Tal como «un pensamiento de la huella ya no puede romper con una fenomenología trascendental ni reducirse a ella» (1986: 81), podría decirse que un cierto pensamiento de la metáfora como «plus de métaphore» ya no puede romper con la metaforización trascendental pero tampoco reducirse a ella. Se trata, pues, de metaforicidad suplementaria que opera como «lo que dobla y amenaza a la filosofía» (2007b: 310). «La metáfora lleva, pues, siempre la muerte en sí […] Esta flor siempre lleva su doble en sí, sea la semilla o el tipo, el azar de su programa o la necesidad de su diagrama. El heliotropo siempre puede relevarse. Y siempre puede convertirse en una flor seca en un libro. Hay siempre, ausente de todo jardín, una flor seca en un libro; y en razón de la repetición en la que se abisma sin fin, ningún lenguaje puede reducir en sí la estructura de una antología. Este suplemento de código que atraviesa su campo, desplaza sin cesar su cierre, confunde la línea, abre el círculo, ninguna ontología habrá podido reducirlo. A menos que la ontología sea también una litografía. Heliotropo nombra también a una piedra; piedra preciosa, verdosa y rayada de venas rojas, especie de jaspe oriental» (2007b: 310-311). No hay suplementariedad sin metafórica, sin el tour («giro», «vuelta», «rodeo» o «tropo», decíamos) apresentativo originario que amenaza la metafísica de lo propio/figurado. La metaforicidad dobla la filosofía, como una flor que lleva su doble en sí, como la flor seca de un libro. Más allá o más acá de una taxonomía general de la vida vegetal, haría falta –traza que se precisa y que aquí hace la falta– rastrear no solo el aparecer o el phenóneno sino la multiplicación –despunte y pespunte, dehiscencia e injerto– de una suerte de «síndrome floral», desde el «tournesol» o la «fleur séchée» de la «Mitología blanca». Tarea imposible, trazado del crecimiento y la proliferación de sus figuras: desde Perséfone, nombre a la vez floral y subterráneo que en cita de Michel Leiris abre «El tímpano», pasando por los cuasi-conceptos de «injerto» (por metafórica «greffer» se toca con «gráphō», tanto «escritura», como «inscripción», «grabado», «dibujo» o «trazo») y «dehiscencia», así como por las rosas en Shelley (The Triumph of Life) y Blanchot («L’Arrêt de mort» y «Thomas l’Obscur») en «Survivre» de Parages (1986a: 177- 218); por las flores de Genet («Le miracle de la rose») en Glas, y, así, por los gladiolos, los arbustos, las algas; por las mimosas de Ponge, o los tulipanes de Kant en La verdad en pintura (2005b: 91-113). Más, tanto entre Eco y Narciso como entre Eros y Psyché, cabría quizás dejar proliferar infinitos narcisos como secretas huellas testamentarias. Ninguna ontología podría reducir el suplemento que la metáfora lleva como una flor que porta su doble en sí, y que concierta, a la vez, aquello que en La voz y el fenómeno se denomina «una no-vida o una no-presencia o no-pertenencia a sí del presente viviente, una inextirpable no-originariedad» (1985a: 43). En las flores de la retórica, como su doble, hay siempre una flor seca. Mientras en el pensamiento de la fenomenología husserliana la «muerte no sería comprendida como sentido, sino como hecho extrínseco al movimiento de la temporalización» (2000: 144) el pensamiento de la metáfora «señala el tiempo muerto en la presencia del presente viviente, en la forma general de toda presencia» (1986c: 88). Aneconomía de la muerte: el plus de métaphore implica a la vez el surplus de un plus de vie (1985c: 25), plus d’une langue (2008b: 28), plus de sens (1998: 31). Exceso, excedente, resto: «Ofrecida a los injertos, la mitología blanca» (Derrida, 2015: 21b).
—Javier Pavez, «"…lanzar las metáforas contra las metáforas…". Metaforización y ammétaphore en Jacques Derrida», en Bellas Letras. Semanario político-cultural. El escrito íntegro se puede descargar en el sitio web, al final de la entrada.










