado serían sus respectivas formas de gobierno, siendo la de la séptima planta claramente una dictadura, y la de la octava planta una democracia. Los aspectos negativos rancios y contraproducentes de la dictadura son de sobra conocidos y no hace falta extenderse más en ellos. Pero... ¿y la democracia?
Pues bien, la democracia también está obsoleta.
En febrero de este año asistí a las conferencias internacionales de Students for Liberty (SFL) en Washington DC, y allí tuve el “honor”, de escuchar a Oliver Stone en directo durante uno de los paneles. Uno de mis amigos de Estudiantes para la Libertad (la rama latinoamericana de SFL) le preguntó sobre lo que estaba ocurriendo en Venezuela. En febrero las revueltas estudiantiles en Venezuela llevaban ya semanas produciéndose, habiéndose sobrado ya las primera pues. Ante esta pregunta la respuesta de Oliver Stone fue bastante vergonzosa: “las últimas elecciones en Venezuela fueron las más limpias y transparentes de su historia y la democracia en Venezuela es ejemplar; es la oposición quién está actuando antidemocráticamente”. No por esperada la respuesta fue menos lamentable. Cuando alguien como Oliver Stone, defensor de los peores regímenes totalitarios en Centro y Sudamérica, se erige en defensor de la democracia, es cuando te das cuenta que la democracia está muy muy jodida.
Pero no hace falta irse a Latinoamérica. En Turquía hace bien poco el presidente Erdogan fue pillado en una conversación con su hijo dando instrucciones para deshacerse de 700 millones de euros. La conversación inundó Internet y las redes sociales. En represalia Erdogán ordenó bloquear Twitter y Youtube, aplastando las revueltas que allí también se estaban produciendo en las calles. Y en las elecciones que se celebraron pocos días después volvió a arrasar.
Y tampoco hace falta salir del país, aquí en España somos también expertos en la materia: en las pasadas elecciones europeas el partido que ha gobernado durante 40 años en Andalucía y que está envuelto en infinitos casos de corrupción volvió a ganar. Lo mismo en Valencia. Y 1,2 millones de españoles votaron por un partido cuyo programa electoral, de ser llevado a cabo, condenarían al país al hambre y a la miseria.
Eso es democracia. ¿Y qué significa eso? Pues que la democracia está muerta. La democracia está superada. La democracia está obsoleta. No niego el papel histórico que la democracia ha tenido en la construcción de las sociedades libres pero esta ha llegado ya a su punto de saturación y solo puede involucionar.
¿Pero entonces, qué alternativas tenemos?
En el mundo de hoy en día, cuando te atreves a criticar a la democracia o te declaras contrario a ella es algo parecido a como que siendo negro meterte en una fiesta del KKK. Los talibanes de la corrección política te embarcarán en seguida con los peores dictadores, cuando muchos de ellos son a su vez defensores de las peores dictaduras mundiales. Lo que ellos no han entendido, o no quieren entender es que la alternativa a la democracia... no es la dictadura.
Por ejemplo, ¿qué pasaría si cuando votas a un partido determinado en unas elecciones, te vieras obligado a disfrutar o sufrir su programa? ¿Qué ocurriría si el voto condicionara tu vida? ¿Qué sucedería si en lugar de acabar siendo gobernado por lo que vota la mayoría, el voto significara que puedes elegir cómo quieres vivir independientemente de lo que voten los demás? ¿Repetirías tu voto al cabo de 4 años o cambiarías? ¿Cómo evolucionaría el electorado? ¿Y si pudieramos elegir la temperature del aire acondicionado como en el ejemplo inicial? ¿Y si en lugar de democracia, tuviéramos... atomocracia?
Probablemente estaréis pensando que es una idea muy descabellada, pero no lo es tanto. Gracias a los avances tecnológicos actuales, avances que muchos Gobiernos intentan detener a veces con más y otras con menos éxito, se podría implantar perfectamente. De hecho hace unos días saltó a las noticias que el PP estaba pensando en crear “barrios de lujo” donde se paguen más impuestos por tener mejores servicios públicos. ¿Qué tal al revés? No es tan difícil. Sólo hay que tener voluntad.
Pues sobre este tema, sobre la atomocracia, versa la presentación que en estos momentos, cuando se publique este artículo, estaré pronunciando en el Círculo de Bellas Artes de Madrid durante la Feria del Libro del Instituto Juan de Mariana, Liberacción. Y lo haré mientras presento el libro que he publicado recientemente: Perfectopía.
Y de eso, de atomocracia es de lo que trata Perfectopía. El libro comienza en la época actual donde el protagonista, Sam, es un chico del 15-M como cualquier otro de los que van de manifestación en manifestación protestando contra el capitalismo, los mercados, los ricos, las empresas… Las protestas se están recrudeciendo en toda Europa simultáneamente con el colapso económico y social del continente: El Gran Caos. Todas las estructuras de poder quedan destruidas; las revueltas y los asesinatos se producen por todos los rincones de cada país; dirigentes y casas reales huyen dejando a su suerte a sus ciudadanos...
Inmediatamente el libro se mueve en el tiempo y nuestro protagonista aparece de repente dentro de 15 años en un mundo nuevo donde este nuevo sistema, la atomocracia ya ha sido instaurada. En ese nuevo sistema las opciones posibles para votar son: los Planificados (o comunistas), los Semiplanificados (socialistas), los Tradicionales (o conservadores), los Naturales (ecologistas, anticiencia, antitecnologia, etc.) y los Libres. Pero aquí el voto ya tiene un significado mucho mayor que el de simplemente votar a un partido: eliges también un estilo de vida. Fiel a sus creencias Sam elige “Planificado” (al igual que muchos votaron con los ojos cerrados a Podemos en las pasadas elecciones) y entonces la historia se desenvuelve en torno a qué ocurre cuando te tienes que enfrentar a tus propios ideales.
En el libro se muestra cómo viven las distintas sociedades surgidas tras este nuevo sistema, la atomocracia, y entre ellos una que no se ha visto nunca todavía en acción: los Libres, una sociedad totalmente libre. Y a partir de ahí ocurren muchas cosas, muchas aventuras, mucha acción e intriga, pero para eso tenéis que leer el libro.
¿Implantamos la atomocracia? Bienvenidos a Perfectopía.
Artículo originalmente publicado en mi blog en Liberal Spain.








