Piazzolla, 100 años.
Es la semana de Piazzolla. Mientras dos grillos se injurian, confirmo que en 1970 se grabó el mejor disco en vivo de la historia de este país*, y a las pruebas me remito.
*Exagero. Pero los mejores vivos de nuestra patria los grabó Piazzolla, eso seguro.
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Tenía intención de escribir largo y tendido sobre Piazzolla esta semana, pero a los textos ademas de intenciones hay que ponerle palabras y oficio y etc. Por lo pronto me quede en la escucha, todavía incrédula, de algunos discos fenomenales dentro de su vastísima obra.Piazzolla grabó más de 50 discos de estudio, bandas sonoras, vivos de una calidad arrolladora. Cada periodo de su obra es fascinante por una cosa o por otra y si bien después del 65' cuesta encontrar una obra a la altura de su periodo más fructífero (57-62, pensado caprichosamente), son los tiempos que le trajeron el reconocimiento popular que Astor venía persiguiendo y esperando del publico argentino y es, también, el tiempo en el que la mixtura con el jazz se hace presente del todo y en el que se graban los mejores discos en vivo de su obra (desde el falso concierto en New York, que en realidad se grabo en una escuela de Belgrano, hasta el formidable Teatro Regina al que me referí a modo introductorio). Entonces, preferencias al margen, la obra toda de Piazzolla es un campo de batalla que va al frente hasta que quede en pie el ultimo de los mortales. Hoy me detuve en Nuestro tiempo, puntualmente en la Edición crítica que Columbia lanzara allá por el 2002 con intención de encontrar las formas definitivas de algunas de las obras del maestro. Es difícil no considerarlo uno de sus trabajos más inspirados (en su momento levanto mucho polvo con olor a polémica). Por un lado es uno de los primeros trabajos lanzados con el Quinteto Nuevo Tango, donde bandoneón y violín protagonizaron y surcaron como nunca la materia musical, y por otro lado contiene y asimila todas las virtudes del Piazzolla compositor, arreglista y ejecutante: los dos primeros minutos del disco dan cuenta de esto y el resto no hace más que confirmarlo. En Nuestro tiempo esta el Piazzolla más prístino y también el más barroco, el Piazzolla capaz de unir tradición y modernidad sin ceder ni un ápice de originalidad ni sentimiento. Especial atención a la mágica versión de Los mareados, que no tiene rival en ninguna vanguardia tanguera (a excepción de la grabada por Octeto en la década del 50, también con Piazzolla al mando) y a su consecuente versión de Cafetín de Buenos Aires en la voz de Roberto Yanes y una construcción orquestal alejada de todo convencionalismo porteño. También hay que decirlo, porque no es propio de lo que la industria discográfica hizo con Piazzolla: en esta edición, cuidada hasta lo enfermizo, se aprecian como nunca antes los matices del espectro sonoro del Quinteto. Lejos de las ediciones -que algunos prefieren, aunque no es mi caso- en las que las variaciones se pierden en la prevalencia de un sonido monofónico y por ende compactado, las ediciones críticas suelen explorar en todo su ancho las voluminosas capas sonoras del sonido estéreo original.Concluyendo ya no se que cosa: no quedan dudas de que la obra de Piazzolla es uno de los terrenos más fértiles de la historia de la música, un corpus dilatado capaz de contener tradición, clasicismo y modernidad sin despeinarse. Un músico ahistórico y apátrida (con el perdón de su melancólico Buenos Aires) que la lectura academicista nunca pudo terminar de encasillar pese a la (inevitable) incorporación de su legado en el canon a fuerza de manosearlo y manosearlo. Donde dice "ahistórico y apátrida" falta agregar "apolítico", ¿aunque como quitarle trascendencia política a quien encabezo una de las revoluciones estéticas mas grandes del siglo? Claro que Ástor no estaba para el juego político porque ese barro no le interesaba en lo más mínimo y en alguna oportunidad confeso sentirse traicionado por la clase política. Esto, que en un músico del montón puede leerse como cierta pereza cuestionable, en Piazzolla engrandece su figura. Y no se trata de que para unos el cielo y para otros el infierno sino que, en el mundo de Piazzolla no había lugar para estos menesteres. Su Edén fue siempre el de la música, la composición y la ejecución. En su Reino no hubo lugar para nada que no fuese vitalidad encarnada en obra, y así vivió su vida y escribió su legado.
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Como todos los grandes de verdad, Piazzolla, ademas de ser una casona centenaria llena de habitaciones, abre puertas y ventanas. Una de esas puertas tiene nombre y apellido: Alfredo Gobbi, un violinista estrella y estrellado de la generación del 40, tal vez el más refinado de los decareanos, que supo construir el puente entre generaciones. Fuente de inspiración para el joven Piazzolla, que a le dedico una de sus más notables canciones cuando Gobbi llevaba un par de años muertos (de pulmonía o tristeza, que viene a ser lo mismo) y Astor atravesaba uno de los peores momentos de su vida allá por el 65'. Acá hay 40 canciones para perderse en la espesura de su obra y escucharlo en su esplendor, maravilloso acompañante del GRAN Jorge Maciel y también absolutamente entregado en sus momentos netamente instrumentales donde se puede encontrar el empuje rítmico de corte milongero que Piazzolla haría marca y progresismo (del bueno) en su casa.
