El viaje más largo del mundo VI
Viajaba sentado, como casi nunca, y una señora se sentó al lado mío. Así de vacío estaba el bus, era demasiado bueno para ser verdad.
Yo leía. Había calculado aquél día que en un viaje más podía terminar La elegancia del erizo. Me faltaban pocas páginas cuando llegó la doña. A los pocos segundos de su llegada, esta cincuentona inquieta me dijo:
-¿Te molesta si te pido que abras un poquito la ventana? Un poquito nomás.
-Sí ¿cómo no? - le dije.
Cumplí mi palabra con muchísimo esfuerzo, porque cualquier actividad física por mínima que sea a mí me cuesta el doble que a los seres humanos.
-¿Quiere sentarse de este lado? - le pregunté, porque lo único que me faltaba para llenar esta colección nefasta era que la vieja se mareara y me vomitara encima.
-No, lo que pasa es que me ponen mal los lugares cerrados - me dijo, y fue mi perdición.
Los tres infiernos
Porque a partir de ahí comenzó a explicarme, con lujo de detalles, la naturaleza de su mal, no solo qué lo causaba, sino también las diferentes formas en que lo había intentado tratar: con medicamentos, con psicólogos, con nietos, con perros… yo le respondía “ah”, “sí”, “ajá”, “mmm”, y trataba de mirar lo más posible el libro que intentaba terminar de leer. Me di cuenta que pensar en terminarlo ese día, era demasiado optimista de mi parte. También fue ingenuo pensar que por una vez no iba a tener que sufrir el viaje más largo del mundo.
La señora seguía hablando. La señora siguió hablando. La señora sigue hablando aún ahora que ya no estoy ahí. Debe hablarle a otra persona, debe hablar sola, debe hablarle al espejo, a los medicamentos, al psicólogo, a los nietos, a los perros…
Intentaba leer pero no podía, la indiferencia de la vieja a mi interés por el libro era sobrehumana. Completa y absurdamente antinatural, como los platos cuadrados, como la gente que siempre es feliz.
Y mientras la señora hablaba por toda la eternidad yo quedaba atrapado en tres de los peores infiernos: (uno) estar al lado de alguien que no para de hablarte, que no le importa un carajo si la estás escuchando o no, si te importa lo que dice o lo que no dice. Solo le importa su blablableo; (dos) no poder leer; y (tres) viajar con la ventanilla abierta el único maldito día frío de diciembre.















