LA CAZA DE BRUJAS I: EL CONTEXTO HISTÓRICO
LOS COMPONENTES DEL HUAC (CON NIXON A LA DERECHA)
LOS PRIMEROS ACUSADOS
(En aquella gran película de Berlanga, Bienvenido Mr. Marshall, el inefable personaje interpretado por el genial Pepe Isbert sufre, mientras duerme, una pesadilla: ha sido llamado a declarar ante el Comité sobre Actividades Antinorteamericanas. La alusión de Berlanga es clara y muestra como en 1953 el impacto de los hechos que vamos a relatar había llegado a nuestro país).
Que el cine ha sido un elemento de preocupación y objeto de control por parte de los gobiernos de cualquier signo es un hecho bien demostrado históricamente. En el caso de las dictaduras esto se lleva a límites insospechados amparándose en la censura y las prohibiciones. No puedo obviar la estupidez de algunos códigos de censura como el norteamericano Hays en el que se estipulaban los segundos que debía durar un beso o se prohibía que en la pantalla se gritara ¡fuego! pues podía inducir al pánico entre los espectadores. Tenemos los ejemplos de la Unión Soviética (para Lenin el cine era “la más importante de las artes”) con la censura a Eisenstein o de la Alemania nazi que dio lugar al exilio de numerosos profesionales del cine. En España tuvimos ejemplos de algunas situaciones esperpénticas como las de aquellos años en que se hacían dobles versiones, una censurada para consumo interior y otra para su visión en el extranjero o las simples prohibiciones de proyectar determinadas películas que solo pudieron verse a partir de 1977. Recientemente hemos visto como el régimen iraní ha centrado en algunos directores como Jafar Panahi su política de censura para tratar de frenar sus denuncias. Pero lo que llamó en su día la atención es que un fenómeno de este tipo se diese en un país en el que los derechos y libertades (aunque no para todos) forman parte de sus señas de identidad: es el triste episodio que se conoció como LA CAZA DE BRUJAS EN HOLLYWOOD.
Este episodio de la caza de brujas en Hollywood creo que es bien conocido, aunque el paso del tiempo ha focalizado la responsabilidad del mismo de forma un tanto equivocada. El canon del proceso ha sido en la ortodoxia histórica el siguiente: ante el peligro comunista un político fanático, McCarthy, comienza a acusar a diestra y siniestra al mundo del cine en Hollywood. Una serie de profesionales denuncian la desviación comunista de sus compañeros y muchos de ellos son condenados a la cárcel, al exilio o a ser excluidos en cualquier trabajo relacionado con el cine. Este es, en resumen, lo que hemos conocido pero los hechos son mucho más complejos. Veámoslos.
Partimos de una constitución, la norteamericana muy garantista con las libertades y los derechos individuales: “Ningún representante del grado que fuere, puede establecer lo que es correcto en materia de política, nacionalismo o cualquier otro tema de opinión, ni tampoco forzar a la ciudadanía a confesar mediante hecho o palabra sus creencias personales”. La situación geopolítica que se estableció tras el final de la II Guerra Mundial dio al traste con todo esto y políticos y jueces se saltaron todas las normas establecidas. Profesionales del cine, bien por miedo o bien por interés se convirtieron en secuaces y delatores de sus propios compañeros de profesión.
