>Sherlock Holmes/John Watson.
>>Sherlock Holmes. John Watson. Personajes originales (OC).
+AU en donde todos tienen orejas y colas de animales. Bunny!John Watson. Wolf!Sherlock Holmes. Romance. Relación establecida.
++Romance y Porno. Smut Desvergonzado. Porno sin trama. Pseudo-celo. 18+. Explícito. Bottom John Watson. Top Sherlock Holmes. Sexo en un lugar público. Belly buldge.
N/A: Voy a decir algo que probablemente te sorprenda, cariño: ¡AMO ABSOLUTAMENTE ESCRIBIR PORNO! 🤭🤭🤭. Y ya que últimamente no hay otro tipo de historias que logre terminar, pues tocará escribir solo porno hasta que logre salir de lo que sea que esté pasando 🫠.
Pido perdón, y por favor, no te hartes de mí tan pronto 🥲
—John, estás haciendo esos gestos otra vez.
Abriendo los ojos, John observó su reflejo contra la ventana. La cabina del metro los hacia bailar a todos a un ritmo impuesto, lento y casi adormecedor. Casi. John vio su ceño fruncido y el feroz agarre con el que se sostenía del tubo junto a las puertas. Arriba, Sherlock regresaba a su lugar después de susurrarle al oído, apenas conteniendo una ridícula sonrisa en sus estúpidos labios.
—Bastardo, ¿y de quién es la culpa? —respondió John, fallando terriblemente en su intento de fingir una voz enojada. Más bien encaprichado y ansioso, desvió la atención hacia un costado antes de mirar la reacción de Sherlock. Por supuesto, ello aún no le impidió saber lo que pensaba. Una de las grandes manos de Sherlock se ciñó contra su cintura, la otra se colocó sobre la suya en el tubo.
—Cuatro estaciones más, amor, sigue siendo mejor que caminar. —John deseó no sentir el estremecimiento que lo recorrió ante el nombre cariñoso, pero ni siquiera quería resistirlo en condiciones normales, mucho menos ahora. En el reflejo, Sherlock inhaló despacio con los ojos cerrados, detrás de él, su larga y sedosa cola se agitaba de un lado a otro. Maldito seas, pensó John, también esperando que su aroma no revelara cuánto le gustaba que Sherlock lo llamara así—. Si hubiéramos aceptado la oferta de Lestrade para llevarnos a casa, ¿crees, de verdad, que lo habríamos soportado mejor?
Una parte de John se alegraba de que Sherlock considerara sus problemas como algo de los dos, era un conejo y tenía necesidades que satisfacer; no muchos depredadores pondrían en ese nivel de importancia a una presa, incluso tratándose de placer sexual, muchos de ellos se limitarían a obtener una parte, para luego dejarlo ocuparse solo del resto. Por otro lado, la forma en que Sherlock se encargaba de complacerlo, llegaba a frustrarlo de maneras indignas por lo naturalmente bueno que era.
Y si sus métodos no resultaran positivos, John no abría ni pensado en casarse con él. El bastardo lo sabía y nunca dudaba en jugar con John hasta hacerlo perder el sentido; si John no amara tanto cómo Sherlock se perdía con él, habría considerado el divorcio. Esta vez, casi sintió el momento en que su ceño volvió a fruncirse. El pulgar de Sherlock que le acariciaba la piel sensible de la mano, apenas servía de consuelo; extendía un calor que John intentaba mantener controlado. Respiró el aire contaminado por las múltiples especies que llenaban la cabina, recordándose el lugar en donde estaban.
Estar ahí abajo era el último lugar en el que esperaba encontrarse esa noche. Antes de aceptar el caso, Sherlock le había prometido que estarían libres para cuando el hambre de John estuviera en su punto cúlmine. John no era una hembra, la usencia constante de las feromonas de una no le provocaba un celo propiamente dicho, sin embargo, la exigencia de su cuerpo, adaptándose a la presencia de un macho, aún lo colocaba lo suficientemente cerca de un celo. La disposición de Sherlock por ser un compañero adecuado y capaz para John, solo provocaba que estas necesidades se mantuvieran regulares y saludables para un joven conejo macho. Dándole esto la oportunidad para saber cuándo estas oleadas volverían a asaltarlo, John, creyendo en la palabra de su esposo y por sí mismo ansioso de ayudar a salvarse de la prisión a la joven señorita, omitió deliberadamente cada señal que le advertía lo mucho que no llegarían a tiempo.
