Como libro de texto.
Este nuevo mundo que mi hermano permutó a mi noble ser empezó a hacer sentido: los ritmos, las letras, los coros, las líricas. Cómo un pedazo de plástico genera estos fenómenos que parecen milagros.
Música rancia, de protesta. Mi hermano intentaba explicarme de qué eran las canciones, de qué hablaban, quiénes eran. ¿Cómo cambia la perspectiva, no? Al momento que se detonó la verborrea en mí y la conciencia, aprendí de pertenencia indirectamente; de cultura, de resistencia, de insatisfacción.
Quizá era muy joven para entenderlo, pero la pasión de mi hermano al hablar, al escuchar desglosándose las voces de fondo con ruido de guitarras... Charly Montana con el "Vaquero Rocanrolero"... ¿Así que así es la identidad? Mi hermano me promete conseguir más alquimia lírica y musical para mí en su próxima semana; me explica que hay muchas variantes, que hay muchas cosas distintas: voces, texturas.
Mientras corre el mix en mi nuevo amigo, el "Franky" de radio, abro mi libro de texto porque mi madre quiere que repase cosas de esas de primaria, de letras, de historias, de cuentos. Mi cerebro hizo catarsis; el ritmo y las letras se mezclan y se crea un remolino diferente, como masticar un chicle mientras le das un sorbo a tu Coca: una fusión rara, efervescente en la lengua y con ambientación.
¿Cómo son las experiencias, no? Un experimento atrajo toda una cosmogonía nueva a mi ser; un accidente, una revelación de los cielos, dicen los aleluyos. Mi hermano me ayuda a terminar la lectura, los palíndromos aún son acertijos indomables para mí. La cinta se acaba y Franky vuelve a la estática. Mi padre escucha cómo el nuevo amigo de la habitación se va a ruido blanco; con un cable pelado de bocina le hace una cirugía extraña al nuevo ser y ahora habla lenguas.
Primero silencio... y luego: un hombre responde dentro de mi nuevo amigo: "Y seguimos con el clima soleado en el Distrito Federal. Recuerde: si sale, no se asolee, por la sombra pa' que no se queme. Y seguimos con los éxitos de siempre; a continuación, Lucha de Gigantes. Buenas tardes".
¿Qué es eso? Es otro ritmo, una voz melódica, una guitarra afinada, una batería a tiempo. Esto es otra textura, es otro sentir; habla de correr, de huir de hombres grandes, de miedo. ¿Qué está pasando?
El cóctel de sensaciones rítmicas en mi cerebro se cuatrapea. El estéreo de la casa hablaba, pero la música nunca se escuchaba, a diferencia del nuevo amigo que resuena nítidamente. Le pregunto a mi hermano qué es esta nueva tonada, cómo es que es tan distinta, y él me introduce a los "géneros". Me explica con palitos y bolitas que hay muchas bandas, de muchos lados, que hacen muchas cosas distintas con los ritmos. Hay rock, reggae, ska, metal, folclórico...
Yo, aturdido, me costaba comprender. ¿O sea que no son solo unas bandas las que existen, sino cientos? ¿Cómo conozco a las demás? ¿Qué es un género? ¿Qué es un rock? Las preguntas se empezaron a aglutinar en mi cerebro diminuto para la época; era como si un oráculo tuviera una revelación divina.
Mi hermano me tranquiliza y me dice: "Escuchemos la música de la radio con calma, te diré qué es cada cosa. Aun así, la radio pasa muy pocas cosas, tendremos que buscar más cassettes, le diré a mis amigos". Mi papá dice de fondo: —En el taller tengo una caja que compré porque es lo que escuchamos en la semana; me la traigo para que oigas otras cosas—.
¿¡Una caja!? ¿Cuántas cintas podrían ser? Ahí se generó genuinamente —aparte de mi gusto por las caricaturas y Toy Story— un sentimiento de morbo a descubrir lo desconocido, lo inescuchado, que se amotinó en mi cerebro y que a la fecha sigue circundando mi aún pequeño cerebro, pero en cuerpo de un viejo rancio.
Mis circuitos hicieron corto y el cerebro se quemó. Todo el día me la pasé escuchando música con mi hermano mientras él me contaba qué hacía en la escuela. Quisiera poder recordar muchas cosas más específicas de ese tiempo, pero ya sabes cómo es el cerebro de un infante: guarda unas y mete Pokémon en otras.
Lo que recuerdo es que mi hermano era un micro-guerrillero que nunca se tragó el discurso. Además de que, por cuestiones de la infancia difícil que tuvo, siempre experimentó una ira irascible; hasta un cierto punto que sería algo que entendería más grande. Pero, así mismo, en esa época de los tiernos 98's, mi hermano ya estaba teniendo la catarsis de su juventud: la verdadera vibra de la rebeldía y el repudio al sistema que, a diferencia de los movimientos gringos, se experimentaba por medio de la lucha de clases (irónicamente, hasta la fecha).
Los movimientos comunitarios y la comunicación de un hombre con pasamontañas y su pipa fueron los que movieron a esta generación de adolescentes. Mi hermano a su edad siempre fue chispa incandescente y movido entre las telas de todos los ámbitos; él, mediante este estímulo e indignación, generó un ruido en casa distinto al de la crianza: ideas que no comprendía, que no captaba, que no pensaba.
Empezó a traer a casa literatura vieja, clásica, que no conocía yo. Solo leía los de la SEP, que aún tenían un poco de narrativa y ética educacional a esa fecha. Yo pensaba en un ratoncito que se cambiaba las patas y, de repente, empecé a escuchar cuentos de nuestra raza contados con una labia increíblemente intacta, que se sentía terciopelo, dulces y cálidas. Mi hermano tenía, además, un carisma particular para narrar las cosas que amaba, que sentía, que añoraba.
"La historia de los colores" del Viejo Antonio... recuerdo ese cuento tan lindo que pensaba que hablaba solo de cómo los dioses primeros le dieron color al mundo. No hilaba el porqué el azul venía de la mirada del niño (el futuro del pueblo), el rojo del herido en el suelo y el negro de las noches que se llevaban la luz para que la luna flotara.
No entendía, pero amaba esto. Los labios de mi hermano no cesaban de leer, de expresar, de soñar. Cosas que no comprendí hasta que agarré esos de la mera cola que llamamos conciencia, o razón, o carácter, o yo qué sé. Que era aferrarnos a las palabras de nuestros cercanos, de las ideas de nuestros mayores; que era empezar a escarbar entre los gustos de los de nuestro alrededor.
E irónicamente, el Subcomandante y sus cuentos tenían mucho que ver en esta ecuación. Pero aún vamos comenzando... sigues leyendo estos divagues; no esperes que se ponga mejor, pero tampoco peor.
¿En dónde iba? Ah, sí, el Viejo Antonio...








