Activismos Ciberfeministas y Tecnología Digital: Una Reflexión desde la Objetividad Feminista y el Xenofeminismo.
Por Elena Inostroza Boitano y Belén Campos Madrid.
Desde la comprensión del ciberfeminismo como una corriente reflexiva que acoge diversas miradas y potencialidades, pensamos la objetividad feminista de Donna Haraway como la epistemología que permite tensionar la supuesta neutralidad del diseño y elaboración de la tecnología digital. Sin embargo, aún queda la pregunta de cómo disputar esta “neutralidad” desde la perspectiva de los activismos ciberfeministas. En este sentido, tomamos lo postulado por Helen Hester, el Xenofeminismo, como una práctica política que permite preguntarnos por los futuros posibles tomando una postura central: los feminismos deben disputar el campo de la racionalidad para hacer frente a un neo-positivismo digital y preguntarnos cómo desarrollamos tecnologías acorde a la liberación de los cuerpos versus la reproducción de estructuras de dominación.
Ciberfeminismo: corriente reflexiva
En 1985 Sadie Plant introduce el concepto de "ciberfeminismo" el cual propone como un posibilidad abierta de constituir nuevas subjetividades e identidades, ya no fijas, sino complejas y diversas (Reverter 2001- revista Asparkia).
En este sentido, el ciberfeminismo es una corriente en la que coexisten diversas y heterogéneas reflexiones, prácticas políticas y posicionamientos, no es tarea sencilla agruparlas ya sea por ejes o propósitos comunes, no obstante la autora Sonia Reverter (2001) propone dos líneas en las que agrupar discursos y posiciones ciberfeministas: aquellas que consideran el ciberespacio como un lugar con potencial liberador de los esquemas tradicionales de género, y aquellas que dudan de aquel potencial emancipador del ciberespacio, considerándolo un lugar en el que se reproducen estructuras de dominación.
Como señala María Fernández (2019): “Tanto los teóricos de los medios electrónicos como las corporaciones comerciales sostienen que las ‘diferencias’ de género, raza y clase no existen en Internet debido a la naturaleza descorporeizada de la comunicación electrónica” (319); esto, en base a que se comprende de forma binaria la oposición mundo real-mundo digital, cuando, en términos de poder y política, éste último es tan real, y tiene consecuencias materiales igual de significativas para las personas, que en el llamado “mundo real”.
Como se observa en el documental “Coded Bias” (2021) de la documentalista Shalini Kantayyaa, existen sesgos incluso en los algoritmos utilizados para crear nuevas tecnologías digitales, a la vez que se cuestiona el uso que se le da a este desarrollo, encontrando que, por ejemplo, las herramientas de reconocimiento facial y el espionaje de grandes corporaciones se están utilizando para profundizar la marginalización de grupos y comunidades que ya son minorizadas.
Desde esta línea, podemos concluir que las tecnologías de la información e Internet no constituyen un espacio neutro, ni libre de discriminación, por lo tanto es necesario sospechar de las construcciones (elaboraciones -diseños) pasivas y estáticas de la tecnología digital, en este sentido es relevante preguntarse por las motivaciones y posicionamientos de quienes en la actualidad monopolizan la producción del mundo digital; ¿En interés de quien se está desarrollando el ciberespacio y las tecnologías digitales?.
Donna Haraway: epistemología
En el año 1983 Donna Haraway en su “Manifiesto Cyborg” identifica un nuevo horizonte feminista inspirado en la imagen del cyborg, es decir un organismo cibernético que desdibuja los límites entre el ser humano y la máquina. Esto sin duda abre la posibilidad de desmontar categorías fijas tales como hombre y mujer, abriéndose a mirar más allá de las ficción de los géneros establecidos, y sigue siendo una ficción con una gran potencialidad política; de todas formas, existen cuestionamientos a que la figura del cyborg no considera cuestiones vinculadas al racismo o la pobreza, por ejemplo, cuando se asemeja el cyborg con la trabajadora precarizada que es parte de una cadena de montaje, no hay una consideración a que esa condición sucede por la necesidad, y no como una apuesta política emancipadora (Fernández, 2019: 322).
