@mrawxsomx Días eternos y noches fugaces, a lo que estuvo condenado desde que sus pies no vieron más que la huida. Brann había experimentado tanto dolor para ese momento, que su cuerpo se veía adormecido para molestias como el correr, caminar a pies descalzos. Quizás era paranoia, o era un sueño, una pesadilla vil de la que siguió sin despertar: pues cada mañana solamente probó que continúa ahí, continúa viviendo. Como una rata se escondió tras cada carreta que podía transportarle, y así ahorrar el ardor que ya punzaba sobre la planta de sus pies. Siempre escondido, como un extraño, una peste a la que nadie quiere: sus andrajos, careto, ¿quién esperaba realmente algo de él? Más allá de rogar limosna, específicamente. Nadie. Solo cuando el sol se escondió, el dueño de la carreta atrapó al polizón, a quien se vio espantándolo con la amenaza de pasarle la carreta encima: y así Brann se vio obligado a ceder, como una de tantas veces casi para hacerlo costumbre en la que sería su lucha por mantenerse con vida. ¿Y por qué seguía siendo una lucha? Su mente seguía sin acostumbrarse a que, en efecto, esa es su nueva realidad.
Tras dos horas o más de caminar y caminar, sin mirar hacia atrás, Brann se emocionó con la promesa de algo tan insignificante a ojos de cualquiera, pero de un sediento representando la diferencia entre vida y muerte. Podían ser establos, absolutamente, pero para que alguien cuide de animales: debe dejarles agua a la mano. Si invadir propiedades es lo que haría falta, sus opciones habían sido arrebatadas de él hace no demasiado atrás. Por lo mismo tanto que se escabulló dentro, haciendo el mínimo ruido posible para no agitar a los equinos que, pese a su esfuerzo, se incomodaron aun así. Y si buscó en uno tras otros, debía correr el riesgo de entrar con alguno de los caballos para alcanzar el tazón con agua. No la libraría. Dio una palmada débil a la puerta, pero ese impulso le llevó a un accidente de su conveniencia: el divisar el hogar no muy distante a los establos.
¿Pedir o invadir? Después de todo, ya estaba en terreno ajeno. Y ya dispuesto a ser recibido por el cañón de una escopeta, simplemente jugó con su suerte. No tentó la puerta por el mero uso de razón, por lo que ojeó ventana tras ventana, hasta dar así con la sala de cocina. Luces apagadas, y sin señales de los dueños. Entrar, coger lo que pueda cargar, y largarse antes de despertarlos. Ese siendo su plan. Y luego de forzar la puerta, inútilmente, debió acudir a métodos menos ortodoxos, como fue el impactar el cristal con una roca. La piel de su espalda se erizó, estando tan cerca del golpe, el ruido fue considerable que lo tuvo nervioso por unos instantes. No podía retractarse ya. Coló parte del brazo hasta retirar el seguro de la puerta, y así pudo entrar. Se fijó en los cristales del suelo, los cuales evitó lo mejor que pudo, y fue directo al lavabo: acunó el agua que caía, con las manos, para beber algunos sorbos que diesen caricias celestiales a su paladar y garganta. Su estómago y mente en sincronía le llevaron a sentir gruñidos en el primero, teniendo la nevera tan cerca que temió encontrarla vacía. Solo recordando lo que era guardar expectativas, Brann abrió la nevera y se maravilló con lo que encontró. Su hambre siendo tanta que no pensó como su "yo" de algunas semanas atrás, solo cazó la pierna de cordero y se la llevó a la boca. No recordaba haber probado tanta delicia junta. Pues luego de la pierna, le siguió tomar el bote de ketchup que apretó para dejar la salsa caer a su boca. Si moría después de eso, podría no ser la peor forma de irse.










