Manuela González, dueña de una gran belleza, impecables modales y una cuantiosa dote, pareciese tener todo a su favor para hallar un marido respetable; pero las primaveras han pasado por su lado y ningún pretendiente ha elegido quedarse, espantados por la afilada mente de la joven.
Un viaje a Bath parece ser la única solución para salvarla de su interminable soltería. Sin embargo, las cosas pueden complicarse un poco cuando la misma Manuela decide que no necesita ser salvada.
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Sir González, de la Mansión Santiago, había sido merecedor del título de caballero luego de sus valientes esfuerzos en la guerra y, con ello, de los beneficios de un tranquilo retiro en el campo para disfrutar junto a un nuevo ingreso de veinte mil libras, de las dichas de un matrimonio joven y una familia que estaba recién conformándose. Allí, al lado de una compañera de temperamento afectuoso y gran sensatez, aprendió a olvidar la vida en el mar y a suavizar su vigoroso carácter con tal de acomodarse al papel de propietario de tierra firme. Siempre gentil y generoso con los que le rodeaban, era considerado un buen señor por la servidumbre y un amigo querido por quienes tuvieron la dicha de conocerlo en sus mejores años.
Pero lamentablemente la rueda de la fortuna nunca para de dar vueltas, y Sir González, quien tuvo la suerte de armarse de honor y fortuna donde otros muchos solo encontraron la muerte, vivió la desgracia de ver partir a aquella a la cual había dedicado todos sus logros cuando apenas empezaba a gozar de la anhelada felicidad connubial. El dolor de la separación, luego de largos años de cartas secretas, promesas, y sueños sobre un futuro juntos, fue demasiado grande para él; y con el corazón roto Sir González se recluyó en su hogar, limitándose a la compañía de la pequeña sociedad del vecindario y de una biblioteca que fue creciendo año tras año, a la par que él se volvía cada vez más obtuso y ensimismado. Sin embargo, el destino no fue tan cruel con Sir Manuel González como habría de esperarse, y junto a él pudo cuidar del último regalo de su esposa y su mayor tesoro en esa vida: su amada hija, Manuela.
La señorita González había vivido sus primeros años como una niña linda, animada y risueña; y aunque casi una vida completa acompañada por el duelo de una madre que apenas logró conocer había disminuido sus ánimos, ni la desdicha ni la soledad consiguieron impedir que creciera para convertirse en una preciosa muchacha. Sus rasgos bonitos habían florecido con la frescura de la juventud, su semblante había adquirido una apacible suavidad, y sus bien cuidados modales se habían vuelto cada vez más encantadores. Si a esto se le sumaba la cuantiosa dote que su título de hija única le había provisto, y su posición como primogénita de un caballero; la señorita González estaba destinada a ser el objeto de admiración de todo aquel que la rodease. Y así habría sido, si los buenos atributos de la cuna y las ventajas de una belleza natural hubiesen sido acompañados por un carácter igualmente atractivo; pero, tristemente, los perjuicios de la ausencia de una madre atenta y la protección de un padre demasiado cariñoso causaron estragos en ella que ni las mejores institutrices lograron mejorar.
Y es que desde niña la señorita González había sufrido de una curiosidad innata que nadie se había preocupado de controlar, y que había encontrado vuelo en la fascinación por la lectura y una escandalosa libertad para hacerse con los volúmenes de la biblioteca de su padre siempre que lo deseara. Para mayor colmo, al haberse convertido en la única señora de la Mansión Santiago desde muy temprana edad, estaba acostumbrada a ser escuchada en sus ideas y considerada en las decisiones, por lo que había crecido para convertirse en una joven demasiado segura de su propio juicio y excesivamente independiente. Y por si eso fuera poco, su natural timidez, que consistía en el mayor encanto ante los extraños, solía diluirse demasiado rápido en su mente afilada como para que cualquiera que hubiese quedado prendado por su belleza la cortejara más que un par de semanas. En consecuencia, a sus veinte años Manuela González se había transformado en una joven demasiado ingeniosa y despierta para ser del agrado de cualquier caballero sensato en búsqueda de una esposa.
Por fortuna, no existe ningún defecto que el amor no vuelva invisible, y aunque ya a sus dieciséis años transitaba de boca en boca la terrible sentencia de que la señorita González jamás hallaría marido, había más de un par de oídos sordos que se negaron fervientemente a creer que tan cruel futuro estuviese destinado a la mejor de todas las jovencitas. Una de las principales defensoras de Manuela era Lady Burgos, viuda de un terrateniente rico e íntima amiga de Lady González mientras vivió en la Mansión Santiago; luego de su muerte había tomado bajo su protección a la pequeña niña, prometiéndose no descansar hasta verla convertida en todo lo que su amada amiga alguna vez soñó. Fue así como las visitas de Lady Burgos junto a su hijo, Francisco, se volvieron una situación recurrente, y Sir González, que apreciaba tener una opinión femenina en sus planes y siempre agradecía poder recordar a su esposa junto a alguien más, jamás puso impedimento a la intromisión de Lady Burgos en la educación de Manuela, alentando incluso el contacto entre ambas familias con visitas e invitaciones regulares que el hecho de ser vecinos favorecía enormemente.
El por qué dos almas tan cercanas en dolencias y domicilio como Sir González y Lady Burgos no hayan incursionado en la natural senda hacia el matrimonio no requiere mayor explicación que el simple hecho que ninguna parte contempló jamás la posibilidad de una alianza, demasiado ocupados tanto en la crianza como en revivir la memoria de los seres amados. En cambio, las razones de por qué jamás se estableciera un compromiso entre la señorita González y el joven señor Burgos quizás merezcan más aclaraciones para el público. Unidos como compañeros de juegos y confidentes mutuos desde muy temprana edad, entre ambos había florecido aún ante la falta de los lazos de sangre el más puro de los afectos fraternales, y nada, ni la conveniencia de un matrimonio, ni las expectativas de sus pares, ni las insinuaciones de sus conocidos; consiguieron que alguna vez lograsen concebirse con otros ojos.
De este modo, tras diecisiete años de insaciable labor, su preocupada protectora no pudo seguir soportando que su inocente y despreocupada Manuela se paseara por el mundo ignorante del hecho de que su futuro pendía de un hilo con un padre consentidor cuya salud se debilitaba lentamente, y sin ningún prospecto de unión disponible en todo el condado; y decidió tomar cartas en el asunto. Sin embargo, como Lady Burgos era también una de las más celosas sobre el tema, estaba absolutamente convencida de que, aunque era urgente encontrar un esposo para la señorita González, este debía estar a la altura de su protegida para que la unión fuese respetable y ventajosa; y sabía, además, que tal caballero no sería exactamente fácil de encontrar. Por ello mismo, le otorgó al asunto toda la consideración necesaria, y tras largas horas dedicadas a cavilar al respecto, reunió todas sus ideas para armar un plan sin fallas.
Si había algo de lo que Lady Burgos estaba segura es que no encontraría pretendiente alguno cerca de su hogar. Todo joven libre de compromisos y en la edad apropiada había sido desencantado, ya fuese a través de una visita o con los mismos inmerecidos rumores que circulaban de boca en boca. Por ende, la solución a sus problemas debía estar esperando allá en el horizonte. Manuela había salido muy pocas veces lejos de su casa y, consecuentemente, había sido muy poco vista. Una vida social más activa y un grupo de personas más variado con los que relacionarse, Lady Burgos estaba convencida, mejoraría de sobremanera sus posibilidades de encontrar un pretendiente de semblante atractivo, mente rápida y poseedor de una buena fortuna; pues allí dónde los ojos vieran los oídos se harían los sordos, y alguien finalmente lograría apreciar todos los encantos de su joven protegida como era debido.
Era un plan sencillo, definitivamente, y no le hubiese tomado tantas horas de meditación llevarlo a cabo si no fuese por la negativa de Sir González de abandonar su acogedora biblioteca y la oposición de la señorita González, a su vez, de separarse de su padre. Lady Burgos conocía sus caracteres y mañas demasiado bien como para saber dónde encontraría oposición y en qué puntos no podría lograr que cediesen; y, por ende, era plenamente consciente de que si no se llevaba a ambos no se llevaría a ninguno. Fue sobre ese problema que horas de estratagemas y maquinaciones fueron gastadas sin mucho resultado. Y tras un par de largos días Lady Burgos se hubiese dejado caer ante la angustia que semejante dilema le provocaba si no hubiese sido por el consejo indirecto de su hijo, quien preocupado por su estado de ánimo cuestionó si no sería recomendable algún descanso del campo.
Luego de esa fortuita recomendación, la real preocupación de Lady Burgos por el estado civil de la señorita González, oculta detrás de su también verdadera preocupación por la salud de Sir González, encontró aliados inesperados. Tras un duro sermón sobre los peligros que descuidar múltiples resfriados podía provocar a largo plazo (que afortunadamente fueron respaldados por un par de toses de su querido amigo) tanto Manuela como Francisco estaban defendiendo junto a ella los beneficios que una temporada en Bath podría brindarles[1]. Fue así, gracias a la presión conjunta y a la súplica escrita en los ojos de su primogénita, que la mano de Sir González se dio a torcer; y tras algo de planificación y la promesa de permitirle recluirse en sus habitaciones todo el tiempo que no estuviese en los baños, una quincena en la ciudad fue bien recibida por todas las partes. Más aún, para la dicha de Lady Burgos, la tardía reunión de su hijo con el grupo por trámites propios de su profesión le daba la oportunidad de sugerir alargar su estadía quizás incluso otra semana, tiempo suficiente para que un romance se asentase.
El viaje se realizó con la tranquilidad adecuada y sin incidentes dos semanas después, tiempo suficiente para que el clima de primavera se atenuase trasmutando todas las aprensiones de Manuela sobre la posibilidad de que algún viento helado o una lluvia errática fuesen a empeorar el estado de su padre, en la inmovible resolución de que Bath era todo lo que necesitaban. Gracias a ello, cualquier excusa o sugerencia que su padre buscó dar para retardar indefinidamente su partida fue cordialmente ignorada. Y tras despedir entre promesas de cartas constantes y los mejores deseos posibles a Francisco, las propias maletas fueron preparadas, los sirvientes instruidos y hacia el sudoeste el carruaje conducido. Una mañana de apacible trote, el almuerzo en una posada, y otras dos horas de viaje en la tarde fueron lo único que les separaron de su destino, y con el cielo todavía brillante y largas horas del día aún disponibles para su uso arribaron a Bath triunfantes.
Tras ocupar el tiempo necesario en instalarse en sus cuartos, desempacar y encomendar a la servidumbre sus labores; Lady Burgos logró convencer a la señorita González que su padre necesitaba descansar luego del viaje, y que no había ningún bien en que ellas le acompañasen en el hotel, pues sus voces y pasos solo lograrían agraviarlo. Fruto de su oratoria se hizo de una compañera de compras; y tras unas horas gastadas en aprender lo que más se usaba durante esa temporada y buscar entre las telas más finas y los colores más bellos, tuvo el placer de proporcionar a su amada niña un vestido de la última moda que, como proclamó felizmente, sería la primera de muchas futuras adquisiciones. Sin embargo, se requirió una visita a las termas, otra del doctor y la promesa de dos fortuitamente encontradas amistades de su padre de visitarlo esa noche, para que la insistencia de ambos adultos diera frutos y Manuela aceptase presentarse en uno de los salones de baile con Lady Burgos como su chaperona.
Cedido el permiso, su cabello fue peinado por las mejores manos, y sus más bellas galas fueron arregladas para adornarla esa velada. Un vestido de seda celeste con un escote recatado y delicado encaje al final de sus faldas, largos guantes blancos y un peinado alto pero sencillo fueron los atuendos con los que decidió engalanarse esa velada. Cuando estuvo lista, Manuela tuvo la satisfacción de escuchar más veces de las que su timidez hubiese deseado los cumplidos que tanto Lady Burgos como sus doncellas le dedicaron, y tras convencerse de que se veía "tal como debería una señorita de su edad", y "más bella que nunca antes" pudo finalmente bajar las escaleras, donde la admiración de su padre tampoco se hizo esperar.
"Oh, mi querida Manuela," exclamó él con ojos brillosos antes de besar el dorso de sus manos, y con ello fue suficiente para que su hija entendiera, pero no para que Lady Burgos quedase satisfecha.
"Diga usted Sir González, ¿no luce hoy magnífica nuestra Manuela?" Exclamó la dama, sonriendo con el orgullo propio de una madre.
"¡Maravillosa!" respondió él, y luego de una corta pausa añadió con pesadumbre, "tan hermosa como era ella."
Los colores subieron de inmediato al rostro de Lady Burgos, comprendiendo que había pecado doblemente pues no solo su orgullo había logrado mermar la tranquilidad de Sir González, bastante sensible ahora que estaba lejos de su refugio de libros, sino que también la angustia de sus ojos había logrado contagiar a su protegida. En consecuencia, no hubo modo de convencer a Manuela de siquiera pensar en abandonar la habitación hasta que los invitados de esa noche se hicieron presente y, aun así, les fue imposible separarla del lado de su padre hasta que confirmó que el recuerdo de su difunta madre se diluía lentamente entre anécdotas salpicadas por un mar eterno e indómito.
Lamentablemente, ocupadas en esa labor los minutos se les fueron volando y antes de que Lady Burgos pudiese darse cuenta ya estaban llegando al salón de baile una hora más tarde de lo acordado. Esta situación, por molesta que fuese, no hubiese sido tan terrible si no fuese porque las estaban esperando. Lady Burgos, una dama sabia que conocía las desventajas de asistir a un baile sin acompañantes, se había encargado de contactar por correo a cuanto conocido tenía disponible muchísimo antes de que el viaje hubiese sido confirmado y, para su dicha personal, había logrado reconectarse con una antigua amistad que a pesar de no poseer lujos o un puesto alto en la sociedad si tenía el mayor tesoro al que Lady Burgos podía aspirar: dos hijos. Dos jóvenes muchachos que se estaban hospedando durante esa semana en Bath, dos mozos solteros con los que debían encontrarse esa misma velada, y a quienes las manecillas del reloj no estaban favoreciendo.
Por supuesto, la angustia que la situación requería fue bien empleada por la sabia protectora de Manuela, pero ni todos los suspiros preocupados del mundo, ni las súplicas para que su chofer se apresurara lograron hacer retroceder las manecillas del reloj, y cuando ambas finalmente hicieron su aparición frente al salón no había ningún cordial joven que le tendiese la mano a las amistades de su madre para descender del carruaje. Lady Burgos quiso desfallecer ahí mismo tras constatar que Manuela y ella se encontraban ahora solas en medio de un baile, casi sin posibilidades de ubicar entre el gentío a sus únicos conocidos en toda la ciudad quienes —había dado por sentado— serían los compañeros de baile de su amada niña, y que seguramente ya deberían de estar ocupados con otras jovencitas a esas alturas. ¡Dios bendijese a quienes fuesen lo bastante optimistas para no tildar esa situación de tragedia! Pero para la dama no había otra forma de llamarlo, y por unos minutos la desesperación inundó su corazón.
Por fortuna una vez que sus nervios se recompusieron, y tras un momento de meditación, fue unilateralmente decidido que lo mejor en lo que podían ocupar sus energías era buscar a sus conocidos y esperar a que, incluso si ninguno de los hijos de su antigua amistad estuviese desocupado en ese momento, alguno lo estaría cuando se reanudaran los bailes luego de la hora del té. Manuela, por su parte, tras ser comunicada de los planes de su chaperona, opinaba que no había ningún mal en sentarse a observar los bailes con Lady Burgos como su única compañía; pero que, de todos modos, era fundamental hallar a la amistad de Lady Burgos puesto que la asistencia de su grupo sería extremadamente necesaria cuando llegase la hora de los refrigerios[2].
Fue así como ambas entraron decididas a no dejar que el retraso arruinara su velada, sin embargo, con tan solo atravesar las puertas fue evidente que la tarea que habían emprendido sería más complicada de lo que sus buenas intenciones proyectaban. Con más interés en encontrar compañía pronto que en la comodidad de su protegida, Lady Burgos se abrió paso entre la gente que estaba junto a la puerta tan rápido como la cortesía le permitía, y su acompañante se mantuvo tan cerca como era posible, cuidando de esquivar a todo aquel que se cruzase en su camino hacia los asientos. Pero lamentablemente la temporada estaba llena, la habitación abarrotada, y aunque las dos damas se apretujaron la una con la otra mientras se abrían camino en un esfuerzo continuo de fuerza e ingenio, la multitud era demasiado grande y Manuela terminó quedándose retrasada entre el mar de gente, perdiendo de inmediato de vista a su chaperona.
La señorita González palideció de inmediato, mirando a su alrededor frenéticamente, con miedo a ser censurada públicamente por su soledad en medio de un evento social[3]. Su primer instinto fue mantenerse estática y agachar la cabeza, casi implorando que esa acción la hiciese invisible a cualquier ojo indiscreto; pero, tras pensarlo un poco, se dio cuenta que las posibilidades de ser encontrada allí por la misma Lady Burgos eran muy bajas, y que lo mejor que podía hacer era intentar llegar a su destino al fondo del salón con los ojos bien abiertos por si llegaba a topársela, en lugar de quedarse plantada en medio del salón con los ojos clavados al piso. Fue así que, con la actitud más confiada que pudo interpretar, avanzó en silencio evitando siquiera llamar la atención de quienes le rodeaban, teniendo como último objetivo cualquier vestido crema que apareciese en su campo de visión.
Tan concentrada estaba en su travesía por salvaguardar su reputación que ni siquiera tuvo tiempo suficiente para asegurarse de que nadie susurrase observando con desaprobación hacia su dirección. Sus ojos bailaban de un lado para otro mostrando toda la aprensión que su discreción le permitía, tratando de reprimir su necesidad de juguetear nerviosamente con sus propias manos; y ya estaba a punto de dar la vuelta y volver al carruaje tan rápido como sus piernas le permitiesen cuando su corazón dio un salto de la pura emoción al ver las plumas del tocado de Lady Burgos girando en círculos más adelante, como buscando a alguien. La felicidad por haber solucionado su problema y salvado la velada fue tal que ni cuenta se dio cuando tropezó con un caballero, llamando la atención de la gente a su alrededor.
"Mis mayores disculpas, señorita. No fue mi intención ser irrespetuoso, espero de corazón pueda usted perdonarme mi impertinencia." Se disculpó amablemente el joven, haciendo una reverencia en su presencia.
"No necesita disculparse, señor," le aseguró ella, dando una cortés y calmada reverencia en respuesta. Y, sin embargo, sus mejillas no podían evitar delatar la vergüenza que le provocaba el encontrarse ante tal situación debido a su propia premura por salir de un apuro que ahora en comparación parecía insignificante, pues allí donde había pasado inadvertida ahora había iluminado el escenario para la crítica silenciosa de ojos inoportunos.
Con nerviosismo Manuela desvió la mirada hacia la multitud con la ilusión de volver a ver las plumas de Lady Burgos allí donde las había dejado, pero ya no había señal de su chaperona en ninguna parte, por más que pasease su vista ansiosamente de una punta a la otra. ¿Qué cosa podría hacer ahora? ¿Quedarse allí bajo la comidilla de rumores que su falta de compañía estaba provocando con la vaga esperanza de ser encontrada? ¿O seguir andando y arriesgarse a llamar más la atención de esa fiesta? ¿Siquiera aquello importaba?
"¿Puedo serle de ayuda alguna, señorita? ¿Necesita usted que la asista para volver a reunirse con su grupo?" Preguntó el joven hombre observándola con preocupación, y Manuela comprendió que su desesperación se traducía en su semblante.
La joven trató de serenarse lo más rápido que pudo, y tras echar un nuevo vistazo al desconocido, a quien le devolvió otra sonrisa avergonzada, le respondió con toda la confianza que lograba reunir: "No es necesario, señor, estaba siguiendo de cerca a mi chaperona hace unos instantes, no debe estar muy lejos." Una vil mentira, pero mejor que confesar que había atravesado toda la habitación completamente sola; y, para su dicha, parecía que la buena fortuna volvía sonreírle, porque en ese instante Lady Burgos apareció en la escena.
"¡Mi querida niña!" Exclamó la mujer, "¿pero por qué te has retrasado tanto? Tan solo hace unos instantes te tenía al lado mío y de repente te había perdido el rastro. Por favor, no vuelvas a asustarme así."
Manuela asintió, sabiendo muy bien que ambas estaban sumamente agradecidas por haber logrado ese reencuentro en tan oportuno momento pues, a su alrededor, la multitud volvía a centrarse en sus propios asuntos, olvidando por completo lo que por un minuto parecía un escándalo, pero ahora no era más que un minúsculo accidente.
"Ha usted de disculparme, mi señora," intervino por ella el caballero, "pero me temo que su separación no ha sido más que el resultado de mi torpeza." Se excusó el hombre, con ademanes tan amables y una voz tan cortés que resultaba imposible no responder a sus palabras con una sonrisa.
Lady Burgos cedió con deleite a sus gentiles excusas, agradeciéndole al hombre el haber auxiliado a su protegida en el lapso en que estuvieron separadas. Por supuesto, de más está decir que la rápida aceptación de sus excusas por parte de la noble dama estaba inmediatamente relacionada con su extraordinaria sensibilidad ante un rostro bello, en especial cuando estaba actuando de casamentera. Sin embargo, también es necesario comentar, para hacerle algo de justicia al caballero, que incluso la señorita González; quién en su mortificación no había reparado en la apariencia de su interlocutor, pero que ahora, con su chaperona bien unida a su brazo, podía gozar los beneficios de la observación silenciosa; reconoció para sus adentros que el desconocido poseía un fino semblante, una buena figura y maneras muy agradables, un logro notable ante una joven tan poco impresionable como ella.
No obstante, su intercambio no pudo llegar más allá de lo que las normas básicas de la cortesía concedían pues, aunque apuesto y amable, el caballero seguía siendo un completo extraño para ambas, y sin la asistencia de un tercero o conocido mutuo para presentarlos, ninguna interacción social sería adecuada o permisible[4]. Así, para el desasosiego de Lady Burgos y la tranquilidad de la señorita González, ambas se despidieron con una reverencia y siguieron su travesía por el salón de baile. Luego de unos cuantos minutos apretándose la una contra la otra lo más que podían para poder hacerse paso, y tras esquivar más de algún vestido, se encontraron finalmente en el pasillo detrás del banco más alto frente a la pista de baile: el lugar de las damas mayores, las jóvenes sin acompañantes y las agotadas por el ejercicio. Y desde ahí la fortuna empezó a sonreírles.
Apenas arribaron a su destino, un sonido de faldas les anunció que habían sido ellas las encontradas y no al revés. La señora Flores, la amiga de Lady Burgos, corrió a recibirlas como si se tratasen de las más íntimas confidentes en lugar de una vieja conocida de sus años de juventud con quién apenas había tenido contacto desde su matrimonio; y, tras aceptar con premura las excusas de la chaperona de Manuela, asegurándole que todo estaba bien y que en vez de disgustarse se habían preocupado por la salud de ambas, se deshizo en cumplidos hacia su amiga y, especialmente, su joven acompañante.
Luego de esa animada introducción rápidamente fueron ambas conducidas al asiento más cercano para resumir lo que había pasado en el baile hasta el momento en que llegaron. Resultó, finalmente, que el hijo mayor de la señora Flores, tal como Lady Burgos había vaticinado y tras una larga media hora entreteniéndose en el salón de juegos con la esperanza de que las amigas de su madre llegasen y pudiera ocupar su primer baile con la señorita Manuela; se encontraba en esos momentos ocupado guiando a otra joven en la pista de baile. Sin embargo, y para la dicha de la señora Flores, su hijo menor, Eduardo, se encontraba disponible en ese mismo momento y, si es que la señorita González le daba un instante para ir a buscarle, estaba convencidísima de que sería más que feliz de poder entretenerla durante la siguiente pieza.
Manuela, quién no estaba exactamente ansiosa por bailar, no tuvo oportunidad de detener a una madre demasiado feliz con la idea de que una joven tan agraciada física y materialmente como ella pudiera llegar a interesarse por alguno de sus hijos; para la felicidad de Lady Burgos, quién creía fervientemente que para que una muchacha fuese notada era necesario que entrase en la pista de baile. Así, en un dos por tres y tras otra presentación bastante acelerada, la primogénita de Sir González tuvo que abandonar su original pretensión de entretenerse a sí misma admirando de lejos a las parejas de baile y, en cambio, obligarse a formar parte del espectáculo. Para su alegría, el menor de los Flores resultó ser un acompañante adecuado, casi tan tímido como ella, apenas se atrevió sonsacarle información sobre la comodidad de su viaje y la distancia recorrida para llegar a Bath, manteniendo un silencio cortés por el resto de la pieza mientras la guiaba amablemente.
