Reconstruir la ciudad desde el arte
La ciudad es la conjunción de espacios públicos y privados que nos contextualiza, y formamos parte de ella tanto como ella forma parte de nosotros. Los espacios que compartimos nos influencian y nos interpelan. ¿Cómo soñamos a nuestros lugares comunes?
Generalmente es la política la que da lugar a expresar estas aspiraciones, proponer cambios y llevarlos a la realidad. En esta ocasión, Alfredo Ghierra buscó abordar esta problemática desde una perspectiva diferente.
Ghierra es artista visual desde 1994. Nacido en Montevideo en 1969, comenzó su trayectoria creativa estudiando arquitectura y bellas artes. Ha experimentado en diversas técnicas como el dibujo con grafo y tinta, la fotografía, el arte digital, la animación y la pintura. Ha realizado exposiciones individuales y en conjunto con otros artistas a nivel nacional e internacional. También es director de arte y desde ese rol creó Ghierra Intendente, lo que describe como "una performance artística en clave política y apartidaria, donde un extenso grupo de artistas, arquitectos y diseñadores, se articulan para pensar y proyectar la ciudad."
En esta última propuesta, múltiples artistas se involucran con esta temática para proyectar distintos puntos de vista, generar cuestionamientos en los expectadores, proponer nuevas ideas; se genera entonces un entramado de perspectivas que se enriquecen entre sí a través de la variedad y el contraste.
¿Qué tienen en común el arte y la política? La política tiene que ver con la toma de decisiones de distintos grupos para alcanzar ciertos objetivos, con una orientación ideológica que varía dentro de los individuos que participan de la misma.
Es un término que surge en la antigua Grecia y fue estudiado por Aristóteles y Platón, los más destacados, entre otros filósofos. El concepto viene de la palabra Polis, que deriva de las ciudades griegas donde surge la democracia. El sistema democrático en su primera instancia era distinto a lo que conocemos hoy en día: en la democracia ateniense se llevaban a cabo asambleas donde se practicaba la democracia directa, es decir que las personas no eligen representantes para opinar y decidir en su nombre, sino que ejercían este poder ellos mismos. Se trataba de una política activa, crudamente democrática y libre.
Actualmente la política se coloca en nuestra conciencia colectiva como algo de lo que podemos o no ser partícipes, en mayor o menos medida, pero en muy pocos casos de manera directa. Muchas personas no se sienten englobadas por ideologías políticas, los representantes que tienen para elegir o simplemente no creen tener una voz para hacer una diferencia. En esta distorsión en la evolución histórica de la democracia, se perdió la expresión directa y personal en este ámbito.
El arte, por otra parte, es una forma de expresión. Logra comunicar desde un individuo o comunidad hacia otras personas otra perspectiva, una forma diferente de ver las cosas. Música, pintura, escultura, arquitectura son palabra viviente de sus creadores y su contexto. En el arte todavía se vive el concepto democrático de la expresión, exteriorizar propuestas, lanzar un grito que despierte la conciencia en alguien más. El arte cuestiona, interpela, intercambia.
Ambos, el arte y la política, tienen que ver con la manera en que piensa y se expresa una sociedad y cada uno de nosotros dentro de ella. Ambos productos y forjadores de su época, en un camino recíproco y enredado, son también reflejo de un tiempo y lugar. Podemos ver en el arte lo que las personas piensan y viven. En ese sentido, el arte y la política pueden fluir en sintonía o pueden chocar.
Innumerables veces los artistas han plasmado los impulsos de revolución de los que eran parte o simplemente testigos; han hecho críticas políticas, amplificado nuevas ideas, planteado futuros utópicos. Pablo Picasso pinta Guernica, una de sus obras más famosas, a raíz de la guerra civil española, como forma de comunicar su visión sobre el hecho y como crítica a una realidad con la que no estaba de acuerdo. Buscaba atraer la atención del público hacia esta guerra, transmitir en una imagen lo que estaba sucediendo. Cuando Théodore Géricault pinta La Balsa de la Medusa, la sociedad francesa había sido conmovida por un hecho trágico: el naufragio, sin intentos de rescate, de cuatrocientas personas que lucharon por sobrevivir y de las cuales solo lo lograron 15. En estos e innumerables casos, los acontecimientos políticos influyeron en el arte y viceversa.
En el medioevo la relación arte-política era aún más cercana, con catedrales apuntadas al cielo que competían con las de otras ciudades para marcar su poder. En el renacimiento, el barroco y el rococó, la arquitectura mostraba la grandilocuencia de sus gobernantes, que marcaban estilos y estéticas particulares.
También hubo quienes cuestionaron de forma directa la política desde las artes, la contrariaron y hasta se burlaron de ella. Quizá el caso más conocido es el del artista callejero Banksy, que pintó los rincones de las calles con piezas satíricas que cuestionan la cultura, política y valores dominantes. Por controversiales que sean sus piezas - pueden ser amadas y odiadas - inspiran inevitablemente un cuestionamiento y reflexión al espectador.