Que en el mundo de dominio capitalista, encabezado por Estados Unidos, no sentó nada bien la revolución soviética es algo obvio. Ya desde los años 30 se filman varias películas con una feroz crítica al sistema comunista. Alguna como la gran Ninotchka (1939) de Lubitsch (aunque el director deslizó también criticas hacía el modo de vida capitalista). Al mismo tiempo cierto número de profesionales del cine de todos los niveles, no llegó al 1%, y numerosos intelectuales se afilaron al Partido Comunista (PC) ya que veían que la única defensa contra los fascismos europeos era la Unión Soviética. Este fue un fenómeno muy curioso de los años 30; en muchos estados occidentales, incluida España, intelectuales y artistas se afiliaron bien al partido comunista de su país al mismo tiempo que también otra serie de intelectuales se afiliaron a partidos fascistas con el modelo italiano y no el alemán. Ambos partidos constituían las vanguardias ideológicas de la época. La mayoría de los unos y los otros terminarían por abandonar esas organizaciones años después: los afiliados a partidos comunistas tras los sucesos de Hungría, la defenestración política de Stalin o la primavera de Praga. Por su parte los filofascistas se apartaron pronto de sus partidos como fue el caso en España de Laín Entralgo o de Ridruejo.
Durante la II Guerra Mundial la Unión Soviética se convirtió en aliada de los Estados Unidos para luchar contra el Eje y de hecho se realizaron varias películas por recomendación del presidente Roosevelt con unas loas a la lucha del pueblo soviético, a su gobierno e incluso a su líder y dictador Stalin que vistas hoy día producen cierta vergüenza ajena.
La victoria aliada trajo como consecuencia el cambio de enemigo: ya no era el Eje (Alemania-Italia-Japón) sino la Unión Soviética. Una histeria anticomunista, que culmina cuando la Unión Soviética lanza su primera bomba atómica en 1949, se desata en Estados Unidos mediada por los grupos más conservadores (en un libro de texto de finales de los 40 se enseña a los escolares: “El FBI insta a los americanos a que informen directamente en sus oficinas de cualquier sospecha que puedan tener sobre actividades comunistas por parte de sus compatriotas estadounidenses. El FBI está perfectamente capacitado para verificar esos informes según las leyes de una nación libre. Cuando los americanos hagan esto con sus sospechas en lugar de mediante habladurías o la publicidad, estarán actuando según la tradición americana”); por otra parte, cierto sector de la política no tiene pudor en poner en marcha leyes que van en contra los más elementales principios de la Constitución norteamericana como la Ley de Seguridad Interna de 1950 que incluso autorizaba el establecimiento de campos de concentración para los comunistas en tiempos de situación crítica nacional (aunque esto no era nuevo: durante la II Guerra Mundial más de 100.000 japoneses, la mayoría con ciudadanía norteamericana, fueron ingresados en campos de internamiento).
La plataforma de actuación contra los comunistas norteamericanos surgió mucho antes, en 1938, desde el Congreso de los Estados Unidos formando el denominado Comité sobre Actividades Antinorteamericanas conocido en inglés como HUAC. En 1944 se fundó la Motion Pictures Alliance for the Preservation of American Ideals (MPA), una alianza de los elementos más conservadores de la industria cinematográfica cuyo objetivo era oponerse “a los esfuerzos de comunistas, fascistas y otros grupos de ideología totalitaria para pervertir el cine y utilizarlo para la difusión de ideas y creencias antiamericanas” que sirvió de gran apoyo al HUAC.
Tras la pausa de la guerra mundial se persiguió a partir de 1947 a comunistas y liberales en el teatro, la universidad, la Administración del Estado y hasta el Ejército. Lógicamente el cine por su trascendencia mediática era también una diana de estos ataques.
Era la consecuencia en el interior de la Guerra Fría. Comenzaron los juicios y condenas a miembros del PC, un partido que no pasaba de unos cuantos miles de militantes y que en Hollywood no llegaba al 1% de afiliación entre todos los profesionales. Varias decenas de miembros de ese partido fueron encarcelados y se cree que unas 20.000 personas perdieron sus empleos en otras profesiones.
Desde un principio además de perseguir a los militantes comunistas de cualquier profesión se puso en el punto de mira al cine y ya en 1940 investigaron e interrogaron entre otros a Humphrey Bogart y James Cagney que quedaron exonerados en esos momentos. El HUAC no se limitó al cine, sino que investigó a intelectuales y artistas de todo tipo (se calcula que se prohibieron más de 30.000 libros en esos años) pero la difusión mediática sobre todo de la prensa y la televisión fue muy superior en el caso del mundo del cine al de otros sectores afectados.