Manuela casi se sintió avergonzada de haber querido rechazar su propuesta, cuando había resultado ser uno de sus mejores acompañantes, permitiéndole disfrutar a sus anchas sin tener que ser interrumpida para responder preguntas banales, simplemente enfocándose en la música y las bondades del ejercicio. Durante toda la pieza pudo observar a su alrededor las faldas de seda y muselina girando y saltando de un lado para otro, las sonrisas de las parejas que ocupaban la pista, la orquesta al fondo del salón interpretando de forma prodigiosa cada nota, las finas decoraciones de las paredes, las risas de los otros bailarines y los aplausos del público; empezando a sentirse parte del ambiente de celebración que se cernía a su alrededor. Cuando la melodía finalizó, pudo percibir el suave sonrojo de sus mejillas y la dicha asentándose con suavidad en su pecho, y le sonrió al señor Flores con simpatía.
Para sorpresa de la señorita González, al regresar a su grupo de brazo del joven señor Flores en lugar de encontrarse con el hermano mayor de este último, hallaron al anfitrión del salón acompañado del caballero con el que Manuela había tropezado al inicio de la velada; ambos conversando animadamente con Lady Burgos y la señora Flores. Su protectora, al verla llegar sonrió más ampliamente —si es que aquello era posible— completamente satisfecha con los frutos que los encantos de Manuela estaban dando en tan corto tiempo; y, tomando su mano de forma afectuosa, le solicitó al anfitrión que hiciese las introducciones necesarias, tal como había hecho con ella y la señora Flores hace unos instantes, para la desdicha de la última.
El señor Martín Hernández, primogénito de una familia de comerciantes acaudalados y heredero de un negocio floreciente, resultó ser un caballero igual de amable, aunque mucho más conversador, una vez presentado con toda la propiedad necesaria. Tras un intercambio breve con la señora Flores y el señor Eduardo Flores, el señor Hernández se acercó rápidamente a Lady Burgos y la señorita González para volver a lamentar el accidente de hace algunos minutos. Las mujeres aceptaron nuevamente sus disculpas y ofrecieron las propias por los importunios causados; los que rápidamente fueron negados por el caballero arguyendo que todo había sido su culpa.
Una vez terminado este educado intercambio, Lady Burgos le comentó al señor Hernández lo afortunados que eran de haber podido ser presentados como es debido: "Estoy muy feliz de verlo de nuevo, señor; tenía miedo de que nuestros caminos no se volviesen a encontrar y quedara usted con una muy mala impresión de nosotras."
El señor Hernández le agradeció sus temores y le dijo que había ido en búsqueda del anfitrión al instante de haber tenido el placer de topárselas para poder rendir sus disculpas como era debido y, de paso, disfrutar de una conversación más holgada. Lady Burgos sonrió afectuosamente alabando sus buenos modales y Manuela, que en ese preciso instante tuvo la oportunidad de ver la reacción de la señora Flores al momento de descubrir que su hijo no había aprovechado la oportunidad de hablar con ella durante su baile; soltó una sonrisa suave que fue bien recibida por el señor Hernández. Gracias a esa aparente buena señal, habiéndose entretenido unos buenos minutos en una conversación banal con su chaperona y luego de unos instantes de consideración, el señor Hernández le pidió a Manuela que bailara con él.
Este cumplido, por dulce que podría haber sido para otras señoritas, produjo una severa mortificación en Manuela, quien vio en aquella invitación el termino de la velada descansada a la que había aspirado con ahora tres acompañantes buscando su atención. Sin embargo, tampoco era ilusa y sabía a ciencia cierta que, con Lady Burgos a su lado, no había forma en que su negativa fuese aceptada. Así, con resignación, aceptó amablemente su invitación, advirtiéndole que solo podría dedicarle la última melodía antes de la hora del té, pues le había prometido el próximo baile al mayor de los señores Flores. No obstante, para la molestia de Lady Burgos, la señora Flores intervino en ese momento lamentando en voz alta el tener que separarse durante la hora del té cuando no habían podido conversar tanto como hubiesen deseado y, sin una pisca de sonrojo, procedió a solicitarle abiertamente al señor Hernández —para el bochorno del resto de los presentes— que intercambiara su baile por el de su hijo mayor para impedir tamaña desdicha; asegurándole que su Enrique estaría satisfecho con el cambio si podía pasar más horas junto a la protegida de su amiga.
El señor Hernández sonrió cordialmente ante los nerviosos ojos de todos y le aseguró a la dama que, mientras esa fuese la voluntad de su compañera de baile, él no tendría ningún problema en hacer ese cambio. Luego de oír ello, la señora Burgos se deshizo en innecesarias súplicas a Manuela, a quien le era indiferente con qué grupo pasar la hora de los refrigerios, pero que hubiera preferido saltarse esa humillación innecesaria en una noche que ya de por sí había resultado bastante caótica. En consecuencia, y con el deseo de disfrutar de un poco de quietud, le aseguró a la señora que nada le haría más feliz que cenar junto a ella y su grupo y, sin mediar otra palabra, se alejó del lugar del brazo del señor Hernández antes de que comenzara la siguiente canción; para la confusión del recién llegado señor Enrique Flores.
Una vez iniciada la pieza, Manuela se apresuró a hablar en privado con el señor Hernández. "Ha de usted de disculpar los modales de la señora Flores," se excusó," es una amiga muy cercana de Lady Burgos, y como hace años que no hablan está muy emocionada con la idea de poder disfrutar de su compañía durante la hora del té." Explicó, tratando de dejar atrás el bochorno de la última escena.
El señor Hernández asintió amablemente. "No debe usted preocuparse, no he pensado mal de ella y menos aún de usted," le aseguró, guiándola a la siguiente posición de baile. "Pero sí ha de aclararme como dos personas pueden ser cercanas sin haber hablado en años," agregó con una sonrisa cuando volvieron a estar frente a frente.
Manuela sonrió de la misma manera. "No sabría qué decirle, señor. Me he estado preguntando lo mismo desde el inicio de la velada." Su acompañante asintió risueño y siguieron bailando sin decir más.
Sin embargo, la señorita González siguió meditando al respecto. Después de todo, era extremadamente peculiar, por no decir extraño, que Lady Burgos quisiera reunirse con tanto anhelo con una amistad del pasado de la que nunca antes había hablado; especialmente considerando lo poco animada que se había visto ante el prospecto de beber té juntas en lugar de con un muy reciente conocido. Pero, si era sincera consigo misma, Manuela no era nadie para juzgar el afecto entre dos amigas cuando ella misma no tenía experiencia en ese ámbito. Por el contrario, ella solo tenía a su amado Francisco como su más alto —y único— amigo, y aunque siempre le preferiría ante cualquier otra persona en el mundo, con excepción de su padre; su estrecho círculo de amistades hacía que su experiencia en esa área fuese extremadamente limitada. Quizás entre damas las cosas eran distintas a lo que su instinto y los libros le indicaban; o quizás tener más que un solo amigo implicaba repartir el afecto de formas desiguales. Manuel jamás podría asegurarlo con certeza.
"¿En qué piensa usted tan seriamente?" le preguntó Martín luego de un rato, con mirada inquisitiva.
Manuela se sonrojó, avergonzada de haberse retraído por tanto tiempo, y con rapidez contestó: "No estaba pensando en nada."
"Ingeniosa respuesta; pero prefiero que me diga de inmediato que no me lo dirá, si es posible." Replicó rápidamente el señor Hernández.
"Bueno, entonces no lo haré."
El hombre asintió nuevamente. "Pues he de agradecerle ese gesto pues ahora estoy autorizado a molestarla sobre este tema cada vez que nos reunamos, y bien es sabido que nada en el mundo promueve tanto la intimidad entre dos personas como una broma interna." Manuela tuvo que retener una risa ante semejante respuesta, y a pesar de que sus voces opacaron la música y la distrajeron del ejercicio; no pudo evitar comenzar una conversación con el peculiar caballero.
Cuando el baile terminó, regresaron junto al grupo de Manuela donde un demasiado entusiasta señor Enrique Flores la esperaba. Tras bailar una pieza donde sobraron las palabras, pero faltaron los temas en común a tal punto que el clima tuvo que ser invocado más de tres veces por el nervioso caballero; ambos se reunieron con su grupo en la mesa de té donde ambos hermanos contendieron por la atención de su nueva conocida e intentaron impresionarla hablando de caballos, carros y otro montón de tópicos que no eran de ningún interés ni para la señorita González ni para Lady Burgos. Manuela tuvo que suprimir más de un bostezo en la sobremesa, y tras haber considerado que llevaba suficiente tiempo lejos de su padre enfermo, le sugirió a Lady Burgos finalizar esa velada a lo que su amiga asintió inmediatamente. Después de todo, ninguno de los hermanos Flores era un candidato atractivo para su Manuela, y tras el espectáculo de antes no era muy probable que el señor Hernández volviera a acercárseles esa noche o ninguna otra. De este modo, para la desilusión de los Flores, ambas subieron al carruaje una vez finalizada la hora del té para unirse al juego de cartas de Sir González y sus amistades.
Más tarde esa noche, mientras bebía su vino y agua tibia, y se preparaba para la cama, Manuela reflexionó largamente sobre la agitación de esos primeros dos días en Bath y, en especial, del baile de esa noche; concluyendo que, de todas las personas conocidas en esa velada, solo el señor Hernández destacaba del montón. El joven hombre no solo hablaba con fluidez y espíritu de temas distintos a las condiciones del cielo o las ruedas de un buen carruaje ligero; sino que tenía un sentido del humor bastante interesante y le otorgaba a cada uno de sus gestos un toque de amabilidad que resultaba particularmente agradable. Sin embargo, ningún otro pensamiento fue gastado en el recuerdo de alguien a quién muy probablemente no volvería a toparse durante su estadía, pues era la intención de la joven encargarse plenamente de su padre en los siguientes días para asegurar su pronta mejora; así, tras arreglar su cabello y apagar su vela, el nombre del caballero se borró completamente de su cabeza para siempre a medida que Manuela se dormía rápida y profundamente.
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¡Hola a todos!
Como pudieron notar, esta historia está basado en la Regencia, la época histórica en la que Jane Austen vivió y en las que están situadas sus obras. También hice un esfuerzo de imitar, en algún grado, su forma de escribir, componiendo oraciones mucho más largas de las que suelo crear.
Espero que hayan disfrutado este capítulo y estén impacientes por leer los siguientes. Si les gustó, no duden en dejar un comentario; que es mi primer multichapter en años y estoy super nerviosa.
Muchas gracias por leer hasta acá, ¡un abrazo!
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Notas
[1] Bath es una ciudad ubicada en el campo ondulado del suroeste inglés, conocida por sus termas naturales cuyas aguas, se decía, era medicinales. La gente asistía a Bath para mejorarse de alguna enfermedad y, de paso, disfrutar de su intensa vida social.
[2] La preocupación de Manuela se debe a que, en esa época, las mujeres no tenían permitido servirse ella mismas comida o té. En consecuencia, a menos que estuvieran acompañadas de un hombre o alguien en la mesa les prestara atención, no podrían servirse nada durante la hora del té.
[3] Era socialmente reprochable que una mujer no casada asistiera a un evento social sin compañía de un hombre de su familia o una mujer casada o viuda.
[4] Tal como indica el texto, dos personas no podían interactuar entre ellos a menos que: a) se conociesen de antemano; b) contaran con una tercera parte que les presentase mutuamente, o c) fuesen presentados por el anfitrión del evento al que estuviesen atendiendo.
Manuel y Martín habían planeado la Navidad perfecta para su hijo Carlitos, pero no siempre las cosas suceden como uno desearía.
Family Au. Side pairings: EcuPer y BraUrg (short mentions)
ADVERTENCIA: LONG FIC (19K)
Disponible también en Fanfiction y AO3
Dedicado con cariño a la amiga que me dió la inspiración para crear esta idea y a todo el resto del fandom
Manuel tenía la familia perfecta.
Así lo pensaba todo el mundo. Su esposo, Martín, había sido su amigo de la infancia, su compañero en el colegio y su novio por más de siete años llenos de romance, antes de proponerle compartir su vida con él por toda la eternidad. Su matrimonio, aunque muy temprano, les había traído toda la dicha y felicidad que alguna vez habían soñado, y cualquiera que los viera juntos no podía más que notar que eran la pareja más enamorada que alguna vez hubiese existido.
Juntos habían comprado una casa bonita, ni muy grande ni muy pequeña, y la habían decorado a su gusto. La cocina era grande y moderna, la sala de estar lo suficientemente amplia para acomodar a todos sus amigos, el comedor del tamaño perfecto para invitar a sus respectivas familias, y el jardín estaba lleno de flores y tenía un árbol grande que les daba la combinación perfecta de sombra y luz. Además, Manuel había conseguido todo un cuarto para armar su oficina y guardar sus cajas y cajas de libros, y Martín tenía un patio perfecto para organizar todos los asados que deseara. Era el hogar perfecto para una familia de recién casados sumamente contentos.
Cuando la casa empezó a hacérseles grande el primer paso fue adoptar un cachorrito adorable que terminó transformándose en pocos meses en una gigante ráfaga dorada de destrucción. Goldie, su golden retriever, aunque hiperactivo y torpe, les había regalado mañanas llenas de diversión y tardes de ser arrastrados por el parque sin control alguno. Y aunque aún era difícil que las pantuflas y cojines sobrevivieran más que una semana, o que no terminara rompiendo todo lo que le llamara la atención en la casa; la forma en que saltaba de alegría cada vez que Martín entraba por la puerta, y como se recostaba pacientemente a los pies de Manuel mientras este trabajaba en su computadora, era suficiente para entibiarles el corazón. En resumen, era un perro tan amoroso, juguetón y leal que no podían evitar amarlo, soportando todos sus desastres con una sonrisa en el rostro. Pero los corazones de Martín y Manuel demostraron una vez más ser lo suficientemente cariñosos como para albergar más espacio, y luego de un par de años la casa volvió a quedarles grande a los tres.
Su nueva bendición, Carlitos, era el niño más dulce del mundo. Rubio como Martin y de ojos castaños como Manuel, había llegado hace casi un año a sus vidas luego de largos meses de pruebas psicológicas, papeleo interminable, trabas burocráticas y libros de paternidad; y los había embrujado inmediatamente con sus sonrisas sin un par de dientes, y sus abrazos apretados, y su fascinación por jugar fútbol con “papá” y escuchar leer a “papi”. Prueba de su inmenso amor hacia su niño era el refrigerador lleno de dibujos, la sala de estar llena de fotos, y el niño sano y feliz que crecía bañado en besos y risas. Y aunque no siempre todo era absolutamente perfecto, y una que otra pelea o alguno que otro desastre de Goldie venía de vez en cuando, ninguno podía negar lo absolutamente satisfecho que estaba con su pequeña familia llena de amor y afecto.
Sí, Manuel, Martín, Carlitos y Goldie eran la familia perfecta a ojos de todo el mundo, menos de una persona.
La señora Nevada, la trabajadora social de espaldas anchas, moño engominado y mirada severa que venía todos los meses a comprobar cómo iba el proceso de adaptación de Carlitos a su nuevo hogar, era probablemente la única persona en el mundo que tenía algo que decir en contra de la familia de Manuel. Callada y observadora, llegaba sagradamente los 15 de cada mes a las diez de la mañana a visitar la casa, y exigía todos los 28 que llevaran a Carlitos a su oficina para hablar con él en privado. Y aunque Manuel hacía todo lo posible por convencerla (y Martín también, siempre que la visita tocaba un feriado o durante el fin de semana) de que su hijo era feliz, que le iba muy bien en el colegio y tenía muchos amigos, que era muy querido por la familia y amigos de ambos, que lo ayudaban con sus tareas, le llevaban a actividades culturales, a hacer deporte, al cine, al circo, a cumpleaños y a controles regulares de salud; la mujer solo lo miraba con expresión indescifrable, garabateaba un par de cosas en su libreta y anunciaba que los volvería a visitar el próximo mes.
Ya habían pasado once meses de visitas constantes y Manuel no podía soportarlo más. Estaba cansado de acostarse tarde por haberse quedado limpiando junto a Martín la noche anterior, hastiado de comprar aperitivos caros que luego no eran tocados, aburrido de sonreír nervioso mientras intentaba sostener su monólogo frente a la mujer, y completamente angustiado con la idea de que casi un año entero no había sido suficiente para demostrarle que su hijo estaba en las manos correctas.
Y sí, tal vez no eran los padres perfectos, y quizás aun les faltaban algunas cosas que aprender; pero nadie podía culparlo de mal padre porque una vez se les había olvidado que la visita era la mañana siguiente y la trabajadora los había sorprendido durmiendo en el suelo en un fuerte de almohadas, ni por las lágrimas de cocodrilo de Carlitos luego de que su programa favorito fuera cancelado (el cielo sabía que llenó de correos a los productores para evitarlo), y menos aún de que un par de simios malcriados lo hubiesen molestado por tener dos papás. Para peor, era poco consolador saber que Carlitos le había contado después a la trabajadora que “papi había golpeado a las mamás de los otros niños” y ahora ya no lo molestaban; a su defensa, solo fue a un padre al que golpeó y se lo merecía, a los otros solo los subió y bajo a chuchadas y amenazas de enviar el caso ante alguna autoridad si era necesario.
Pero toda esa incertidumbre y nerviosismo se acabaría pronto, Martín y Manuel lo tenían más que decidido. El plan era simple, ambos le darían a Carlitos la Navidad más extraordinaria con la que un niño pudiera soñar, y luego de escuchar tantas maravillas sobre ellos la mujer no tendría más cosas que escribir en esa horrorosa libreta suya, y se marcharía para siempre. No es que no hubiesen planeado darle una hermosa Navidad a su amado hijo de antemano, pero las exigencias de la trabajadora social hacían necesario subir sus estándares si deseaban tener éxito: cena con un pavo asado perfectamente, regalos de ensueño, decoraciones de revista, una bolsa con donaciones para el orfanato de Carlitos, un puesto en el coro de la iglesia y una fiesta con la abuela y todos los tíos era la receta necesaria para complacerla.
Manuel había pasado las primeras semanas de noviembre calentándose la cabeza junto a Martín mientras hacían planes, y toda la segunda mitad del mes corriendo de un lado al otro para encargarse de que todo estuviera listo a tiempo. Había que comprar adornos de Navidad nuevos antes de que se acabara la temporada, había que ayudar a Carlitos a recortar los juguetes que le gustaban de las revistas para escribir su carta, tenía que recolectar los regalos de las tiendas antes de que se agotaran y sin que Carlitos se diera cuenta, debía comprar los ingredientes para sus recetas y, ya más cercano a la fecha, un pavo perfecto. Por fortuna, había logrado organizar todo a tiempo con ayuda de Martín, Tiare y su madre, y ahora la casa y el árbol habían sido decorados en familia (Goldie tenía completamente vetado entrar a la casa sin vigilancia constante), los regalos estaban envueltos y ocultos, las donaciones listas, las galletas horneadas en montones, la misa agendada a las siete de la tarde, y un día de diversión y alegrías los esperaba en esa Víspera de Navidad.
Sí, era un plan sencillo y bien meditado y hubiese resultado perfecto si no hubiese sido por un pequeño error.
“¿Cómo mierda vas a donar algo y no te fijas qué hay dentro de la bolsa, Martín?” Susurró Manuel tratando de no arrancarse todos los cabellos de la cabeza de la desesperación.
“No me echés toda la culpa, flaco. Yo solo entregué la bolsa que me pasaste.” Le susurró de vuelta Martín, igual de estresado que él, y no era para menos.
Manuel se había dado cuenta mucho después de que Martín y Carlitos se marchasen. Generalmente Martín y él cocinaban juntos, pero ninguno de ellos había sabido como se asaba un pavo, y él único que pudo asistir a la clase magistral de Miguel (que para algo debía servir que el novio de tu mejor amigo fuese chef profesional) había sido Manuel, así que estaba en manos del castaño el preparar el platillo principal de la noche y su esposo, mientras tanto, iba a encargarse de llevar a su hijo a donar los regalos al orfanato. En eso estaba, cuando recordó que debía buscar hilo de algodón para atar al pavo antes de meterlo dentro del horno; y al abrir el armario de cachivaches casi se le salió el alma por la boca.
La bolsa de donaciones estaba ahí, los regalos de Carlitos no.
Y por más que corrió por su celular para avisar a Martín del error, ya era muy tarde. Ambos llegaron a la casa en menos de dos minutos. Los regalos se habían ido.
“¿Qué se supone que vamos a hacer?” Preguntó Manuel, abriendo la puerta para vigilar que todo estuviese bien en la cocina. Carlitos le había preguntado si necesitaba ayuda, y desde entonces llevaba unos 5 minutos intentando cortar el perejil con el cuchillo sin filo que le había dado.
“Che, no es tan terrible. Solo debemos ir a comprar a la tienda lo que falta mientras uno se queda en casa con el niño.” Lo consoló Martín, dándole un pequeño masaje en los hombros para relajarlo.
Manuel negó con la cabeza. “Se suponía que iba a ser un día para compartir en familia,” murmuró cruzando la mirada con su esposo. “Y además, ese estúpido robot…” Suspiró cerrando los ojos para pensar en una solución.
“¡Entonces iremos los tres!” Anunció Martín. Manuel sonrió aguantándose la risa sarcástica. “¿Qué?” Insistió Martín. “Uno aprovecha de comprar rápido los regalos y esconderlos en el auto, el otro hace la fila para sacarle una foto con Santa, y así terminamos pronto y estamos los tres juntos en Navidad. No hay por dónde, flaco.” Le trató de convencer Martín, con una sonrisa tranquilizadora.
Y Manuel estaba por ceder con sus planes si no fuese por un simple detalle. “¿Y el pavo?”
“Manu, son las once de la mañana, dudo que nos demoremos seis horas comprando todo. Anda, ve a buscar al niño y yo voy por las llaves del auto.”
Manuel aceptó sin reservas porque sinceramente no tenía ningún plan mejor en ese momento, y la idea de Martín no sonaba tan mal. Conocer al Viejito Pascuero en persona seguramente le sumaría puntos en la entrevista, y aún tenía tiempo de volver a cocinar el pavo si se apuraban. Así que le dio un par de besos en las mejillas a Carlitos como felicitación por haber destruido el perejil por completo, le lavó las manos para quitarle el olor a hierbas, le puso un poco de bloqueador, comprobó que todo en la cocina estuviera apagado y junto a Martín lo aseguraron en su silla especial en la parte de atrás del auto antes de partir hacia el Centro Comercial cantando villancicos.
11:45 am
Los pasillos del Centro Comercial estaban adornados con guirnaldas de colores que caían del techo en cascadas y arcos, lazos grandes y rojos que se enredaban en los barandales, cascabeles brillantes como el oro y bastones de dulce gigantes en cada esquina. Las vitrinas resplandecían con sus decoraciones de Navidad y de fondo los villancicos alegraban el ambiente. Pero por supuesto, nada puede ser tan perfecto, y como buena Víspera de Navidad el Centro Comercial estaba lleno a reventar. La gente iba y venía frenéticamente de un lado a otro con bolsas llenas de compras de último minuto, y hablaba por teléfono a gritos, tratando de determinar si ya tenían todo para esa noche o si aún había más tiendas a las que entrar para luchar por lo que iba sobrando.
Manuel y Martín no tuvieron ni que hablarse para ponerse de acuerdo, el castaño le dio un beso en la frente a Carlitos y salió corriendo hacia la tienda de juguetes más cercana de ese piso dispuesto a enfrentarse a quien fuese para conseguir todos los regalos de la lista. Martín, en cambio, tomó a Carlitos de la mano y tranquilamente le preguntó al primer guardia que encontró si sabía dónde estaba esperando Santa Claus. Los ojos de su hijo se iluminaron de emoción al oír a quién venían a ver, y la expresión de asombro de su cara a saber que él estaría allí ese día no tuvo precio. Martín sonrió satisfecho, dirigiéndose hasta la escalera mecánica más cercana mientras tarareaba los villancicos que descendían suavemente desde los parlantes. Definitivamente ese terminaría siendo un maravilloso día, de eso estaba seguro.
11:52 am
Si había algo que Manuel no podía asegurar era cuán exitoso sería ese día si no lograba encontrar otro Robot 5000-FighterX. El juguete no tenía ninguna gracia, apenas se movía, hacía solo un sonido y tenía un par de luces de poca calidad en los ojos; pero era el juguete de sensación de la temporada, la única cosa por la que los niños pequeños suplicaban y, lo más importante de todo, era lo que Carlitos más añoraba tener de su lista de regalos para esa Navidad. Y no interesaba cuán poca cosa le pareciera a Manuel, si su hijo lo quería tanto como le había dicho al ayudarlo a escribir su carta, entonces no estaba dispuesto a sacrificar ninguna oportunidad para conseguírselo. Por eso lo primero que hizo al iniciar su operación de re-compras de último minuto fue correr a la misma tienda en donde había encontrado el dichoso robot la vez pasada con la esperanza de solucionar su mayor problema rápidamente.
