Carmen Pacheco comparte esta foto de #MiguelSoll en su última carta OLA 🌊

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Carmen Pacheco comparte esta foto de #MiguelSoll en su última carta OLA 🌊
Uno de mis trabajos favoritos ever fue ilustrar la portada de la novela de @carmen_pachec0 #TodoloPosible. Es su primera novela para público adulto (aunque las demás también molan un montón, y tengo que decir que mi favorita es una de las más infantiles -La verdad sobre la Vieja Carola-) y tiene todos los ingredientes para molar: misterio, cartas antiguas, un viaje en barco, muchos salseos, trapos sucios y una diva de diván. #Libro #CarmenPacheco #salseo #ilustración #illustration #book #editorialplaneta
Cartas de Carmen Pacheco.
Flecha ♐️ 🏹
Queridas personas:
Cuando a mi hermana la aceptaron en la facultad de Bellas Artes de la Complutense, me contó que, durante el examen de ingreso, se había acordado de una profesora de bachillerato que les recomendaba no enfocarse en el objeto a dibujar sino en el espacio alrededor del objeto. Yo por supuesto me imaginé la escena como si ella fuera Danny LaRusso en el combate final de Karate Kid recordando algún consejo del señor Miyagi. En mi mente sonaba un hichiriki japonés y mi hermana estaba dibujando un bonsái, aunque con toda seguridad no era un bonsái. Esta imagen épica, más o menos falsa, se quedó conmigo y me viene a la mente a menudo, pero como el dibujo no ha sido nunca uno de mis talentos, la aplico sin reparos a otras áreas de mi vida.
Me gusta pensar en los contornos, en los espacios que rodean las cosas, y en estos días de tránsito entre estaciones, estos días anodinos, un poco borrosos, cuando el calor y la luz confunden a las plantas y a los cuerpos, cuando las emociones se enturbian, se transforman o se diluyen, es cuando yo me siento más yo o no-yo, que es mi estado favorito. Forzada en muchas ocasiones a moverme entre los márgenes, me he convertido en una amante de los espacios liminales, y si a veces no piso el centro es simplemente porque no me da la gana. Nadie puede obligarme ahora.
Hace un rato me escribía un amigo, que sabe que me interesan mucho los Neandertales, para mandarme una entrevista con un antropólogo que explica cómo el aislamiento voluntario fue una causa posible de la extinción de la especie. Le he contestado «Superioridad moral Neandertal. Mejor solos que mal acompañados». Y de verdad lo creo. Prefiero observar con claridad el contorno de una civilización que no me interesa en absoluto, quedarme al margen y extinguirme dignamente. No es que la evolución le vaya a dar un premio a nadie.
En estos días inciertos de nuestra especie, cuando se suceden horrores a escalas inasumibles, todo el mundo habla de los mismos temas en internet, ve las mismas películas, lee los mismos libros, escucha la misma música. No es una apreciación mía. La tendencia es tan evidente que todo el mundo también publica artículos sobre este asunto y, con variaciones más o menos explícitas, plantea al final la misma cuestión: ¿nos estamos volviendo idiotas? Me fascina esta pregunta porque implica la presunción de que en algún momento de la historia hemos sido más inteligentes.
La respuesta, sin embargo, no me puede importar menos. Ni siquiera me molesta esta tendencia a la homogeneidad. No desprecio las cosas que le gustan a la mayoría. Las disfruto cuando me apetece. Mi postura no simpatiza con el esnobismo, con la extravagancia como fin en sí misma ni mucho menos propone una revancha contra un concurso de popularidad. Porque mientras que el espacio dentro del objeto es reducido, limitante y claustrofóbico, el de fuera es infinito. Y la gran revelación es que los límites no son reales, están dibujados. Cualquiera puede salir cuando le apetezca a respirar, explorar y sobre todo a tomar perspectiva.
OLA DE CARMEN PACHECO.
Maravilloso lo de hoy.
Queridas personas:
Os escribo esta carta a la sombra de los abedules, sentada en la tumbona de un porche de madera que da al embarcadero de un lago. Allá donde miro veo agua y bosque. Estoy en el sureste de Finlandia, en la región de los mil lagos, y esto es lo más parecido al paraíso que se me ocurre. Podría dedicar toda la carta a la sensación de paz que produce esta clase de silencio, que no es en realidad silencio sino el sonido de la brisa haciendo murmurar las hojas de los árboles y la ausencia de tráfico. Podría escribir párrafos y párrafos sobre cómo, durante el día, la luz va tocando distintas partes del lago que nos rodea, arrancando destellos del agua. Estaría, sin embargo, contando solo parte de la historia, porque lo más llamativo desde que llegamos aquí es que la temperatura es la misma que dejé en Almería, que he sudado mucho más de lo que esperaba y que la maleta que preparé se ajusta muy poco a la realidad. También que el lago está a un metro por debajo de su nivel habitual en estas fechas y que el dueño de esta casa de ensueño nos dijo que intentáramos no gastar mucha agua porque el pozo se encuentra bajo mínimos.
