Una moneda de los tiempos del tío Javier
Cuando mi sobrino Antonio se fue para Chile dejó en su cuarto muchas cosas que no se pudo llevar: cajones llenos de carpetas, montones de libros, revistas científicas, tesis, ropa, recuerdos de cada una de sus novias, muchas monedas y billetes devaluados por doquier, sus implementos para hacer ejercicios, en fin, su vida reflejada en un montón de objetos. Por varios días, mi madre y yo dejamos el cuarto tal y como había quedado cuando él se marchó. Poco a poco fuimos revisando sus cosas para ponerlas en orden y trasladarlas a otra habitación.
Revisando una de las gavetas, me conseguí una monedita que parecía bastante antigua. Le acerqué una lupa y, en efecto, eran 25 céntimos de bolívar, de plata, de 1954. Inmediatamente vino a mi mente el cuento de mi amigo Javier. Sus sobrinos pequeños siempre jugaban a la “tiendita”, en su casa de “Valle Caliente”, un lugar en el que por todos los rincones había monedas de diferente valor. En una ocasión un sobrino pequeño le preguntó al más grande qué valor tenía una de aquellas monedas.
― No lo sé, son monedas muy antiguas, de los tiempos de tío Javier —fue la respuesta del otro.
Cogí mi moneda de “los tiempos del tío Javier” con la idea de irme al centro de la ciudad, al mercado “las Pulgas”. Generalmente, por estos días, los fines de semana, no hay mucho transporte colectivo. Entre semana el horario del sector público, en razón de la contingencia eléctrica es hasta las 2 de la tarde. Para los empleados del sector comercial es difícil conseguir transporte pasado ese horario límite. La problemática se ha ido agudizando por la falta de gasolina. Un sábado después de las 12 del mediodía no hay un carro en la calle. Por eso, me fui temprano en la mañana para que no me cogiera la callejera soledad.
Fui a esperar el trasporte a tres cuadras de mi casa, solo estábamos una señora con una adolescente en la acera del frente y yo, al rato llegaron otras personas, pero se ubicaron una cuadra más adelante, llegó un carrito “pirata” y se fueron todos. De nuevo solas. Un motorizado pasó, miro a la señora con la adolescente que estaba en la otra acera y luego volteo a mirarme, sin ningún disimulo. Cruzando la esquina, el motorizado, se regresó, venia hacia mí, caminé rápidamente hacia la entrada del edificio empresarial, donde siempre hay dos vigilantes, miré hacia atrás y vi al motorizado hacer mutis por la esquina derecha. La señora y la chica, también, corrieron hacia el edificio, me preguntaron si me había fijado en el motorizado.
Finalmente, vimos acercarse a la “ruta 6”. El pasaje está regulado a 300 bolívares, pero todos cobran mil.
Desde la modificación del casco central emprendida el año pasado por la alcaldía y la gobernación del estado, para erradicar el contrabando y acaparamiento de alimentos y medicinas, la venta de efectivo y la trata de blancas, no había ido más al centro. Hoy en día, pueden apreciarse los edificios antiguos, pues todos los tarantines fueron removidos de las aceras. “Los buhoneros” no fueron reubicados formalmente, por ende se pusieron en varias zonas aledañas al casco central. Poco a poco han regresado con sus mercancías, y ya sin el tarantín, la ponen sobre trapos o cartones, en el suelo.
La “ruta 6” me deja por el centro comercial “La Redoma”, me voy caminando hacia el centro comercial llamado “Gran Bazar” a un local donde compran monedas y barajitas antiguas. Al bajarme de la ruta me comienza una sensación como de desconcierto, estructuralmente todo está igual, salvo por los tarantines removidos. Algunas cosas me resultan extrañas: por primera vez en mi vida tengo miedo de un lugar al que solía venir de compras todos los fines de semana. Camino rápido y muy atenta a lo que ocurre a mi alrededor.
Mi moneda no tiene ningún valor histórico, según el dueño del negocio de antigüedades. Me devuelvo por donde vine con la tristeza por haber perdido el viaje. Solo me quedan, sacando el pasaje de vuelta, 500 bolívares en billetes de 100. Le pregunto a un vendedor, de origen wayuu, por el precio de los mangos, pero al ver mis billetes, me dice que de esos él no acepta. Más adelante le pregunto a un niño —también wayuu— con una caja de mangos en el piso, si me acepta los billetes de 100, ―me contesta que sí― y le compro dos mangos “mamarruos”.
Viniendo del “Gran Bazar” cruzo hacia el centro comercial “Plaza Lago”. En la calle justo a su lado se han aglomerado tantos vendedores como pueden caber en el lugar, con mesitas, paraguas o cualquier cosa que los resguarde del desalmado sol marabino. Y en sus escaleras están, al cobijo de la sombra, los que no se pudieron ubicar en la calle. La mercancía que ofrecen, en su mayoría es traída de contrabando de Colombia.
Agarro por esa calle, el suelo deja de ser asfalto para convertirse en una suerte de sustancia pegostosa mezcla de barro y aguas malolientes. Cruzo hacia la derecha y paso por la venta de huevos que tienen al lado toda una cuadra de locales de ferreterías, es una calle que extrañamente no huele a ferretería sino a mierda de paloma, con orín de perro y desinfectante de la marca “Mistolín”. Me siento mareada y con ganas de vomitar por lo abrumador del hedor. Más adelante sigue la venta de quesos: de concha negra, de concha amarilla, palmita, de año y semiduro. El agua lechosa que chorean los quesos blandos como consecuencia del intenso calor, rueda por las mesas de madera y se estanca en el piso mezclándose con el barro y cubriéndolo de una espesa capa de cipa.
Sigo mi camino en dirección Este y buscando la sombra, camino por la parte externa de los negocios que dan a la avenida Libertador. Me abordan muchos hombres con sus enormes fajos de billetes, todos con sus bolsos cruzados en el torso, preguntándome si voy a cambiar oro, dólares o pesos. Uno de ellos pregona que, además del oro, dólares y pesos, también, compra plata. Le enseño mi monedita de “los tiempos de tío Javier, la pesa y me ofrece 1.500 bolívares. Le digo que sí, que eso me alcanza para comprar mangos. De allí, emprendo mi camino de regreso a casa.