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El día no podía ser peor. De por sí estaba de mal humor porque un perro le había vomitado en la mañana, pero ese era el colmo. Había dormido pocas horas, porque estar a cargo de una maldita empresa no era tan sencillo como parecía, y lo único que podría hacer todo mejor era un café para despertarse y poder rendir. ¡Pero no! El barista le había dado un té chai en vez de un café americano. “¿Qué eres estúpido?” Le preguntó al joven, que seguro tenía su edad, o un poco más. “Te pedí un puto café americano, no un té chai. ¿Me ves cara de maricón? ¡Pues no!” Escupió, lleno de cólera, regresándole el vaso. “Haz algo bien y prepárame mi maldito café… ¡pero rápido, no tengo tu maldito tiempo!”







