La reina y el príncipe africano.
En cierto reino lejano, existía una reina que amaba con desespero a un príncipe encantador, de orígenes africanos, el rey era de una tez finamente oscura y un dulce corazón.
La reina buscaba siempre con desespero, enamorar al hombre de real linaje, vistiendo a la moda de Francia, usando rímel y delineador, buscando en el cielo alguna razón. Alguna señal aunque fuese en una humilde flor.
Fue entonces que la reina, mandó a un ciervo a investigar, a infiltrarse en el palacio del príncipe en discordia, quería obtener cualquier señal de lo pudiera poner a ese amor en custodia.
El ciervo miró entonces algo peculiar, el príncipe amaba a una mujer escucharla cantar. Se embelecía tanto con contemplar, el canto de ángeles de aquella dulce mujer hija de un juglar.
Corrió entonces el ciervo, donde la bella reina aguardaba, le dijo entonces que si ella cantaba, el príncipe no soportaría lejos de ella estar. Así fue entonces que la reina comenzó a cantar las más bellas letras pero en una trova sin especialidad, no era lo suyo el canto y el mundo lo acababa de notar.
Desistió entonces de ello y mando de nuevo al ciervo a investigar, otra cosa habría de haber, para que al príncipe pudiese enamorar.
El ciervo ya en palacio real, al príncipe logró mirar como de orgasmos se le llenaban las pupilas al ver a una mujer pintar, los retratos más hermosos de la naturaleza y humanidad, dulces y finos cuadros, con perfección como de deidad, eran la obra de aquella mujer, de finos rizos que parecían miel.
Una vez sabido esto, la reina se puso a pintar, tratando en primer lugar una simple flor pintar, pero la magia con los pinceles tampoco era dada a su realeza, no podía pintar pétalo alguno que no pareciese una hoja seca o una figura amorfa, desistió entonces de hacerlo para llamar algo estresada de nuevo a su ciervo particular, a que de nuevo investigara que tenía que hacer para al príncipe enamorar.
El ciervo partió cauto y presuroso y ésta vez se topó al príncipe escuchando recitar, los más dulces poemas en una voz extrasensorial. Una dulce mujer blanca como la nieve, dedicaba a la audiencia privada de su alteza una serie de poemas que los ángeles envidiarían escuchar.
Entonces el ciervo corrió a informar a la reina, lo que esta vez habría de hacer. La reina entonces trató de redactar un poema que cortara el viento, que cobijara la luna y deslumbrara al sol, sin embargo lo único que salía era un ventarrón de palabras al azar que no tenían coherencia o pasión.
Casi llorando y desesperada en su dictar, mando con furia de nuevo al ciervo al palacio del príncipe, amenazándolo esta vez con que de no acertar, su destino en la horca se iba a dictar.
Tembloroso el ciervo llega al palacio y ésta vez mira algo totalmente original, al príncipe abrazado con una dulzura bestial a una mujer de tez oscura, y angelical presencia. Sin notar otra cosa, el ciervo volvió a la reina y al contarle lo visto, la reina mando pedir carbón para teñirse la piel de oscuro color.
Durante plena pigmentación, la reina es visitada de imprevisto por el príncipe de su corazón que al verla hacer eso, primero considera cual mofa su actuar.
Pero una vez que la reina hubo contado con vergüenza su actuar, el príncipe solo le dijo estas palabras antes de marchar: - Yo no amo la música, ni las pinturas, ni la tez en esas mujeres, yo amo que ellas aman quienes son y no lo que son, que hacen lo que hacen con amor y pasión, no inflando su ego si no sólo su corazón. Siento no ser su amado dulce reina de ceguera al amor, pero mientras usted no entienda que si uno no ama lo que uno no es, entonces no amas al que es, si no lo que es… yo no puedo ser feliz a su lado sin que usted ame quien es.