Debía sentirse feliz por el gran trabajo que ambos hicieron, debía decirle a Sherlock lo orgulloso que estaba por aquella nueva e increíble demostración de su encomiable ingenio; luego invitarlo a cenar, quizá pensar en mandarle un obsequio a Lestrade por finalmente estar ahí a tiempo; y una vez en casa arrastrar a Sherlock a la ducha, dejar que las cosas pasaran y dormir hasta la tarde del día siguiente.
Pero solo existía cierto determinado número de veces en las que podía ignorar las señales. Así pues, cierta picazón le tensaba el cuerpo antes de que Sherlock diera sus maravillosas conclusiones; la piel le ardía para el momento en que Lestrade arribó y, desde que Sherlock se dio cuenta, la opción de tomar un taxi para volver rápidamente a casa también quedó descartada. En realidad, no es que les hiciera falta un baño: terminaron hechos un auténtico desastre capturando al culpable y la madre de su clienta se encargó de sus ropas mientras los conducía a su ducha; John solo sabía cuánto amaba Sherlock quitarse los aromas del exterior al terminar un caso y que estos no fastidiaran a su nariz sensible, dispuesto a no salir de casa durante los próximos seis días, le desagradaba cualquier aroma que no fueran solo los suyos.
Sherlock restregó su mejilla y nariz contra la coronilla de John. En ese punto, solo una cosa permanecía insistente en sus pensamientos. La mano en su cintura se deslizó hasta su estómago, en donde un par de caricias imitaron las que aún sentía sobre su mano. Suspiró despacio, en otras circunstancias, Sherlock estaría inhalando su aroma para evitar el resto, lo abrazaría fuertemente para aliviar la tensión y quizá intentaría besarlo o morderlo en el cuello para concentrar sus ideas en un solo objetivo. John no se quejaría, halagado de que Sherlock lo buscara intentando calmarse, atento a que realmente se calmara y extrañado aún por que alguien como Sherlock confiara en él sus sentidos. En otras circunstancias, le correspondería recostándose contra su pecho y abrazándolo con la misma intensidad. Expondría su cuello, le acariciaría las orejas puntiagudas, le diría lo mucho que se sentía a salvo y cómo pronto estarían dentro del nido que construyó para los dos.
En ese momento y lugar, no obstante, lo que John quería estaba muy lejos de un amoroso y tranquilo abrazo con su compañero. Y el modo en que gestos tan simples lo libraban poco a poco de toda reticente moral; relajando incluso su pretensión de enfado para recordarle cuánto de verdad amaba deshacerse entre esas grandes manos, con tal descaro y con tal soltura; entregándose con la facilidad del próximo aliento, lo harían pronto ceder a instintos cuya exclusiva liviandad debía dar rienda suelta solo en la privacidad de su nido. Sherlock era tan consciente de ello como de que, si se alejaba de John, las cosas no harían sino empeorar.
Tener ese mínimo contacto con su compañero, tanto como lo empujaba al borde, lo mantenía en su lugar, recordándole su presencia constante, su apoyo… Su promesa de hacerlo, oh-tan feliz.
No sentir el corazón de Sherlock contra su espalda no le impedía escucharlo. Ahí, feroz, acelerado, por encima de las voces alrededor, casi susurrando el nombre de John. El pequeño sonido de sus anillos de boda chocando lo distrajo un instante, después, el movimiento del tren deteniéndose poco a poco. Tres estaciones ahora, pensó. Se removió un poco, sin llamar la atención al acomodarse dentro de sus pantalones cada vez más ajustados; no iba pensar en un deseo inútil para evitar una erección, simplemente intentaría no ser demasiado obvio.
—¿John? Malas noticias. —En su estado, la consideración de Sherlock hacia John se extendía a no esperar que reaccionara bien a estímulos no positivos.
