Balcón hecho de vino.
Soy una persona a la que le gusta muchísimo hablar. No sé si seré interesante o no, pero me gusta muchísimo hablar con la gente. Hablar de mí, hablar de ellos o ellas, que me cuenten cosas que sobresalen de la cotidianidad. En vez de contarme sus día a día, prefiero que vengan a hablarme de sus peores miedos, de qué es lo que sienten en ese lapsus de calor que acontece cuando estás en un lugar muy hermoso con gente que te abraza por adentro, de cosas que les encantaría que les pase.
Cuando me hablan de esas cosas, me dan el pie a sentirme más cómodo porque podemos hablar de algo que me parece lo más brillante del dialecto humano, de juntarse en alguna esquina con una birra o un porrito madruguero.
Así que decidí armar como este pequeño espacio acá, para mí. Para hablar de esas cosas, pero mías. Volcar. Este lugarcito, donde me siento con los pies descalzos y rock progresivo de fondo, una jarra de vino con pomelo, mi querido balcón hecho de vino, al cual te invito a sentarte si también me querés contar. Y obvio que podés poner la canción que quieras.
Hoy iba a contar algo de lo que me arrepentí, pero próximamente supongo que lo voy a empezar a hacer, y va a ser muy variado.
Muerte, sexismo, el otro lado, confiar en ídolos, colores, vida afuera de nuestro mundo, cosas con títulos quemados pero que nadie habla en realidad.
Qué se yo, ni siquiera sé qué hago escribiendo esto, las letras me bailan por todos lados. Pero mañana cuando lo lea, va a ser suficiente excusa para reírme, y empezar con el balconcito.