Lamentablemente, cuando por fin llegó sin aliento al piso de juguetería de la multitienda el mayor de los horrores imaginables le apretó el corazón: todo el pasillo dedicado exclusivamente a los Robot 5000-FighterX estaba absolutamente desolado. Ni una caja, ni un solo robot quedaba ya. Los padres angustiados paseaban de un lado para otro acosando vendedores con el único deseo de apoderarse del último ejemplar que podía estar oculto en la bodega, y otros se paseaban entre los demás estantes deseosos de hallar algún robot escondido entre los demás juguetes por algún comprador sin suficiente efectivo para llevárselo; pero al parecer ninguna de las dos estrategias estaba dando buenos resultados.
Manuel suspiró tratando de calmarse a sí mismo y se acercó a la caja de ventas más cercana con una sonrisa tímida.
“Hola.” Saludó a la vendedora que lo miró con apatía antes de devolver sus ojos a la pantalla de su celular. Manuel carraspeó un poco antes de continuar. “Los Robot 5000-Figh…”
“No quedan.” Fue la seca respuesta de la mujer.
“¿Y no es posible que vayan a reponer durante el día?” Preguntó con una sonrisa incómoda.
“No sé.”
“Oh.” Murmuró Manuel decepcionado, antes de marcharse a buscar otros artículos de la lista.
Las figuras de dinosaurio, aunque pocas, aún no se habían agotado y los camiones de construcción estaban apilados a montones en un rincón de la sección de juguetes, tal como cuando había ido a comprar la primera vez. Y aunque le costó algo más de trabajo encontrar dónde habían reubicado los mini kits de cocina, al final pudo apoderarse de uno, y algo más aliviado se dirigió a la caja. La sección de pago estaba, como era de esperar, atestada a reventar y solo tres pobres trabajadores debían de luchar para atender lo más eficientemente posible a la fila de gente que miraba la hora con cara huraña y de vez en cuando chiflaba con la ilusión de que sus quejas agilizarían el proceso de algún modo. Para empeorarlo todo, ocupando una de las pocas cajas se hallaba una ancianita que insistía en pagar en efectivo y no paraba de acumular monedas en el mostrador, perdiendo la cuenta cada cinco minutos. Todo predecía que sería una larga y fastidiosa espera.
Manuel miró los pocos juguetes que llevaba consigo, preguntándose si valía la pena perder tiempo valioso a cambio de tres regalos o era mejor correr a la siguiente multitienda con tal de intentar asegurarse un robot que ni siquiera sabía si aún estaba en stock. Si se iba, se arriesgaba a quedarse sin kit de cocina y probablemente sin dinosaurios; pero si se quedaba quién sabe qué cosa estaría perdiéndose en otro lugar. Finalmente suspiró resignado y se puso al final de la fila esperando que al menos Martín y Carlitos estuvieran pasando un mejor rato que él.
12:08 pm
La “Villa de Santa” era la atracción principal de todo el Centro Comercial y estaba ubicada en el primer piso, justo donde las escaleras mecánicas rodeaban un inmenso tragaluz que dejaba espacio a sus pies para una placilla vacía, perfecta para la ocasión. El camino empezaba con un arco formado por bastones de azúcar gigantes que dejaban ver regalos enormes decorados con grandes listones, bien cuidados por soldados de plomo armados. Detrás de todo ello una casa de jengibre de dos metros decorada con techo de caramelos, paredes de galleta y una puerta de chocolate era resguardada por dos personas disfrazadas de elfos de Navidad. Pero lo más llamativo de la exposición estaba en medio de todo eso: un inmenso pino que alcanzaba fácilmente el tercer piso, y que estaba decorado con listones rojos, esferas de colores, cascabeles, bastones de dulce, y una estrella dorada inmensa que resplandecía en su punta.
Carlitos apenas podía resistir el asombro de semejante espectáculo y dondequiera que sus ojos se posaban su dedo debía apuntar a la maravilla mientras llamaba la atención de Martín con un “¡Mira, papá!” Tanta era su emoción que ni siquiera se había percatado del gran sillón rojo que aguardaba vacío junto al inmenso árbol, al final del camino de bastones de azúcar, pero las cosas a las que apuntar, por más hermosas que sean, terminan agotándose luego de un rato; y tras haber abierto la boca con admiración sobre todo objeto posible Carlitos por fin recordó a quién estaban esperando.
“¿Y el Viejito Pascuero, papá?” Preguntó el pequeño, entre ansioso y emocionado.
“Ni idea, Carlitos.” Confesó Martín echando un vistazo alrededor para ver si había un anuncio o algo por el estilo. Solo encontró un par de elfos extras aguardando frente al mostrador de pagos, al principio del camino de bastones de caramelo. “Vení.” Dijo tomando la mano de su hijo con la suya antes de devolverse a preguntar cuándo abría la exposición.
“¿Papa Noel?” Preguntó la muchacha del mostrador que estaba ayudando a organizar los tickets. “No llega hasta la una de la tarde, pequeño.” Dijo mirando con cariño a Carlitos. “Lo mejor será que se vayan a dar una vuelta y regresen.” Les aconsejó antes de seguir con su trabajo.
“¿Y por qué no viene altiro, papá?” Insistió su hijo, mirando con anhelo al sillón vacío.
“Porque viene de muy lejos para venir a saludar a los niños, Carlitos, y se demora en llegar acá.”
“¿No es que su trineo mágico lo lleva a todas partes super super rápido?” Preguntó el niño alzando las manitos para dar a entender que tan enormemente veloz podía ser ese trineo.
Martín titubeó unos instantes antes de responder. “No puede usarlo ahora, debe dejar que los renos descansen en la tarde para ocuparlos a la noche o sino no podrá repartir los regalos. Tiene que venirse en bondi, y ya has visto como se demoran esas cosas.”
Era verdad, a veces sus papás y él tomaban la micro para ir a visitar a la abuela y se demoraban mucho rato, tanto que a veces Carlitos se aburría incluso de jugar a contar autos de colores y debían entretenerlo con una historia, o pasándole un juego en su celular. Mucho, demasiado tiempo en opinión de Carlitos. Solo esperaba que alguien le hubiese dado el asiento al Viejito, o quizás estaría muy cansado para viajar por todo el mundo a la noche.
“¿Y qué pasa si la micro deja de funcionar y no puede venir?” Volvió a preguntar Carlitos, con angustia en su voz. Y Martín sintió ganas de poner la misma cara de tragedia que su hijo, porque no sabía si cada respuesta que daba estaba resultando mejor o peor.
“No creo que eso pase.” Trató de consolarle. “Y de todos modos si llega a suceder estoy seguro de que Santa encontrará alguien que le de un aventón hasta acá”
Carlitos frunció un poco el entrecejo mientras procesaba sus palabras, el mismo gesto que hacía Manuel cuando sospechaba de lo que le estaba diciendo; y Martín supo que estaba en problemas. “¿No querés comer un helado?” Casi gritó, tratando de distraer los pensamientos del pequeño rubio. Para su fortuna el niño sonrió y agitó la cabeza feliz, dejando atrás sus preguntas, y Martín lo subió a sus hombros y caminó rápido en busca de una heladería con tal de no tener que someterse a otro interrogatorio sobre los medios de transporte que Santa utilizaba para venir a sacarse fotos en los Centros Comerciales.
12:37 pm
El celular de Manuel comenzó a sonar cuando estaba a punto de pasar a la sección de pago luego de largos minutos de tortuosa espera; y no dispuesto a abandonar su posición, ni de perder la que probablemente sería la llamada de su esposo para avisarle de que Carlitos ya estaba a punto de sacarse la foto con el Viejito Pascuero, hizo equilibrio con los juguetes, aceptó la llamada, se puso el celular al oído y avanzó hasta la vendedora desocupada.
“Buenas tardes.” Saludó a la mujer mientras se las arreglaba para sujetar bien el teléfono con su hombro.
“Wow, estamos cordiales hoy. ¿La Navidad te ha bendecido con buen humor o estuviste viendo fantasmas anoche?” Se burló la voz al otro lado de la línea.
“¿Qué mierda quieres, Miguel?” Gruñó Manuel con el ceño fruncido, tratando de tomar atención a lo que le estaban preguntando en la caja.
Una risa ahogada le respondió de inmediato. “Ese no es el modo de hablarle a tu gurú culinario, Manuel.” Le regañó el peruano mientras la vendedora terminaba de escanear los códigos de todos los juguetes. “Dime, ¿cómo vas con el pavo? ¿Ya empezó a cocinarse?”
“¿Efectivo o tarjeta?” Le preguntó la vendedora, expectante.
“Efectivo.” Contestó Manuel.
“¿Eso significa que sí? ¿Y hace cuánto tiempo lo pusiste al horno?”
“¿Qué? ¡No! Yo no…” Lo interrumpió Manuel.
“¿Con tarjeta entonces?” Preguntó la mujer, confundida.
“No, no, no. Con efectivo, por favor.” Le respondió Manuel, pasándole los billetes con una sonrisa avergonzada. Atrás la gente empezó a chiflarle por estar demorándose demasiado. Pero claro, a la ancianita de las monedas no le dijeron nada.
“Wantan compadre, ¿en dónde andas?” Le preguntó Miguel en su oreja, confundido.
Manuel suspiró, deseoso de cortarle la llamada. Pero si quería su ayuda más tarde cocinando debía ser paciente. “En el Mall, Miguel. Espérate un segundo.” Y volviendo la mirada a la vendedora añadió. “¿Me puede dar papel de regalo por favor? Del rojo. Gracias.”
“¡¡En el Mall!! ¿Me estás diciendo que no aprendiste nada sobre los tiempos de cocción?” Exclamó Miguel indignado. “¿Acaso estuve explicándote como un tonto toda esa tarde?”
“Bueno cada uno explica cómo puede, nadie te está juzgando.” Se burló Manuel, escuchando los improperios del otro hombre con una sonrisa, mientras recibía sus compras. “Cuatro horas a fuego medio” Musitó en silencio con sus labios, sabiendo lo que venía.
“¡Cuatro horas a fuego medio, Manuel!” Despotrico Miguel con rabia. “¿Y se puede saber qué estás haciendo?”
“Compras de emergencia.”
“¡No me digas! ¿Así que el padre perfecto no es tan perfecto después de todo?” Se burló Miguel, y a Manuel se le puso el rostro rojo de la rabia, no solo esa llamada estaba siendo una pérdida de tiempo, sino que también Miguel estaba dedicándose a ser más insoportable de lo normal y no era el mejor momento para jugar con sus nervios.
“No fui yo, Martín fue con Carlitos a donar los regalos equivocados y ahora tenemos que reponerlos antes de esta noche.” Se defendió. “¿Y sabes qué?, anda a joder a otro lado que ya bastante ocupado estoy como para andar soportándote.” Gruñó antes de cortar con la sangre hirviéndole en las venas. De a poco fue cerrando los ojos y regulando su respiración para calmarse. No era hora de estresarse en vano, aún quedaban muchas horas para solucionar todo y enrabiándose solo lograría perder tiempo. Con la mente más clara Manuel salió de la tienda planeando en su mente su próxima parada.
12:45 pm
Martín no podía explicar qué había pasado. Luego de ir a comprar el helado con Carlitos se había asegurado de quedarse cerca de la Villa de Santa por si empezaba a llenarse de gente, paseando solo por los pasillos aledaños a la exposición. Pero luego de una pequeña parada en la tienda de mascotas para admirar a los perros, gatos y conejos, se habían sorprendido con una fila de al menos diez personas.
“¿Ya llegó el Viejito?” Preguntó Carlitos emocionado, jalando de su mano para ir a ver. Martín le siguió, aun tratando de convencerse de lo que veían sus ojos. ¿Cuándo había decidido llegar tanta gente, no empezaba todo a las una? Solo estaba feliz de que Manuel no estuviese allí para estresarse sobre haber perdido la oportunidad de tener un mejor lugar en la fila.
“No hay nadie.” Suspiró Carlitos decepcionado. El sillón de Santa seguía tan vacío como hace unos minutos. “¿Y si no llega, papá?”
“Llegará, Carlitos. No te preocupes. Ahora vamos a hacer la fila o terminaremos siendo los últimos en ver a Santa.”
Y por supuesto que Carlitos se apuró todo lo que pudo, ver a Santa Claus era de los momentos más importantes de su vida y él casi no podía esperar a que fuera su turno. Santa era admirable, solo una persona muy genial tendría un trineo volador super mega rápido y una casa llena de duendes. Sí, definitivamente Santa competía entre las personas más asombrosas del mundo, junto con papá que podía meter goles desde mucha distancia y cocinaba los mejores dulces. ¡Y no solo eso! Santa también era de las mejores personas que conocía, solo alguien muy bueno trabajaría todo el año para darle regalos a otros. Es más, cuando pensaba en ello solo podía recordar una persona que fuese tan buena como Santa, y ese era su papi. Su papi quien siempre cuidaba de él y se aseguraba de darle muchos besos cuando tenía penita, y le ayudaba con sus tareas del jardín. Carlitos juraba que si había alguien en el mundo con quién comparar a Santa ese debía ser su papi.
Fue entonces cuando Carlitos se dio cuenta de un gran problema.
“Papá.” Llamó angustiado.
“¿Hmm?”
“¿Papi no va a ver al Viejito con nosotros?” Preguntó con los ojos llorosos. No era posible que su papi se perdiera una oportunidad como esa. Si alguien allí merecía estar junto a Santa Claus en persona era él, y Carlitos prefería no conocerlo a ver la cara de desilusión de su papi cuando oyera lo que habían hecho sin él.
Martín vio que las lágrimas empezaban a juntarse en los ojos de su hijo y se le quebró el corazón. “No, no, no, no.” Musitó, tomándolo en brazos para calmarlo. “Papi va a venir en un rato más, solo que ahora está ocupado.”
“¡Pero papi tiene que ver a Santa, papá!”
“Sí, sí, sí.” Se corrigió Martín, moviéndose nervioso de un lado a otro. Llorar en medio de la Víspera de Navidad porque tu otro padre no vio a Santa no sonaba como un buen recuerdo que conservar para toda la vida, y menos sonaba como una buena anécdota para la señora Nevada. “Papi va a venir, prometí llamarlo cuando ya estuviéramos más cerca de ver a Santa, así que no tienes que preocuparte.”
“Llámalo ahora o tal vez no llegue a tiempo.” Suplicó Carlitos, aún apesadumbrado.
Martín sonrió. “¿Qué te parece si le escribimos un mensaje juntos? Papi te ha estado enseñando, ¿no?”
Carlitos asintió sonriendo de oreja a oreja. De seguro su papi se enorgullecería mucho cuando supiera que él le había escrito el mensaje, así que rápidamente empezó a batallar con las teclas del celular de Martín, mientras este se entretenía observando la gente ir y venir a su alrededor, preguntándose como le estaría yendo a Manuel en esos instantes. No quería ni pensar la cara que pondría Carlitos si llegaba a ver que Santa le había decepcionado con las pocas cosas que había pedido para ese día. ¿Se acabaría la magia para él a tan corta edad?, ¿O se le ocurriría a Manuel una buena mentira para explicar la ausencia de regalos? De solo pensar en todo lo que su equivocación podía provocar a Martín se le revolvía el estómago, y toda la fachada de tranquilidad que había mostrado frente a Manuel se deshacía.
Martín cerró los ojos con fuerza y negó con la cabeza apartando esos pensamientos. Fuese lo que fuese que sucediera ese día, solo deseaba que los tres pasaran juntos una linda Noche Buena.
Además, no servía de nada ser tan fatalista. Después de todo a pesar de los pequeños contratiempos la tarde estaba marchando estupendamente, había comido un helado junto a su campeón, habían hablado de fútbol e incluso habían acariciado un par de perritos en la tienda de mascotas; y a pesar de que habían llegado a la Villa de Santa un poco tarde, por lo que veía atrás suyo la fila no paraba de aumentar, amenazando con perderse en uno de los pasillos secundarios, así que aunque no eran los primeros tampoco estaban tan mal como esa pobre gente que estaba allá al último. Y como las familias siempre compartían todo, lo más probable era que Manuel estaba viviendo su misma buena suerte en ese momento. Sí, seguramente pronto volverían a casa con todos los regalos envueltos y una foto con Santa, y toda la Navidad estaría salvada.
En esos felices pensamientos estaba perdido Martín cuando oyó que Carlitos le llamaba.
“¿Te contestó papi?” Le preguntó sonriente. Pero su hijo negó con la cabeza, y con las mejillas rojas le hizo gestos para que se agachara.
“Tengo que ir al baño”
Oh, sí. Seguramente sería una tragedia ser de esos padres que estaban al final de la fila esperando por su turno.
13:04 pm
Manuel estaba tironeando de un Robot 5000-FighterX cuando volvió a sonar su celular, y esta vez deseó con todas sus fuerzas que no fueran Martín y Carlitos, porque la madre histérica que trataba de arrebatarle el juguete de las manos estaba demostrando ser más fuerte de lo que aparentaba. Pero una parte de él también se negaba a ignorar la llamada cuando podía estar perdiéndose la expresión de su hijo en el momento en que conociera a Santa por primera vez. No, él no pensaba convertirse en uno de esos padres ausentes que nunca están en los momentos importantes y que solo entregan amor a sus hijos a través de objetos materiales para después verlos marchar del hogar sin devolver una sola llamada y terminar olvidados en un asilo de escasos recursos hasta el final de sus tristes días. Así que como pudo clavó sus uñas en la caja con toda la fuerza que tenía, aceptó la llamada y se puso el teléfono al oído dispuesto a botarlo al piso y olvidarse de todo si era Miguel quien volvía a fastidiarlo.
“¿Alo?” Preguntó, apretando el celular contra su hombro para seguir forcejeando con la mujer.
“Manu.” Le saludó la voz de su esposo del otro lado.
“¿Martín?, ¿Qué pasa, ya les toca?” Preguntó, volviendo a agarrar la base de la caja del juguete que ya se le estaba empezando a deslizar de su mano.
“No, es justo por eso. No tenés que apurarte, que nos queda harto rato acá en la fila.”
“Ah, ¿sí?” Comentó Manuel algo irritado, si Martín estaba interrumpiendo su duelo a muerte por uno de los últimos robots de la tienda por semejante estupidez… “¿Y por qué?”
“Uhm…” Titubeo Martín del otro lado. “Por nada, Carlitos tenía que ir al baño y cuando volvimos la fila estaba super larga.”
“¡No es cierto! Papá se puso a peliar con una señora y nos echaron al final de la fila.”
“Shhh, ¡Carlitos!”
“¿Que tú qué?” Exclamó Manuel sujetando el teléfono contra su oreja con fuerzas. ¿Una pelea, en la fila para ver a Santa, en la Víspera de Navidad?Esto no podía estar pasando. El día que supuestamente los iba a colmar de alegrías iba de mal en peor. No solo habían perdido los regalos de Carlitos y abandonado la cena de Navidad a medio camino, sino que su hijo había presenciado una riña entre su padre y algún extraño (y lo más seguro era que la señora Nevada terminaría enterándose de ese accidente). Perfecto, absolutamente perfecto.
Y por si fuera necesario empeorar más las cosas, en el preciso instante en que la mujer con la que batallaba se dio cuenta que estaba distraído, aprovechó de lanzarle una patada en la espinilla que le hizo saltar del dolor, y de paso suavizar su agarre de la caja.
“¡Mierda!” Exclamó Manuel observando con horror como la mujer corría hacia la caja más cercana llevándose el juguete con ella. “Maldición, maldición, maldición.”
“Che, no fue para tanto Manu.” Se defendió Martín. “Nosotros volvimos tranquilitos al puesto que una señora nos había guardado y de repente esta vieja loca empieza a despotricar con otra que qué nos creíamos para estar colándonos, y que si esos eran los valores que le quería enseñar a mi hijo y tuve que darme la vuelta y…”
Manuel dejó de escuchar. Lo único que su cerebro podía procesar en ese momento era el dolor de su mano tras haber jaloneado tanto rato el mango de plástico y el angustiante vacío que sentía ahora que el juguete se había ido. Si tan solo no lo hubiesen interrumpido con una llamada, si quizás él no hubiese contestado, estaría a solo un par de compras más de la Navidad perfecta con la que tanto había soñado, pero ahora ¿en dónde encontraría otro de esos dichosos juguetes para llenar el vacío debajo del árbol? A su alrededor solo quedaban estantes desolados, y esa ya era la última multitienda que le quedaba por visitar, si no hallaba un robot allí no lo hallaría en ningún lado. Y nada prometía que si iba a otro Centro Comercial la situación fuese mejor. De solo pensar en la decepción que se llevaría Carlitos esa noche el corazón se le apretaba.
Manuel cerró los ojos y trato de calmarse. No era el momento de entrar en pánico, él aún no se había rendido.
“… y entonces le dije a la mina que me chupaba un huevo la opinión de una pelotuda como ella, y la ignoré, pero justo llegaron los duendes de Santa a ver qué pasaba y adivina a quién echaron de la…”
“Martín.” Le interrumpió Manuel, tratando de contenerse lo mejor que podía.
Al otro lado Martín tragó saliva, nervioso. “¿Sí, mi amor?”
“No me vuelvas a llamar a menos que sea una emergencia.” Ordenó antes de cortar.
Se tomó un minuto para calmar su respiración agitada y contar hasta cien, y luego trató de ordenar sus ideas. Apretó la pantalla de su celular para calcular cuánto tiempo más le quedaba. “13:22 domingo 24 de diciembre” le respondió su pantalla, y abajo añadió “Mensaje de Martín”. Manuel dudó un segundo antes de presionar la notificación para ver de qué se trataba.
“Papi el biejito ya vene en la micro” Rezaba el chat, obviamente de parte de Carlitos. Y aunque Manuel no tenía idea qué rayos significaba, no pudo evitar sonreír con ternura antes de volver a guardarse el celular en el bolsillo y salir de la tienda a paso rápido.
Encontraría otro de esos malditos robots para su angelito, aunque su vida dependiera de ello.
13:45 pm
El celular de Martín comenzó a sonar cuando Carlitos y él estaban en la mitad de un juego de fútbol y con el dolor de su alma tuvo que pausar la aplicación para contestar. Le daba miedo perderse una llamada de Manuel luego de su último contacto, y no estaba dispuesto a arriesgarse a arruinar algo más ese día. Pero no era Manuel quien lo estaba llamando.
“¿Alo, Sebas?” Saludó Martín.
“Martín, ¿cómo estás?” Y antes de que su primo pudiera decir algo añadió. “Decíme una cosa, ¿la misa es a las seis o a las siete?”
“A las siete.” Contestó Martín con un suspiro, recordando que también tenían que volver a buscar la túnica para luego asistir a la iglesia. Pero no importaba, ellos todavía tenían tiempo para todo y ese día aún iba a ser maravilloso; nada, absolutamente nada en el mundo podría arruinárselos.
“¿Qué pasa, muy ocupado con los últimos preparativos?”
Martín sonrió con ironía. “Ojalá fuera eso.” Y tras echarle un pequeño vistazo de reojo a Carlitos para ver si estaba prestando atención agregó, “tuvimos unos contratiempos y ahora estamos haciendo un par de compras de último minuto.”
“¡En Víspera de Navidad!” Exclamó Sebastián, escandalizado. “¡Pero debe estar repleto de gente!”
“Sí, ni que lo digas. Acá parece que todo el mundo se enteró de que Santa venía hoy día, ¡la fila no se acaba nunca!”
“¿Cómo? ¿No que estaban comprando?”
“No, Manuel anda en eso. Nosotros estamos guardando puesto para poder ver al gran hombre, ¿verdad Carlitos?” Su hijo asintió repetidamente, con una sonrisa muy emocionada.
“¡Oh, ya veo! ¿Y a Goldie con quién lo dejaron mientras tanto?” Preguntó Sebastián con curiosidad.
Martín se detuvo en seco del espanto. Hace algún tiempo, cuando todavía era un dueño primerizo y confianzudo hubiese alegado que su perro era totalmente capaz de esperar unas cuantas horas solo en el jardín mientras ellos hacían sus cosas. Pero tras años al cuidado de su amigo peludo, y tras haber presenciado la magnitud de su historial delictivo que incluía entre sus momentos más memorables el haber roto una cañería e inundado el patio, el destrozo de un sillón recién comprado, el día en que llenó toda la casa (incluyendo las paredes) de manchas de patas enlodadas, y la tarde que destruyó el jardín de la vecina por querer jugar con su asustadizo gato; no podía hacer la vista gorda a la realidad.
