“¿Ves? Kiki está rara. No quiere acercarse ahí ni muerta” la gata angora bufaba en un círculo vicioso, con la parte trasera del lomo toda levantada, dando ese aspecto malicioso que solo los primos lejanos de los leones adquirían en las pelis de miedo cuando las presencias extrañas acechaban de cerca al protagonista. Su ‘odio’ inexplicable contra un punto corriente de la pared no llevaba ocurriendo en ese día exclusivamente, fue a lo largo de la semana. En ésta, adornada con unos posters y tickets de recitales poéticos, no descansaba ningún bicho o extraño que molestase a la felina. Sin embargo, el animal tensó la cola y continuó bufando con los colmillos sacados. Varios días pasaron y extraños sucesos acontecían cada paso que pegaba en el hogar. Las cosas cambiaban de sitio sin razón aparente. Terry no iba a negar que a veces pecaba de despistado y hallaba lo ansiado al último momento… pero no era normal que un libro que reposaba en la mesa se materializase en lo más alto de la estantería porque le salieron piernas con tan solo girarse de espaldas. Bryce, íntimo amigo del rubio, miró a ambas criaturas, preguntándose si de verdad esto valía su pérdida de tiempo ‘Mira tío, estás paranoico. Ya sé que en nada va a salir el próximo número y estáis con los retoques pero eso no quiere decir que se te tenga que ir la olla ¿Por qué no duermes un rato? Tienes unas ojeras que llegan a Pekín’ dándole unas palmaditas en la espalda, el amigo vio con su comentario que ya obró su milagro. El rubio continuó vislumbrando el punto de la pared, reparando únicamente en como la puerta del piso se cerraba tras la salida de Bryce y nada más. “¿Será verdad que estoy paranoico?” se lo cuestionaba en voz alta, rascando su cabeza un poco avergonzado. Ya daba por hecho que tenía la clase embrujada, já. Si su madre y su hermana estuvieran delante, de seguro se partirían con sus conclusiones.