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Mi vida nómada se estaba concentrando en una ciudad: Buenos Aires. Desde que había llegado estaba yendo de aquí para allá cambiando de casa, acogido por viejos y nuevos amigos. Y agradecido por ello.
Con Nico había pasado un par de días y de nuevo me movía. Volvía a Burzaco. Nico por su lado se quedaba recogiendo lo que le quedaba para hacer la mudanza. En la estación de Retiro me esperaba Raúl para ir de nuevo a su casa. Iba a pasar el fin de semana con su familia antes de volver a Rosario y visitar un par de pueblos entre las provincias de Santa Fe y Córdoba.
Burzaco y el entorno de Buenos Aires
Nada más llegar a Burzaco Raúl y yo pasábamos a hacer la compra para el fin de semana. Tenía intención de cocinar para la familia y no precisamente tortilla de patatas, que finalmente no hice. Tenía en mente otros platos de mi recetario para darles a probar.
La noche de la llegada fue de cocina, tanto Erika como yo nos pusimos manos a la masa y preparamos una buena cena. Al día siguiente Raúl tenía intención de que pasáramos el día fuera de casa recorriendo poblaciones alrededor de Buenos Aires, que conforman la capital, y llegar hasta Mataderos, donde íbamos a encontrar un mercado dominical y de paso nos quedaríamos a comer ¡un asado!
Erika y yo en el patio de la casa
La pequeña Julia con mi sombrero
Erika preparando los tomates para el plato de la cena
Erika y Julieta haciendo monadas con la cámara del móvil
Después de un paseo para conocer un poco mejor Mataderos, Raúl puso dirección a Tigre, bien al norte. Allí visitamos China Town, poco que ver con un barrio chino como conocemos en Europa, Asía o América del Norte, ya que más bien se trataba de un centro comercial dedicado a Asia y su cultura, en el que entre otras cosas se podían encontrar productos gastronómicos de varios países asiáticos. Posiblemente era uno de los pocos lugares donde comprarlos en la ciudad. Por lo demás, una feria estable en un gran supermercado o centro comercial.
Salimos de excursión el domingo para conocer los alrededores de Buenos Aires
El mercadillo de Matadero
Un poni para dar una vuelta por Matadero
Monumento dedicado al gaucho resero en Matadero
Museo Criollo en Matadero
El río de la Reconquista en Tigre
Barcas típicas de Tigre
Entrada al barrio chino de Tigre
Quedaban 60 kilómetros para volver a casa y todos andábamos agotados de un día animado y sin descanso. Erika preparó la cena y pronto todos a dormir. A la mañana siguiente tenía viaje. Volvía a Rosario.
Rosario por segunda vez
Había hablado con Carlota de ir a su casa por segunda vez. Era la manera más sencilla de seguir con mi recorrido, que me llevaría a Casilda en la misma región: Santa Fe y a Corral de Bustos, en la frontera con la región de Córdoba.
Raúl, Erika, Camila, Julieta y como no el pequeño Lorenzo me acompañaron hasta la terminal de autobuses de Burzaco con su coche, para desde allí llegar a Rosario con transporte público. Mi intención era la de ir a dedo, pero la familia me cubrió el coste del pasaje y además se quedó conmigo la hora larga que tuvimos que esperar por el retraso del autobús. Lorenzo y yo no dejábamos de hacernos la puñeta y jugar.
No quería volver a verme me dijo varias veces, pero al final, cuando descubrió que me iba y no íbamos a volver a vernos, al menos durante una larga temporada, arrancó a llorar, según me contaron Raúl y Erika que me enviaron una foto con su berrinche. Adorables todos, encantador y genial el pequeño Lorenzo.
Berrinche de Lorenzo cuando se dio cuenta que no volvería
La familia en la terminal de autobuses esperando
La familia despidiéndome. Saliendo hacia Rosario
Foto de familia de despedida
Cuando llegué a Rosario, tenía que acudir al trabajo de Carlota y Kava, que me estarían esperando. Preguntando se llega a Roma y así lo hice para llegar hasta La Rambla del Río Paraná donde los encontraría, desde la terminal de autobuses, a la que al día siguiente tendría que volver.
