Cuando se está apunto de llegar a la muerte, el sonido del corazón se vuelve el mayor de los estruendosos sonidos que jamás alguien ha escuchado en su vida. La respiración baila con aquél sonido y conforman una melancólica rapsodia de muerte, así, con aquella natural melodía, el cuerpo pierde su vitalidad y su alma es bienvenida al fin de este plano, lo que suceda luego está fuera del límite del conocimiento humano.
Raúl, desconociendo el porqué, se encontraba amarrado a una silla de odontología en una habitación oscura, desordenada y con un inconfundible olor a muerto. Apenas despertó, un taladro que se encontraba a 10 segundos de él, empezó a funcionar acercándose a él a una velocidad de 1mm por segundo, es decir, en 100 segundos, la broca de acero empezaría a perforar su cien.
Apenas distinguió la broca con la poca luz que le llegaba y con su ruidoso funcionamiento, Raúl trató de mover su cuerpo pero no pudo, lo sentía inmóvil y solo era capaz de mover sus labios y sus ojos, pero el movimiento era tan débil que su movimiento no alcanzaba ni quisiera para pronunciar una vocal. Bastó un segundo para que analizara todas sus posibilidades, la conclusión, una muerte tortuosa lo esperaba en 10 segundos.
Ante la impotencia, Raúl resolvió cerrar los ojos y respirar calmadamente, pero a medida que se acercaba la broca, la respiración y el corazón se aceleraban a tal punto que opacaban el ruidoso girar del motor del taladro, su cuerpo estaba en shock por la agobiante situación en la que se encontraba. Sintió la peor de las incomodidades aún teniendo su cuerpo anestesiado, fue tanto el miedo que su cuerpo empezó a sudar frío y sintió el espanto que siente un niño cuando un demonio se posa ante él. Su orina bajó sin resistencia alguna, en 3 segundos, sintió el peor espanto que jamás había experimentado en su vida, hubiese preferido estar muerto antes que encontrarse en aquella situación.
Cuando un objeto se encuentra a 6 centimetros, por la distinta perspectiva de cada ojo, aquél objeto tenderá a verse doble, Raúl veía en aquellas dos brocas ubicadas de manera paralela los ojos del diablo, su corazón invadía el tormentoso ruido mecánico y su respiración se agitaba como la respiración de un corredor en los últimos metros de una maratón. Pensó en su familia, en su vida, en el trabajo que odiaba y los sueños que siempre pospuso, y que nunca cumplió, pensó en más de 40 años de su triste vida en tan solo 2 segundos, 20mm más cerca de su muerte. El llanto no se pudo contener, el cuerpo de Raúl tomo tanta fuerza que alcanzaba a vacilar bocales pero sin aún alcanzar a gritar.
A medida que pasa la vida la percepción del tiempo va cambiando, para un niño, el tiempo es una dimensión casi inagotable, es un hecho en el que no se piensa, para un joven, el tiempo es valioso pero sigue pareciendo casi inagotable, es algo que se debe vivir con intensidad todos los días, para un anciano, es un contrarreloj que poco a poco se va apoderando de la vida. Para un condenado a muerte, el tiempo se percibe como una ilusión, una ilusión 100 veces más lenta de quien goza de la incerteza de la fecha de su muerte. Para raúl pasaron días antes de que el taladro llegara a su cabeza, en ese tiempo reflexionó vanamente sobre su vida, luego quiso seguir luchando para salvarla hasta que el roce de la broca detuvo su corazón y su respiración.
El dolor de la broca atravesando el cráneo lentamente hasta llegar al cerebro era muy agudo, y la imposibilidad de sentir cualquier otra parte del cuerpo, amplificaba tal vez mil veces más aquél dolor. Ya no pensaba en su familia ni en su vida, solo sentía el dolor sin desconcentrarse. Cuando el taladro rompió su duro cráneo, dejando residuos de sangre y hueso, y tocó el cerebro de Raúl, sus articulaciones se movían severamente sin dirección fija, más bien como un tic. Los ojos de Raúl miraron hacia sus lados externos para no fijarse en su triste condena y su boca cayó, como tratando de besar el suelo.
El cerebro de Raúl olía a carne quemada, el taladro se detuvo cuando la broca atravesó la cabeza por completo y con su conciencia perforada, su respiración aunque seguía agitada perdió todo ritmo y su corazón volvió a ser tan calmado como un recién nacido que duerme.
Sin programarse, el fin llega y carcome la calma el poco tiempo que dura en acabar la vida y finalmente cumple con su cometido. La tortura es más potente cuando es aplicada la conciencia que al cuerpo, y el fin es tan irrelevante para el universo como la misma gran explosión.
In.D Bogotá 14 de septiembre de 2017