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Se me ocurrió una pregunta y la voy a responder yo mismo, a pedido de nadie y porque sí, que es la única forma que conozco de hacer las cosas. ¿Como acceder a la obra de Piazzolla sin caer en la trampa de los múltiples "Adios Nonino" engullidos y escupidos por la industria discográfica? Acá van 5 discos que pretenden ser la respuesta:
1. La Camorra: La Soledad de la Provocacion Apasionada (1990) La suite tanguera por excelencia, ya con una versión desfigurada del Quinteto pero todavía con una fuerza indomable para llevar el ensamble hacia delante que, en esta segunda versión expande los tres movimientos originales y le suma uno de los arranques más tristes de la obra de Ástor (Soledad) y algunas otras cosas que lejos de desvirtuar a la original, la engrandecen. Piazzolla dijo, alguna vez, que los tres movimientos de La Camorra era lo mejor que había escrito.
2. The New Tango (c/ Gary Burton) (1986) Grabado en julio del 86' en el Festival de Jazz de Montreux, incorpora de manera magistral a su quinteto al vibrafonista Gary Burton. El repertorio es totalmente original de Piazzolla e incluye una composición escrita especialmente para la ocasión: Vibraphonissimo. Es un vivo que mixtura, como siempre, originalidad y virtuosismo con la emoción más profunda.
3. Música Popular Contemporánea de la Ciudad de Buenos Aires (Vol. I) (1971) Una de las cumbres de Piazzolla en los 70 al mando de El Conjunto 9, uno de los proyectos más fugaces pero caudalosos en lo musical que imaginó (y concretó) Ástor. Todas canciones nuevas y compuestas exclusivamente para el disco, que juega con la electricidad a su favor y coquetea con vanguardias ajenas a sus raíces sonoras. Un imprescindible que deslumbra a cada paso.
4. Concierto de tango en el Philharmonic Hall (1965) Ya lo nombre antes, uno de las cumbres de la música en vivo toda. Lo que se entiende por Piazzollismo esta acá, y valgan las dos ediciones antagónicas que se remasterizaron en lo que va del siglo para comprender la hondura de la sonoridad de Ástor. Una maravilla.
5. Tango en Hi Fi (1957) Obra seminal del Piazzolla que volvió de Europa: única, despojada, corajuda. El futuro en manos del pasado y el sonido áspero de la sección de cuerdas poniéndole mística al asunto.
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Ya avezados a su obra, llega el turno de las relecturas Piazzollianas (por Piazzolla, después vendrán los herederos) y ahí, casi sin rivales, los 21 minutos de Tristezas de un Doble A grabado en Colonia allá por 1984. Con el bandoneón ya parte de su cuerpo y una obra inmortal entre las manos, Ástor lleva la experimentación al límite de lo rupturista. Es decir: siempre de este lado de lo armónico, no cruza esa frontera sino que la dilata hasta lo imposible sin volverla ininteligible nunca, cosa que pocos músicos han logrado desde que el mundo es mundo. Improvisación, sí, pero sin caer en tonterias pretendidamente vanguardistas. La experimentación tardía de Piazzolla nunca abandono el clasicismo porque, de alguna manera, parecía entender como ningún otro -como Bill Evans y pocos más- que todavía estaba por escribirse la historia del clasicismo propiamente dicho y porque, más importante todavía, no hay nada por fuera de ese movimiento que haya resultado superador. Quiero decir y lo digo torpemente porque toco de oído: Piazzolla sabía que las dimensiones del clasicismo eran -y son- lo suficientemente amplias como para configurar y reconfigurar el espíritu de su música sin necesidad de desbaratar el estructuralismo.
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Fijense las diferencias entre esta versión de Decarísimo*1 (de Piazzolla interpreta a Piazzolla, año 1961) y esta del concierto de Koln, 1984*2. Al margen de que a la primera no le pudo salvar una sonoridad rupestre ni la Edición Crítica, las dos están grabadas en formato Quinteto pero la del vivo dura casi un minuto más. Cualquiera pensaría que la duración extra se debe al agregado de cosas de parte de Piazzolla pero en realidad sucede todo lo contrario: en esta versión, el Decarísmo esta vaciado hasta el límite. Es decir: justo antes de cruzar el umbral que le quitaría el peso propio del homenaje que es a Julio De Caro. La diferencia entre una versión y otra es abismal. Mientras que la primera esta al borde de lo altisonante y lo sobrecargado, la segunda es armoniosa y estilizada en el mejor sentido posible. Algo similar sucede con la obra de Bill Evans, que en el final de su carrera hizo una relectura de su música que empezó por vaciar el contenido de la misma hasta hallar el hueso. Pero esto no es minimalismo, porque en ninguno de los casos restar significa resignar ni quitar significa no ser capaz de agregar. Es decir; tanto Piazzolla como Bill Evans leen su música desde el clasicismo y reescriben con un sentido que escapa a lo formal. Es puro sentido, pero no común, sino extraordinario. Y escapismo, porque no: más allá del rupturismo vanguardista que atraviesa a la música del S. XX.