Ya habían terminado de trabajar, así que tomamos una cerveza y nos fuimos a un chiringuito de la playa cercano, donde se celebraba el cumpleaños del dueño y había organizado un concierto para los clientes y amigos. Seguimos bebiendo cerveza hasta que el evento termino y nos fuimos a casa.
Entre Buenos Aires y Rosario
Llegada a Rosario
Fiesta en la playa de Rosario con música en directo
Concierto en un bar de la playa de Rosario
Autobús destino Casilda
No me quedaría más que esa noche y después de comer seguiría camino hasta un pequeño pueblo llamado Casilda donde me esperaba otro amigo hecho durante el viaje.
Casilda, provincia de Santa Fe
A Juano Moroni lo conocí en Fiyi al coincidir en casa de Johnny, un taiwanés monitor de buceo, que nos acogió durante unos días a través de Couchsurfing. Algo que ya conté en este artículo.
Juano me vino a recoger a la estación de autobuses de Casilda y de allí nos iríamos dando un paseo hasta la casa de sus padres, donde vive. El bueno de Juano me había cedido su habitación para pasar el par de días que estaría en su casa.
A nuestra llegada me encontré con María, su madre, y Toti, su padre, que me esperaban. Más tarde aparecieron Constanza y Juli, las hermanas de Juano. La primera se quedó a la cena y añadió su arte, la segunda tenía una cita con su pareja y no nos acompañó. La conexión con la familia fue inmediata. Con todos tuve momentos especiales o bien cocinando o bien charlando y pasé un par de días realmente bonitos en Casilda.
María y Toti durante la primera noche
Juano y Toti durante la primera noche
Constanza y Maria durante la primera noche
Vista de la casa de los padres de Juano
El terreno trasero de la casa con un amplio jardín
Jornadas gastronómicas en casa Moroni
La primera noche tenían previsto un asado, la comida o cena de bienvenida de un argentino a un extranjero. Era de nuevo una copiosa cena a base de carne y para rematar unas espectaculares tartas que Constanza, la hermana de Juano, había preparado. Una cena que me dejaría la mitad de la noche en vela, hasta que opté por el bicarbonato y pude dormir del tirón hasta la mañana siguiente.
Constanza, María, Toti y Juano conmigo durante el asado la primera cena
Tarta de Constanza
Otra tarta de Constanza
Amanecí por la mañana y la dediqué a trabajar en el ordenador. En breves iba a ir a La Plata, Natalia había organizado una conferencia y una sesión de DJ y estaba preparando los carteles para anunciar ambos eventos. Por la tarde después de la comida en la que aprovechamos las sobras de la cena y añadimos unas ensaladas, me fui con Juano a pasear y conocer el pueblo. Nos sentamos en la terraza del bar de sus padres en el centro de la población y tomamos una cerveza tamaño familiar.
Parroquia San Pedro Apóstol de Casilda. Patrono de la ciudad
Con Juano conociendo Casilda
Plaza de los Mástiles de Casilda
El bar restaurante de la familia de Juano en Casilda
Interior del bar restaurante de la familia de Juano en Casilda
Terraza del bar restaurante de la familia de Juano en Casilda
Edificio de la Municipalidad (Ayuntamiento) de Casilda
A la vuelta aprovechamos para hacer la compra. Esa noche me había comprometido a hacer mis tortillas de patatas para que las probasen. Ellos también la ofrecen en el restaurante y querían ver como las hacía y si les gustaban utilizarían mi receta para las suyas. La cena volvió a ser un banquete y a mis tortillas añadieron ellos unos calamares y ensaladas y de nuevo Constanza hizo unas tartas que eran obras de arte y deliciosas.
Las tortillas finalmente llegaron para quedarse y Toti, me pidió permiso para usar mi receta en el restaurante, que por supuesto acepté. No solo era un honor para mi que la receta de mi madre se quedase en Argentina, sino que no veía mejor manera de corresponder a la hospitalidad que me habían brindado esas dos noches que habíamos compartido en su casa.