Este también es un viaje de amigos, de varias parejas con niños pequeños, y es fácil que la dinámica de convivir con un grupo así consuma todo el espacio mental: comidas, cenas, risas y minidramas tan intensos como intrascendentes. Pero entre ratos y ratos de ocio uno se asoma al móvil y se pone al día sobre cómo lleva el genocidio Israel, cómo avanza su barra de progreso en la exterminación de población civil, cuántos adultos y niños ha matado de hambre ese día.
No dejo de pensar en este texto de Hanif Abdurraqib y especialmente esta frase que se me clavó dentro y llevo días repitiendo como si fuera un mantra: "Because to go on with life as normal feels like a failure of the heart".
Hace tiempo que superé cualquier dilema moral, ya os lo conté en otra carta. No pienso dejar de intentar disfrutar de mi vida tanto como sea posible. Me siento con más derecho a hacerlo que nunca. Pero no puedo permitir que mi corazón fracase hasta el punto de convivir impasible con la atrocidad. No puedo ser cómplice de cederle espacio a la perversa combinación de estupidez, egoísmo, estrechez de miras y psicopatía orgullosa que está rebajando estándares cada día e implantando una nueva normalidad en el mundo. No estamos hablando de una tragedia aislada sino de un envilecimiento progresivo de la sociedad y la política que afecta a todos los ámbitos.
Entiendo que la frustración y la impotencia sostenidas en el tiempo conducen a la desidia, al escapismo. El corazón sufre tanto por causas ajenas a su control que acaba por endurecerse o fragmentarse en compartimentos. La capacidad de adaptarnos está en nuestra naturaleza. Yo me pregunto: ¿sirve de algo escribir de nuevo sobre esto si nada cambia, si el sistema en el que creíamos nos falla una y otra vez? Y tengo que recordarme que por supuesto que sirve, que cada palabra que pongo hoy aquí me devuelve la claridad, me recuerda que la línea entre lo atroz y lo normal la decide una sociedad en su conjunto y si uno no la vigila, hay otros que la van moviendo.
Ahora dejaré de escribir e iré a ponerme el bañador. Me uniré a mis amigos en el lago. Cambiaré el murmullo de los árboles por gritos, risas y chapoteos, y lo haré con el corazón funcionando, consciente de disfrutar un momento luminoso en una época cada vez más oscura. Y por supuesto que seguiré con mi vida, pero ya no pensaré que es normal, porque la normalidad en la que yo creía está siendo destruida a cada momento. No me olvidaré ni me cansaré de decirlo.
Queridas personas:
Una ventana que da a un jardín. El movimiento leve de las copas de los pinos, estremecidas por el aire de la mañana. Un cielo gris. Una lluvia fina. La puerta de la habitación cerrada. Silencio.
Por fin aquí me escucho a mí misma y puedo escribir. Han pasado muchas cosas buenas desde mi última carta: estoy trabajando en un proyecto que me hace ilusión. Sin embargo, estos días he tenido que interactuar con gente más de lo habitual, oír mi voz continuamente, verme desde fuera en fotos y vídeos y, en resumen, llevar la vida que es el día a día de la mayoría de personas del planeta. El problema es que yo cada vez encuentro más agotador eso de «ser una persona». Hacerme cargo de los gestos de un cuerpo, responder a un nombre, moverme de aquí para allá interpretando esa ficción intoxicante que es la identidad, en la que ya sabéis que apenas creo. No es que tenga un problema conmigo misma. Aunque no me gusto cuando me veo en fotos, me caigo bien cuando me oigo hablar en vídeos. Nunca veo mis entrevistas enteras, pero si me estoy riendo en la grabación, me sorprendo a mí misma sonriendo mientras me escucho, como si mi cuerpo en el presente se convirtiera en un eco de mi cuerpo en el pasado. Es extraño y no sé cómo logran conservar la cordura aquellos que viven continuamente expuestos.
Sé que hablo desde el absoluto privilegio, pero en este punto de mi vida, la imagen que los demás tengan de mí o el capital social vinculado a mi nombre son cosas que me dejaron de interesar hace mucho. Nacemos en este universo asombroso y, lo que es más raro, tenemos consciencia de ello, y se nos va la energía y el tiempo atrapados en un complicadísimo juego de espejos que nosotros mismos hemos inventado. El mundo humano está configurado de tal forma, que es fácil pasar por la vida sin pararnos a pensar en los infinitos misterios que nos rodean, en aquello que es mucho más grande que nosotros. Podría decirse incluso que es esa actitud antropocéntrica y reduccionista la que se fomenta, como si intentáramos evitar el vértigo de mirar más allá. La feria de las vanidades parece una fiesta, un entretenimiento, pero es en realidad un trabajo a tiempo completo, una esclavitud. La manera de mantenernos atrapados, haciendo girar los engranajes de un sistema que pocas veces nos beneficia.