Además, ni siquiera recordaba si habían alcanzado a dejarle suficiente agua antes de irse. Conociendo lo torpe que era quizás hasta había dado vuelta su bol con agua a esa altura. ¿Y si se deshidrataba? ¿Y si se insolaba? Sería un perro hiperactivo y destrozón, pero era su perro hiperactivo y destrozón.
“¡Oh, mierda!” Susurró Martín, mordiéndose la lengua para no soltar otra palabrota frente a Carlitos. Y cortó la llamada.
14:00 pm
Manuel estaba esperando a que el vendedor de la tienda de juguetes educativos encontrase el último par de regalos cuando decidió revisar qué hora era. Apenas iluminó la pantalla de su celular encontró 5 llamadas perdidas y un mensaje que rezaba “Manuuu, ahora en serio es una emergencia” le alertaron que algo no iba bien. Con la sangre helada de la preocupación marcó el número de Martín de vuelta, rezando para que Carlitos y su esposo estuviesen sanos y salvos.
“¡Flaco, ¿pero por qué no contestabas nunca?!”
“¿Martín? ¿Qué sucede? ¿Le pasó algo a Carlitos? ¿Está todo bien?” Pregunto Manuel frenéticamente.
“Nosotros estamos bien.” Le aseguró Martín para su tranquilidad, y Manuel pudo volver a respirar tranquilo. “Pero Manu,” añadió su esposo con voz angustiada. “Dejamos a Goldie solo.”
“Oh mi dios ¡Goldie!” Gritó Manuel, asustando al hombre que volvía con todos sus pedidos.
“¿Qué vamos a hacer Manu? Ya lleva como cuatro horas solo.”
Manuel se pasó la mano por el cabello tratando de pensar en una solución rápida a su dilema. Irse de allí sin foto ni robot no era una alternativa, pero algo debía hacerse. Ese perro no podía pasar solo tanto tiempo, y dudaba que le bastase con el agua y la comida que le había dado de desayuno para pasar el día. “Voy a llamar a alguien para que lo vaya a ver.” Decidió finalmente, y Martín estuvo de acuerdo con que era lo mejor que podían hacer considerando sus pocas opciones.
Así que luego de hablar un rato con Carlitos y prometerle ir pronto a reunirse con ellos en la fila, Manuel cortó la llamada aliviado de que al menos había hallado una solución eficiente a uno de sus muchos problemas en esa ajetreada Víspera de Navidad. Con calma aguardó a que los niños scout de la sección de empaque envolvieran todos sus paquetes, aun rumiando en su cabeza planes para conseguir el único regalo que le faltaba, y luego de dejar los paquetes en el auto volvió a la carga en su travesía por hacerse fuese como fuese de un robot espacial esa tarde.
14:33 pm
Manuel se acomodó el celular en la oreja con el hombro, como ya se estaba empezando a acostumbrar, y siguió cosiendo con esmero. Sentado allí en el puesto de manualidades del Centro Comercial (que entregaba un kit de costura a cambio de una donación voluntaria) se sentía increíblemente ridículo, especialmente considerando que estaba rodeado de un montón de mujeres mayores que no paraban de susurrar sobre “lo buen padre que debía ser” o “lo mal que lo estaba haciendo”. Ni hablar de cómo se encendían sus mejillas cada vez que veía a alguien fuera de la sección de manualidades apuntándolo con la risa colgándole de los labios y algún comentario sobre “lo joven que lucía esa anciana en el piso rojo”.
Pero toda humillación valía la pena, o de eso quería convencerse Manuel, si el premio al mejor peluche hecho a mano era un Robot 5000-FighterX para su hijo. Sí, no importaba que tan anticuado, tristemente solitario y ridículo lo creyera todo el mundo; lo importante era que estaba haciendo eso para que Carlitos tuviera la Navidad perfecta que se merecía. Aunque claro, quizás si hubiese tomado un poco más de atención cuando su madre trató de enseñarle a su hermana y a él sobre costura y bordado, ahora mismo no sería tan difícil el convencerse que lo que estaba haciendo no era una pérdida de tiempo; pero comparando su humilde intento de oveja con el elefante, el panda y el unicornio que estaban naciendo de las manos de sus compañeras de mesa, su ánimo iba disminuyendo más y más.
Y para empeorarlo todo, el celular no paraba de enviarlo al buzón de voz. Con irritación, Manuel volvió a marcar el número en su último intento, empezando a darle vueltas a quién más llamar para que se hiciera cargo de Goldie. Pero no fue necesario.
“Alo, Manu. Perdona, estaba ocupado. ¿Todo bien, pana?” Contestó la voz de Francisco, calurosa y amable como siempre.
“Todo va pésimo, Pancho.” Se quejó Manuel, pinchándose un dedo con la aguja.
“Sí, el Migue ya me contó que tuviste problemas con los regalos.” Le confesó. Y a la distancia una voz añadió: “¿Es él? Por favor dime que ese huevón ya se puso a cocinar el pavo.”
“¿Con los regalos?” Manuel rio exasperado. “Eso es quedarse corto. Si contamos que llevo casi cuatro horas dando vueltas por el Centro Comercial tratando de reunir todos los juguetes que había comprado hace semanas atrás, que me he pasado la mitad de este rato recibiendo codazos y empujones de parte de padres verdaderamente irresponsables, que no he sido capaz de hallar el principal deseo de mi hijo esta Navidad, que no tengo ninguna cena preparada y que al Martín se le ocurrió pelearse con unas extrañas en la fila de la foto con Santa y ahora Carlitos y él están atascados en una cola eterna; ¡pues diría que el día va genial!”
“¡Vaya, Manu! Estás bien salado hoy.”
Manuel suspiró tratando de calmarse, a su alrededor las mujeres pararon la oreja, ávidas de oír más de la historia del extraño que se sentaba entre ellas para después cuchichear sobre sus desgracias en la cena de esa noche.
“Ni que lo digas.” Asintió, terminando de unir la última pata a su pequeña creación. No estaba muy seguro, pero le daba la impresión de que una de las cuatro era más larga que las otras.
“¿Necesitas que te ayude con algo?” Se ofreció Francisco, preocupado.
Y Manuel tuvo que sentir su rostro arder de vergüenza por estar pidiéndole algo así a su mejor amigo en plena Víspera de Navidad, pero al mismo tiempo no se le ocurría a nadie más que fuese lo suficientemente amable y desinteresado como para hacerle un favor así. Atrás Miguel añadió: “¡Claro! Ahora te pide ayuda a ti en vez de volver con disculpas para su gurú culinario, pero ni crean que les soplaré consejos a ustedes dos.” Y siguió despotricando por un buen rato sobre lo que muchos pagarían por una clase de cocina con el gran Chef Prado, pero Manuel decidió hacer oídos sordos.
“La verdad Pancho, para eso mismo te llamaba.”
14:51 pm
Manuel estaba admirando con desaprobación su pequeña oveja aún sin rostro cuando la llamada de Martín llegó, y contestó rápidamente con la esperanza de escapar de allí usando la excusa de que debía ir a ver a su hijo sacarse una foto con Santa, y no por haberse dado por vencido.
“Martu.” Saludó, mientras observaba la bolsa de botones como si estuviera pensando en qué ojos colocarle al pobre borrego.
“Juro que es una emergencia extrema.” Anunció Martín inmediatamente, y por su tono exageradamente dramático Manuel supo que todo iba bien.
“¿Qué pasó ahora?”
“Contále Carlitos, contále qué nos pasa.” Llamó Martín.
“¡Papi nos estamos muriendo!” Gritó su hijo con el mismo tono fingido de su padre, pero la risa se le escapó de los labios sin querer, sacándole una sonrisa a Manuel.
“¿Se están muriendo? ¿Y por qué?” Preguntó divertido.
“Che, Manu, dos machos regios como nosotros no podemos pasar tantas horas sin sentar el diente. Estamos desfalleciendo del hambre.”
Manuel volvió a sonreír. “¿Tanto así?” Preguntó para molestarlo, empezando a guardar sus cosas en la bolsita que venía con el kit.
“Sí, papi, ¡muriendo de hambre! Así que apúrate y danos comida.” Exigió Carlitos, y Manuel ya no pudo aguantarse la risa.
“Ok, ok, voy en camino.” Prometió levantándose de la mesa, no sin antes echar una mirada envidiosa al espectacular unicornio que su compañera de mesa estaba llenando de brillo. Presumida, murmuró en su mente, caminando a paso rápido hacia la Villa de Santa.
15:02 pm
“¡Papi!” Celebró Carlitos al verlo aparecer, corriendo hacia él. Manuel lo tomó entre sus brazos con cariño, y se acercó a darle un beso en los labios a Martín. Y aunque ambos estaban “famélicos”, nada les impidió contarle todo lo que había pasado en la mañana, desde lo que habían visto en la tienda de mascotas, una defensa de Martín bastante ensayada respecto a la pelea, y todo lo que habían hecho hasta por fin avanzar lo suficiente en la fila para llegar al inicio de la Villa de Santa, justo antes de que el Viejito decidiera marcharse a descansar, prometiendo volver a las tres y media.
“Hamburguesas serán, entonces.” Accedió sin rechistar, después de todo era la Víspera de Navidad. “Oh,” añadió antes de marcharse con Carlitos, extendiendo su palma hacia Martín. “Necesito las llaves de la casa, el Pancho va a venir a buscarlas para ver cómo está Goldie.”
“Pero si las llaves las tenés vos, flaco.”
Manuel se lo quedó mirando confundido. “No, las tienes tú.”
“Que no, Manuel. Si vos las trajiste.”
“Claro que no, yo me encargué del niño y tú fuiste por el auto y las llaves de la casa.”
“No, no, no.” Se defendió Martín. “Yo fui por el auto, nada más.”
Manuel empezó a mover el pie con impaciencia. “Ya, ¿y cuando llegaste del orfanato abriste la puerta de la casa con la mente, acaso? ¡Tú andabas con las llaves, Martín! ¡Entiende!”
El pánico brilló en los ojos verdes, era verdad, él las había tenido consigo. Rápidamente comenzó a tantear los bolsillos de su pantalón con la falsa esperanza de que su esposo tuviese razón, que anduviese trayendo su copia después de todo, que la imagen de las llaves abandonadas sobre la mesilla del recibidor era solo sugestión suya y no un verdadero recuerdo. Pero nada más que su billetera y su celular lo recibieron, ni un rastro de las llaves perdidas.
“Manu…” Murmuró nervioso, incapaz de mirarle a los ojos. “Yo… me olvidé de traer las llaves.” Confesó, sabiendo bien lo que venía.
“¡Oh!” Murmuró Manuel, esforzándose en sonreír a la par que un tic nervioso aparecía en uno de sus ojos. “Ok. ¿Hamburguesas, entonces?” Preguntó dirigiéndose a su hijo.
Carlitos asintió, algo cohibido.
Y aunque Manuel no dijo nada, la mirada que le lanzó a Martín al devolverse para dejarle la bolsa del kit de costura fue suficiente para darle a entender que estaba en problemas. Sinceramente, si las miradas mataran Manuel ya debería de considerarse viudo.
Angustiado, Martín los vio marchar sin saber qué harían ahora con Goldie ni cómo lograrían entrar a su casa para buscar la túnica de Carlitos para la misa de esa tarde. ¿Cuántas meteduras de pata podía cometer en un solo día?, ¡y más encima en uno tan importante como ese! No quería ni imaginarse que estaría pensando Manuel de él, y con razón luego de todo lo que se había esforzado en coordinar su trabajo de editor y los horarios de las clases de Carlitos con las preparaciones. Menos aún deseaba pensar en lo que sucedería esa noche si un milagro de Navidad no llegaba a salvarles de sus problemas. Todo parecía indicar que ese día no sería tan exitoso como había pensado y la sensación de culpa no dejaba de atormentarlo.
Con un suspiro de desesperación Martín se resignó a esperar en la línea a que su familia volviera, mientras revisaba con cuidado el contenido de la bolsa de Manuel con la esperanza de encontrar al menos un dulce con el que entretener el diente.
15:25 pm
“… ¡Y como si eso no fuera suficiente para arruinar el día, al imbécil tenían que quedársele las llaves en la casa!” Exclamó Manuel dando zancadas furiosas mientras iba y venía en frente de Francisco. “¡¿Cómo mierda vamos a entrar ahora?! Nuestro perro va a morir de hambre, Carlitos ni va a tener su túnica para la tarde y el pavo, ¡el estúpido pavo! ¿Qué se supone que les daré de comer a la noche?”
“Bueno,” se aventuró Francisco, “no es tan terrible.”
“¿No es tan terrible?” Repitió Manuel con un tono indignado, dirigiendo sus pasos hacia él. “¡¿No es tan terrible?!” Insistió mientras aferraba los hombros de su amigo y lo miraba con ojos desesperados. “¡Pancho, esto es un desastre!”
“Manuel, no…” Intentó consolarlo Francisco, pero fue interrumpido.
“No solo tu novio va a sacarme en cara este fracaso para toda la vida, ni simplemente se arruinó la cena a la que invité a todos mis conocidos, sino que la primera Navidad con mi hijo, su primera Navidad con una familia, resultó siendo un desastre.” Exclamó Manuel, esforzándose por no arrancarse todos los cabellos de la cabeza.
“Hey,” le llamó Francisco colocándole una mano en el hombro cuando vio que su momento de histeria ya había acabado. “Sé que ahora parece que es el fin del mundo, pero no lo es. Así como no lo fue cuando te entregaron la revisión de tu borrador de tesis…”
“Estaba todo rayado, era para alterarse.” Se defendió Manuel.
“Ni cuando esperabas los resultados de tu examen de grado.”
“¡Todo el mundo se estresa con esas cosas!”
“Ni en tu boda.”
“¡¡El otro novio llevaba media hora de retraso!!” Exclamó Manuel, completamente ofendido. “No puedo creer que me estés sacando estas cosas en cara en este preciso momento.” Añadió, dándole la espalda con los brazos cruzados.
Francisco sonrió, pasándole el brazo por los hombros. “Lo que quiero decir es que, aunque ha habido tiempos malos antes siempre has conseguido seguir adelante a pesar de todo, y no hay por qué pensar que ahora va a ser diferente.” Se explicó a sí mismo, Manuel no respondió. “Además toda tu familia y amigos te estamos apoyando.” Añadió, inclinándose para tratar de descifrar la expresión de su amigo. Los ojos de Manuel observaban el piso con desánimo, perdidos en sus propios pensamientos. “Manuel, a nadie le va a importar si la cena es perfecta o no, y los cerrajeros existen, no todo está perdido. Estoy seguro de que Carlitos la va a pasar estupendo, aunque no sea la Navidad de revista con la que soñabas.” Insistió Francisco, con preocupación.
Manuel volvió a dirigirle la vista, con una sonrisa cansada. “Lo sé Pancho, es solo que me hubiese gustado que este día fuese diferente.” Explicó lanzando un suspiro. “Pero gracias, por intentar rescatar a Goldie, y por ayudarme escondiendo los regalos en tu auto… y por todo, la verdad.” Añadió, sonriendo con más sinceridad esta vez, y Francisco le acompañó en el gesto.
“Cuando quieras, pana.”
Manuel volvió a suspirar. “De todos modos, igual desearía haber encontrado uno de esos robots que tanto quería…” Comentó Manuel con tono desilusionado.
Y aunque Francisco ya estaba planeando qué decirle en consuelo, no tuvo que esforzarse mucho, porque en ese mismo instante una voz femenina anunció desde los parlantes:
“Atención a todos nuestros clientes, oferta de último minuto. Almacenes Toulouse está liquidando los modelos restantes del Robot 5000-FighterX con un 30% de descuento. ¡Disfruten de una Navidad protegiendo al universo del malvado Emperador Zorj! No se lo pierdan, solo quedan los últimos modelos. ¡Muy felices fiestas!”
Manuel miró a Francisco con sobresalto. “¿Acabas de oír…?” Preguntó, no muy seguro de si su cabeza estaba jugando con él o no.
“Sí, ¡Sí!” Celebró Francisco con una sonrisa de oreja a oreja. Y a Manuel no le bastó más que eso para salir corriendo de vuelta al ascensor como si su vida dependiera de ello. “¡Corre Manu, corre!” Le dio ánimos, rezándole al cielo para que su amigo llegara a tiempo a la tienda.
Manuel salió disparado apenas el ascensor se detuvo, no importándole si estaba o no en el piso correcto. No tenía tiempo para perder, y entre pararse a ver como se gastaban preciosos instantes cada vez que subían y bajaban pasajeros, o correr como si el diablo le persiguiera mientras iba acortando camino hacia la entrada del piso de juguetes de la multitienda, prefería mil veces la segunda opción. Una breve mirada a su alrededor le hizo saber que no era él único que tenía por ambición la oferta limitada de Almacenes Toulouse, junto a él decenas de personas trataban de apresurarse lo más que podían hacia la tercera planta. Pero a Manuel no le importó, él tenía la ventaja de ser joven y relativamente atlético luego de años de perseguir a un perro hiperactivo en sus salidas al parque; y por si eso fuera poco estaba tan desesperado que era capaz de arrancarle un brazo a alguien con tal de darle a su hijo el robot soñado.
Así que Manuel se olvido de todo lo que no fuera el robot espacial salva-mundos, y corrió entre las multitudes de los pasillos esquivando y empujando a todo quien se le cruzó en el camino. Rápidamente llegó a la primera escalera eléctrica y comprobó que estaba en el primer piso, subió escurriéndose de un lado al otro para pasar por los espacios vacíos y apenas llegó arriba se apresuró en correr a la próxima escalera y repetir el proceso. Una pequeña muchedumbre pasó corriendo frente a sus ojos apenas puso un pie en la tercera planta, todos parecían ir al extremo derecho, donde se hallaba la entrada a Almacenes Toulouse; así que sin dudarlo Manuel apresuró el paso buscando adelantar a la mayor cantidad de personas posibles, y para su suerte sus piernas lo condujeron veloz hasta la entrada de la multitienda, donde un tumulto ansioso empezaba a acumularse en los primeros pasillos.
Sin pensarlo mucho, Manuel siguió corriendo directo al atochamiento y con premura saltó sobre el mostrador de la sección de electrodomésticos ante la mirada enojada de las vendedoras y uno de los guardias, evitando a la masa. Sin importarle nada, siguió corriendo sobre el mostrador hasta toparse con la causa del tumulto, una mujer maniobraba a duras penas con un coche para gemelos ante la mirada irritada de un par de padres. Manuel aprovechó de volver al piso apenas vio el pasillo libre y siguió corriendo en dirección a una de las esquinas del piso de compras. Dio vuelta en la sección de cocina tan rápido que sus pies se deslizaron por el piso perfectamente encerado, amenazando con botarlo, pero se sostuvo derecho como pudo y volvió a la carga viendo a lo lejos el caos causado en la lucha por conseguir uno de los productos de un estante. Ante él, los letreros que anunciaban el nombre del show del Robot 5000-FighterX y su imagen como dibujo animado le anunciaron que estaba en el lugar correcto. Solo debía conseguir uno.
Sin aliento, Manuel se abalanzó sobre la multitud y se hizo espacio a punta de codazos y empujones. Cuando finalmente pudo llegar al frente de los estantes se aferró con todas sus fuerzas del mueble para que nadie lo sacara del lugar, y miró desesperadamente de un lado a otro, listo para saltar dondequiera que se encontrase una caja de los Robot 5000-FighterX. Vacío. Ni un solo juguete quedaba en la estantería que atrapar en sus manos, y todos los padres que se reunían a su alrededor estaban igual de pasmados que él. La última oportunidad de darle el regalo perfecto a su hijo se había esfumado tan rápido como había llegado, y aunque el corazón de Manuel seguía saltando como loco luego del esfuerzo por llegar allí a tiempo, casi creía que iba a detenerse del puro espanto. Negando con la cabeza Manuel retrocedió, dejando pasar a las demás personas que llegaban igual de esperanzados que él, sin esperarse lo que vendría.
“No.” Murmuró Manuel para sí mismo, girando la cabeza erráticamente de un lado a otro mientras se alejaba de la sección abarrotada de gente. Aún había alguna posibilidad, aún podía encontrar un juguete en las manos de un comprador distraído, aún podía luchar con alguien para conseguir el último de los robots. No se acababa hasta que él lo decidiera.
A paso raudo y cuidadoso fue caminando pasillo abajo, observando a cada persona a su alrededor con tal de hallar la figura de acción que tanto deseaba ver. Allá al fondo, en la sección de pago, era difícil poder arrebatarle a alguien algún juguete sin terminar siendo expulsado de la tienda por algún guardia, especialmente luego de haberse subido sobre uno de los mostradores como un salvaje; así que se metió en uno de los pasillos secundarios con las manos temblándole de los nervios. Nadie parecía llevar consigo algún regalo, y por las miradas decaídas de varios supo que estaban en la misma situación que él, pero no podía detenerse, no hasta encontrar uno. Siguió caminando hasta volver a la sección de cocina, y mordiéndose los labios por el estrés barrió el lugar con la mirada.
De repente, atrás suyo el sonido de una caja de plástico chocando contra el piso pareció retumbar por sobre todo el ruido de la tienda, acallando los villancicos de los parlantes y las conversaciones a su alrededor. Manuel se dio la vuelta rápidamente y sus ojos se toparon con lo que tanto deseaba: 20 centímetros de plástico azul y el nombre del show favorito de Carlitos le sonrieron. Sin pensarlo, Manuel casi se lanzó al suelo y con un movimiento veloz aferró la caja con ahínco. Solo debía correr y llegar con ella a la sección de pago y estaría a salvo, solo un poco más y todo se habría acabado, por fin podría empezar a disfrutar de ese día e incluso hasta podría volver para tratar de salvar la cena de esa noche. Ese pequeño accidente era el milagro por el que tanto había rezado, su oportunidad de redimirse y…
“Muchas gracias, joven.” Le habló una mujer bajita y con el rostro muy arrugado. Vestía una falda y un delantal muy humildes y llevaba en la mano un pequeño monedero medio roto. Su mano, pequeña y arrugada como ella, se extendía hacia él, expectante. Era obvio que el juguete había estado en su posesión unos segundos antes. A Manuel se le heló la sangre, no podía entregárselo por más que le doliera en el alma, ese robot debía ser para Carlitos pasase lo que pasase.
“Ese regalo es para mí nietecita querida,” continuó hablando la mujer con una voz suavecita, mientras Manuel se levantaba lentamente con la cabeza dándole vueltas a mil por hora. ¿Cómo librarse de esa situación incómoda?, ¿podría quizás pagarle a la mujer para que le cediera el juguete?, ¿o era mejor no arriesgarse, salir corriendo y vivir con la culpa para toda la vida?
“Es nuestra primera Navidad solitas las dos, y en serio hubiese sido una pena no encontrar el juguetito que pidió luego… luego de todo.” Añadió con una sonrisilla triste y casi sin dientes, y Manuel sintió que se le estrujaba el corazón. Su boca repentinamente se sentía seca y no encontraba las palabras ni la valentía para decirle a esa señora que no pensaba devolvérselo, que no podía hacerlo, aunque quisiera. Quizás es una mentira, pensó, ella sabe que me lo pienso quedar y está tratando de convencerme de que se lo entregue. Pero la ropa gastada, la mirada sincera y el rostro cansado decían otra cosa; cada vez era más difícil hacerse el ciego.
“Pero bueno, gracias a Dios y a mi hija en el cielo logré encontrarle uno, ¡y en oferta!” Añadió complacida. “¿Y usted, está buscando un regalo?” Preguntó la mujer, tratando de comenzar una conversación.
Manuel asintió tratando de recordar qué era lo mejor, qué era lo correcto. “Para mi hijo.” Agregó, apretando un poco la caja con los dedos.
“¿Y cuántos años tiene?” Volvió a preguntar la mujer, muy interesada.
“Cinco.” Murmuró Manuel.
“¡Oh! ¡Como mi nieta!” Celebró la desconocida como si fuese la mejor noticia del mundo. “Quizás hasta podrían ser amiguitos.” Sugirió con una risita contagiosa, y Manuel le sonrió de vuelta. “Bueno, me tengo que ir a pagar ahora, que ya la deje mucho tiempo solita con la vecina, no tengo con quién más dejarla ahora que mi niña no está con nosotros. Muchas gracias, y muy feliz Navidad para usted y su familia.” Se despidió la mujer, estirando la mano.
