Estoy en un momento de mi vida en el que si me escribes y no te contesto no es porque no me importes es porque hay días en que me es suficiente con poder seguir fingiendo estar bien de camino al trabajo. En los que tengo que hacer malabares con esas lágrimas funambulistas que se balancean todo el día al filo de mis ojos.
Hay días, en los que simplemente hay un abismo entre mi cama y el suelo.
Así que si no te contesto no es que no te quiera es que a veces me cuesta quererme incluso a mi y me tiemblan las manos en este invierno azul en el que me gustaría encender una hoguera con ese fuego en el que alguna vez metí las manos confiando en que alguien lo mantendría vivo en lugar de apagarlo.
Días, en los que avanzar mirando al frente solo es rendirle pleitesía a mis vacíos y al mirarme al espejo me devuelven la mirada esos ayeres en los que juré no ser todo lo que esta maldita tristeza me está haciendo ser.
Me estoy queriendo un poco más de lo que me has herido y al hablar de ti a veces, en momentos fugaces sonrío.
Y en ese baile de salón con mis vacíos en el que juego a inventarme pasos ha venido la risa de mis sobrinas a sacarme de paseo. Como ese cachorro débil que dejaste entre mis omoplatos, hoy me abraza todo aquello que un día no vi por estar mirándote.