La tortilla en Casilda en marcha
Toti conmigo mientras cocinaba mis tortillas
Una de las tortillas de esa noche en Casilda
Tarta de Constanza para la noche de las tortillas
Flan delicioso para terminar la cena de las tortillas
A la mañana siguiente, domingo, teníamos una invitación para comer en casa de los abuelos de Juano. Nos habían preparado los filetes rebozados o milanesas, especialidad de la casa. Con la emoción olvidé hacer fotos de este momento y no puedo mostraros de nuevo el banquete y por supuesto la amabilidad de esta familia conmigo.
Llegaba la hora de partir, debíamos de ir a la terminal de autobuses ya que mi autobús salía en poco rato. Por la mañana temprano Juano y yo dimos un paseo para comprar anticipadamente mi butaca y poder viajar hasta Corral de Bustos.
La despedida de la familia estuvo cargada de emoción y para rematar Toti puso en mi mano una cantidad de billetes de pesos argentinos. No conocía la cantidad. Lo rehusé en un primer momento, ya que la hospitalidad durante esos días en su casa era suficiente para mi, pero el insistió y me pidió que aceptará una ayuda para seguir camino en mi viaje. Así mismo Juano había pagado el billete de autobús.
Constanza preparando una masa
Toti despidiéndose de mi
Terminal de autobuses de Casilda
Juano se quedó conmigo hasta que el autobús salió. Iba al reencuentro con otro amigo, en este caso con Alejando Scoccia nos unía una amistad desde hacía tiempo, cuando el vivió en España y era colaborador del Festival de Benicassim en el que coincidíamos. Durante mi etapa en Barcelona, fue a uno de los que les pude contar antes de salir, mi aventura y ya entonces me invitó a que cuando llegase a Argentina, pasara por su casa.
Corral de Bustos, el reencuentro con Alejando Scoccia
Durante el trayecto entre Casilda y Corral de Bustos, alrededor de 130 Km, Alejando y yo estuvimos en contacto vía Messenger contándole mi avance para que, llegado el momento, pudiese ir a recogerme a la terminal del pueblo.
Según la hora prevista llegué y allí estaba Alejandro con su moto. La primera parada la hicimos de camino a casa, sus colegas estaban sentados a la fresca y nos paramos a saludar. Conocer a un viajero alrededor del mundo les interesó y pudimos charlar y contarles sobre el viaje, respondiendo a sus preguntas.
Entre Casilda y Corral de Bustos
El encuentro con Alejandro Scoccia en Corral de Bustos
Alejandro con unos amigos al poco de mi llegada a Corral de Bustos
Tras ese buen rato nos dirigimos a su casa y allí me encontré con Raquel su madre y Enzo su padre, que ya estaban avisados de mi llegada y habían preparado una habitación cómoda al lado del salón comedor. Raquel estaba cocinado las empanadas argentinas, también populares como el asado, y fue una cena perfecta para acompañar con las cervezas que sus amigos habían traído.
Alejandro, Raquel y Enzo conmigo
Christian y Fabrizio amigos de Alejandro
Con Ludmila, una amiga de Alejandro
Se montó la fiesta, volvía a darlo todo y me acostaba alrededor de las 5-6 de la madrugada con una buena dosis de alcohol en el cuerpo. Dormí, que no fue mucho, hasta que la resaca me despertó. Alejandro aún había apurado la noche bastante más. Él seguía durmiendo a esa hora y se levantó justo para comer.
Un asado era el menú de mediodía. De nuevo me atiborraba de carne preparada con esmero por Enzo, que tenía una larga experiencia en ello y me lo demostró. Unos de los mejores asados que me había comido hasta la fecha en Argentina.
Por la tarde a reposar la carne y antes de que cayese el sol aprovechamos para ir a la piscina, ya que ese domingo era el último día que iba a estar abierta. El verano austral se había terminado. La piscina estaba en las instalaciones de uno de los clubes de fútbol de Corral de Bustos. En este caso del Corralense, que ese día jugaba y por los altavoces podíamos seguir los momentos más importantes gracias al speaker que daba los detalles del partido.
La comida de la resaca. Un buen asado y ensalada
La Piscina del Club Corralense
Alejandro en la piscina al atardecer
Esa noche la tomamos tranquila y yo me iba a la cama cerca de medianoche para descansar, al día siguiente teníamos prevista una cena con todos sus amigos en casa.