Manuel se quedó estático unos instantes, pero al final le devolvió el preciado juguete a la ancianita. Se sentía demasiado avergonzado de haber planeado arruinarle la Navidad a otro para arreglar la suya; y aunque una voz dentro de sí le suplicaba que se detuviera y pensara en lo mejor para su propia familia, no podía concebirse a sí mismo robándole a una niña pequeña y a una mujer tan amable. “Muy feliz Navidad para las dos, igualmente.” Le respondió Manuel con una sonrisa sincera, viéndola marchar entre agradecimientos y bendiciones para “tan buen caballero”.
Con un suspiró volvió a mirar sus manos vacías, plenamente consciente que ya no había más juguetes en ninguna parte, ni más opciones, ni más planes que intentar. No habría sonrisa ilusionada esa noche, ni vería a su hijo correr de un lado para el otro de la casa jugando con su robot favorito.
Pero al menos aún tenía a Carlitos y a Martín con él. Y mientras así fuera ninguna Navidad, por más imperfecta que sea, podía estar completamente arruinada.
Con una sonrisa resignada dio media vuelta en silencio, en dirección a la Villa de Santa.
15:44 pm
Cuando Manuel logró encontrar a Martín y Carlitos, ambos estaban tan cerca de Santa que su hijo apenas podía mantenerse tranquilo, saltando de la emoción mientras observaba con admiración al hombre de barba blanca en frente suyo. Tan entusiasmado estaba que ni notó que su Papi había llegado por fin, pero Martín si lo vio llegar y con su sola mirada le preguntó lo obvio, el anuncio de Almacenes Toulouse se había escuchado en todo el Centro Comercial después de todo. Manuel observó avergonzado la expresión preocupada de Martín, antes de desviar los ojos hacia el piso con un sonrojo y negar con la cabeza.
Martín se sintió tan apenado por la reacción de Manuel que sin dudarlo lo acercó hacia sí, rodeando su cintura con su brazo y dándole un beso en la frente. “No pasa nada, flaco. Ya veremos que hacemos.” Le susurró con ternura, y Manuel hizo un esfuerzo por sonreírle de vuelta antes de robarle un beso de los labios.
“¡Papi, papi! Le llamó Carlitos, por fin notando su presencia. “Ya casi nos toca.”
“Así es. Y dime, ¿has pensado que vas a decirle?”
Carlitos lo miró con pánico, y junto a Martín no pudieron evitar reírse un poco.
“Anda campeón, no es tan duro.” Le animó Martín, revolviéndole sus cabellos rubios. “Solo cuéntale algo interesante o pídele un deseo extra especial para esta noche.” Le sugirió, y Carlitos asintió, frunciendo el ceño mientras se esforzaba en encontrar algo que decirle a Santa Claus cuando lo conociera. Tan concentrado estaba que ni cuenta se dio de que los dos niños delante suyo habían concluido su consulta con el gran hombre de rojo, y cuando la muchacha disfrazado de elfo se acercó para conducirlo al sillón oficial a Carlitos le dio un ataque de timidez, y con la mirada llorosa negó con la cabeza.
“¿Qué pasa, Carlitos?” Le preguntó Manuel, agachándose a su lado, “¿estás asustado?” Su hijo asintió mientras jugueteaba con sus manos. “No tienes por qué,” le aseguró con una sonrisa y voz suave, “El Viejito es muy bueno, y solo van a conversar un rato.” Le trató de convencer, y al no ver respuesta añadió. “Si te hace sentir mejor, podemos ir contigo.” Inmediatamente Carlitos empezó a asentir energéticamente, y tomándose de las manos de sus dos padres avanzó nervioso hacia Santa Claus.
Apenas llegó a su lado Santa le sonrió con ternura, ofreciéndole un apretón de manos e invitándole a sentarse junto a él en su enorme sofá. Carlitos aceptó compartir el asiento en silencio, y se quedó allí sumamente cohibido, lanzando miradas de reojo y respondiendo con la cabeza a las preguntas del Viejito Pascuero. Manuel ya estaba convenciéndose de ir a ayudar al pobre hombre a robarle una pequeña sonrisa para la foto cuando para su sorpresa y casi que por arte de magia, Carlitos volvió a recuperar su confianza, y a conversar como si su ataque de timidez nunca hubiese sucedido; incluso le hizo una seña a Martín y Manuel para que se alejaran un poco porque (como explicó después) tenía algo especial que pedirle al Viejito.
“Bueno, la fila fue un suplicio, pero hay que admitir que le pusieron empeño al disfraz.” Le susurró Martín en la oreja, mientras se alejaban. Y Manuel le dio la razón con un ligero gesto con la cabeza.
Para ser sinceros, todo en la personificación de Santa estaba perfecto. Su traje aterciopelado de un rojo oscuro estaba conformado por un abrigo largo y bien sujeto con enormes botones dorados, que llegaba hasta el piso y terminaba con bordes de esponjosa piel blanca; y un par de pantalones del mismo color que apenas se asomaban debajo. Sus pies estaban cubiertos por botas de cuero gruesas que parecían estar cubiertas de nieve y escarcha, sus manos tenían guantes blancos suaves, y su cabeza un hermoso gorro navideño que caía elegantemente hacia un costado y acababa en un gran pompón blanco. Era todo tan realista que Manuel se estaba preguntando seriamente cómo era posible que el hombre bajo el traje no se estuviera asando vivo con tanto abrigo porque, con aire acondicionado y todo, seguía siendo verano.
Y como si el disfraz fuese poco para impresionar a todo quien pusiera sus ojos en él, casi parecía que se habían conseguido al mismísimo Viejito Pascuero para vestirlo con semejantes galas. De cachetes rosados, ojos brillantes y sonrisa dulce, el hombre tenía una larga y blanca barba que caía sobre su abrigo en bien peinados risos, un cuerpo grueso y grande, y unos pequeños lentes de marco dorados que colgaban de su nariz haciéndolo lucir tal como todas las imágenes de Santa Claus profesaban. Y además había algo en él, quizás en su mirada cariñosa, o su actitud atenta, en su sonrisa sincera o en su suave voz de abuelito; que te hacía querer correr a abrazarlo con tan solo verlo. Sí, sin duda ese hombre lucía como el auténtico Santa, y Manuel estaba agradecido de lo que sea que le hubiese dicho a su hijo durante su pequeña charla, porque ahora la sonrisa de oreja a oreja de Carlitos quedaría inmortalizada para siempre en algún rinconcillo de su sala de estar.
Apenas terminada la foto, Manuel se acercó para ayudar a bajar a Carlitos del sillón, viéndolo correr con entusiasmo de vuelta a los brazos de Martín con la sonrisa aún pegada en su rostro. Y estaba a punto de seguir sus pasos cuando una mano se posó sobre la suya, dándole un suave apretón para llamar su atención. Al darse la vuelta Manuel se encontró de frente con el rostro de Santa, que le sonreía con dulzura sin quitar sus ojos de él. Un poco confuso, quiso preguntarle si deseaba contarle algo de lo que había conversado con Carlitos, pero el anciano habló primero.
“No estés triste, hijo mío. Cosas buenas están destinadas para personas buenas como tú.” Anunció con un tono noble, e inclinándose hacia él con una expresión indescifrable agregó en un susurro. “Solo debes tener fe, y el espíritu de la Navidad solucionará todos tus problemas.”
Manuel se preguntó si acaso tenía una expresión tan penosa como para que un extraño disfrazado de Santa Claus se sintiera impulsado a darle frases motivacionales, pero no dijo nada al respecto y en cambio decidió sonreír y agradecerle al hombre sus gentiles palabras antes de volver con su familia.
“Ho, ho, ho. ¡Feliz Navidad!” Se despidió Santa Claus, viéndolo partir.
“Feliz Navidad.” Le respondió Manuel, bajando rápido los escalones para llegar a la salida de la Villa de Santa.
“¿Qué te dijo el Viejito, papi?” Preguntó Carlitos apenas llegó a su lado, muy emocionado. Y Martín lo miró preguntándole lo mismo con los ojos.
“Me dijo que nos deseaba una muy feliz Navidad a todos,” contestó Manuel. “¡Y en especial a este niño tan lindo!” Añadió cubriendo el rostro de Carlitos con besos, sacándole pequeñas risitas.
Cuando finalmente pudo recuperar el aliento Carlitos volvió a preguntar. “¿Y ahora que hacemos, papi?”
Manuel miró a Martín y Martín a él, tratando de hallar una respuesta. Sacando su celular se dio cuenta que en lo que tardarían en llegar a su hogar las dichosas cuatro horas a fuego medio no alcanzarían a ser ni dos, y eso sin considerar que aún no tenían idea de cómo volver a entrar para siquiera mirar con lástima al pavo crudo; así que volver a casa ya no era una prioridad. Unas milanesas y algo de arroz bastarán para estos dos, se consoló Manuel, olvidándose definitivamente de su cena de Navidad de película. Y si hablaban de la misa para la que no tenían ni túnica, aún faltaban varias horas para tener que hacer acto de presencia, y la iglesia no estaba tan lejos en auto si tomaban la carretera. Tal parecía que tenían toda la tarde libre.
“¿Qué te gustaría hacer, Carlitos?” Preguntó finalmente Manuel, y al ver los saltitos de emoción de su hijo supo que al menos pasarían una tarde entretenida juntos.
17:30 pm
Y así había sido. Una tarde llena de risas y alegrías juntos. Carlitos había decidido que quería dar un par de vueltas junto a sus padres antes de irse, por lo que habían estado un buen rato observando las decoraciones de las vitrinas y visitando las otras exposiciones menores que el Centro Comercial había preparado ese día. Disfrutaron participando en los concursos de una feria para niños, vieron una obra de títeres y a petición de Manuel evitaron acercarse mucho al puesto de manualidades. Con orgullo pudieron oír a Carlitos practicar algunos de los villancicos para esa tarde en un puesto que ofrecía regalos a quienes se atrevieran a cantar en público, y cuando los presentes rompieron en aplauso Martín pudo cumplir su sueño de gritar “¡Ese es nuestro hijo!” mientras apuntaba a Manuel y a sí mismo, sin estar fuera de lugar. Cuando las entretenciones se acabaron en la primera planta, subieron a la última a pasar un rato de calidad en los juegos de Felizlandia por más de una hora.
Había sido una tarde muy feliz después de todas esas horas de estrés y esperas interminables. Y casi pareció que su mala suerte había acabado cuando llegó al celular de Manuel un mensaje de la coordinadora del coro de la iglesia avisándole que no había problema alguno, porque ella siempre guardaba un par de túnicas extra para esa clase de accidentes y no había de que preocuparse; un segundo mensaje de Pancho anunciando que había dado de comer y beber a Goldie desde la reja, y le había dejado suficiente agua para varias horas más; y otro agendando una visita exprés con un cerrajero a las ocho de la noche para poder entrar a su casa. Así que muy felices los tres se habían subido al auto alrededor de las seis de la tarde, listos para un viaje de unos veinte minutos hacia la Iglesia de la Santa Misericordia para oír lo que habían determinado que sería “el show del año”.
Pero lamentablemente el universo decidió que no se había desquitado lo suficiente con ellos ese día, y apenas ingresaron a la carretera se encontraron con un atochamiento interminable que no parecía avanzar más que unos dos metros cada diez minutos; y sin salidas cercas ni ninguna desviación posible tal parecía que estaban condenados a quedarse detenidos allí, en pleno sol, observando cómo la hora transcurría rápidamente sin que ellos estuvieran mucho más cerca de su destino que antes.
Manuel se aguantó un suspiro tratando de mantener la calma. Con todo lo que había salido mal ese día no había siquiera contemplado la posibilidad de que no fuesen capaces de llegar a tiempo a su cita con el coro pastoral al que había inscrito a Carlitos. No es como que fuese una necesidad tan grande asistir a la Misa del Gallo, pero venía notando hace tiempo que la señora Nevada era una mujer bastante religiosa (o así lo creía por la pulsera con rostros de santos que solía llevar en su muñeca derecha), y la idea de demostrarle que eran capaces de integrar a su hijo a la vida católica de su comunidad como cualquier otro par de padres había dado vueltas por su cabeza el tiempo suficiente como para convencerse a sí mismo, y luego de una larga charla a Martín, de que era la mejor carta que podían jugar para asegurarse que las visitas de la trabajadora social se acabasen ese mes.
Lamentablemente para ellos, el pastor que se encargaba de la iglesia más cercana a su casa ya había sido solicitado para concederle el privilegio de cantar en la misa a la hija de otra familia, y como el lugar era muy pequeño no tenían mucho más espacio que un podio para dejar cantar a la niña sola; así que Manuel tuvo que incluir en su agenda navideña la misión de hallar otro lugar donde Carlitos pudiese participar. Al principio había sido complejo, parecía que todos los padres de los alrededores habían hecho compromisos muy tempranos para hacerse con un lugar en los coros de Navidad, y Manuel que no tenía ningún contacto ni otra recomendación para Carlitos que la suya propia, había tenido que oír muchos rechazos antes de que alguien finalmente le diese en el gusto.
La Iglesia de la Santa Misericordia era muy grande y bonita, tenía asientos de madera barnizada, varios altares llenos de encomiendas para santos, ventanas con vitrales de hermosos colores e incluso un par de pilares de mármol. Su techo alto y luminoso estaba cubierto con pinturas antiguas de escenas bíblicas y, lo que era más importante, a cada esquina del altar principal en el que se realizaba la misa había espacio más que suficiente para dejar cantar a varios niños. Llegó allí por recomendación del párroco de la última iglesia que había visitado, y se había quedado luego de comprobar lo agradable que era el ambiente en el lugar. Para más remate había descubierto no solo que Carlitos tenía una voz bellísima, sino que también le encantaba cantar ante el público, y tras la promesa (que tuvo que repetir unas cinco veces luego de su primera visita juntos) de que volverían a la siguiente práctica, estuvo convencido de que había hallado el lugar perfecto.
Y por supuesto que lo era, el director del coro era un hombre amable que siempre tenía paciencia con los niños y sabía muy bien cómo sacar a relucir su potencial, las madres y padres que allí asistían eran amigables, y los niños cantaban tan bien juntos que Manuel no podía parar de pensar que dejarían en vergüenza hasta a Los Niños Cantores de Viena. Así que más que feliz se había sacrificado coordinando su complicada agenda de trabajo y preparaciones con los ensayos de todos los domingos y miércoles; y rápidamente las primeras semanas de diciembre se habían pasado sin ningún mayor contratiempo que estar obligado a sentarse por alrededor de dos horas a escuchar los villancicos que las jóvenes voces aún debían perfeccionar para el gran día.
El día de la función a la que parecía que nunca llegarían.
Martín volvió a tocar la bocina, desesperado por seguir avanzando, y Manuel finalmente suspiró resignado, viendo la hora en su celular. La pantalla rezaba “19:24 pm”, mucho más tarde que los veinte minutos antes que debían llegar para probarse las túnicas y posicionarse, y demasiado tarde para siquiera soñar que llegarían a salir de la carretera antes de que comenzara el primer canto. No había cómo engañarse. Así que mientras Martín contestaba por fin la tercera llamada de sus primos en los últimos dos minutos, explicándoles donde estaban, Manuel miró por el retrovisor para ver cómo iba Carlitos; y luego, tomando un poco de aire para darse fuerzas anunció con voz suave:
“Parece que no llegaremos a tiempo.”
Su hijo despegó la vista de la ventana y asintió comprensivamente, sin decir una palabra. Y Manuel humedeciéndose un poco los labios preguntó nervioso: “¿Estás triste?”
Carlitos negó con la cabeza, desviando la mirada y Manuel cerró los ojos apesadumbrado de estar en esa posición. Ya iban dos cosas que su hijo anhelaba enormemente y que no había sido capaz de entregarle, y el solo hecho de pensar en cuántas veces le había fallado durante ese día le hacía picar los ojos de la pena. Ni siquiera tenía fuerzas suficientes para observar por mucho tiempo ese puchero apenado que se estaba formando en sus labios en la parte de atrás del auto, ¿qué haría esa noche cuando viese su reacción al no encontrar ningún robot entre sus presentes?, ¿siquiera tendría corazón para observarlo abriendo sus regalos?
Manuel volvió a suspirar con cansancio, y tras asegurarse de que había logrado controlar el ardor de sus ojos tomó la mano de Martín que seguía despotricando contra el tráfico de la ciudad por teléfono, y le pidió que le dijera a los demás que no era necesario quedarse a ver, que se iban a casa. Y aunque Martín quiso decirle que aún podían lograrlo, que quizás si seguía gritando por la ventana y apretando la bocina tan fuerte como podían los autos se moverían y podrían llegar a alguna de las canciones finales; Manuel fue más rápido, y soltando su cinturón se movió a la parte de atrás del auto para encargarse de consolar a Carlitos con promesas de cientos más de espectáculos a futuro. Después de todo, él era el adulto allí y debía mostrarse maduro ante su hijo.
Y lo importante era que aún podían pasar la velada junto a su familia y amigos en su casa bellamente decorada por los tres, y que aún se tenían los unos a los otros; y aunque la Navidad no hubiese sido perfecta, si lo ponían un poco de empeño aún podían sacar lo mejor de ella.
Luego de otros veinte minutos más atrapados en la carretera, Martín, Carlitos y Manuel pudieron finalmente dirigirse a casa para pasar sus penas.
20:22 pm
Como era de esperarse en ese día fatídico, no llegaron a tiempo para atender al cerrajero que habían solicitado por teléfono, y como era ya la noche de Víspera de Navidad no había caso en intentar llamarle de nuevo o tratar de hallar otro a esa hora; así que Martín tuvo que escalar la reja de la entrada para luego buscar como ingresar a la casa a recuperar las llaves para dejarles entrar a ellos, y a los amigos y familiares que venían en camino luego de haber desertado la misa a la que con tanto entusiasmo les habían invitado. Afuera Carlitos y Manuel disfrutaron un rato de la brisa que por fin empezaba a refrescar ese día, preguntándose qué había pasado para que Goldie no saliera a hacer escándalo al verlos luego de casi todo un día por su cuenta.
Para su mayor sorpresa Martín regresó mucho antes de lo que había calculado, y Manuel no alcanzó ni a preguntarle por dónde se habría escurrido para entrar, porque la expresión de Martín decía por sí sola que algo no iba nada bien. Dejándole a Carlitos en los brazos, Manuel apresuró el paso cada vez más preocupado sobre el paradero de Goldie y su extraño silencio. ¿No era posible que algo le hubiese pasado, verdad? Después de todo el Pancho le había dicho que estaba bien. ¿Y que cosa tan terrible podía pasarle a un perro hiperactivo y demasiado curioso dejado sin supervisión por otras cinco horas? Manuel no tuvo ni que contestarse a sí mismo, y corriendo hacia la entrada abrió la puerta de golpe encontrándose con la peor pesadilla que pudo haberse imaginado.
Caído en el piso, roto e inerte, el árbol de Navidad lo recibió casi sin ninguna decoración intacta y con la estrella de la punta entre babeada y mordisqueada. A su lado los restos medio rotos de las calcetas con sus nombres adornaban el piso, los adornos de las paredes estaban desperdigados por todas partes y las manualidades hechas trizas. Todo, absolutamente todo lo que esa mañana había sido bello y colorido ahora estaba desmantelado y abandonado entre trozos de pavo a medio comer. Y para coronar todo, en medio del desastre y cubriendo su cara con vergüenza estaba Goldie, el obvio culpable de semejante desastre. Cómo había entrado Goldie era el verdadero misterio. Aún algo mareado con la vista de la decoración de su sala de estar completamente destrozada, Manuel paseó los ojos tratando de hallar una respuesta, y la puerta francesa junto al sofá no se esforzó en ocultar su complicidad. Por supuesto, la había dejado abierta para que no hiciera tanto calor cuando encendiera el horno, y en la premura de marcharse rápido ni siquiera se había acordado de volver a cerrarla.
Atrás suyo la voz de Martín llamó su nombre con preocupación, pero Manuel ya no se sentía con fuerzas para nada que no fuese encerrarse a sufrir un rato sin que nadie le molestase. Así que en silencio y sin mirar atrás se encaminó a su habitación esquivando vidrios rotos y decoraciones caídas, cuidándose de cerrar tras de él.
Martín abrió suavemente la puerta del cuarto, cuidándose de no hacer ruido. Había pasado los últimos cinco minutos mirando hacia su habitación y luego al desastre que Goldie había causado, sin saber muy bien qué hacer. Y aunque al principio se había convencido de que lo mejor era darle espacio a Manuel para que se desahogara, el horrible silencio al que estaba sometido el cuarto ya empezaba a preocuparle. Así que tras dejar a Carlitos con la firme instrucción de vigilar a Goldie y no tocar nada que tuviese filo, Martín se armó de valor para enfrentarse a su seguramente iracundo esposo. Pero para su sorpresa, el cuarto estaba tal como lo habían dejado en la mañana, igual de ordenado y limpio, y tampoco había nadie esperándolo tras la puerta con el ceño fruncido. No, lo que le esperaba a Martín era mucho peor que todas las cosas que se había imaginado que podía encontrarse allí dentro, y le heló la sangre apenas escucharlo.
El primer hipido fue tan suave y corto que Martín incluso dudó de haberlo escuchado, y colocando el primer pie en el cuarto se aventuró adentro, no muy seguro aún de qué era lo que pasaba. El segundo hipido fue más largo y dolido, y vino acompañado de un jadeo ahogado que hacía imposible volver a ignorarlo. Alzando la vista hacia el otro extremo de la cama Martín se encontró la espalda de Manuel que subía y bajaba sacudida por pequeños espasmos. Lentamente y aún en silencio, caminó hacia su lado para comprobar que no se estaba engañando a sí mismo, y casi se le rompió el corazón al ver la escena.
Manuel lloraba como no lo había visto nunca antes. Su cara estaba roja y de sus ojos cerrados resbalaban mares de lágrima sobre sus mejillas, su mano derecha cubría su boca buscando acallar los sollozos que lo sacudían entero y su otra mano estaba abrazándose a sí mismo a la altura del estómago. Se veía tan frágil e infeliz que a Martín casi le dieron ganas de sentarse allí a llorar a su lado de la pura pena; pero el sentimiento de culpa al saber que él era la causa de todo ese llanto y las ganas de abrazarlo y llenarlo de besos hasta que se le escapara una sonrisa eran mucho más fuertes. Así que reuniendo todas las fuerzas que encontró en ese momento, se hincó frente a su esposo y con suavidad tocó su brazo, logrando que un par de ojos enrojecidos lo miraran con sorpresa antes de ocultarse tras la mano derecha.
“Manu.” Le llamó Martín en un susurro, como temiendo arruinar las cosas aún más si hablaba más fuerte; y volvió a acercarse para intentar que lo mirase a los ojos, pero Manuel solo apartó el rostro desviando la mirada hacia la pared y siguió llorando incluso con más fuerzas.
“Manu, perdonáme.” Suplicó Martín con tono angustiado. “Sé que la he cagado todo el día, pero te juro que no ha sido a propósito.” Trago saliva sin saber que más decir. Frente a él Manuel se mordía los labios para impedir que los hipidos se le escapasen y temblaba suavemente, como una hoja indefensa frente al viento. “Sé que te esforzaste mucho en organizar esta fiesta, y en serio lamento habértelo arruinado… pero por favor, Manu, perdonáme. No puedo verte así. Por favor, flaco.”
Manuel negó con la cabeza, mientras intentaba desesperadamente secarse las lágrimas con la manga y regular su respiración. “¿Perdonar qué?” Dijo finalmente, con la voz algo rasposa.
Martín se lo quedó mirando sin entender. “Bueno, todo. Lo de los regalos, la pelea en la fila, lo…”
“Todo eso es culpa mía.” Lo interrumpió Manuel, y antes de que Martín lograra abrir la boca añadió entre respiraciones ahogadas. “Si-no-te-hu-biera-da-do-la-bolsa-in-co-rrec-ta…”
“¿Qué? No, no. Yo debí haber revisado, debí haber mirado que traía conmigo.” Trató de echarse la culpa Martín, pero Manuel volvió a negar con la cabeza y tomando aire se esforzó en seguir hablando.
“… habría co-cinado el pavo y ten-dríamos el ro-bot y las decoracio-nes y la mi-sa y…” No pudo continuar, la vergüenza de admitir que todo ese desastre, al fin y al cabo, había sido por culpa de su propio error era demasiado dolorosa, y aún no conseguía parar de llorar lo suficiente como para que le salieran frases coherentes. Apenado, Manuel se abrazó a sí mismo deseando que Martín lo dejase solo un rato más, si era posible.
Pero Martín hizo todo lo contrario, y acercándose por detrás lo envolvió en sus brazos, apoyando la nariz en la base de su cuello. A Manuel le dieron ganas de llorar al sentirlo tan cerca de sí, y le dio aún más rabia contra sí mismo.
“No…” Gimió con voz ronca. “Deberías enojarte conmigo, deberías gritarme.”
