Era como una manzana entera de hospital blanco, para un grafitero que quisiera abarcarlo todo, abrazarlo, rodearlo, llenarlo de color.
Era impredecible como limpiar monedas oxidadas dentro de un vaso con brebaje negro, dulce y burbujeante.
Era mirar hacia arriba, con noción de cuan difícil sería la subida, y, era también, pararse en la punta del risco e imaginar con sonrisa morbosa todas las posibles caídas. Era magnolia fresca, que perfumaba, en la noche y en la distancia.
Como querer asir la felicidad. No por el mango, al alcance de la mano, sino por donde más quemaba.
Era la música de los teclados, biromes y lapiceras fuente que escriben de madrugada. Unos deseos locos de danzar, sobre los barcos, de zapatear los techos... de amarrarse, soltarse, sentir la gravedad al caer boca sobre boca, y así, desmenuzarse.
Era una planta ínfima, de raíces hambrientas y frutos rojos, picantes y violetas.
Era dejar al mar que lo revolcara a uno.
Disfrutar al percibir cada rincón de la respiración; la adrenalina de esperar la muerte en cada vuelta, el drama en cada gota, y salir, al fin, con las heridas cerradas por la sal.
Era cruzar un puente infinito bajo la luna. Y la canción justa, perfecta, en el colectivo, vacío.