La comida del lunes la preparamos entre Raquel y yo. Logré convencerla de que tenía que probar mi tortilla de patatas y aunque incrédula por mis dotes culinarias accedió. Cuando las probó me felicitó. Por su parte, Raquel, preparó un pollo al horno con una cantidad abundante de ajos que tanto a Enzo como Alejandro les encantan y que le quedó realmente bueno.
Tortilla en casa de Alejandro en Corral de Bustos
Pollo al horno de Raquel en Corral de Bustos
Después de comer una siesta y cuando despertamos Alejandro me llevó al partidillo que juegan cada semana entre los amigos. Él era un buen futbolista, pero no siguió carrera y se notaba que vivía el juego con pasión. Incluso se enfadó por errores de sus compañeros, que cuando se juntaron en casa para la cena, todavía seguía siendo motivo de discusión y conversación.
La cena transcurrió en paz y yo preparé un arroz tipo paella, pero en un disco, que es como llaman en Argentina a unas sartenes parecidas a las paelleras, pero con un fondo profundo, perfectas para hacer el arroz caldoso o meloso.
Finalmente fuimos alrededor de la docena los que nos juntamos. Amigas y amigos de Alejandro, algunos que ya conocía. El arroz español sin azafrán no es lo mismo y Mauro –unos de sus buenos amigos- trajo un potecito sin estrenar para que lo usase. Después me regaló lo que sobró y me vino muy bien para las siguientes paellas que haría.
Partidillo de fútbol en Corral de Bustos
Alejandro controlando el balón
Mi arroz tipo paella en el disco argentino
Danilo, Alejandro y Agustina
Alejandro y Damian, amigos de Alejandro
De nuevo la noche se alargó hasta las tantas de la madrugada y de nuevo me fui a dormir con una buena dosis de cerveza y algún whisky en el cuerpo. Aunque bien amortiguados esta noche por una contundente cena.
Al día siguiente llegaba la hora de partir y había decidido hacer el trayecto entre Corral de Bustos y Buenos Aires a dedo. Mauro de nuevo sería mi salvador, ya que no puso pega a hablar con el camionero que debía de salir de su empresa con carga y pedirle que me acercara.
Sé que no era del agrado de Franco llevar a nadie, sobre todo por el seguro que ya he comentado en algún capítulo de esta serie dedicada a Argentina, pero accedió y sobre las 6.30 de la tarde salíamos con dirección a Buenos Aires.
Camión que haría de transporte entre Corral de Bustos y Buenos Aires
Mauro, Franco, Alejandro y yo antes de partir
Franco conduciendo su camión
Puesta de sol en la carretera
El sol poniéndose reflejado en el retrovisor del camión
Gasolinera donde me quedé a esperar un nuevo transporte
Yo me quedaría en una gasolinera en San Pedro, ya que quedarme en Zárate, donde el terminaba el recorrido, y a las afueras de la fábrica de Quilmes, donde descargaba y volver a cargar, no era lo más adecuado de madrugada por seguridad.
Era medianoche cuando llegábamos a la gasolinera y allí me quedé, esperando que algún otro camionero o conductor parase para descansar y volviese a pillar la ruta a la capital.
El frío comenzaba a caer y pasé la noche en vela preguntando a quien aparecía por allí por un hueco en su automóvil o camión. No pudo ser y agotado, mientras cargaba el teléfono en el restaurante de la gasolinera, eche una cabezada para recuperar fuerzas.
Por fin sobre las 6 de la mañana Lucas un camionero con el que me había saludado por la noche y al que había preguntado, aceptó acercarme hasta Campana, donde él llegaba, que era perfecto para subirme a un tren y llegar sin más demora a Buenos Aires.
Camino a Buenos Aires con mi nuevo transporte
Amaneciendo en la carretera
Lucas el camionero que me acercó hasta Campana
Estación de tren de Campana.