“No puedo estar enojado contigo por un simple error, Manu.” Le susurró con suavidad, tratando de acercarlo hacia sí para arrullarlo en sus brazos, pero Manuel se levantó con brusquedad para enfrentarlo con el ceño fruncido.
“¡¡Un error que podría costarnos nuestro hijo, Martín!!” Gritó Manuel con rabia hacia sí mismo, y luego con voz rota añadió. “¿Qué hacemos si se lo quieren llevar?, ¿qué hacemos sin nuestro Carlitos?”
Martín se quedó quieto unos instantes, sin saber qué decir ni pensar. “¿De qué estás hablando?” Preguntó al fin, mirándolo confundido.
“Esa mujer no ha querido entregárnoslo de forma definitiva en todo este tiempo. ¿Qué crees, que le gusta venir a vernos las caras una vez al mes?” Manuel se llevó las manos en la cabeza con desesperación, como si estuviera explicando algo muy simple y agregó más para sí que para el rubio. “Es obvio que está buscando una excusa para quitárnoslo.”
“Claro que no, Manuel. No puede hacer eso.”
“Sí puede, ella tiene la última palabra respecto a la adopción después de todo. Si quiere puede aparecer mañana mismo y llevarse al niño para siempre.”
“Estás siendo paranoico, flaco.”
“Tú no la has visto todos los meses mirándote como si fueses un bicho raro, arrugar con desprecio la nariz al ver tus aperitivos, y luego anotar quien sabe qué cosa en su libreta como si fueses el peor padre que alguna vez haya conocido. ¡Y ahora le acabo de dar una excusa en bandeja para alejar a Carlitos de nosotros con este desastre de Navidad que organicé!”
Martín negó con la cabeza. “Ellos no van por la vida rompiendo hogares. Se supone que deben pensar en lo mejor para los niños, no en cómo arrebatárselos a los padres luego de que por fin se han establecido.” Intentó razonar, pero Manuel solo sonrió con ironía.
“También se supone que deberían buscarles una familia lo más rápido posible y con nosotros se demoraron un año. ¡Un año, Martín!” Exclamó desesperado, y luego de caminar de un lado para el otro mordiéndose el pulgar nervioso se dejó caer en la cama con pesadumbre. “No quiero que se lo lleven…” Susurró. “Es mi niño, nuestro hijo… yo…” La voz de Manuel era suave y su respiración mucho más relajada, pero el pecho le dolía tanto que no tenía fuerzas ni para levantar la cabeza, y sus ojos volvían a soltar lágrimas de pena.
Martín tuvo que secarse los bordes de los ojos y calmarse un poco antes de volver a sentarse a su lado, colocándole un brazo en los hombros como consuelo. Las palabras de Manuel lo habían dejado extrañamente intranquilo; y aunque seguía repitiendo en su cabeza que nada de lo que había dicho podía ser cierto, parte del miedo que derramaban los ojos de su esposo se había calado en sus huesos, apretándole el estómago. Esta vez Manuel no se hizo de rogar y fue acercándose hasta ocultar el rostro en el cuello del rubio, y rodear su espalda con sus manos, correspondiendo el abrazo. Se quedaron allí muy juntos un buen rato, solo interrumpidos por las suaves palabras de consuelo y promesas de que todo iría bien de Martín, y los dulces besos que este depositaba en los cabellos castaños de vez en cuando.
En esa posición estaban cuando la puerta volvió a abrirse silenciosamente, dejando entrar a un nuevo intruso.
“Papi.” Llamó la voz de Carlitos. Y Manuel se las arregló para borrar los últimos rastros de lágrimas y fingir una sonrisa antes de levantar la vista, aunque los ojos rojos lo delataban. “No estés triste.” Pidió mirándolo con pena, no era bonito ver a su papi llorar.
Manuel sonrió con ternura y abrió los brazos para recibirlo en su regazo. “No mi amor, ya no voy a llorar más.” Le prometió dándole un beso en la cabeza a la par que Martín los envolvía a ambos en un abrazo de oso.
“Papi, no tengas pena por las decoraciones, Goldie lo hizo sin querer.” Volvió a insistir Carlitos, aún preocupado. Y antes de que Manuel pudiese hablar añadió. “Vayamos a dar una vuelta para que el Viejito arregle todo con su magia.”
Martín y Manuel se miraron con una sonrisa, recordando su explicación de que “Santa solo puede hacer su magia cuando no hay nadie mirando” y que, por lo tanto, debían “salir a ver las decoraciones de las otras casas para dejarlo hacer lo suyo”. Qué lástima tener que decepcionar a su hijo volviendo a una casa aún en caos, pero si al menos eso lograba que dejara de mirarlos con cara de cordero degollado el paseo era más que bienvenido. Además, a Manuel le iría bien tomar un poco de aire para despejarse, y Martín estaba más que feliz de acompañarlos a ambos con tal de hacerlos felices. Así que rápidamente salieron de la casa, y tras esperar un par de minutos a que Martín volviese con la correa para llevarse a Goldie con ellos (no solo para asegurarse que nada más pasara en su ausencia, sino porque el perro no paraba de gimotear junto a los pies de Manuel suplicando perdón y ya les estaba empezando a dar pena), salieron sin rumbo definido calle abajo.
21:00 pm
Manuel, Martin y Carlitos habían estado dando vueltas por las cuadras que rodeaban su casa hasta aburrirse de ver fachadas bañadas de colores, de señalar las figuras de Santa sonriendo o colándose por las ventanas, de admirar los renos moviendo su cornamenta de derecha a izquierda y de escuchar las melodías de los árboles de navidad que danzaban entre juegos de luces adentro de los hogares. Cuando ya las casas se les habían hecho pocas Martín muy prestamente había puesto ir al parque a jugar un poco con Goldie para darle a Santa más tiempo, y aunque Manuel lo había mirado con una ceja alzada por seguir agrandando la mentira blanca, Martín solo le había susurrado que quería hacer que ese buen momento durara un poco más, a lo que el castaño no mostró objeciones; y felices disfrutaron de otros largos minutos tratando de hacer que su perro buscara la pelota en vez de batirse en retirada, y persiguiéndolo cada vez que notaban que las instrucciones no habían quedado claras.
Fue así como les dio las nueve de la noche, y bajo un cielo salpicado de pequeñas estrellas regresaron a su hogar entre risas. Mientras Martín se encargaba de abrir la reja de la casa (proceso que incluía tratar de controlar al Goldie que saltaba entusiasmado de un lado a otro luego de su paseo por el parque, y en medio de eso encargarse de llevar las llaves a la cerradura sin que se le cayeran de las manos, cosa que su esposo estaba logrando a duras penas) Manuel se quedó más atrás, no muy dispuesto a volver aún, y con cansancio alzó la vista encontrándose con la estrella de Belén que le sonrió con curiosidad. Allá arriba, grande y brillante, el astro resplandecía bendiciendo todo a su alrededor, etéreamente bello e inalcanzable.
“Solo debes tener fe, y el espíritu de la Navidad solucionará todos tus problemas.” Le recordó la voz del Santa Claus del Centro Comercial en su cabeza, y Manuel sintió un cosquilleo en las manos y el pecho, casi como si le estuviesen invitando a intentarlo. Lanzó una mirada discreta a los costados para asegurarse que nadie viese lo que estaba planeando hacer; pero su hijo y Martín aún estaban entretenidos con la puerta y no se veía a nadie en la calle. Estaba solo allí, bañado bajo la luz de la estrella, y aunque fuese una locura valía la pena intentarlo.
Rápidamente y sin pensarlo mucho, Manuel elevó la vista al cielo mirando al astro con intensidad antes de juntar las manos y ponerse a implorar. Por favor, suplicó cerrando los ojos y concentrándose para desear con todas sus fuerzas, por favor regálale una bonita Navidad a mi niño. No pido nada más. Déjalo ser feliz por esta noche y yo me encargo del resto, por favor. Y de todo corazón quiso creer que funcionaría, que había algo mágico rondando en el aire esa noche de alegrías, o alguien vigilándolo en algún lado dispuesto a escuchar sus súplicas, y sus deseos de una Navidad perfecta se harían realidad con solo desearlo lo suficiente porque así debía ser siempre, porque cosas buenas debían pasarle a la gente buena.
Pero el nerviosismo podía más con él en ese momento, y antes de que fuese demasiado tarde se adelantó para intentar hablar de Carlitos sobre nuevas teorías de la magia navideña y cómo era posible que Santa no tuviese tiempo para ayudarles a decorar esa noche. Sin embargo, su hijo era por lejos el más emocionado de los tres por haber regresado, deseoso de presenciar la magnitud de la magia de Santa. Así que haciendo oídos sordos a todo lo que su papi le estaba tratando de explicar, entró corriendo a la sala de estar sumamente emocionado apenas su Papá abrió la puerta de la casa.
“¡Papi, papi!” Le oyó gritar Manuel y mordiéndose los labios intercambió una mirada nerviosa con Martín antes de dirigirse a dónde la voz provenía, dispuesto a entregar su consuelo. Sin embargo, apenas Manuel cruzó el pasillo hasta la sala de estas su corazón se detuvo de la impresión.
Al frente suyo, las calcetas mordisqueadas por Goldie volvían a colgar de la pared, zurcidas con esmero en los lugares donde el perro las había roto, el árbol estaba de nuevo de pie y brillaba como nunca antes con las luces encendidas y las esferas de adorno reflejando todos sus colores alrededor, las coronas navideñas estaban de vuelta a su lugar, las decoraciones de la pared resplandecían de nuevo en sus puestos, las manualidades descansaban como nuevas sobre las mesillas y estantes, y por si fuera poco, al otro extremo se podía ver el mantel fino que habían comprado especialmente para la ocasión, tendido debajo de su set de loza fina y una cena de Navidad de revista. Carlitos sonreía, corriendo de un lado a otro para ver todo lo que el Viejito Pascuero había hecho por ellos, feliz de que su deseo privado de tener una linda Navidad junto a sus papis había sido concedido; pero Manuel no podía parar de observar el pavo perfectamente horneado con el que había fantaseado, y luego su árbol decorado en familia, y las luces, y todos los adornos una y otra vez, completamente incrédulo.
“¡Martín!” Gritó completamente escandalizado, y su esposo corrió rápido hacia él, cuidando de colocarse a su lado por si se desmayaba.
Y es que Manuel estaba pálido. Su mente trataba desesperadamente de hallar una explicación racional a lo que sus ojos veían, pero la lógica no estaba siendo su mayor aliada en ese momento. ¿Podía haber sido Martín? No, imposible. Su esposo había estado con ellos todo ese tiempo y no había forma alguna, a menos que pudiera desdoblarse o clonarse a sí mismo, para que hubiese podido arregla ese desastre. ¿Y si había entrado alguien a la casa a escondidas? Claro, se respondió Manuel a sí mismo, y en vez de robarnos nos dejaron un pavo y ordenaron la casa. Y aún así, ¿no era eso mucho más razonable que pensar que las cosas hubiesen aparecido solas?
La Estrella, pensó de repente Manuel casi sin aire, el espíritu de Navidad nos ha ayudado, agregó su mente después. Y aunque sonase ridículo, ¿no lo había sido también ese día lleno de fracasos y tropiezos? ¿qué tanta más diferencia hacía otorgarle el crédito por ese milagro de Navidad a alguna fuerza mágica, después de todo?
Manuel no tenía palabras para expresar sus sentimientos. Miraba todo una y otra vez con la boca abierta como un pez, y los ojos brillantes de la emoción. “Martín, Martín. Mira.” Susurró sin aliento, y a su lado su esposo tomó su mano con suavidad y le sonrió dulcemente.
“Sí, flaco. Lo veo.” Le aseguró, robándole un beso a la par que se aseguraba de sujetar bien la correa de Goldie con su mano libre para que no ocurriese ningún otro desastre. Pero a su lado el golden retriever parecía igual de feliz que ellos de ver que todo se había arreglado y su sala volvía a brillar con los colores de la navidad y la alegría de las fiestas.
Manuel abrió la boca para contarle que se había cumplido su deseo, pero la voz de Tiare lo interrumpió antes de que pudiese encontrar las palabras.
“¡Manu! ¡Martín!” Llamó su hermana desde afuera, anunciando que habían llegado los invitados.
“¡Llegó la collera! ¡Ahora puede empezar la fiesta!” Gritó también Miguel con una sonrisa de oreja a oreja. Y las exclamaciones de entusiasmo de toda su familia y amigos se unieron al llamado.
Martín lo llevó de la mano a recibir a los recién llegados y a Manuel no le bastó más que observar las miradas y sonrisas cómplices que se repartieron de un lado para otro para empezar a unir hilos. Por su puesto, ya le había parecido que Martín se había demorado demasiado tiempo buscando la correa de Goldie, que era extremadamente insistente con la idea de ir al parque, y estaba muy ansioso por ser él quién abriera la reja de la casa (ahora que lo pensaba, ¿siquiera había llevado algo en la mano, cuando fingió que se le caían las llaves al piso, curiosamente hacia el interior de la reja?). Ni hablar de un detalle primordial, los regalos que le había comprado esa tarde a Carlitos estaban descansando bajo el árbol, y solo una persona podía haber logrado que ello sucediese. Manuel les susurró las gracias a todos sus invitados y le robó un largo y dulce beso a Martín, a la par que su hijo iba de un lado a otro forzándoles a todos a entrar rápido para que viesen qué cosas había hecho Santa para ellos.
La cena de Navidad fue sumamente hermosa y estuvo llena de risas y anécdotas graciosas. La comida estaba incluso más apetitosa de lo que lucía y no había que ser un genio para saber que la había preparado Miguel, Manuel tuvo que apartarlo del resto de la gente luego de retirar los platos y darle las gracias personalmente, junto a un abrazo tan sorpresivo y largo que terminó siendo algo incómodo. Pero Miguel no dijo nada y con una sonrisa aceptó las palabras del chileno, acordando en que “el gurú culinario” era el mejor de todos. Pancho, que se había encargado de dejar todas las sorpresas bajo el árbol, también aceptó un apretado abrazo; y poco a poco, a medida que Manuel fue sonsacando información, más abrazos fueron repartidos a su madre y hermana por remendar todo lo roto, a Daniel por arreglar el árbol, a Sebastián por poner la mesa, a Luciano por volver a colgar los adornos de la pared, e incluso a Julio por haber limpiado todo.
Luego de comer, todos se sentaron a escuchar a Carlitos cantar los villancicos que se había aprendido como regalo para sus padres entre aplausos de admiración, y casi pareció que perderse la misa no había sido tan terrible. Manuel y Martín entre tanto ir y venir para atender a sus invitados terminaron besándose unas siete veces bajo el muérdago, Goldie iba de regazo en regazo, feliz de ver a todos los humanos que conocía y recibir muchas caricias, e incluso hubo tiempo para correr los muebles y ponerse a bailar un rato. Entre todos se las ingeniaron para mantener a Carlitos despierto hasta que finalmente dieron las doce, y entre comentarios de alegría y agradecimiento todos comenzaron a abrir sus regalos.
Lo más maravilloso de la noche fue ver la sonrisa de felicidad de Carlitos cuando, entre uno de los regalos y para la sorpresa de ambos padres, encontró un Robot 5000-FighterX. Apenas pudo contenerse lo suficiente para abrir los otros regalos que le faltaban antes de saltar a abrir la caja y correr por todos lados junto su nueva oveja de peluche (que Martín se había ocupado de terminar mientras esperaba solo en la fila, y que de algún modo se había vuelto uno de sus juguetes favoritos esa noche), destruyendo con el láser de su robot todo lo que parecía que potencialmente podía dañar a la galaxia. Martín y Manuel ya no sabían a quién agradecerle por ese detalle, pero juraban que lo averiguarían; y acurrucados juntos en una esquina de su sillón se dedicaron a observar con alegría como su imperfecta Navidad se había vuelto en el evento del año después de todo, gracias al amor de sus seres queridos.
La Noche Buena avanzó lenta y dichosa, aliviando todas las penas de una Víspera llena de problemas.
28 de diciembre
“¿Y al final solo fueron ideas tuyas?” Le preguntó Francisco desde el otro lado de la línea, divertido. Y Manuel no pudo ni quejarse de que de nuevo le estuviese sacando las cosas en cara, estaba demasiado feliz como para poder enojarse con alguien ese día, tan feliz que hasta le dolían las comisuras de los labios de tanto sonreír.
“Todo salió bien.” Aceptó a medias, haciendo reír a Francisco.
“Me alegro mucho por ustedes, de verdad se lo merecen.” Añadió su amigo, auténticamente feliz por él, y Manuel no pudo evitar sonreír incluso con más fuerzas.
Los recuerdos aún eran muy recientes y hacían que su pecho hormigueara de la pura emoción.
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Habían llevado a Carlitos a la reunión con la trabajadora social con una mezcla de nerviosismo y felicidad que era difícil de describir. Sin duda las horas ocupadas en la fila para ver a Santa no eran el panorama más prometedor para una Navidad, ni tampoco era muy favorecedor que se enterara de la pelea en la fila, o de que Manuel había estado llorando; pero el final esperanzador con el que habían cerrado la Noche Buena y los días de diversión jugando con los nuevos regalos de Carlitos contaban una historia distinta, y era bastante incierto en cual parte del día decidiría la mujer centrar su atención.
Cuando Carlitos había salido finalmente de su oficina con una sonrisa de oreja a oreja y el anuncio de que la señora Nevada deseaba hablar con ellos mientras él dibujaba algo en la zona de juegos de la sala de espera, a Manuel se le puso la cara blanca y a Martín empezó a recorrerle un sudor frío por la espalda. Así, medio temblorosos y tomados de las manos, se habían sentado frente a la trabajadora social, esperando lo que tuviera que decir. Su oficina, impecable, sin ninguna decoración, y organizada con ojo meticuloso, parecía el lugar perfecto para una sentencia de muerte; o incluso peor, para darles la noticia de que su hijo dejaría de ser suyo.
Pero la señora Nevada había sonreído al verlos llegar, tomando una carpeta a su lado, y luego de sacar un par de papeles firmados y timbrados, y extendérselos a ambos había anunciado. “Tengo el agrado de contarles que el proceso de adopción ha finalizado oficialmente. Su año de seguimiento se acaba hoy, ya no deben seguir viniendo. ¡Muchas felicidades!”
Ambos se quedaron estáticos un momento, sin poder procesar las palabras de la trabajadora social. Nunca habían oído palabras tan amables de la señora Nevada, hasta parecía una broma de mal gusto.
“¿Seguimiento de un año?” Había repetido Manuel, incrédulo, cruzando una mirada con Martín.
“Por supuesto.” Les había contestado la mujer, sorprendida. “Tenemos la política de acompañar el proceso de adopción al menos un año para asegurarnos que todo va bien. Pero ustedes son unos padres excelentes, no tenía nada más que buenos comentarios escritos en mi libreta. De verdad se nota que desean lo mejor para Carlitos siempre.” Aclaró la mujer, y luego de ver sus caras de asombro añadió. “No habrán creído que era algo personal o que los odiaba, ¿verdad?”
Manuel y Martín se habían mirado entre sí antes de soltar una risita nerviosa y negar alguna vez haber pensado algo semejante.
“Oh, menos mal.” Les comentó la mujer con una sonrisa. “Algunos padres se ponen muy nerviosos y se imaginan tanta cosa. ¿Me van a creer que alguien alguna vez me reclamó por no comer sus aperitivos? Es decir, agradezco el gesto y todo, pero si supieran cuántas familias al día me ofrecen comida no querrían ver ninguna de esas cosas nunca más en su vida.”
Manuel se había sonrojado levemente, y Martín había comentado lo perseguida que debía ser esa gente, ganándose un pisotón debajo del escritorio como recompensa. Pero sí, efectivamente todo había terminado. Carlitos era su hijo y nadie podía ya poner un pero en el asunto. Por fin eran una familia oficialmente
“¿Oíste eso?” Le había susurrado Manuel a su esposo apenas salir de la oficina. “Cree que somos excelentes padres.” Celebró saltando como lo haría un niño pequeño, aún sin creer todo lo que había sucedido en esos cinco minutos. Martín tan solo había reído antes de abrazarlo con fuerzas, sumamente feliz, y luego fueron a recoger a Carlitos para ir por un helado.
A Manuel hasta le dolía el pecho de tan feliz que se sentía.
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“Gracias.” Respondió Manuel con tono alegre. “Sé que al final la cena no tuvo nada que ver en esto, pero en serio muchas gracias por la ayuda de todos ese día. No hubiésemos tenido una Navidad tan linda de no ser por ustedes, y en especial de ti Pancho, y tu regalo especial.” Agregó emocionado, aunque le llevaba agradeciendo desde hace tiempo aún sentía que tenía una deuda con su amigo, y que nunca estaría de más volver a repetirle cuánto significaba para él ese gesto.
“¿Regalo especial?” Preguntó Francisco, sin entender. “¿De qué hablas?”
Manuel lanzó una mirada a la puerta para asegurarse de que Carlitos no andaba cerca. “Del robot, Pancho. No sé cómo conseguiste uno en ese caos, pero muchas gracias. Eres el mejor amigo del mundo.” Le volvió a gradecer con una sonrisa.
Francisco rio en su oreja. “En serio, Manu. ¿De qué hablas? Yo solo fui a ver a Goldie y luego llevé la cena y los regalos.” Explicó. “¿No que lo habías conseguido en esa oferta especial que hicieron?”
Manuel abrió la boca para responder, pero las palabras no le salieron de la boca. Si no había sido Francisco, ¿entonces quién? “Oh,” murmuró lentamente, “sí, perdón, es solo que estoy muy emocionado y me confundí.”
“¿Todo bien, pana?”
“Sí, sí.” Le aseguró Manuel, y rápidamente agregó. “Tengo algo que hacer, te llamo en un rato más.”
“Ok, cuídate.”
“Adiós.” Se despidió Manuel, cortando la llamada y dejando el celular sobre su escritorio. Se quedó un rato allí, meditando en silencio, y al final se decidió a bajar las escaleras para ver si Martín tenía alguna pista de quién podía haber donado el regalo a su árbol de Navidad.
“¿Le contaste a alguno de tus primos que nos había faltado el robot?” Preguntó Manuel apenas entró en la cocina.
Martin, que estaba preparando el almuerzo de celebración, se volvió a mirarlo con confusión. “¿Qué querés decir?”
Manuel miró a su alrededor antes de contestar. “El Robot 5000-FighterX.” Susurró en forma cómplice. “¿Crees que alguno de ellos pudo habérselo regalado?”
“¿No lo había comprado Francisco?” Preguntó de nuevo Martín, revolviendo la sartén antes de volver a levantar la vista para verlo negar con la cabeza.
“¿Le contaste algo a tus primos?” Volvió a insistir, Manuel.
Martín lo pensó un poco y luego negó con la cabeza, completamente seguro de no haberles dicho nada del juguete. “¿Qué tal Miguel?, debió saberlo de Francisco.”
“No.” Negó Manuel, tratando de pensar. “Pancho creía que yo lo había conseguido, y además no tenía tiempo, el pavo necesitaba…”
“Cuatro horas a fuego medio.” Repitió Martín poniendo los ojos en blanco y sacándole una risa a Manuel. “Tenés razón,” admitió. “¿Tu mamá, tu hermana?”
Manuel negó con la cabeza. “Ni las llamé para contarles que estábamos en plena crisis festiva, ¿Cómo iban a saber?” Y luego de una pausa de meditación se aventuró. “Entonces… ¿Luciano?” Martín negó con la cabeza, aunque fuese su mejor amigo y el novio de su primo, ni una palabra del robot había sido intercambiada entre ellos. “¡¿Julio?!” Exclamó Manuel, escandalizado. Que el hermano del novio de tu amigo con el que ni te llevabas tan bien estuviese haciéndote tal caridad…
“No lo creo, flaco.” Admitió Martín, pasándose las manos sobre la cabeza, igual de intrigado con el misterio que su esposo. Luego cambió de decisión, y apagando el fuego de la sartén salió a paso rápido al patio. Manuel le siguió los pasos de cerca.
“¿Y entonces quién?” Preguntó, confundido. Pero Martín solo se apresuró a tomar la bolsa llena de papeles de regalo rotos que habían dejado para la basura, buscando uno en específico. Pronto un sobre con líneas rojas, blancas y verdes apareció antes sus ojos y con cuidado Martín lo revisó hasta dar con una pequeña tarjeta aún pegada a un costado.
“Cosas buenas están destinadas a familias buenas. Dar al más necesitado y amar al prójimo siempre traerán recompensas. Disfruta de tu Navidad, Carlitos.” Rezaba la tarjeta en unas hermosas letras doradas, y un poco más abajo firmaba “S.C.”