Por otro lado, cuando parecía que las feministas tendríamos que abandonar el campo de la ciencia y la objetividad, Haraway (1995) va a cuestionar qué es la ciencia, planteando que es una retórica, una forma de persuasión utilizada por actores sociales importantes, en una búsqueda/ construcción de poder (317), concluyendo que no necesitamos una ciencia que prometa trascendencia, ni que pretenda una posición inocente en la búsqueda de interpretar al mundo (322). Ella plantea que el conocimiento objetivo sólo será garantizado desde una mirada parcial y encarnada (desde un lugar), lo que necesariamente conlleva una responsabilidad al problematizar incesantemente la siguiente pregunta “¿desde qué lugar del poder ver nos ubicamos?” proponiendo un cuerpo teórico de “conocimientos situados” para reconceptualizar la significación de esas palabras, y re-apropiarse de la posibilidad de producir conocimiento objetivo desde una epistemología feminista. El ciberespacio y la tecnología digital, lejos de la neutralidad como ostenta, es un lugar donde se reproduce violencia, discriminación y además quienes están detrás de la elaboración y diseño de tecnología inciden en la reproducción de ejes de diferenciación y estructuras de dominación; hay una fuerte presencia de sexismo, racismo y en un contexto capitalista descarnado.
En este sentido, nos preguntamos ¿con qué herramientas contamos para hacerle frente a esta situación? Elementos que, desde los feminismos, permitan abrir potencialidades que subviertan las lógicas masculinas y patriarcales de la creación de tecnología digital. Así, encontramos en el xenofeminismo una mirada política que nos permite pensar en otros mundos y futuros posibles.
Xenofeminismo: propuesta política
El “Xenofeminismo” (XF) planteado por la activista Helen Hester, llama a disputar la ciencia y la racionalidad desde los feminismos como una propuesta política emancipatoria, cuyo cuerpo teórico se articula con la epistemología feminista, planteada por Haraway, y las reflexiones activistas propuestas por el ciberfeminismo, el posthumanismo entre otras influencias: en el primer capítulo de su libro “Xenofeminismo: Tecnologías del género y políticas de reproducción” para explicar que va a entender por XF, Hester lo aborda desde tres puntos de vista: el tecnomaterialismo, el antinaturalismo y el abolicionismo de género. Aquí explica que la tecnología no es intrínsecamente buena o mala, no obstante tampoco es neutral, ya que es el resultado de las interacciones sociales y la reproducción de asimetrías de poder y desigualdades.
“La tecnología es social y la sociedad es tecnológica. Esto nos obliga a pensar las tecnologías como fenómenos sociales, que por ende pueden transformarse por medio de la lucha colectiva…” (Hester, 2018: 23)
Esta propuesta política que toma a la tecnología como herramienta de lucha abre posibilidades de construir un futuro que integre política, feminismo, ciencia, antifascismo, y contravenga el potencial giro hacia un nuevo misticismo religioso. Mediante la disputa en la generación de conocimiento en torno a la tecnología y la denuncia política permanente.
En este sentido, como feministas tenemos una deuda pendiente al momento de hablar de tecnología y tiene que ver con nuestra propia conciencia autorreflexiva en torno a los uso que le damos a la tecnología. ¿Qué usos le damos, como feministas, a la tecnología? ¿cómo hacemos frente a los peligros de la avanzada fascista de los gobiernos, mediante la implementación de tecnología digital con usos de corte punitivista, en pos de la “seguridad” y el control social? ¿qué herramientas concretas tenemos para hacer frente a las grandes corporaciones que financian el desarrollo tecnológico actualmente?
Estas preguntas se plantean con la intención de abrir reflexiones y tender puentes con otras discusiones que determinan la realidad contemporánea del uso de las tecnologías. Existen personas que aun dudan de la productividad, en términos materiales, de cuestionar desde los feminismos, la producción, usos y apropiación de la tecnología. Sin embargo, queda claro que tanto las causas como las consecuencias del uso de la tecnología por parte del capitalismo neoliberal, se expresan en materialidades singulares a las cuales debemos hacer frente, como el acceso desigual a los espacios de innovación, creación y desarrollo de tecnología digital; el uso de la tecnología para profundizar las condiciones de marginación de ciertas poblaciones minorizadas; el daño medioambiental de la producción desmedida de datos; la perpetuación de estructuras de opresión en las formas de relacionamiento social al interior de espacios virtuales; entre otras.
Haraway, Donna (1983). A Cyborg Manifesto: Science, Technology, and SocialistFeminism in the Late Twentieth Century. New York: Routledge.
Haraway, Donna (1995). Conocimientos situados: la cuestión científica en el feminismo y el privilegio de la perspectiva parcial. En D. Haraway, Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza (pp. 313-346). Madrid: Cátedra.
Hester, Helen (2018). Xenofeminismo: Tecnologías del género y políticas de reproducción. Buenos Aires: Caja Negra.
Fernández, María (2019). Ciberfeminismo, racismo y corporeización. En R. Zafra y T. López-Pellisa (Eds.) Ciberfeminismo: De VNS Matrix a Laboria Cuboniks (pp. 319-334). Barcelona: Holobionte Ediciones.
Reverter, Sonia (2001). Reflexiones en torno al ciberfeminismo. Revista Asparkía n°12.