Sin embargo, ser empujado contra la esquina de la pared y la puerta, aun pese al alarmante aumento de voces, no fue tomado por John como un estímulo negativo. El golpe, certero y crítico, derrumbó sin miramientos aquello que aún refrenaba sus impulsos: hizo que Sherlock, su compañero, aquel que había prometido hacerlo feliz, lo tocara con total y plena soltura. Naturalmente, John respondió a su cazador como él se lo pedía.
—No, John. No aquí, no ahora. —El rugido silencioso contra su oído lo detuvo a tiempo, asintió despacio en respuesta de la orden recibida. Sherlock sabía cómo hacerlo feliz y John nunca había sido decepcionado, así que, a pesar del dolor, contuvo cualquier palabra.
Miró a su alrededor e imaginó que quizá alguna importancia tendría que el vagón estuviera de repente lleno. Un grupo especialmente grande, con camisetas iguales, los apiñaban a él y a su esposo, riendo, gritando y empujándose divertidos. Les daban la espalda para celebrar o alentar a uno de los más ruidosos en la puerta al otro lado. Apestaban a alcohol y, por los vasos grandes que cada uno llevaba, el aroma no desaparecería pronto. John suspiró, impaciente, preferiría enfocarse en el brazo que lo rodeaba y en el que lo protegía de la multitud.
Entre la ya opacada mente de John, un pensamiento muy lógico se abrió paso: si su compañero no quería que usara la voz para rogar, tal vez podía pedirlo de otra forma y no ser castigado por ello. Al fin y al cabo, en ese punto, ningún interés habría en evitar el castigo si el resultado no iba cambiar.
La simple idea empezó a humedecerle la ropa interior y a crecer un vacío que solo su esposo llenaría. El movimiento del tren volviendo a la marcha le dio la oportunidad para recostarse contra Sherlock. La verga de su esposo, todavía suave, aun podía sentirse con toda claridad en su espalda baja; el calor que irradiaba y el tenue ritmo del vagón acrecentaban a raudales su lascivo anhelo. El agarre que lo sostenía apenas se aligeró, sus claras intenciones por alejar a John fueron obvias, como única respuesta, John se aferró el brazo con ambas pequeñas manos y no se lo permitió. En el reflejo de la puerta logró ver el conflicto en ese hermoso rostro.
Si Sherlock sabía cómo deshacer a John, John mismo estaba a la par. Condujo la mano de su esposo en un lento camino hacia su polla, completamente dura y llorosa. El gruñido de Sherlock le erizó la piel, le sonrojó las mejillas, aceleró su ya ansioso corazón. Esos largos y elegantes dedos apenas dudaron en tocarlo a través de la mezclilla, la palma lo acunó en un agarre firme antes de comenzar un ligero masaje.
—No puedo decirle que no a este conejito tan necesitado, ¿verdad, John? —John negó una docena de veces, recostando la cabeza rubia contra el pecho de Sherlock, estremeciéndose visiblemente. El menor toque aumentaba la gula en su interior, y lo complacía tanto como lo frustraba—. Si guardas silencio, te daré todo lo que me pidas. —Las palabras hicieron eco en la mente abrumada de John, y aunque no de inmediato, logró comprender y aceptar lo que su amado Sherlock le gruñía al oído.
Mordiéndose un labio, John comenzó a mover sus caderas contra la mano sobre su polla, al corresponderle, la presión ligera y la distancia de Sherlock con su piel se le hicieron insuficientes. A tiempo se guardó un gemido lastimero, y no confiando en su voz para decirle a su esposo lo que quería, John se encargó de abrirse los pantalones. Al bajarse la ya empapada ropa interior, su polla fue cubierta de inmediato, por completo devorada por la mano de Sherlock; morderse un labio apenas bastó para silenciar sus gemidos de alivio y placer.