Martín se rascó la cabeza, tratando de recordar si alguna vez había visto a alguien escribir así antes, pero Manuel solo se quedó mirando la tarjeta con la boca abierta de la sorpresa por un buen rato antes de sonreír con un brillo especial en los ojos.
Tal parecía que el espíritu de la Navidad se había preocupado de cuidar bien de ellos, después de todo.
¡Espero que lo hayan disfrutado!
¡Muy feliz Navidad a todos y próspero Año Nuevo!
Un monstruo persigue a Martín en medio de la noche, y un misterioso brujo se apodera de su libertad. Atrapado en la espesura del bosque de las brujas y preso dentro de una casa extraña, ¿sobrevivirá para contar su historia o el mal lo engañará hasta apoderarse de su vida? | ArgChi Halloween Activity 2017
Disponible también en Fanfiction y AO3.
No olviden ver el maravilloso fanart que @lenorehg hizo para esta historia!
Las hojas secas crujieron bajo sus pies mientras se abría camino entre los árboles. A su alrededor la oscuridad cubría todo, y la luz de la luna a duras penas lograba alumbrar uno que otro rincón, guiándolo a ciegas por la espesura de ese interminable bosque. Detrás suyo, los gruñidos seguían acercándose cada vez más y la desesperación del rubio crecía a cada instante. Parecía que llevaba años corriendo en ese bosque sin destino alguno, solo impulsado por el horror que le producía aquello que le estaba persiguiendo y una obstinada necesidad de salir de aquella situación con vida.
Martín giró levemente el rostro para asegurarse que la criatura aún estaba atrás suyo. Su corazón latía tan rápido que casi no lograba oír nada más, y sus pulmones ardían, y sus piernas palpitaban. Si tan solo desapareciese unos instantes, si dejase de perseguirlo por un momento para recuperar el aliento. Por el rabillo del ojo las sombras del bosque le mostraron los dientes, helándole la sangre. Cerca, demasiado cerca. Martín apretó los dientes y apresuró más el paso deseando al menos encontrar la salida de ese maldito lugar.
Bordeó un roble inmenso que tapaba su camino y a tientas se deslizó por una inclinación del piso antes de continuar corriendo. Su respiración se estaba transformando en jadeos forzados y ya sentía que el final estaba cerca, que acabaría en las garras de lo que fuese que estaba detrás suyo, respirando en su nuca. Si tan solo hubiese seguido los consejos de sus primos, si hubiese tomado la ruta más larga en vez de aventurarse por aquellos inhóspitos lares.
“No cruces el bosque de regreso a casa,” le repitió Sebastián en su cabeza, “está lleno de brujas y monstruos.”
Y vaya que tenía razón. Pero Martín había estado tan cansado, y no quería volver a dormir en un hostal barato. No, él había añorado su cama de siempre, un buen baño, y una comida sabrosa; y solo había una forma de llegar a casa tan rápido. Pero comparado con la bestia que ahora le seguía, hasta una cama llena de pulgas sería un reparador consuelo.
“No te adentres al bosque de las brujas.” Le advirtió la voz de su madre. “No es seguro entrar en territorio de brujas.” Y Martín lamentó no haber tomado en serio sus palabras.
La criatura mordisqueó la punta de su chaqueta, y Martín casi chilló de espanto, librándose de la prenda lo más rápido que pudo. Extremadamente cerca. Un sudor frío empezó a empaparlo mientras intentaba a toda costa alejar las fauces filudas de sus talones. Pronto un sonido profundo y bajo empezó a retumbar en sus oídos, y atrás suyo unas mandíbulas se abrieron de par en par para liberar un rugido que sonó como un trueno. Martín cambió de dirección y empezó a zigzaguear entre los árboles con la esperanza de ganar más distancia, pero los pies se le enredaron en unas raíces y cayó al suelo.
Apenas alcanzó a darse vuelta y agarrar un trozo de tronco caído cuando la bestia saltó sobre él, dispuesta a matarlo de una sola mordida. Martín usó el tronco como escudo y a duras penas logró que las fauces se ensartaran en este en vez de su brazo. A su costado las garras de la criatura arañaron el piso luchando con desesperación por liberarse de su trampa de madera. Martín se dio unos segundos para observar y pensar cómo salir de allí. Fue entonces cuando los vio.
Ojos negros.
Negros y llenos de ira. Los ojos más horriblemente negros que alguna vez hubiese visto. Ni una gota de blanco los envolvía, todo era pupila.
Martín jadeó de horror y se esforzó en forcejear con el monstruo hasta tirarlo de encima suyo. Se levantó lo más rápido que pudo y volvió a huir de allí con el alma colgándole de un hilo. Atrás de él un rugido de victoria se alzó entre los árboles, el monstruo de sombras volvía a comenzar su cacería. Martín apretó los dientes y obligó a sus piernas acalambradas a moverse más rápido, debía continuar sin importar qué.
Un dolor punzante atacó su tobillo, pero el rubio lanzó una patada fuerte y siguió hacia delante como pudo, ya casi sin fuerzas. Apenas conseguía mantenerse en pie, pero su determinación era más grande que todo el cansancio que adormecía sus movimientos. Atrás, el monstruo lanzó un gañido de dolor antes de rugir con rabia y reunir fuerzas para saltar a su espalda.
Hubiese sido su final si no fuera porque nuevamente la oscuridad lo traicionó y el piso desapareció de debajo de sus pies. Martín cayó rodando por la pequeña colina, golpeándose con toda piedra en su camino, y perdiendo el sentido de la orientación en el proceso. Cuando finalmente llegó abajo estaba tan agotado y mareado que el solo pensar en levantarse para seguir corriendo hacía que todos los moretones de su cuerpo dolieran el doble. Con resignación alzó la vista a la luna, que por fin brillaba con todo su esplendor sobre su cabeza, esperando su final.
No obstante, en vez de volver a entrever los ojos negros que anunciaban su muerte, repentinamente apareció a su lado una figura encapuchada (o quizás tres, o siete, era difícil de decir con el mundo dando vueltas a su alrededor). Corre, quiso gritarle Martín, pero no encontraba las fuerzas, y pronto el mundo se fue oscureciendo más y más. Huye, repitió en su mente, mirando por entre sus párpados como la figura desconocida levantaba la vista al oír el rugido de la bestia acercándose.
Luego todo se volvió negro.
Martín despertó de un salto. Sudor cubría su cuerpo y su pecho subía y bajaba agitado. La luz del sol y la suavidad de las mantas que lo cubrían le recibieron gratamente, aunque el recuerdo de la noche anterior seguía haciéndolo temblar de pies a cabeza. Cansado cerró los ojos un instante recobrando el aliento.
“Che, Dani…” Murmuró estirándose, “no te vas a creer la pesadilla que tuve anoche.”
Solo el silencio le respondió y Martín sintió que algo andaba mal. Rápidamente se incorporó revisando la habitación en la que se encontraba. Esas colchas no eran suyas, esa cama no era la suya, ni esa mesa, ni ese armario, ni ninguno de esos muebles pertenecía al cuarto que compartía con su primo.
Y el joven de cabellos castaños y ojos miel que lo miraba seriamente desde una esquina definitivamente no era su primo.
“¿Dónde?, ¿cómo?, ¿quién?” Empezó a preguntar tratando de levantarse, pero no lograba poner ni un pie fuera de la cama, como si las mantas lo estuvieran apresando.
El hombre de la mirada de hielo empezó a acercarse lentamente y Martín se sacudió entero tratando de librarse de lo que sea que le impedía reaccionar y salir huyendo de allí; pero nuevamente sus intentos no dieron resultado alguno.
“En mi casa,” murmuró la voz del extraño sin quitarle los ojos de encima. “Luego de arrastrar tu trasero hasta acá.” Agregó. “Y no te incumbe. Ahora me toca a mí: ¿qué demonios hacías en el bosque en medio de la noche?” Preguntó el hombre, agachándose para observarlo de frente. Y aunque su rostro era suave y dulce, había algo en él, en toda su presencia, que a Martín le daba mala espina.
“E-estaba acortando camino… yo”
“Acortando tu vida querrás decir.” Le recriminó con gravedad el desconocido, y Martín no pudo evitar fruncir el ceño irritado.
“¿Y se puede saber qué mierda andabas haciendo vos?” Escupió con molestia.
Pero el joven solo sonrió divertido ante sus provocaciones. “¿Yo?” Repitió. “¿Qué nadie te dijo que el bosque es el hogar de las brujas?”
La revelación le impactó como un balde con agua fría, y, sin embargo, la verdad había estado allí todo ese tiempo. Estaba en la escoba que descansaba contra una pared, las piedras de colores que se amontonaban sobre una mesa, en su aura misteriosa y, finalmente, en la capa negra que ocultaba su silueta.
Martín empezó a tirar de las mantas con fuerza, tratando nuevamente de huir. Había oído de las cosas que hacían las brujas que encontraban pobres almas vagando en sus territorios, y él no quería tener nada que ver con eso. Pero la cama no cedía, y con cada intento parecía que las sábanas se iban enredando más y más alrededor de él, estrangulándolo.
“Déjame ir,” suplicó angustiado.
“No es posible,” respondió el brujo con calma.
“Por favor, no creo que nada en mi sirva para tu magia. Si me dejas ir te pagaré lo que quieras, pero, por favor…”
No alcanzó a terminar, con un brusco movimiento el joven lo liberó de las mantas, y aunque Martín llevaba un buen rato tratando de despegarse la ropa de la cama de encima, repentinamente se sintió expuesto.
“Antes dime cómo te hiciste eso,” preguntó el brujo apuntando con un dedo su tobillo. Una venda ensangrentada lo cubría con delicadeza.
Los ojos castaños lo examinaron con detenimiento mientras trataba de rememorar los sucesos de la noche anterior.
“Me caí…” Murmuró Martín luego de un rato, aún concentrado en buscar una respuesta.
“¿Y cómo te sacaste sangre?” Cuestionó el brujo nuevamente.
“¿Qué se yo? Estaba corriendo por mi vida, quizás me arañé con la raíz, quizás me atrapó la bestia, que imp…”
“Entonces no puedes irte” Sentenció el brujo, sacando una varita de uno de sus bolsillos por seguridad.
“¿Qué, por qué?”
“Lo que te seguía anoche es muy peligroso, si acaso logró hacerte daño de alguna forma es posible que ya esté poseyéndote por dentro, así es como actúan. Si te vas de aquí ahora y luego te transformas terminarás siendo un peligro para todos, y nos culparán a nosotros por lo que pase, aunque no hayamos influenciado tus tontas decisiones.” Explicó fríamente el brujo, analizando sus ojos verdes con desconfianza. “Si en una quincena no tienes ningún cambio, podrás irte.”
“¿Y qué cambios, si se puede saber?” Respondió Martín de mal humor, no estaba muy seguro de poder confiar en la palabra de un brujo; quizás todo era una excusa para distraerlo y poder usar su sangre en una poción.
“Lo que te perseguía anoche era el espíritu de una bruja asesinada. Esos seres se alimentan de la vida de otras personas, ganando poco a poco el control de sus cuerpos; y están tan llenos de ira que no pueden pensar más que en venganza, dejando atrás cualquier pedazo de humanidad que les quedase. Comportamiento animalístico, aumento de las sensaciones y sentidos, y, finalmente, ojos negros, las tres señales de que has sido poseído por una Bruja Errante. Si no muestras ninguna de esas cosas, podrás irte en paz para siempre.”
“¿Y si detectas algo en mí?” Preguntó Martín tentativamente.
“Entonces, morirás.” Respondió Manuel con voz ronca y ojos oscuros antes de salir de la habitación, dejando a Martín con un nudo en el estómago y en un estado mucho más alterado que como había despertado.
Desde la ventana, los sonidos del bosque llenaban el cuarto en que descansaba, impidiendo que su mente descansase. Y en su corazón, la imagen de sus primos (la única familia que le iba quedando) angustiados tras no saber dónde podía encontrarse, le rompía el alma.
Martín cerró los ojos un instante, permitiendo que las pesadillas volviesen a desolarle.
Martín llevaba cuatro días en la casa del brujo cuando decidió que no podía aguantarlo más. No es que lo estuviera pasando mal, contrario a lo esperado el brujo era frío pero cortés, y lo suficientemente amable como para encargarse de que no le faltara comida o una cama donde descansar. Pero al mismo tiempo, no había encontrado nunca nadie tan callado en toda su vida.
La primera vez que se atrevió a salir de su cuarto, la tarde del mismo día en que llegó, había temido volver a encontrarse con el brujo y terminar tieso contra el piso de un solo movimiento de varita. Pero tras recorrer todo el segundo piso en puntillas, y luego la planta baja, se dio cuenta que el susodicho no estaba en la casa. Por su puesto, su primera reacción fue salir huyendo de allí para nunca volver, pero por más que forcejeó con cada puerta, cerradura, pestillo y ventana no logró encontrar ni una sola salida. Fue así que cuando terminó el día tuvo que enfrentarse con piernas temblorosas a la mirada reprobatoria del brujo, antes de subir a su cama sin hacer ruido y pasar la noche imaginando que las sombras de su cuarto tomaban vida y lo devoraban a zarpazos.
La mañana siguiente la pasó al lado del brujo, a una distancia prudente, y aunque este percibía su mirada siguiéndolo mientras iba y venía, juntaba hierbas, realizaba pequeños hechizos, contestaba cartas y enviaba lechuzas con paquetes; ni una palabra salió de sus labios una sola vez. Al tercer día no le dio ni espacio, casi convencido de que el brujo era auténticamente inofensivo y completamente picado por la curiosidad de ver a quién enviaba tanta cosa (aparentemente la gente le pedía pociones curativas a cambio de dinero y baratijas), le siguió como una sombra por toda la casa e incluso se atrevió a lanzar uno que otro comentario o pregunta. Pero el muchacho solo le miraba fijando sus ojos castaños en los suyos, parecía meditar un rato, y luego volvía al trabajo sin decir nada.
El silencio y la monotonía lo estaban matando de a poco, ni pensar en lo angustiado que se sentía por su familia.
Por eso el cuarto día, nuevamente solo, Martín bajó por la escalera a cuatro patas, tratando de hacerse lo más pequeño posible y levantando la oreja cada vez que creía oír algo, como sospechando que el brujo tenía ojos en cada rincón de su hogar. Rápidamente llegó al primer piso completamente a salvo, y con cuidado caminó hacia el comedor. Su mirada se centró en la gran ventana de la sala de estar, y con decisión levantó una silla sobre su cabeza antes de correr dispuesto a cualquier cosa con tal de huir al bosque, y de allí a su hogar.
Pero la puerta de la casa se abrió de repente, y Martín se encontró con Manuel (como había deducido de las cartas que era su nombre) frente a frente, con la silla aun sobre su cabeza y la expresión de culpa delatando sus planes.
“¿Qué mierda piensas hacer?” Gruñó Manuel molesto, sacándose su sombrero puntiagudo y colgándolo en el recibidor.
“Yo, eh… estoy reacomodando las cosas, ¿ves?” Dijo bajando la silla y colocándola en medio del pasillo. “Mucho mejor, ¿no?” Preguntó nervioso, intentando sonreír.
“Déjala donde estaba y ven a ayudarme con la comida.” Ordenó Manuel, cerrando tras de sí antes de pasar a su lado. Martín le oyó murmurar desde la cocina algo sobre lo que haría si se atrevía a romper tan solo una de sus cosas, y se apuró en seguir sus órdenes. No quería descubrir que seguía tras esa frase, por más inofensivo que Manuel luciese.
Martín corrió por el bosque bañado en oscuridad sin mirar atrás. Sus pies lo guiaban como autómata por la espesura, esquivando árboles mientras las malezas se clavaban en la tela de sus pantalones. La Bruja Errante iba tras él nuevamente, su difusa figura de sombras oscuras y ojos negros lo amenazaban desde todos los rincones, y por más que corría y corría no lograba encontrar una salida de ese mar de raíces y troncos. Sus pies volvieron a tropezar en medio de la noche, y aunque intentó levantarse rápidamente el monstruo cayó sobre él pesadamente.
Martín se abrazó a sí mismo tratando de prepararse para el golpe, pero no importaba cuánto lo intentara, no podía evitar sentir las garras largas recorriendo su cuerpo, enterrándose en su piel y enredándose entre las sábanas. Con un último rugido de la bestia abrió finalmente los ojos, sintiendo su pecho arder de tan agitado que estaba. Apretó un poco más su abrazo, ocultándose entre las mantas, pero eso no le quitó la sensación de que un par de garras se incrustaban en su piel, ni ayudó a calmar sus nervios.
Tres golpes en su puerta y la voz de Manuel llamando su nombre arreglaron un poco más las cosas. Recomponiéndose lo más que pudo, permitió al brujo entrar en su recámara con una vela en sus manos y el consuelo entre sus brazos. Y allí, apegado el uno al otro y con la nariz bien enterrada en el cuello de Manuel, las horas de mayor oscuridad se fueron desasiendo y su ansiedad desapareciendo, hasta que finalmente el joven se marchó a recuperar un poco de sueño en su propia habitación.
Sin embargo, a pesar de todo, Martín no volvió a pegar los ojos esa noche.
Luego de una semana Manuel empezó a confiar lo suficiente en él para permitirle ayudar con las recetas de sus pociones. Y aunque Martín agradecía poder estar junto al brujo en las horas que trabajaba, el olor lo estaba matando. No se había dado cuenta antes, quizás porque la cocina se separaba de los otros cuartos por una gruesa puerta y un pasillo largo que conducía al apotecario y a un mini invernadero interno, quizás porque nunca se había aventurado por esos lados, dedicándose a vagar solo en el segundo piso; pero Manuel guardaba un montón de plantas y hierbas aromáticas en su casa.
Allí, en la cocina, el olor era más fuerte, casi mareante. Hierbas secas colgando de la pared o guardadas en frascos, plantas aromáticas descansando en el marco de la ventana, incienso flotando en todas partes, y por si fuera poco el olor del caldero que borboteaba con un brebaje verde oscuro. A su lado, Manuel parecía estar completamente acostumbrado a todo eso, pero Martín, que estaba moliendo un par de hojas secas tal como le había pedido, casi sentía que iba a perder la cordura.
Volvió a centrar su atención en la historia de Manuel, que le contaba todo atormentado las penas de una pobre ancianita que le había pedido un remedio para el dolor de huesos porque ya no podía ni levantarse de la cama y vivía completamente sola. Sonrió recordando los días en que le había temido, sin comprender todavía que el joven brujo era en realidad el alma más tímida y bondadosa con la que alguna vez llegara a toparse, e increíblemente hermoso. Cuando se emocionaba sus ojos resplandecían y sus mejillas se encendían con entusiasmo, y cuando se enojaban una de sus cejas temblaba cómicamente y un puchero adorable salía de sus labios. Ni hablar de lo bello que era cuando sonreía.
Y además había algo en sus ojos, en la manera en cómo lo miraba ahora, atento pero no vigilante, amable más que solo cortés, suave en vez de frío y distante; y en la forma tímida en la que tocaba sus manos o su brazo, o en cómo se había preocupado de buscar hierba mate para que pudiera disfrutar en sus tardes juntos; que le hacía pensar que sus sentimientos podrían ser compartidos. Pero era difícil de decir cuando para él Manuel era lo más lindo y maravilloso del mundo.
Y tan poderoso, si tan solo tuviera un poco de su magia… No, ¿pero qué pensaba? Algo tan poderoso solo podría estar bien en manos de alguien como Manuel, aunque fuera algo arisco e irritable. Además, él no la necesitaba para nada, ni sabría usarla.
En medio del bosque los pájaros se alzaron causando un gran alboroto de alas y graznidos, pero dentro de la casa lo único que importaba para Martín era el sonido de la sonrisa de Manuel y las pequeñas gotas que salían de sus ojos de tanto reírse.
El día en que finalmente fue lo suficientemente valiente, fue cuando le correspondía irse de vuelta a casa. Manuel le soltó la verdad luego de haberse paseado incómodo y tristón toda la mañana: la quincena había pasado, podía marcharse si quería, podía incluso irse en ese instante de vuelta con su familia, a su hogar.
A Martín casi le dio un vuelco en el corazón, ya se había olvidado de que su estadía allí tenía un plazo, y apenas había pensado en su hogar la última semana. Para ser sinceros había borrado de su mente cualquier cosa que no fuera Manuel y sus lindos ojos pardos, su suave cabello castaño, su dulce sonrisa, y esos delicados labios. Cuando el brujo levantó el rostro por fin, con la angustia pintada por todas partes y una súplica que nunca saldría de esos orgullosos labios, Martín no pudo más y lo acercó hacia él robándole un suave beso.
Sus ojos volvieron a encontrarse y un suave carmín cubrió la sonrisa del brujo, que comentó algo sobre que no era necesario irse para siempre, pero no pudo prestarle la debida atención con su cuerpo tan pegado al suyo y su dulce aroma enredándose en su nariz, así que le robó otro beso, y otro, y otro más. Y la risa que tanto amaba llenó la habitación porque los besos de Martín le causaban cosquillas en la piel y mariposas en el estómago, y Manuel por fin sentía que no había razón para estar siempre solo como un ermitaño en el bosque, por primera vez se sentía verdaderamente amado.
Martín fue encaminándolo de a poco entre besos llenos de cosquillas y abrazos hasta su habitación, solo pensando en lo sabrosa que era su piel, y en lo mucho que deseaba atacar su cuello, y meterse dentro de él, y hacerlo suyo por fin. Sus cuerpos cayeron sobre el lecho con suavidad, acomodándose entre medio de un apasionado beso que sabía a días llenos de miradas anhelantes, y tardes compartidas entre toques discretos y sonrojos cómplices. Las manos de Martín se metieron debajo de su camisa y entre sus muslos, sacando más sonrisas de Manuel. Y el brujo enredó sus brazos en los hombros del rubio, añorando acortar más las distancias.
Sus labios se separaron para recuperar el aire y Manuel suspiró feliz, sintiendo con un estremecimiento como la nariz de Martín se paseaba por la piel de su cuello.
Quizás fue por ello por lo que no alcanzó a ver que sus ojos verdes favoritos se habían vuelto completamente negros, como la hora más oscura de la noche.
Si notaron las pistas de la transformación mientras leían no duden en dejarme un comentario contándomelo.
Y no olviden ver el fanart de @lenorehg!
Finalmente muchísimas gracias a @lenorehg y @katilend por elegirme para su equipo y por su magnífico trabajo.
1. El final de una historia de mis ocs (100 páginas en total)
2. El inicio de una historia original EN INGLÉS (que algún día terminaré y subiré)
3. Cuatro fanfics argchi!
- El Gato de la Vecina
- De Tango en Flor
- La Bruja Errante
- Una Navidad Desastroza
4. El inicio de otro fanfic, y muchas ideas a futuro
En resumen: fue un año bastante exitoso, en especial si consideramos que en 2016 escribí únicamente de mis ocs, solo para mí (y una amiga), oculta en una cueva completamente separada de todo contacto con la civilización y ahogada en inseguridades haha…
Manuel llega un día a su apartamento y encuentra un gato que no es suyo. Ahora deberá cuidarlo hasta que su verdadera dueña regrese, y con un poco de suerte logrará hacerlo sin encariñarse demasiado con el felino ni el veterinario argentino que vive en frente suyo.
Disponible también en Fanfiction y AO3
El gato apareció de la nada en su apartamento.
Ocurrió una tarde soleada de agosto. Manuel abrió la puerta agotado luego de un largo día de trabajo y se lo encontró de frente, mirándolo con ojos de espanto como si fuese él quien hubiese invadido de repente el hogar del felino y no al revés. Manuel le clavó los ojos con la misma incredulidad y parpadeó lentamente como esperando que desapareciera por su cuenta. No lo hizo. Al contrario, al instante en que Manuel puso un pie en su piso el gato le maulló suavecito, casi como un saludo, y caminó torpemente hacia su sala de estar, acurrucándose junto a la mesa de café cual dueño de casa.
El castaño lo siguió con la vista en silencio, cerrando detrás de sí, y empezó a buscar por su casa alguna respuesta para tal misterio. La ventana levemente abierta de su balcón agitó sus cortinas con culpa y Manuel lanzó un suspiro, sentándose en su sillón demasiado cansado para lidiar con ello en ese instante. Le echó una última mirada al perpetrador que ahora dormitaba sobre su alfombra, convertido en una pequeña bolita de pelos, y se dijo a sí mismo que mañana mismo se encargaría del cucho. Ese gato no dormiría más de una noche bajo su techo.
Resultaba que el cucho no era un cucho cualquiera. El minino había llegado al edificio casi una semana atrás, en brazos de la hippie de su vecina de al lado. O así le había dicho el portero del edificio cuando Manuel llegó a la recepción con el ceño fruncido y el gato agarrado del pescuezo. La bestia se había atrevido a orinar en la alfombra durante la noche y ahora todo su apartamento olía a meado. Sin embargo, cuando Manuel subió a tirarle la puerta abajo con tal de que se hiciera cargo del pequeño asalta-casas se llevó una segunda ingrata sorpresa.
