De todos los espacios pertenecientes a la amplia institución, quizás la biblioteca era su favorito. Allí se refugiaba en horas del almuerzo, cuando las ávidas masas juveniles se reunían para discutir y disfrutar de una comida para nada balanceada. Para ese entonces faltaban diez minutos antes de que la campana diese por terminado el receso, pero Svetlana no tenía intenciones de irse. El ejemplar de El guardián entre el centeno se había apoderado de su disposición, hasta el punto en el que inclusive el sonido más insignificante lograba molestarla, evitando que se concentrase por completo en la lectura. “¿Puedes callarte? No sé si te has dado cuenta, pero intento leer.” Susurró, no reparando en el rostro ajeno. @baileyysm