El desarrollo del proceso de la Caza de Brujas se puede dividir en dos oleadas: la primera en 1947 se caracterizó por la resistencia de los acusados (básicamente los Diez de Hollywood) y la movilización de muchos de su compañeros para enfrentarse al HUAC formando lo que se llamó el Comité para la Primera Enmienda; la segunda oleada de caza se produjo a partir de 1951 con menor cantidad de acusados con respecto al cine y se caracterizó por el miedo de muchos de los declarantes que los llevó a convertirse en delatores.
El HUAC estuvo dirigido por diferentes congresistas en las décadas siguientes (no olvidemos que estuvo activo hasta 1975). En 1947 asumió la presidencia un curioso personaje del que hablaremos en el futuro: John Parnell Thomas, con la inestimable ayuda de otro congresista luego muy conocido, Richard Nixon. Parnell centró rápidamente las acusaciones en Hollywood: se investigaron inicialmente a 19 profesionales y de estos solo fueron llamados a declarar a 10, que serían conocidos como los Diez de Hollywood, junto al escritor Bertolt Brecht. (Los motivos de sospecha pueden parecer hilarantes a día de hoy, pero muestran el histerismo y fanatismo de aquellos años en Norteamérica: se tenían por películas comunistas “Aquellas que criticaban a los ricos, a los miembros del Congreso o que mostrasen a un sodado desengañado de la guerra”. Increíble pero cierto)
“¿Es usted o ha sido usted miembro del Partido Comunista?” Esta es la pregunta que se le hacía a los investigados y que la mayoría se negaron a responder por lo que eran acusados de desacato, enviados a la justicia ordinaria y allí eran condenados a penas de cárcel y multas. Pero no terminaba ahí la odisea de estos profesionales, sino que luego veían como sus contratos eran rescindidos y no había forma de encontrar trabajo en el sector cinematográfico. Mientras que algunos guionistas salvaron en precario la situación escribiendo con seudónimo y valiéndose de amistades que entregaban sus trabajos, los directores y actores no tuvieron posibilidad alguna de continuar trabajando por la índole de sus personales intervenciones en las películas.
Inicialmente hubo una respuesta por parte de los profesionales para defender a sus compañeros acusados y fue Frank Sinatra el que primero los apoyó creando una organización llamada Comité por la Primera Enmienda que fue tachada por el FBI, como todo lo que oliese a democracia, como comunista. Esta organización a la que pertenecieron estrellas como Humphrey Bogart, John Huston, Gene Kelly, Katherine Hepburn, Orson Welles, Bette Davis, Billy Wilder, Burt Lancaster, Ava Gardner, Lauren Bacall, Rita Hayworth, Groucho Marx y Henry Fonda firmó una petición en la que se decía: “Los abajo firmantes, como ciudadanos americanos que creen en el gobierno democrático constitucional, sentimos repugnancia e indignación ante el intento reiterado del Comité de Actividades Antiamericanas de calumniar a la industria cinematográfica. Sostenemos que estas audiencias son moralmente inaceptables por los siguientes motivos: Cualquier investigación de las creencias políticas de un individuo contraviene los principios básicos de nuestra democracia. Cualquier intento de contener la libertad de expresión y de fijar referentes de Americanismo es per se infiel al espíritu y texto de la Constitución”.