Interior de la estación de Campana
Desde Campana. Amaneciendo en Buenos Aires
A las 7. 30 ya estaba en marcha y tenía intención de pasar un par de días más en Buenos Aires antes de ir a La Plata para dar la conferencia del viaje. Pero esto será la historia del próximo capítulo de mi paso por Argentina.
Hasta entonces y como siempre…
¡Pura Vida!
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Vuelta a Burzaco, Rosario y conociendo Casilda y Corral de Bustos. Mi vida nómada se estaba concentrando en una ciudad: Buenos Aires. Desde que había llegado estaba yendo de aquí para allá cambiando de casa, acogido por viejos y nuevos amigos.
Tras empujar la auto-caravana de Kevin y Cristina y despedirnos, ellos siguieron su camino a Buenos Aires y yo me quedaba con Diego invitado en su casa en San Luis para pasar un par de días.
Diego, amigo virtual, que se convierte en amigo real
A Diego lo conocía a través de las redes sociales. Un día JoseGirl, una buena amiga, compartió en su perfil de Facebook el vídeo de mi viaje, que terminé de montar estando en Indonesia en 2015. Una buena cantidad de sus seguidores me enviaron una solicitud de amistad, entre ellos Diego y estábamos en contacto desde entonces. Me había invitado hacía tiempo a pasar por su casa cuando llegase a su país. Y ese momento había llegado.
Diego no vive en la misma ciudad de San Luis, sino en una población cercana llamada La Punta a unos 20 Km. Fuimos en su coche, un clásico que todavía funciona. La Punta es un lugar tranquilo y construido no hace muchos años, con grandes avenidas y casas bajas residenciales. Con pequeños jardines a la entrada y en la parte trasera de las casas, donde los vecinos instalan piscinas provisionales para superar los rigores del verano del norte argentino, y donde por supuesto, también tienen sus barbacoas.
Llegando a La Punta, en San Luis
Entrada de la casa de Diego
La barbacoa en casa de Diego
Diego ya me había avisado que me esperaba un buen asado argentino, que aunque no era experto en hacer, me quería dar a probar. Argentina es la tierra de los asados, de la carne de vacuno y cerdo que la mayoría come a diario. Y aunque no soy muy carnívoro, menos de carne roja, había aceptado su invitación. Sería mi primer asado en Argentina.
Pero aún con las ganas de encender el fuego y poner la carne a asar, tuvimos que esperar al segundo día, ya que esa tarde se levantó un viento que amenazaba tormenta, como así sucedió. Entonces propuse preparar yo algunos de mis platos para la cena. Arroz tipo paella y una tortilla de patatas, la primera hecha en Argentina.
Cocinando en casa de Diego
La primera tortilla en Argentina
Arroz español de pollo
Diego es policía local y vive con su familia –mujer y dos hijos-, además de la madre que vive en la casa contigua, ambas unidas por una puerta interior. La mujer y los niños se fueron a vivir esos días a casa de la madre de ella en San Luis, para poder tener espacio para mi y también tranquilidad, ya que al parecer los pequeños son revoltosos. A mi no me hubiese importado, los niños me gustan y además me lo paso genial con ellos jugando y haciendo el cabra, pero Diego y su familia lo decidieron así. Estaba previsto que viniesen a conocerme, pero la tormenta de esa noche cambió los planes.
Con Cristina, su madre, desde el momento en que me la presentó tuvimos buenas conversaciones, sobre todo de cocina, pero también de cosas más comprometidas a nivel político y social. Una buena mujer que me recibió como si de un hijo se tratase, con cariño y una sonrisa siempre que nos cruzábamos.
Cristina, la madre de Diego
Continuando el viaje a Buenos Aires
Pasé dos noches en casa de Diego. A la mañana del tercer día tenía previsto viajar y seguir camino a Corral de Bustos, en la provincia de Córdoba, pero población cercana a Santa Fé. La idea era ir haciendo autostop. Me quedaban por delante una buena cantidad de kilómetros y probar suerte.
Antes del viaje pasamos por una tienda de comestibles para llevar algo con lo que alimentarme, en las seguramente largas horas que tenía por delante, de espera en la carretera. También para comprar una tarjeta SIM con un número de teléfono argentino, ya que la previsión era estar en el país una larga temporada y necesitaba estar conectado.