Aborrezco el entramado social, pero no es que no me gusten las personas. Todo lo contrario. Pago el precio de ser una porque me interesan las demás. Me encanta escuchar a otros, y compartir ideas, me fascinan los cuerpos ajenos no por el nombre al que responden, sino por lo que hacen, por lo que transmiten, por las historias que cuentan sin hablar. Me gusta el chute de oxitocina que producen ciertos abrazos, me alucina comprobar que si acompaso la respiración a la de la persona que duerme a mi lado, mi cerebro se calma al instante. ¿Qué magia es esa?
Nunca dejará de ser raro para mí estar atrapada en un cuerpo, pero puedo soportarlo si me siento acompañada por el de otros, o si tengo la oportunidad encontrar en el silencio de una habitación las palabras para compartir este vértigo, que es al mismo tiempo cotidiano, aterrador y emocionante.
Queridas personas:
Llevo meses sin escribir estas cartas por diversos motivos. El que más me he repetido a mí misma es que estoy demasiado ocupada. El que más me ha costado reconocer es que no encontraba palabras dentro de mí. Desde verano, no he sido capaz de verbalizar nada que sirva, nada que sea útil o tenga sentido. Cuando estoy mal, me aseguro de seguir hablando para que no se note demasiado. Corro a rellenar los silencios, pero por dentro pierdo la voz. La tristeza es como un ruido interno, gris, constante, que se lo traga todo.
El punto álgido de mi malestar mental llegó un día en un avión de vuelta a casa. Debería haberme sentido bien porque acababa de terminar un trabajo que me había estresado durante varios meses, pero no acertaba a encontrar el alivio por ninguna parte. Tenía la mente rota, enredada en una espiral de negatividad absoluta. Me topé con la sensación, que no había sufrido desde hacía muchos años, de sentirme atrapada en mi propia cabeza. En ese momento de agobio extremo, prisionera también en el avión y sin conexión para ahogar el ruido de mi angustia con el de la angustia de otros, hice una cosa que es tan ridícula y al mismo tiempo tan propia de mí, que me río con solo recordarla.
Abrí una nueva nota en el móvil (esa explosión de blanco en la pantalla siempre me produce cierta paz) y me dispuse a escribir dos listas: «Cosas en las que pensar» y «Cosas en las que no pensar». Una terapia psicológica de un nivel de sofisticación similar al de «¿Estás triste? No estés triste. Sonríe». Lo sé. Y sin embargo tuvo su efecto. Fijé la lista en un widget del móvil para tenerla siempre a mano. No impidió, por supuesto, que siguiera dándole vueltas a todas las cosas que me atormentaban, pero en ciertos momentos era capaz de pausar mi deriva y recordar que ese pensamiento caía en la categoría de «discusiones imaginarias», «especulaciones de catástrofes», «la incompetencia de otros», «cosas que debería haber empezado a hacer antes» o «conflictos geopolíticos sobre los que no tengo el más mínimo control» por poner algunos ejemplos reales de mi lista. Esta reflexión me permitía dar el pensamiento por inútil y sustituirlo por algún tema de mi otra lista. En meditación hay un ejercicio que consiste en «etiquetar» los pensamientos que pasan por tu cabeza. Supongo que mi sistema, aunque suene peregrino, no iba tan desencaminado.
No cuento todo esto porque crea que se puede salir de un bache grave escribiendo dos listas en el móvil. Recuperar el equilibrio emocional necesita unos tiempos, unas condiciones externas favorables y el privilegio que es hoy en día tener un trabajo que no te machaque. Han pasado tres meses hasta que he conseguido encontrarme en paz dentro de mi cabeza y por fin recuperar la voz. Sin embargo, a día de hoy mi lista buena me sigue resultando tan útil que no quería dejar de hablar de ella. En cierta manera, sintetiza el espíritu de estas cartas.
Uno de los primeros pasos para hundirte en una depresión es olvidar que en el mundo existen un montón de cosas que te gustan, hasta que has caído tan abajo que cuando alguien te las recuerda ya no te hacen sentir nada. Yo quería evitar por todos los medios ese abismo, así que me aferré a mi lista con uñas y dientes, repasando a menudo la enumeración barroca de las cosas que me hacen feliz. Es una mezcla incoherente de generalidades, categorías concretísimas, tontadas, cuerpos teóricos y nombres de persona. Pero leerla del tirón es como recitar un conjuro. Me mantiene a flote. Me llena de luz.