Perdido en tu mirada
(Pun intended)
Idea base: Kleoh
Desarrollo del texto: Mafe Jeevas (oseaselece nails-in-my-mouth)
Nuestro primer fic de MED (Creo que el primer Castiberto, de hecho. Créditos a Kleoh por el nombre de la ship)
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Roberto no pensaba demasiado ensu siguiente movimiento, porque precisamente, no pensar era una cualidad de los muertos-vivientes, bolsa de huesos poseída, Mr. Putrefacto o cualquier otro de los trescientos apodos que Eloy había inventado. Por ello, cuando dio vuelta en la costilla saliente de la esquina, uno de los tendones restantes de su brazo se atascó sin que lo notara y terminó colgado del hueso desportillado.
Tampoco era como si pudiese recordar exactamente cada uno de los prisioneros encerrados en todas las extremidades del enorme castillo que lo rodeaba, ni se suponía que tuviese que relacionar muchas de sus acciones tan claramente con ese semi-demonio con diarrea verbal. Pero sin embargo, lo hacía.
Y no era el único. La última vez, con el poco sentido común que restaba en esos tejidos necróticos suyos, tuvo que tranquilizar los latidos erráticos del rancio corazón. Quizás, la diferencia en ese huésped radicaba en que no era un ser común. A excepción de Roberto, Eloy era el único que había aprendido a leer las señales que los alrededores le daban. Podía visualizar la excitación en los tejidos y la contracción leve de los músculos previa a algún suceso importante, cuando el estado de ánimo del castillo cambiaba.
El extraño aprecio que la prisión había desarrollado hacia el demonio pelirrojo fue un hecho totalmente inesperado pero irrefutable. Cada vez que los dedos regordetes de Eloy acariciaban los capilares y la suave mucosa sanguinolenta de las paredes, el Castillo se acostumbraba más y más a ese trato. Por ende, Roberto ahondó lo más cercano a ‘sentimientos’ que su desmembrado cuerpo podía experimentar. Porque era parte del Castillo, y el Castillo era parte de él.
Dejó que sus rótulas desnudas se enterraran en el epitelio que se contraía bajo sus pies verdosos, y se pegó con torpeza a una columna de carne. Las membranas desorbitadamente calientes comenzaron a adherirse a su costado, absorbiendo lo que quedaba de ese cuerpo hasta que sólo el ojo que colgaba del agujero oscuro de su cráneo sobresalía de la masa roja. Un segundo después, no había rastro de Roberto.
El túnel permaneció solitario, con el arrastre de los pies de los guardias alejándose junto con su olor pútrido. El Castillo se contrajo una y otra vez, dejando que su metabolismo demoniaco terminara de digerir la carne descompuesta. Lo que anteriormente había sido un esqueleto era ahora un bulto diminuto, y antes de volverse casi inexistente, comenzó a crecer. La pared enrojeció aún más de lo normal y sobresalió como un enorme apéndice, terminando por reventar y escupir al Roberto de siempre, con su ojo coqueto e igual de verde, quizás con una o dos uñas más, y por supuesto, su otro brazo.
Tan pronto como salió, una parte remotamente instintiva de él comenzó a extrañar estar dentro del Castillo. Y no ‘dentro’ en el concepto general, sino realmente, volver a unirse a él. Quiso experimentar de nuevo la humedad envolviéndolo, apretándolo y restaurando cada una de sus viejas células y la sangre viscosa resbalando entre las cuencas de sus ojos, la carne escurriéndose entre sus costillas. Pero ese deseo terminó tan pronto como había surgido en lo recóndito de su ser, o no-ser. Se levantó un poco aturdido- más torpe de lo usual- y si pudiese razonar aún se habría dado cuenta de que, en parte, era por haber sido renovado. Y por otra…
Un grito del fondo del pasillo le hizo levantar los pies, en ese movimiento casi mecánico que lo caracterizaba, alejándose de la pared que terminaba de cerrarse hasta que sólo permaneció una ligerísima cicatriz rosa y rodeada de pus, que pronto desaparecería.
La única razón por la que los guardias eran inmortales era porque el castillo los reparaba constantemente. Después de todo, la carne algún día tendría que terminar de desprenderse y los huesos tendían a volverse polvo. El proceso era bastante similar al de la conversión de prisionero a carcelero que nadie nunca había presenciado, o al menos, que nadie nunca había podido contar después de experimentarla.
Esos secretos eran sólo para el Castillo, que aún recordaba la primerísima vez que ‘devoró’ a Roberto. El Castillo no se molestaba en ocultarse a sí mismo que, dentro de las decenas de carceleros que servían para él, ninguno era tan interesante al tacto como esa criatura que se alejaba en dirección al siguiente torturado. Pero eso era algo que nadie nunca sabría.
O eso pensaba.
“Y dime ché, ¿qué opinas del Castiberto? Digo, no me vas a negar que el tío es tremendamente atractivo. ¡Ea, noticéame! Si no lo haces voy a comenzar a narrarte un fanfic en voz alta, y no me importan tus amiguitos estos con complejo yandere. LAS MEJILLAS PÚTRIDAS DE ROBERTO SE SONROJARON CUANDO LAS VENAS DE CASTILLO SENPAI COMENZARON A ENVOLVERSE EN SU TIBIA Y AL MISMO TIEMPO SE ELEVARON LENTAMENTE POR SU PERON-ASHAKAJSA-ya-dejámicuello”.