Comprando la tarjeta para el teléfono me encontré con la primera incongruencia de la compañía telefónica para con un extranjero, que por cierto es española. Aunque en Argentina me he encontrado con otras posteriormente que ya comentaré. Acerca de la de la compañía telefónica es que para poder darte de alta piden el número del DNI, aunque sea de prepago, pero solo sirve la identificación argentina, probé varias veces con el mío español y solo conseguí bloquear la tarjeta. Lo mejor es que el número lo aceptaba, pero no la fecha de nacimiento. La chica que nos atendía era nueva y no parecía muy experta en el tema así que no sabía muy bien qué hacer.
Envoltorio de la tarjeta SIM con las promociones
Finalmente pedí a Diego poner su identificación y por fin, tras más de una hora probando, conseguimos que funcionase. Ya tenía número de teléfono y conexión a internet por el módico precio de 20 pesos argentinos (menos de 1€) más la carga que quisiese, que tuve que hacer en otro comercio. Aquí multiplicas el crédito por 3, 4, 5, 6 y 7 dependiendo de la cantidad que quieras aumentar y hayas cargado, por lo que considero que no sale muy caro. Aunque los 50Mb que te dan por cada 10 pesos se acaban rápido.
Diego antes de salir de su casa me había propuesto pagarme un billete de autobús hasta Villa Mercedes, una población también en la provincia de San Luis, a unos 120 Km. El precio era de 95 pesos, creo recordar. Al principio me negué, su hospitalidad era suficiente, pero él insistió. Para no discutir propuse echarlo a suertes con una moneda. Si salía cara me pagaba el ticket, si salía cruz, seguía con mis planes de hacer autostop desde La Punta o San Luis a Corral de Bustos. Salió cara y llegué hasta Villa Mercedes en autobús.
Terminal de autobuses de San Luis
Interior de la terminal de buses de San Luis
Autobús para viajar hasta Villa Mercedes
Eran las 13h cuando salía desde la estación de autobuses de San Luis. Me despedí de Diego y nos citamos la semana siguiente en Buenos Aires, en el concierto de Enrique Bunbury, uno de mis objetivos durante el viaje por Argentina al llegar a la capital. Él quería venir a verlo también.
Llegué pasada una hora larga a Villa Mercedes. El conductor me dejó a la entrada de la ciudad, cerca de varias gasolineras como habíamos quedado antes de empezar el viaje.
Haciendo dedo en Argentina
Para llegar a Argentina lo hice con autostop, aunque no tuve que esperar en la carretera, sino que en la misma frontera pregunté a unos chicos y ellos fueron lo que me trajeron, como conté en el anterior artículo.
Pero ahora me tocaba a mostrar mi mejor cara al preguntar a los conductores que me encontrase en la gasolinera, antes de intentarlo directamente en la carretera. Comencé con un camión, era de transportes de materias peligrosas y me puso en aviso de que ellos tenían prohibido terminantemente llevar otros pasajeros. Ya lo sabía para la próxima. Los siguientes a los que pregunté iban dirección a Buenos Aires, así que iban en otra dirección a la mía.
Decidí probar suerte en otra gasolinera a unos 500 metros adelante. Obtuve la misma respuesta, todos iban a Buenos Aires. Decidí que lo intentaría directamente en la carretera y seguí camino para intentarlo, por allí pasaban más vehículos y quizás alguno parase y llevase mi dirección. No tuve mucha suerte durante el rato que estuve y además una mujer ligera de ropa me pidió por favor, que me adelantara ¡le estaba espantando los posibles clientes! Me disculpé por mi intromisión en su trabajo y avancé unos metros. Había elegido ese lugar porque estaba al resguardo de un gran árbol. El cielo se estaba nublando y barruntaba lluvia.
Encontré otro árbol, este más pequeño y un señor que estaba allí parado me avisó de la tormenta que se avecinaba, lo que confirmó mis temores. Dejé las mochilas al resguardo del árbol y me puse cerca de la carretera. Sin suerte. Al poco rato empezaron a caer gotas, o mejor dicho ¡gotones!. La tormenta era de verano y cada gota era de un tamaño considerable. Aguanté bajo el agua hasta que me di cuenta de que las mochilas empezaban a mojarse demasiado y yo también. Parecía que no les daba mucha lastima a los conductores. A veces la lluvia funciona para los autoestopistas. No aquí.