Aunque la tranquilidad apenas duró. No era su polla lo que más requería de atención. Su ano palpitaba al ritmo liviano con el que Sherlock lo sometía, su vacío interno exigía ser llenado. Sosteniéndose de la puerta, John se levantó de puntillas, ganando la altura suficiente para encajar entre sus nalgas la verga de su esposo. Estaba ya erecto, e irradiaba un calor exquisito contra el que no dudó en restregarse. El lánguido vaivén del tren lo ayudaba, podía sentir la descontrolada agitación de su pequeña cola cada vez que su esposo, aún sin moverse demasiado, empujaba la rigidez de la mezclilla con toda la intención de atravesarla.
La calma en el aliento de John se volvió un imposible. Se sujetó también de la solapa del abrigo de Sherlock, esa que, de tener la mente clara, descubriría que era la única barrera entre su verga en el puño de su esposo y la espalda de dos docenas de personas. Mas, con la impaciencia y el hambre descarada royendo cada gramo de sentido común, se limitó a obedecer la única condición de su esposo y, con la mano diestra en el abrigo, llevó la izquierda hacia su espalda. Tuvo el menor cuidado al liberarse la esponjosa cola rubia de los pantalones antes de bajárselos. Después, con gran agilidad, liberó la enorme polla de su esposo, quien le gruñó al oído al sentirlo masturbándole el grueso tronco; ni en esa posición ni en cualquier otra, sus dedos podrían rodearlo por completo. El recordatorio le hizo doler por dentro en una gula insensata e irracional.
—No, cariño, sé lo que estás pensando y eso no pasará —y antes de romper la petición de Sherlock con alguna queja descarada, él continuó susurrándole—: Nunca eres silencioso cuando lo hacemos en seco. Voltéate, voy a prepararte.
El nuevo trato hizo que John se girara en un segundo. Cruzó los brazos detrás del cuello de su esposo y, tras verlo hurgar en el bolcillo de su pantalón, volvió a perderlo de vista al sentir el calor de su verga calentándole el estómago. Se ayudó de Sherlock para regresar a la punta de sus pies, el primer contacto entre sus vergas le robó un suspiro, y dejando caer la frente sobre el pecho de su esposo, la escasa luz que los alcanzaba favoreció la vista de sus pollas. La maravillosa diferencia de tamaños entre la verga de su lobo y la suya, un simple conejito, nunca fallaban en hacerlo salivar.
Notó que el nudo de su Sherlock aún ni siquiera amenazaba con aparecer y pese al espacio estrecho, deseó igualmente hacer algo con su boca para solucionarlo. De nuevo, el exceso de saliva lo obligó a tragar en silencio. Llevó una pequeña mano a la verga de su esposo para masturbarlo despacio, provocativo, y usó las uñas para rascarle el cuero cabelludo. Antes de ocupar la boca en prestarle atención a cada uno de los lunares del cuello de Sherlock, se mordió el labio para reprimir un nuevo y sonoro gemido.
Un par de largos dedos, lubricados y conocedores, le acariciaron las nalgas redondas, siguiendo la línea de su perineo se encontraron al instante sobre su ano hambriento. Leyéndolo a la perfección, como casi siempre, John no fue decepcionado cuando su esposo lo obligó a abrirse con dos dedos. Mordió la camisa de Sherlock, empapándola con saliva.
Su agujero estrecho se apretó alrededor de esos dedos, llevándolos tan profundo en su interior como le fue posible, inclinó sus caderas contra ellos. La atención en la verga de su esposo y la suya, viéndose superada por la ansiedad de ser llenado, se borró totalmente cuando esos dedos encontraron aquel punto mágico. En su estado, no hicieron falta sino tres golpes certeros para desatar su primer orgasmo.
Por supuesto, eso no bastaba para dejarlo satisfecho.
Sus caderas, que apenas se habían detenido, no tardaron en reanudar su atrevido contoneo. Sherlock, su amado esposo, también continuó, besándolo en la coronilla y en una de las largas orejas. A sus dedos se les unieron pronto un tercero y cuarto, la facilidad de su intrusión servía de señal para advertir lo mucho que John anhelaba tomar su polla.
