Me preguntó, una y otra vez.
¿La maldad tiene algún límite?
Lo imagino otra vez.
Y no puedo creerlo aún.
Se supone que soy tu hija, a quien tú diste vida.
Y aún así no dudaste.
No hubo duda cuando agarraste el cuchillo.
Y sin piedad, me destruiste.
Sin dudar me apuñalaste.
Una, y otra vez.