Este escrito se redactó en casa del letrista Ira Gershwin -hermano menor del gran músico George – que posteriormente, seguramente por miedo, proporcionó al HUAC los nombres de los asistentes a esa reunión. Sinatra, un personaje con algunas sombras en su dilatada carrera musical y cinematográfica, fue ciertamente muy activo al oponerse al HUAC y en una emisora de radio dijo: “Una vez que consigan pisotear el mundo del cine, ¿cuánto va a tardar el comité en ocuparse de la libertad de las ondas? ¿Cuánto tiempo va a transcurrir antes de que se nos indique qué podemos y qué no podemos decir ante un micrófono de radio? Si uno hace una intervención en una emisora nacional en favor de los desvalidos, ¿lo tacharán de comunista? Me pregunto si van a conseguir asustarnos para que nos estemos callados”. Desgraciadamente, este grupo se deshizo pronto por enfrentamientos entre ellos y alguna que otra importante deserción.
De los primeros llamados a testificar fue Bertolt Brecht, con ciudadanía alemana, que se negó a declarar e inmediatamente se marchó a su país; los 10 restantes también se negaron a declarar sobre sus ideas políticas o afiliación por lo que fueron enjuiciados y condenados. Estos fueron los llamados Diez de Hollywood, todos ellos profesionales de primera línea en sus respectivas parcelas y que pasaron a la historia como un ejemplo de resistencia ante un gobierno que se estaba saltando toda la legalidad del país (no olvidemos que el Partido Comunista era completamente legal en Estados Unidos):
-Alvah Bessie, guionista -Herbert Biberman, guionista y director -Lester Cole, guionista –Edward Dmytryk, director -Ring Lardner Jr., guionista -John Howard Lawson, guionista -Albert Maltz, guionista -Samuel Ornitz, guionista -Adrian Scott, productor y guionista –Dalton Trumbo, novelista, guionista y director
Pero esto fue solo el principio, en los años siguientes otros numerosos profesionales, que Javier Coma estima en unos 400, fueron investigados, enjuiciados y condenados a la cárcel o a perder sus empleos por lo que se produjo un llamativo exilio a Europa (Charles Chaplin o Joseph Losey entre otros) a la inversa de lo que había ocurrido en los años 30 desde Alemania a Estados Unidos. Además, los estudios chantajearon y castigaron a aquellos profesionales que no quisieron denunciar a otros compañeros, aunque desgraciadamente hubo unos 50 que se ofrecieron voluntariamente por miedo o por interés a denunciar a sus compañeros y en algunos casos a antiguos camaradas políticos como el muy conocido caso de Elia Kazan; estos fueron los llamados “testigos amistosos” frente a los “testigos hostiles” que no quisieron declarar y que fueron acusados de desacato engrosando las llamadas “listas negras” elaboradas por los propios estudios. Los tibios o discretamente sospechosos que no quisieron colaborar llenaron las “listas grises” y también se vieron afectados por represalias laborales por parte de los estudios que no los contrataban. El estigma de haber figurado en alguna de estas listas era simplemente el dato para que se les negasen cualquier tipo de contrato laboral en el ámbito de la cinematografía. Parece que un componente económico y no solo político fue el que propició que los grandes estudios se lanzaron a hacer estas listas. Tras la guerra se produjo una crisis en la industria del cine norteamericano: a los estudios se les acabó la posibilidad de monopolizar la distribución y la exhibición en salas y la llegada de la televisión hizo que bajara mucho la asistencia al cine en esos años finales de la década de los 40 y primeros 50 (creo que a eso habría que añadir una evidente merma de la calidad de las películas por diferentes razones y no son menores las que esbozamos aquí). Las “listas negras y grises” permitieron a los estudios expulsar a muchos profesionales contratados.
Tras ese año 1947 el HUAC se olvidó parcialmente del cine y hubo que esperar tres años para que se pusiese en marcha la máquina de difamar y acusar que lideró el Senador Joseph McCarthy. Por tanto, estamos ante una evidencia no siempre clara: el macartismo es anterior a McCarthy. Error ha sido considerar que McCarthy participó desde el principio en la ofensiva del HUAC contra las gentes del cine ya que este organismo dependía del Congreso mientras que McCarthy era Senador.