Liberando la camisa ya arruinada de entre sus dientes, John levantó el rostro para atraer a Sherlock hacia sus labios. El beso, aunque lento, fue profundo y devastador. Sus lenguas, hambrientas de contacto, bailaron laxas una sobre la otra, provocadoras, sensuales, contenidas dentro de unos labios obscenos y arrebatadores que todo buscaban consumir, poseer. Y eso fue a lo que John cedió, rendido sin recelo a su lobo, le permitió el dominio de su boca y el control de sus impulsos.
Al salir de su agujero, Sherlock le mordió el labio inferior, dándole un último beso para dejar a John dar media vuelta y presentarle su culo abierto y necesitado. Le masajeó las nalgas y sujetó su cola esponjosa desde la base, tirando ligeramente. John se cubrió la boca, lágrimas de placer se comenzaron a acumular en sus ojos al sentir la verga de Sherlock, caliente y pesada, acariciándole el ano, cubriéndolo de abundante presemen. Estando tan cerca de la absoluta plenitud, la manía de Sherlock por no moverse como era debido conducía a John a la desesperación más absoluta, y como única respuesta a su obvio malestar, Sherlock se limitó a reír.
—No puedo moverme, John, tendrás que hacer todo el trabajo. —John asintió, incapaz de hacer caso a la burla. No sería la primera vez en que usaba a Sherlock para colmar su deseo.
John incluso tenía su permiso para cabalgar su polla mientras dormía. Y había gozado de tal privilegio más que un par de veces.
Así, su pequeña mano guio la ingente verga de Sherlock hacia su ano, se acarició el borde con la punta gruesa y llorosa antes de inclinarse y forzarla en su interior cálido. La mano de Sherlock, ahora en la cintura de John, lo sostuvo ferozmente; John quería guiarla hacia sus pezones, no obstante, ya estaba sobrepasado por cada centímetro de verga que introducía en su ano codicioso, no lograría mantener el silencio si su esposo lo tocaba aún más. Ni siquiera soportaría besarlo otra vez.
La sensación de plenitud que lo reclamaba conforme la verga de Sherlock se abría paso en su interior ya lo superaba, el estiramiento previo pudo haber sido mejor, aún así, el sentirse abierto por la verga colosal lo saciaba de formas indescriptibles. Sollozando, sus muslos se encontraron con los de Sherlock, un bulto ahora sobresalía de su vientre plano, aún cubierto por la ropa. Y John, finalmente, estaba completo.
—Rápido, conejito… toma la verga que tanto ansías.
La mano de Sherlock llegó a tiempo a su boca. John no tuvo ningún arrepentimiento. La voz ronca y las palabras obscenas de su esposo lo empujaron dentro de aquel espacio en su mente donde nada más existía lejos de Sherlock y el placer que su polla le daba. Las caderas de John se movieron sin su permiso, devorando la verga de su esposo con un vaivén descontrolado y errático. Su ano se contraía deseoso, necesitado, abandonado al placer y la lujuria al que solo esa verga podía someterlo. Ahogarlo.
No duraría mucho tiempo, John lo supo desde el principio. El cuantioso líquido preseminal de Sherlock creaba hilillos que recorrían los muslos de John, facilitando cada golpe y obligándolo a ir tan rápido como su fuego interno lo exigía. Sabía, también, que su esposo estaba igual de cerca, y no esperaba otra cosa que sentirlo vaciándose dentro suyo, colmando el fuego con su abundante esperma.
—Así, cariño, qué bueno eres. Muéstrame cuánto quieres que me vacíe dentro de ti. —Todavía con una mano grande sobre su boca, con lágrimas de éxtasis puro derramándose de los brillantes ojos verdes, John se contrajo alrededor de su Sherlock. A través del reflejo, apenas contenidos, lo observaban un par de lagunas de plata oscurecida por una excitación rampante. Sus garras se habían extendido sobre la puerta y contra su mejilla; sus colmillos sobresalían de entre sus labios.
Aquellos ojos salvajes sirvieron como el último impulso que a John le faltaba. Empalándose contra la gruesa polla, se derramó contra la puerta y el suelo. La intensa explosión poco hizo para obligarle a tocar su propia pequeña verga, el dolor, aunado al intenso placer, lo habrían hecho desmayar. El movimiento errante de sus caderas apenas se detuvo; las contracciones de su ano todavía insatisfecho abrazaron la polla de Sherlock con un agarre decadente y obsceno que, a la par suya, lo condujo al orgasmo.
