La Loca del Metro
Una loca despertó a don Evaristo, después de un agradable, placentero y suave viaje en la recién inaugurada línea del Metro. La ansiedad por usar el nuevo servicio y el levantarse de madrugada terminaron por agotarlo y luego de ubicarse en un cómodo asiento se quedó dormido. Pero la loca que lo despertó al término del trayecto y que casi lo mata, no era una loca cualquiera.
Evaristo del Carmen Alegría Campos, escéptico, como la mayoría de los pobres, nunca creyó que una línea del tren metropolitano pasaría a pocas cuadras de su casa. Pero, a medida que pasaba el tiempo y las plumas de las torres que, como alas de fierro, danzaban en el espacio y obreros de cascos blancos y overoles amarillos, junto a maquinaria pesada, se movían de un lado para otro y desparecían en las profundidades de los túneles, el escepticismo de don Evaristo se fue transformando en esperanza, luego en ansiedad y, en los días previos a la inauguración, no pudo pegar los párpados. Las casi dos horas en llegar a su pega de jardinero en el barrio alto se reduciría a menos de la mitad. Podría dormir un poco más y llegaría, antes de anochecer, a juntarse con su vieja y sus nietos.
Lo que no sabía don Evaristo era que ese día, el “Pelota Cuadrada Fultbol Club” celebraba un “banderazo” alrededor de la estación Estadio. Hinchas de este equipo se reunían en un acto artístico-deportivo-cultural para animar a los “guerreros” que debían enfrentar a su histórico rival, la “Universientoma”, al día siguiente.
Gritos, aullidos de sirenas de carros policiales y ambulancias eran el fondo musical del evento que llegaba a su fín cuando el tren en que viajaba don Evaristo se acercaba a la estación Estadio. Las piedras llovían, los heridos eran conducidos a los carros spa de la policía donde solícitas carabineras atendían, consolaban, maseajeaban y ofrecían pisco sauer a los machucados. Los muertos eran transportados a los Parques del Recuerdo donde un funcionario del Ministerio de Hacienda les pedía los datos para indemnizar a los deudos.
Los carabineros corrían a sus cuarteles a aperarse de capuchas para que no los rocharan y los dieran de baja por lanzar gases lacrimógenos contra inocentes creaturas.
Los parlamentarios, se reunieron de emergencia y acordaron, por mayoría de votos, aumentarse la dieta en un diez por ciento para estudiar el tema y legislar correctamente.
Los jueces otorgaban la libertad, antes que los exaltados fueran detenidos y respecto de las víctimas fatales, argumentaban la no existencia de pruebas que acreditaran que los cadáveres estuvieran muertos.
Era un espectáculo a todo color porque armas blancas, negras y grises teñían de rojo el evento cultural.
Y del banderazo se pasó a los balazos. Un grupo de jóvenes idealistas, pastabaseados y de inteligencias imbecíleves, se separó del acto y enarbolando pistolas, invadieron los trenes del Metro y fue entonces cuando una bala loca le voló la chupalla a don Evaristo, despertándolo y que por poco lo mata. Lo había despertado una loca, no una loca cualquiera, en el preciso momento en que una agradable voz femenina anunciaba: — hemos llegado a la estación terminal, ojalá hayan disfrutado del viaje, gracias por preferirnos…
Claudio Regular
Padre Hurtado
Taller Peuco Dañe
Imagen: Sociedad Anónima, de Ignacio Sosa
Gaceta 73