En 1950 este fanático Senador denuncia un complot comunista en el Departamento de Estado. El momento no pudo ser más oportuno: Guerra Fría, carrera atómica, guerra de Corea… Aprovechando todos estos factores y con la ayuda de medios de comunicación ultra derechistas comenzó “su” Caza de Brujas el senador de Wisconsin quien se puso al frente de un Comité del Senado para atacar indiscriminadamente todo aquél que hubiese tenido alguna postura ligeramente escorada a la izquierda, hubiera intervenido en alguna película calificada de filocomunista o simplemente hubiese ayudado con alguna donación al gobierno republicano de España en la guerra de 1936 (el mismo John Ford, un católico muy conservador fue llamado a declarar por haber donado una ambulancia a la Republica Española, se negó a dar nombres y su única respuesta fue antológica: “Me llamo John Ford y hago películas del Oeste”. Su papel era tan grande en Hollywood que no se atrevieron a dar un paso más en sus sospechas. La gran categoría humana de Ford – un personaje desagradable en la cercanía – se conoce cuando en los duros años de persecución dio trabajo en muchas de sus películas a numerosos técnicos y profesionales represaliados).
Ciertamente esta maquinaria puesta en marcha por un sector de la política gubernamental y por los estudios de cine tenía una enorme carga ideológica para tratar cualquier tipo de desviación en los “mensajes” que se podían trasladar a través de las películas. Durante los años finales de la década de los 40 y toda la década de los 50 proliferaron películas de baja calidad centradas en el anticomunismo. Películas como Las uvas de la ira o Encrucijada de odios ya no era posible realizarlas y por otra parte el crítico “cine negro” también suavizó sus aspectos más sociales.
Pero a la altura de 1954 McCarthy se había pasado de la raya y desde la Casa Blanca se impuso la tarea de acabar con el senador. McCarthy calculó mal un ataque al propio Ejército y ahí fue su final. Fue relevado en la presidencia del Comité y luego condenado por el propio Senado por “conducta impropia a las tradiciones del Senado”. No perdió el escaño, pero los senadores le volvían la espalda y desaparecían cuando quería tomar la palabra. Alcohólico, murió de cirrosis hepática en 1957 a los 48 años. Su sucesor en el Senado dijo sobre él: “Fue una desgracia para Wisconsin, para el Senado y para América”.
Según estima Alejandro Crespo en su Tesis: El cine y la industria de Hollywood durante la Guerra Fría 1946-1969, a la altura de 1955 todavía existía un enorme número de profesionales que no podían solicitar empleo en la industria del cine: 106 escritores, 36 actores, 3 bailarines, 11 realizadores, 4 productores, 6 músicos, 4 dibujantes y 44 técnicos diversos.
Aunque el HUAC persistió hasta 1975 la Caza de Brujas se fue diluyendo y en 1960 Kirk Douglas le dio la puntilla cuando logró que el guionista Dalton Trumbo, uno de los Diez de Hollywood, pudiera aparecer ya en los créditos como autor del guion de Espartaco. El propio expresidente Truman dijo por aquellas fechas “El HUAC es lo más antiestadunidense que hay en el país”. Lo más lamentable de todo es que nunca se pudo demostrar que los “comunistas” de Hollywood hubiesen espiado, saboteado o cometido algún acto terrorista.
Que la Caza de Brujas de Hollywood fue un episodio vergonzante para el cine, la cultura en general y el pedigrí democrático de los Estados Unidos es un hecho cierto, pero también -al César lo que es del César - hay que reconocer la capacidad del sistema para revertir la situación, defenestrar a los lideres de la caza (es muy curiosa la imagen en Trumbo. La lista negra de Hollywood, de Parnell, el inquisidor general compartiendo cárcel con varios de los Diez de Hollywood) y rehabilitar a los acusados… aunque ciertamente causó mucho dolor en el mundo de la cultura.
20/6/2024