Como estaba justo enfrente de una gasolinera sin servicio en los surtidores, pero con un pequeño bar-tienda funcionando, me refugié allí. Esperando a que descampase, me di cuenta de que un coche estacionado tenía las luces encendidas. Pensé que el conductor estaría haciendo unas compras rápidas, pero cuando pasaron unos minutos y vi que nadie venía, entré en la tienda a avisar.
Haciendo amigos en el camino
Dos hombres jugando al billar me miraron de reojo, pero no me hicieron caso, insistí en decir que el coche se iba a quedar sin batería y esta segunda vez, las chicas que atendían el lugar dieron una voz para avisarles. Hubo reacción y uno de ellos me preguntó que pasaba. Le comenté que si era su coche, tenía las luces encendidas y llevaban un rato, por lo que peligraba la batería. Salió, yo le seguí, -tenía mis mochilas allí- y cuando las apagó y cerró el coche, agradecido me invitó a acompañarles y beber con ellos unas cervezas.
La lluvia cayendo, yo refugiado en la gasolinera sin surtidores
Mi nuevo amigo en el camino
El amigo de mi nuevo amigo en el camino
Con las cervezas
No tenía nada mejor que hacer, así que acepté y allí estuve varias horas, esperando a que cesara la lluvia, para poder seguir con el autostop. Cada vez que algún camionero se acercaba a comprar tabaco, bebida o algo de comer, le preguntaba. La respuesta seguía siendo la misma: iban a Buenos Aires.
En todo el rato que estuvimos juntos, pillé confianza con mis nuevos amigos y finalmente les pedí acercarme con su coche hasta el cruce donde las carreteras con dirección a Buenos Aires y Río Cuarto -que era donde me dirigía- se juntaban. Accedieron.
Cuando arrancó el coche se dirigió en dirección contraria al cruce, pregunté por qué íbamos en dirección contraria y me comentaron que no me iban a dejar allí, caía la noche y posiblemente nadie me pararía. Quedaría la opción de quedarme en su casa, en caso de que nadie me recogiese en el rato que íbamos a estar juntos.
En la gasolinera hablaron con el gasolinero y me dijeron que si alguien que conocían paraba, le preguntarían si llevaba mi dirección. Quizás tendría suerte. Aún así yo seguí preguntando a cada camión que paraba. También había enviado un mensaje a mi amigo Alejandro que me esperaba en Corral de Bustos diciéndole que todos iban a Buenos Aires y me sugirió que les pidiese dejarme en Venado Tuerto, que seguro pasarían por allí e incluso quedaba más cerca de su pueblo.
Mi primer camión en Argentina para viajar
En una de estas, pregunté a otro camionero. Su reacción fue diferente a las anteriores y hubo mejor predisposición, aunque el problema seguía siendo el mismo: iba dirección a Buenos Aires.
Cuando leí el mensaje de Alejandro, busqué de nuevo al camionero que tan buen rollo me había dado y me dijo que estaba pensando cambiar la ruta y hacer primero, pueblos que estaban en dirección donde yo iba y terminar en Buenos Aires. De esa forma me podía llevar. Una llamada a la empresa aclaró que no había problema en hacer el cambio. Ricardo me invitó a subir a su camión y viajar con él.
Condujo hasta la medianoche, cuando llegamos a Pasco, primer lugar de descarga del nuevo itinerario. Allí aparcamos cerca de la empresa del cliente y dormimos. Él en su cama, yo entre los asientos y el salpicadero haciendo contorsionismo. Aunque con el cansancio que llevaba me dormí enseguida.
Ricardo el camionero que accedió a acompañarle en el viaje
Avanzando con el camión
Parada para dormir en el camión
Amanecimos temprano, sobre las 7 de la mañana y algo que no habíamos previsto cuando dejamos las ventanas un poco abiertas para que corriese el aire, era la tormenta de viento que hubo de madrugada mientras estábamos en la fase REM del sueño. La tierra había cubierto el camión por fuera y también por dentro de una tierra roja y fina. Un buen despertar o una anécdota que comentar. Tras la cepillada a la cabina y sacudida de mi ropa, un mate para él y un café para mi y en marcha.
