Pasan los minutos en la tranquilidad de la noche, perfecta y hermosa, llena de una paz que sucumbe las almas de mortales a los deseos de Morfeo, llena de su innegable aroma que embriaga mentes y enloquece sentidos, una noche tan fría que apagaría las llamas del infierno con tan solo resoplar. Esta noche tan innegablemente fría, que nadie pensaría que el alma de una mujer ardía con pasión, su cuerpo sucumbía al deseo que anhelaba su corazón, no importaba nada, tan solo sus deseos, su anhelo de placer, de apagar el fuego que ardía en su mente y corazón, que su cuerpo disfrutara de esta noche fría en el cual nada importaba, solo era ella. Era dueña de la noche, de su noche, anhelando llegar al clímax que su mente ardiente de placer quería recorrer, dejarse llevar por la sensación más indescriptible recorriendo ese bello cuerpo que ahora lucia, que ahora admiraba y disfrutaba, se sentía bella, hermosa y sensual, solo era ella, y era la reina, mientras el aire frío de la noche la abrazaba en sus brazos, ella recorría cada parte de su ser con la maestría que solo ella tenía al recorrer su cuerpo.
La noche pasaba, mientras ella disfrutaba de sus emociones, de sus deseos y sentidos, la noche se hacía lenta, el mundo se hacía insignificante mientras disfrutaba del placer, la noche simplemente continuo abrazándola mientras su mente se perdía y se embriagaba de placer...