Nikon F65 + Kodak Ektar 100
Caminar de día es una de las pocas cosas que hemos podido hacer durante este último año nefasto. Nos hemos dado cuenta de que en tiempos de confinamiento el ser humano necesita y busca desesperadamente el contacto con un entorno natural, una vía de escape de la jaula de cemento de la ciudad. Mientras pensaba en esto he recordado que un amigo, justo poco antes de la pandemia, me regaló un libro de Henry David Thoureau que se llama “Caminar”. Me lo regaló porque me conoce bien y sabe que tengo un largo historial de paseos por el mundo, sola o en compañía. Sabe que para mi, caminar, al igual que nadar, siempre ha sido una forma de relajación mental y conexión conmigo misma. Aunque podemos decir que en este último año caminar ha sido más bien una forma de sobrevivencia, de seguir sintiéndome las piernas, sentir que voy a algún lado, pero.. ¿adónde?
En este libro (versión en catalán) Thoureau dice:
“Què fa que sigui tan dificil , a vegades, decidir cap a on caminarem? Crec que hi ha un magnetisme subtil a la Natura, el qual, si ens hi dirigim de manera inconscient, ens guiarà de manera correcta. No ens és indiferent la direcció en la qual caminem. N’hi ha una de bona; però som molt propensos, perquè perdem el cap o perquè som estúpids, a agafar la dolenta. Ja ens agradaria agafar aquell camí que no hem agafat mai encara en aquest món, que simbolitza de manera exacta el camí que ens agradaria fer en el nostre món interior i ideal; però moltes vegades, sense dubte, ens costa molt triar l’orientació, perquè encara no existeix de manera clara dins del cap.”
Thoureau nos recuerda entonces que no sabemos cuál es el camino correcto, tan solo procedemos por intentos, a menudo fallando. Pero lo importante es, al menos, no dejar nunca de caminar.
Estas fotos son de un paseo que hicimos mi amiga Txus y yo a finales de noviembre 2020 por el parque de Collserola. En el camino de bajada seguimos un cartelito de madera que indicaba un atajo hacia la ciudad y nos metimos por un sendero que se adentraba cada vez más en la maleza. Nos reímos un montón por la situación: dos urbanitas pixapins medio perdidas por las montañas del extrarradio de la Ciutat Comtal. Parecía una de esas pelis en las que las dos protagonistas cándidas y un poco bobas se tropiezan con un cadáver entre la hierba. Pero por suerte llegamos vivas, sanas y alegres a la civilización, sin tropezar con nada y nadie.
Un poco para demostrarle a Henry Thoureau que quizá no exista un camino correcto o incorrecto, sino tan solo muchas maneras diferentes de tomárselo.