John, sin apartar la mirada, lo tomó hasta el fondo para asegurarse de contener cada gota de semen espeso. Sentir el calor abundante derramándose en sus entrañas lo complacía enloquecedoramente, y no dudó en empalarse una y otra vez para obtener hasta la última gota. Y su Sherlock, naturalmente, lo ansiaba de igual forma. Empotrándolo contra la puerta, obligó al ano de John a recibir tres duras y firmes estocadas. Su polla gorda aún erecta y dura como granito, abriéndose paso entre las convulsas y violadas paredes de John.
El orgasmo abandonó sus cuerpos sin prisa alguna. Para cuando se alejaron de su reflejo y volvieron sus rostros para encontrarse con un beso, la lujuria entre sus labios y lenguas se advertía apenas bajo control. John, por supuesto, se resistió a que Sherlock lo liberara de su grandiosa polla, aunque, débil como se sentía, no logró hacer mucho para que su cálido interior continuara protegiéndolo.
Manteniendo el dominio del beso, Sherlock le arregló la ropa tomándole de la cola esponjosa con sumo cuidado. Guardándolos dentro de sus respectivos pantalones, lo abrazó finalmente contra su pecho. De a poco, la concepción del tiempo y el espacio en donde se encontraban regresaba a John, mas, antes de que el primer pensamiento razonable lo alcanzara, una mano extraña en el hombro de Sherlock interrumpió el beso que aún no estaban dispuestos a abandonar.
—Oye, amigo, entiendo que esa conejita te vuelva loco, pero guarda esos besos para un lugar sin tanto público.
Entonces, el tren se detuvo.
El hombre, con aliento alcoholizado, de orejas moteadas y felinas, se giró hacia sus compañeros con camisetas iguales; gritó algo en un idioma incomprensible y el resto lo secundó levantando sus grandes vasos ya medio vacíos, bebieron al mismo tiempo y salieron a raudales al abrirse las puertas. John quiso obligar a Sherlock a esconderlo entre las solapas de su abrigo hasta que el último de ellos se alejara, sin embargo, el lobo ya le rodeaba la cintura para obligarlo a caminar frente suyo.
—Lo siento, John, también debemos bajar —le susurró Sherlock, mordiéndole una de las largas orejas. La erección que apenas alcanzaba a cubrir John, se agitó con interés.
Después, pensó, conteniendo un nuevo gemido, se avergonzaría de lo que él y Sherlock acababan de hacer. En ese preciso momento, con la verga de su esposo golpeándole en la espalda baja cada par de pasos, solo una idea reinaba por encima de las otras.
—Vamos, conejita, haré algo más que besarte.
Y la promesa de Sherlock, tiñendo las mejillas de John con un profundo escarlata, lo firmó como una sentencia.
Desafortunadamente, si así pudieras considerarlo, tengo un par más de smut guardado y listo para publicar... ¡Pero eso no me impide hacer planes para el siguiente! 🤭 (Soy una desvergonzada, princesa, siéntete libre de juzgarme uwu), aunque no logro decidirme ahora. Pensé en hacer algo para Newcob, pero luego vi los primeros capítulos de la S9 de Rick y Morty (normalmente me espero a que termine todo para verlo) y también me están dando tantas ganas de escribirles algo a esos dos 😈.
Quizá termine escribiendo algo para cada ship, sin embargo, ¡espero que puedas ayudarme a decidir por cuál ir primero! ✨✨✨✨
Mientras tanto, esto es todo por hoy, espero que te haya gustado y todo eso :u (perdón, nena, estoy cansadísima, hoy fue un día pesado). Espero publicar algo de arte en los próximos días, pero si no, regresaré el sábado o el domingo con un nuevo smut 😏😏😏.
¡Nos veremos entonces! ¡Te amo, gracias por leer! ❤️🔥❤️🔥❤️🔥❤️🔥❤️🔥❤️🔥❤️🔥