Hubo un tiempo en que el ciclismo representaba más que un simple deporte: era una epopeya. Los ciclistas se encarnaban entonces en aquellos héroes míticos a quienes los malvados y caprichosos dioses, los juguetones dioses sometían a castigos y pruebas cada vez más arduas: escapar del cíclope Polifemo, matar a la Hidra de Lerna, liderar en solitario en la Casse Deserte mientras asciendes el Izoard...
Los ciclistas, como héroes míticos, las terminaban por superar.
Las superaban para hacernos comprender al resto de humanos, al auditorio que rodeaba maravillado esa lumbre moderna que es la televisión, que hay hazañas que no pueden dejar de ser acometidas. Que somos capaces de virtudes inopinadas en circunstancias infernales. Que somos, en realidad, tan grandes como hemos imaginado a los mismos dioses, a quienes atribuímos el designio de ponernos a prueba para revelarnos nuestra propia constitución.
Cada vez queda menos de este ciclismo. Cada vez queda menos de este mundo, en realidad. La inmediatez, la especialización, la tecnificación acaban por devorar mecánica y sistemáticamente, con precisión maquinal, todo atisbo de poesía, cualquier sugerencia e indeterminación.
El Giro llega hoy a Bormio, como aquella jornada heroica de 1988. No se asciende el Gavia, aunque sí habrán de enfrentar el Mortirolo y el Stelvio, volver desde Suíza por el Umbrail Pass antes del descenso a la meta.
Ojalá, dentro de todos los condicionantes modernos, se vea ciclismo de verdad.