La política y el arte son ideas, comparten el pensamiento, la comunicación y una postura hacia un cambio o acompañamiento de su contexto. Responden a cuestiones como qué queremos mostrar como sociedad, que queremos ser, hacia donde estamos yendo.
Los cambios culturales a partir del arte son significativamente más lentos que los cambios políticos, pero ambos se influencian y cuando se conjugan logran una profundidad que moldea a su ambiente y quienes viven en él. La política se puede transformar a partir de expresiones y movimientos artísticos, y el arte va a responder a ella reaccionando pero también siendo parte de lo que la misma implica.
Acercar y democratizar la cultura en clave política significa avanzar como sociedad. Si podemos ser parte de un arte que nos cuestiona, que nos hace reflexionar y hacer avanzar nuestras ideas y las de otros, la dimensión política de esa sociedad va a tener un enriquecimiento global. Una sociedad que permite la pluralidad en el arte y su expresión, es una sociedad libre.
Creo que en gran parte esta reflexión que hago es compartida con Alfredo Ghierra en su pensar de que la piel de la ciudad también es la piel de cada uno. Al conjugar propuestas de distintos artistas alrededor de un tema político y social como es el desarrollo de la ciudad, genera un cuestionamiento que nos interpela a todos como ciudadanos. Visualizar en un solo lugar distintas perspectivas confluir y chocar, conectarse y discutir, es un llamado a un debate similar al político.
También apoya el concepto de que podemos opinar desde el arte. Lo reivindica como disciplina de expresión democrática, para todos, que comunica y es un generador de cambios. Ghierra busca incidir con esta muestra en la agenda de la ciudad y en quienes la dirigen, dándole lugar a otras voces - desde otros lugares - para generar una sinergia.
Cuando alguien entra en el EAC encuentra preguntas, invitaciones a cuestionarse y a explorar, investigar. También se lleva seguramente la tarea de encontrar estas respuestas y compartirlas con otros.
En este contexto de pandemia, quizá todo lo que implica la iniciativa de Ghierra Intendente ha cobrado un mayor valor. Sus tres conceptos ejes para re-visualizar la ciudad fueron periferia, ecociudad y patrimonio. La crisis del Coronavirus nos ha llamado a reflexionar desde estos tres pilares al despojarnos de las comodidades que nos permitían ignorar lo que no estábamos haciendo del todo bien como humanidad en general.
Los espacios olvidados y las personas que dejamos de lado se muestran en su inaccesibilidad a refugiarse de la manera en que lo hemos hecho nosotros, las personas que no pueden acceder a sistemas de salud, quienes viven en áreas tan aisladas que no pueden acceder a servicios básicos.
El cambio hacia un modo de vida amigable con el medio ambiente y sustentable es cada vez más una obligación que una opción; nos hemos dado cuenta de los daños que le hemos causado al planeta al observar el efecto contrario. Con solo unos meses de menor actividad, el planeta cambió y volvieron a surgir fenómenos que habían desaparecido - recordemos el video de la UNESCO que nos cuestionaba cómo no era normal que se pudiera ver el pico del Himalaya, o como sí es normal que causemos la extinción de tantas especies. Nuestro aislamiento y pausa nos hizo mirar hacia donde el ajetreo de nuestras vidas generalmente no nos deja, y darnos cuenta de que debemos cambiar nuestro estilo de vida y a gran escala como manejamos nuestros recursos y afectamos el mundo que nos rodea.
También con la pandemia, al estar concentrados en nuestra localidad, estamos aprendiendo a darle otra importancia a lo que consideramos "nuestro", a mirar nuestra ciudad con otros ojos, nuestra historia, nuestra comunidad y nuestro patrimonio. Se ha generado una tendencia hacia revalorizar lo local, desde los trabajos artesanales hasta los edificios que identifican a nuestras ciudades. Este contexto social, económico y político - que se viene dando desde hace tiempo pero que con la pandemia se nos tornó más evidente - está marcando su influencia en el arte a través de esta muestra. La reflexión sobre lo que nos rodea y hacia donde estamos yendo surge de la misma forma en que relacionamos el arte y la política anteriormente.
Generar esta muestra en un momento en que el aislamiento ha generado un hambre por el arte, por comunicar ideas, intercambiar con otros, le da un foco doblemente especial, donde las personas se ven dispuestas a escuchar y cuestionarse. El aislamiento genera la paradoja de que se cancela la ciudad como espacio público que moldea a los ciudadanos y sus relaciones. Este es el cambio más brutal que trae la pandemia. La nueva normalidad esta compuesta por espacios privados, y a través del arte podemos sobrepasar esas fronteras, interactuar y encontrarnos de manera más próxima.
El arte y el cambio cultural van a ser pilares fundamentales para moldear y sostener esta nueva normalidad en conjunto. Los seres humanos tenemos una inclinación natural por expresarnos y comunicarnos frente a los momentos de crisis, de depresión o incertidumbre. No podemos desligar la sociedad de su cultura. En este contexto, más que en otros, todos tenemos algo que decir, todos podemos buscar en nuestro interior y volver real nuestro aporte al mundo, y qué mejor manera de hacerlo que a través del democrático mundo de las artes.