En la empresa nos esperaban, y un equipo de trabajadores se encargó de descargar los tubos de gas que era la carga que llevaba el camión. Cuando terminaron de hacer el trabajo yo pude ayudar a Ricardo a cerrar de nuevo los toldos del remolque. Quería ser útil y ayudar en lo necesario como una forma de agradecer su hospitalidad.
Entrando en la empresa para la primera descarga
Dentro del complejo de la empresa
Operarios descargando su pedido
El siguiente destino era en Villa María, a unos 54 kilómetros de Pasco. Mientras descargábamos la segunda entrega, Ricardo preguntó a los clientes donde estaba la terminal de autobuses en la ciudad para dejarme a mi, le indicaron, pero también le advirtieron de que no podría entrar con el camión. Yo comencé a replantearme las cosas.
Llegando al lugar de la segunda descarga
Descargando en Villa María
Terminado el trabajo, seguimos camino
Cambiando los planes y fluyendo con el viaje
Cuando salimos con dirección a Villa María decidí cambiar los planes. Ricardo debía de parar en Rosario y yo, aunque más adelante, también tenía una invitación en casa de Carlota, la hija de mi vieja amiga Ana Iturri de Zaragoza.
Le comenté a Ricardo de mi nueva idea y si podía llegar con él hasta allí, me confirmó que sí. No había ningún problema. Avisé a Alejandro de Corral de Bustos que posponía mi visita ya que se estaba complicando mucho llegar. A su vez pregunté a Carlota, si era posible adelantar las fechas para vernos y conocernos en persona. En ambos casos no hubo problemas y como en mi viaje estoy abierto a los cambios que sean necesarios, hice lo que parecía ser más sencillo.
Durante el viaje a Rosario Ricardo recibió una llamada de la empresa que le comunicaba que no tendría que llegar a Buenos Aires. Dejaría el remolque que llevaba en ese momento en el depósito de la empresa en Rosario, y desde allí volvería a Mendoza -donde él vive- con otra carga.
Yo creí que no eran buenas noticias, ya que su sueldo también depende de los kilómetros que hace ¡pero no! al parecer le venía mucho mejor, ya que conducir durante el fin de semana se paga al doble y además volvía a casa antes de lo previsto. Alegría para ambos. Él había cambiado los planes para ayudarme y a cambio, le había traído suerte y más beneficios.
Camino Rosario
Camino Rosario
Ricardo me deja en la entrada de Rosario
Llegamos a Rosario a primera hora de la tarde, me dejó en un punto intermedio para seguir camino y yo poder llegar fácilmente a casa de Carlota. Lo hice finalmente en taxi, el autobús estaba retrasándose demasiado y a un guarda que le pregunté sobre como llegar al centro, me avisó que anduviera con cuidado. La zona no era muy segura y menos para un extranjero con mochilas.
Pagué por el taxi 160 pesos argentinos, para mi maltrecha economía un roto importante, pero quizás ahorre dinero si hubiese tenido algún intento de robo mientras esperaba el autobús. Carlota me estaba esperando en su casa y me recibió alegre. Me invitó a un plato de arroz que había guisado y pudimos charlar. Me ofreció estar allí el tiempo que necesitase. Estuve todo el fin de semana.
Carlota cuando me recibió en su casa
Barba Azul, la simpática perra de Carlota
Después del fin de semana la suerte siguió sonriéndome y pude llegar a Buenos Aires sin esfuerzo. Pero esto será la historia de mi próximo artículo. Hasta entonces y como siempre…
¡Pura Vida!
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Yo para ser feliz quiero un camión. Haciendo autostop en Argentina. Tras empujar la auto-caravana de Kevin y Cristina y despedirnos, ellos siguieron su camino a Buenos Aires y yo me quedaba con Diego invitado en su casa en…
Actúa natural, saca el pulgar!
Haciendo autoestop.