Daniel alzó su cuchara y se la llevó a la boca, el sonido que hizo al sorber la sopa fue lo único que se hacía escuchar en todo el comedor.
Una que jamás se la regaló a Antonio.
Las únicas veces que lo veía lleno de adrenalina, riendo a carcajadas y con genuina felicidad en su rostro, era al final de cada carrera de motocross junior en la que participaba- y ganaba, desde los once años...
... Que Antonio miró desde lejos, sin decir palabra, desde la primera carrera.
La sopa le sabía agria y le costaba tragar, y el recuerdo de un Daniel de cuatro años mirándolo hacer sus maletas, con rostro impasible, como si no importara, le vino a la mente. Oyó otro sorbo al otro lado de la mesa, y de repente perdió el hambre. Bajó la cuchara al lado del plato, alejándolo de sí.
¿Quién mierda hace sopa de cena, de todas formas? Puta idea suya de quererle cocinar algo y pillar que no había nada en el refrigerador- típico de hombre soltero.
Otro sorbo, y Antonio levantó la vista. Era la primera vez, en doce años, que realmente se atrevía a mirar la cara de su hijo.
Y Daniel seguía con el rostro tan impasible como cuando Antonio dejó la casa.
Vale, quizá ya no lucía como una niña, y el rostro ya tomaba una forma más cuadrada, más masculina, con una quijada igual a la de su madre- que aún le deba un toque fino y femenino, con ojos igual a los suyos propios, cabellos un poco más oscuros que el suyo... y una nariz quebrada dios sabe cómo. Él no sabe. Él nunca estuvo ahí. Ni siquiera cuando vivían bajo el mismo techo.
Quizá por eso a Daniel jamás pareció importale su partida, o su falta. Porque no se puede extrañar algo que nunca se tuvo.
Había pasado ya un rato que dejó de comer, y aún sentía el amargo en su boca, y la garganta atorada.
"Daniel" dijo despacio, cuando notó que el muchacho terminó de comer- y sabía, que le gustase o no, Daniel siempre termina su comida, porque sabe que su madre le enseñó que la comida se hace con amor, y que uno no puede rechazar eso.
Eso lo calmó un poquito, el que Daniel se haya terminado su comida, porque vio amor en ella.
Eso le dio suficiente valor para continuar. Antonio se levantó de su asiento, y buscó algo en sus bolsillos. "Dieciséis años ya, ¿eh?" rodeó la mesa y caminó hacia su hijo. "Ya estás grande" Y él no lo vio crecer del todo.
Daniel le seguía con la mirada, tranquilo. "Sé que... sé que estás aquí porque tu madre te obligó", rió Antonio, ligeramente nervioso, "Me dijo que al menos te llegaban mis cartas tu cumpleaños, y mis regalos también"
Pero nunca llamaste. Esperó escuchar, pero Daniel no dijo nada.
"Quería felicitarte por haber ganado la carrera del mes pasado, es tu última en esa categoría, ¿cierto? Ahora pasas a la sección adulta, escuché" Quería decir que estaba orgulloso, pero no se sentía digno. "Y.. también me quería disculpar por no enviarte nada por tu cumpleaños hace poco"
En realidad, quería disculparse por todo lo que se había perdido en la vida de Daniel.
"No importa" habló Daniel, al fin. Y era cierto, no importa, nunca importa. A los ojos de Daniel, Antonio no tenía obligación alguna para con él, porque nunca lo podría considerar un padre.
Pero debería importarle. "Bueno, es que quería darte mi regalo en persona" Daniel parpadeó varias veces, y Antonio sacó las llaves de su bolsillo.
"Tu mamá dijo que también pasaste tu examen de conducir y conseguiste tu licencia" le acercó las llaves. "Pienso comprarme un auto más pequeño, ya que estoy solo, y oí que te encantan las camionetas," los ojos de Daniel se hicieron grandes, brillantes, y no se despegaron de las llaves frente a su rostro, "Así que me dije, ¿porque no darte mi viejo Land Cruiser?"
Sabía que darle un auto a su hijo no iba a compensar todos los años que no estuvo con él, todos los años en que prefirió su segundo matrimonio a él, y toda las veces que falló.
Pero los ojos de Daniel se hicieron tan grandes, sus dedos rozaron los suyos al tomar las llaves, y era la primera vez que Daniel le sonreía sincero, de oreja a oreja, y un gracias que podría haberse mezclado con una risa insegura.
Y le dio algo de esperanza de que al menos, a partir de ahora, no se perdería tanto.
"Es de noche y está tranquilo, lo quieres probar?".
iguanaco: playboy!Sebastián and fem!Dani in colonial times. (I lost the original message, sob.)
-
Sebastián cringes at Daniela table manners, cringes at the way she plays with dirty children in the street, cringes when Daniela finds another stray or farm animal she feeds and pets, cringes at how easily she gets her hands dirty and the dresses he buys for her, as if she always got covered in dirt and dust. He cringes, because that’s not how a lady behaves and he gets frustrated at the fact that she seems to hate shoes.
A lady can’t go around barefoot.
But somehow, Daniela does what she wants and she gets away with it because only one of her sweet smiles are enough to make him melt. He’s all about class and appearances and from his early childhood, he was taught to be always clean, to worry about his manners, to never get dirty or ruin his clothes. She comes from the countryside and bathes in the river, and basks into the sun and he loves her like that, even if the dust in her dress makes him frown in disapproval.
She’s just that beautiful.
He could have anyone, with his looks and his wealth and his charm. But he chose her.