“Oh, se marchó hace unos días. No estoy muy seguro a dónde. Creo que le dieron vacaciones o algo así.” Le comentó el anciano de blanca barba con absoluta tranquilidad, acomodándose mejor los lentes para poder observar a la mota negra que cargaba Manuel. “Que raro que haya dejado al gato solo.” Agregó el hombre, exasperando aún más al castaño.
Fantástico. Absolutamente fantástico.
Ahora resultaba que no solo Manuel debía aguantar el insoportable olor incienso con el que la loca de al lado se ahogaba día y noche, y su música alternativa despertándolo en la madrugada, y las veces que intentaba leerle las manos o venderle cristales para mejorar su humor; sino que también debía cuidarle su gato hasta que se decidiera a volver de sus supuestas vacaciones.
Manuel lanzó un suspiro, luchando por abrir la lata de comida que había comprado en el quiosco de la esquina. Dejó el plato al lado de los periódicos que había colocado para que el intruso no volviese a orinarle la alfombra, y el gato se acercó a su mano ronroneando ante su tacto.
“No. Eso no, nada de coqueteos. Ni pienses que lograrás seducirme.” Le advirtió Manuel con el ceño fruncido. “A la primera oportunidad te vas de esta casa, ¿me oíste? Ahora come.”
El gato solo lo miró con sus ojos verdes grandes antes de olisquear la comida que le ofrecía Manuel. Y por primera vez el castaño maldijo el silencio en que estaba sumido su piso del edificio.
La primera semana con el gato de la vecina no fue nada fuera de lo ordinario. Manuel tuvo que comprarse un arenero y gastar algunas horas explicándole al cucho cuál era su función y cómo debía usarlo, pero el felino aprendió rápido. Y Manuel ya no tuvo que preocuparse por otro accidente como el de la alfombra.
Se estableció una rutina diaria. Manuel dejaba comida y agua para el felino en la mañana y se iba al trabajo. Luego al volver, cambiaba el agua y dejaba más comida antes de sentarse a ver televisión o leer algún libro. A ninguno de los dos parecía molestarle el poco contacto que había entre ellos y ambos aparentaban estar felices por su cuenta. Sin embargo, había un detalle que a Manuel no se le escapaba, y era que el gato parecía estar comiéndoselo con los ojos. Cuando despertaba en la mañana lo veía en el marco de la puerta con las orejas paradas, muy atento. Si iba al baño el cucho lo seguía con la vista y esperaba afuera de la puerta a que saliera. Si leía sentado en el sillón los orbes verdes le observaban fijamente, moviendo las orejas cada vez que daba vuelta a una página. Y a donde sea que fuese o se acomodase el gato lo tenía bien vigilado.
Luego del tercer día, Manuel decidió contrarrestar. Si el gato iba al arenero lo seguía con la vista. Si despertaba de una siesta, ahí estaba Manuel con los ojos clavados en él. Incluso empezó a vigilarlo mientras comía. Porque, si de miradas retadoras se trataba, un gato no iba a ganarle. No, él le enseñaría quien era el que mandaba en esa casa.
Su juego de miradas empezó a evolucionar. Cada vez que llegaba del trabajo el gato estaba en la puerta esperándolo. Y ahora ya no se dedicaba solo a mirarlo desde lejos, sino que lo seguía por el apartamento vigilándole, a lo que Manuel respondía con más miradas. El marco de la puerta dejó de ser suficiente, la cama de Manuel era una mejor posición para observarle de noche, y un lugar mucho mejor para dormir la siesta. Ni hablar de lo cómodo que era el regazo de Manuel cuando leía.
Un día el castaño se sorprendió a sí mismo rascándole detrás de las orejas distraídamente mientras devoraba una de sus novelas favoritas. Solo el suave ronroneo de dicha que le siguió le advirtió de sus propias acciones. Pero no quiso darle importancia, después de todo era solo una pequeña recompensa por quedarse quieto y callado. Y no significaba nada acariciar el gato de otros, después de todo.
Luego de la primera semana, el gato y Manuel parecían haber aprendido como convivir el uno con el otro.
“¿Y te lo dejó a ti?” Preguntó Francisco incrédulo, observando al gato que no paraba de maullar y trepar por los pantalones de Manuel, queriendo a dar entender que el chileno ya tenía dueño.
“Por supuesto que no, yo casi ni le hablaba.” Contestó Manuel, levantando el gato del piso para tranquilizarlo un poco. Pero el minino decidió que era mejor seguir haciendo escándalo y treparse hasta su hombro cual loro. “La mina se mandó a cambiar y dejó al cucho botado, y este patudo se coló a mi apartamento.” Explicó con cansancio, sacándose al gato del hombro.
“¿Y te lo vas a quedar?” Preguntó Francisco luego de un rato de silencio, mientras observaba a su amigo acariciar al felino detrás de las orejas.
“¡Claro que no, Pancho!” Exclamó Manuel escandalizado. “Cuando llegue la vecina le devolveré el gato y listo. Solo es algo temporal.” Explicó.
“Bueno, pero no vayas a encariñarte, eh.” Le advirtió.
El castaño solo rodó los ojos con una sonrisa. “Como si eso fuese a pasar.”
“Luego no digas que no te advertí.” Amenazó Pancho, aprovechando de acariciar un poco a la pequeña mota de pelo.
Pero no tenía para qué sacárselo en cara. Porque Manuel no iba a encariñarse, eso estaba más que claro.
Manuel estaba desesperado. Ya había pasado más de una semana y nada de lo que daba de comer al gato estaba dando resultado. Habían pasado de las latas de comida más baratas que vendían en el quiosco de la esquina, hasta las de calidad gourmet de tiendas especializadas, pero nada parecía satisfacer el paladar del minino que prefería robar del plato de Manuel y no darse por aludido cuando este le trataba de mañoso. Y lo era. El gato más mañoso y exquisito que hubiese tenido la desdicha de conocer.
La situación ya le estaba preocupando, después de todo dudaba que un gato pudiese sobrevivir con pedazos de carne y trozos de papa. Y no deseaba entregarle a la vecina loca un gato muerto de desnutrición. No, la mina ya le tenía suficiente odio. Si hacía eso lo más probable era que le lanzase un mal de ojo o hiciera un muñeco vudú con él. Y tampoco quería ver morir a la bola de pelo. Así que cuando llamó a Pancho por consejo y este le recomendó el veterinario que había conocido en el ascensor del edificio de Manuel, no dudó en ir a verlo, aunque la referencia fuese horrible.
Después de todo ni siquiera tendría que salir del edificio.
Y Manuel estaba desesperado.
Resultó que el supuesto veterinario vivía en su mismo piso y era un argentino recién llegado a la ciudad. Se había mudado hace apenas unos días al apartamento que sobraba, junto al de la desaparecida dueña del gato. Ese que llevaba desocupado desde mucho antes de que Manuel llegase a vivir allí. Así le había dicho el portero, mientras se entretenía acariciando al minino. Seguramente se había instalado durante las horas que trabajaba y por eso no se había dado cuenta, o eso quiso creer Manuel. Cualquier cosa era mejor que reconocer que era un ermitaño que corría del trabajo a recluirse junto a su gato.
El gato, se corrigió mentalmente Manuel, tocando a la puerta.
El veterinario argentino se llamaba Martín, y tenía cabello dorado y un inexplicable amor por las visitas. Había sonreído de oreja a oreja al ver que su nuevo vecino por fin venía a socializar con él, y prácticamente lo había arrastrado dentro de su apartamento. Manuel no tuvo ni tiempo de explicarse mientras Martín iba de un lado a otro narrándole la historia de su vida mientras preparaba dos mates. Y siguió hablando luego de que los mates estuviesen listos y ambos se hubiesen sentado en su mesa, Manuel con el gato sobre el regazo. Casi creyó que se quedaría sin aire de tanto batir la lengua.
“Y entonces encontré este apartamento a buen precio y lo alquilé y acá me tenés.” Terminó por fin de hablar, aun sonriendo de oreja a oreja.
Manuel no supo que decir y solo asintió con una sonrisa tímida, incómodo. Tomó un sorbo del mate y decidió que no le gustaba. Luego de su monólogo se instaló un silencio incómodo entre ellos, y Manuel ya estaba pensando en una excusa para salir corriendo de allí a googlear en busca de cualquier otro veterinario cuando el gato salió a su rescate.
“¡Pero que traes ahí!” Exclamó Martín con una sonrisa, alargando los brazos para tomar al minino.
“Un gato.” Respondió Manuel, abrazándolo protectoramente. Casi como si creyera que fuese a quitárselo para siempre.
“Sí, ya me di cuenta.” Contestó Martín con una sonrisilla, acariciándolo con una mano. El felino maulló otra vez.
“Sí… él no come.” Comentó Manuel, no encontrando en su cabeza otro modo de poner el tema en la mesa. Martín pareció tener una iluminación por unos instantes.
“Oh…” Murmuró, sonrojándose levemente. “Pero me hubieses dicho que venías para eso, y yo que te entretuve todo este rato.” Dijo pasándose la mano por la nuca.
Manuel no quiso decirle que no le había dado la oportunidad de siquiera abrir la boca, así que volvió a sonreír tímidamente, sintiendo sus mejillas arder levemente por la vergüenza. Definitivamente no estaba hecho para socializar.
Luego de ese primer incómodo encuentro Martín revisó al gato y le sugirió a Manuel darle pescado y carne junto a la comida para que se acostumbrara. Cuando por fin pudo salir del apartamento del rubio Manuel ya había confesado que trabajaba en una editorial, que escribía poemas en su tiempo libre, sus libros, películas y comidas favoritas y hasta a qué colegio había asistido cuando niño. Así fue como Manuel terminó descubriendo que su nuevo vecino podía llegar a ser extremadamente perseverante al momento de mantener una conversación, incluso si al final terminaba pareciendo más bien un interrogatorio.
“Che, y si tenés otro problema mi puerta está abierta para ustedes.” Le invitó Martín con otra de sus sonrisas de super modelo. Lo había acompañado hasta su puerta, aun cuando Manuel solo vivía a un pasillo de distancia. El castaño asintió, agradeciéndole y Martín aprovechó de volver a acariciar al felino antes de devolverse. “Cuidá bien de tu gato.”
Manuel se arrepintió de no haberle dicho, entre todo lo que hablaron, que el gato no era suyo.
“Mira donde está tu dueña.” Manuel llamó la atención del gato apuntando a la pantalla del computador. La foto de una mujer rubia vistiendo un sari de tono rosa chillón junto a un grupo de mujeres indias les dedicó una sonrisa. En el estado decía “Feliz en la primera etapa de mi retiro espiritual” y Manuel no pudo evitar fruncir las cejas mientras acariciaba las orejas del minino. “Estos cuicos…” Murmuró cerrando la foto y volviendo a su inicio en Facebook. Al final su intento de acoso cibernético había servido de algo, al menos ahora sabía que no eran vacaciones, y que seguramente su vecina loca no regresaría en varios meses.
Manuel suspiró cerrando su notebook y tomando al gato en sus manos para poder mirarlo de frente. “¿Qué voy a hacer contigo?” El felino le maulló suavecito en respuesta, moviendo sus orejas. “Si recuerdas que no eres mío, ¿verdad?” El gato se lo quedó mirando con sus ojos verdes grandes, casi el mismo tono que los de Martín. “No mío,” repitió Manuel, pero nuevamente el gato no pareció entenderle, y en cambio se entretuvo mordisqueando la manga de su camisa.
El castaño sonrió volviendo a acariciar al minino. “Si vas a hospedarte aquí tanto tiempo quizás debería ponerte nombre.” Murmuró para sí, meditando.
La presentación en sociedad de Nomi sucedió por accidente, un viernes por la noche. Miguel, Julio y Francisco se presentaron ante su puerta sin invitación alguna y se adueñaron de su sala de estar con la excusa de solo quedarse para “la previa”. No era verdad y Manuel lo sabía, pero no tuvo oportunidad de echarlos pues en cuanto los ojos de sus indeseados huéspedes (y Pancho) se encontraron con el gato negro la situación se salió de control.
Miguel y Julio lo llenaron de preguntas, ¿Qué hacía un gato en su apartamento?, ¿Era su gato?, ¿Desde cuándo tenía un gato?, ¿Era legal dejar al chileno al cuidado de un ser vivo?, ¿Cuántos años tenía el gato? Y más importante aún, ¿Cómo se llamaba el gato? Todo ese interrogatorio fue llevado a cabo mientras Miguel corría emocionado de un lado a otro, intentando atrapar al felino entre sus brazos para acariciarle, completamente ajeno al rechazo del minino. Junto a él, Francisco se quedó parado sin hacer nada como si fuese una planta, y Manuel tuvo que arreglárselas para rescatar al gato que no paraba de bufar, y contestar a todas las preguntas de sus invasores al mismo tiempo.
Procuró guardarse para sí mismo el detalle que Nomi era el diminutivo de “No es Mío Sino de Mi Vecina”. No se le había ocurrido ningún nombre mejor y ya no era posible arrepentirse ahora que todos le conocían.
Cuando toda su curiosidad fue saciada los intrusos pusieron música, abrieron las cervezas y los paquetes de snacks y se sentaron a conversar cual dueños de casa. Y cuando Manuel quiso quejarse Julio le instó a que dejara de ser un amargado y se sentara a pasar el rato con “sus amigos”. Francisco solo le sonrió tímidamente, consciente de que la situación no le hacía ninguna gracia a su amigo. Porque no había nada que enfadase más a Manuel que alguien trajera bulla y desorden a su casa, más aún cuando ya había planeado pasar su velada leyendo un libro y tomando té junto a su gato… junto a Nomi.
Y fue así como pasó la primera hora y media de la “fiesta” corriendo de un lado a otro recogiendo basura, evitando desastres y gritándoles para que usaran portavasos porque la mesa de café no se había pagado sola, y si Manuel veía una sola mancha en ella no respondería sobre sus acciones. Nomi corría de un lado a otro también, siseándole a los desconocidos para poder espantarlos, pero a ninguno pareció importarle, y al final se decidió por refugiar en la cama de Manuel, donde al menos llegaba menos ruido, y nadie trataría de ponerle las manos encima.
Fue finalmente el sonido de nudillos contra su puerta lo que lo distrajo de su labor de estresado dueño de casa. Luego de comprobar por segunda vez que había oído bien, y que no se estaba engañando por el ruido de la música a todo volumen, dejó a un lado unas botellas vacías y cruzó los dedos deseando que alguien hubiese llamado a los pacos. Para su mala suerte, fue todo lo contrario.
“¡Che, chilenito! No avisaste que hoy había joda.” Saludó Martín, entrando sin esperar ser invitado. Detrás suyo un hombre alto y de tez morena, quien Manuel supuso era su amigo, le saludó con un apretón de manos y un golpecito en el brazo antes de seguir al rubio.
Y de repente su departamento era la sede de un carrete. Uno pequeño, pero un carrete después de todo. Pasada la una de la mañana y viendo que ya no había caso en intentar mantener su casa limpia, decidió ahogar sus penas en cerveza, después de todo al menos era gratis. Pasadas las dos, y luego de darse cuenta de que nadie iría a buscarlo y el ruido no terminaría pronto, Nomi volvió a ser acto de presencia en la sala de estar. Porque, aunque no pudiese espantar a los invasores de su hogar, al menos les dejaría claro que Manuel ya estaba reservado. Y Manuel, que a esa altura ya tenía el humor animado por el alcohol, olvidó que nadie debía verlo jugar con el gato, y se dedicó a darle mimos, como sabía que le gustaba.
Después de eso todo se volvió nuboso. Manuel lograba recordar música sonando muy fuerte, a alguien intentando dar una voltereta y terminando contra su pared, cabello rubio agitándose con cada giro, la risa de Pancho, unas manos agarrando su cintura, y más música. Pero había muchos agujeros, y su cabeza dolía demasiado para querer seguir buscando memorias donde solo había resaca y sueño.
Manuel pestañeó un par de veces más antes de echar un vistazo a su alrededor. Botellas, sobras, paquetes vacíos y desorden en general se amontonaba alrededor de él y del gato que dormitaba pegado a su pierna. Ni siquiera se atrevió a mirar el estado de la mesita de café, estaba demasiado adolorido y desorientado para enfadarse (aún). Y por supuesto, ninguna señal de vida de sus queridos amigos.
Manuel suspiró alargando la mano para alcanzar el celular tirado sobre el sillón en el que estaba apoyado, al menos sabría que hora era. Un millar de notificaciones de Facebook le saludaron al desbloquear la pantalla. Aparentemente Francisco se había entretenido sacado fotos de su carrete y subiéndolas a un álbum de Facebook, con etiquetas y todo. Manuel revisó rápido la carpeta, dando uno que otro me gusta a las fotos en las que aparecía o que le gustaban, y guardando una selfie con Pancho. Al principio se sorprendió de encontrar fotos suyas con Martín, pero luego recordó que el argentino se había auto-invitado a sí mismo y a su amigo al carrete, y siguió bajando hasta terminarse el álbum.
Luego volvió a su inicio, encontrándose frente a frente con una foto de él sonriéndole de oreja a oreja a Nomi, que estaba subido en su hombro, como se había vuelto su costumbre, observándole con sus ojos verdes grandes. El estado de Francisco decía “Manu y Nomi” y ya estaba llegando a los cincuenta Me Gusta. Ya le daría un buen sermón a Pancho sobre por qué no debía subir fotos suyas sin su permiso, solo debía esperar a que su cabeza dejara de martillarle los pensamientos.
Manuel apago la pantalla del celular y se dio cuenta que ni siquiera había mirado la hora. “14:35 sáb, septiembre 15” le respondió su celular. “A Martín Hernández le gusta una foto en la que apareces” añadió luego de unos segundos. Manuel frunció el ceño y apretó la notificación de Facebook, la foto de él y Nomi volvió a aparecer en su pantalla. Volvió a apagar la pantalla con la intención de dejar el celular a un lado, pero un zumbido le advirtió de una nueva notificación.
“Martín Hernández te envió una solicitud de amistad”
Manuel frunció el ceño por segunda vez, mirado a Martín sonreírle coquetamente desde su foto de perfil, y estuvo a punto de eliminar la solicitud, pero lo pensó otra vez y finalmente apretó Confirmar. Después de todo eran vecinos, y además valía la pena mantener al veterinario no oficial de su gato lo más cerca posible. Por si acaso.
Manuel sonrió suavemente, rascando detrás de las orejas de Nomi para despertarlo. “¿Ya has visto el desastre que nos dejaron esos patudos anoche?” Le susurró como saludo, decidiéndose por fin por levantarse y empezar a ordenar.
Ha pasado ya un mes desde el carrete en su casa y Manuel está convencido de que Nomi tiene algo en contra de su sillón. No queda ningún milímetro del mueble donde las garras del gato negro no se hallan ensartado, ni cojín alguno que haya sobrevivido a la furia del pequeño felino. Más aun, Manuel está más que seguro que el gato le ha salido hiperactivo o algo por el estilo, porque hace más de dos semanas que lleva corriendo de un lado a otro, chocado contra las paredes y peleándose a muerte con el papel higiénico y las pantuflas de Manuel. Cuando le escribe a Martín preguntándole al respecto este le responde que “solo es un cachorro, necesita jugar para desarrollar la musculatura”. Y Manuel solo agradece que no haya nadie más en ese piso excepto ellos dos, porque cualquier otra persona ya le hubiese tachado del loco que se estrella a diario contra las paredes.
Pero el sillón de Manuel ha muerto, y es fundamental asegurarse de que el próximo que compre no fallezca también ante la furia del pequeño felino.
“Si venís a mi casa le puedo cortar las uñas,” le escribe Martín. Y Manuel ya casi no puede recordar en qué momento se consiguió su WhatsApp, ni cuando se volvió rutinario mandarle mensajes al veterinario de su gato, pero eso ya no importaba a esa altura. Y después de todo valía la pena tenerlo cerca, especialmente cuando las consultas le salían gratis.
“Podemos ver una peli después, ¿qué te parece?” Le insiste Martín, y Manuel teclea una respuesta mucho más rápido de lo que le gustaría admitir, con una sonrisa colgando del rostro. Sonreír también se ha vuelto una costumbre ahora que Nomi está allí.
“Solo si hay cabritas.” Contesta, y es evidente hasta para él que ya ni siquiera es bueno en hacerse de rogar.
“¿PARA QUÉ QUERÉS UNAS CABRAS, MANUEL?” Le responde Martín al instante, y Manuel casi puede ver su cara de desconcierto frente a él. Se aguanta la risa a duras penas y recoge un paquete de palomitas de maíz para microondas y a Nomi que está ensartado en una nueva batalla con sus pantuflas, y sale de su apartamento.
“Voy para allá.”
El sillón nuevo llegó una semana después. Los del camión dejaron botado a Manuel luego de que firmara, tras descubrir que los ascensores estaban en mantención. Y al castaño no le quedo más alternativa que quedarse sentado junto al sillón, esperando lograr convencer a alguien para que le ayudara a subir el mueble hasta su piso, pero ni siquiera Pancho quiso responder a sus súplicas y chantajes. Y cuando ya estaba a punto de dejar abandonado su preciado sillón nuevo (no contaba con que el dormido portero fuese de mucha ayuda si alguien intentaba robárselo) para subir a gritarles un par de chuchadas a la tienda donde lo compro por su muy mal servicio, Martín apareció por la puerta de entrada.
Manuel puso su mejor cara de cordero degollado y pronto los dos estaban bufando por las escaleras con el Chester de terciopelo negro a cuestas. Demoraron más de lo planeado en sortear los siete pares de escaleras y tuvieron problemas técnicos al momento de atravesar la puerta, tanto porque el mueble era muy grande como porque Nomi no paraba de pasearse entre sus piernas, pero al final el sillón nuevo llegó a la sala de estar de Manuel. Para dicha del castaño, el felino pareció aprobar su gusto en muebles, acurrucándose rápidamente encima, perdiéndose entre los cojines. De ahora en adelante sería mejor echar dos vistazos antes de sentarse.
“Me vas a deber una grande por esta, che.” Se queja Martín al llegar, desmoronándose sobre el sillón completamente cansado.
Manuel se las arregla para llegar a su cocina y servir dos vasos de jugo bien helado antes de imitarlo. Le dio uno a Martín quién se lo tomó al seco. Hacía mucho calor ese día, y el sudor le cubría la frente y bajaba por su cuello hasta su pecho.
“Calor de mierda.” Murmura el veterinario a su lado, desabotonándose la camisa sudada para quedar solo con una musculosa encima. Y Manuel no puede evitar observar sus brazos fornidos (demasiado fornidos para un veterinario) mientras sigue bebiendo de su jugo, hasta que siente la sonrisa coqueta del argentino encima suyo y aparta los ojos avergonzado.
“¿Y bien?” Pregunta Martín inclinándose a su lado.
“¿Bien qué?”
“¿Ya vas pensando cómo pagar por hacerme cargar tu sillón hasta acá?” Pregunta Martín, con una de esas sonrisas contagiosas que le dan cosquillas en los labios a Manuel colgando de su rostro.
“A ayudarme a cargarlo,” le corrige Manuel. “Te recuerdo que yo también estaba allí.”
“Mirate un rato, pibe ¡Estás todo flacucho! Se nota de lejos que yo hice todo el trabajo aquí.” Dice Martín flexionando su brazo para enseñarle sus músculos a Manuel, deseando poder atrapar nuevamente los ojos castaños.
Manuel le da un golpe suavecito en el brazo por su irrespetuoso comentario, pero por alguna razón no puede parar de sonreír, aun cuando lo intenta. “¿Y qué querí que te dé?” Pregunta al fin, casi como un desafío.
“¿Puedo elegir?” Tantea Martín, empezando a sentir un hormigueo en sus manos de la emoción. Manuel solo asiente en silencio, perdido en los orbes verdes. Desde hace semanas que parece que Martín y él se divierten en el mismo concurso de miradas que alguna vez jugó con Nomi. “¿Cualquier cosa?” Se asegura Martín una vez más, y casi no espera a que el chileno asienta para inclinarse sobre él con cuidado, a reclamar su premio. Lleva más de un mes soñando con esos labios, y no va a perder ninguna oportunidad de alcanzarlos.
Manuel cierra los ojos sintiendo un cosquilleo en el estómago y el latido de su corazón en sus oídos. Cuando los labios de Martín tocan los suyos una explosión de sensaciones y emociones colisionan dentro de él. Su labios duros y firmes lo guían de a poco, saboreando el momento como si su vida dependiera de ello, y una mano acaricia su mejilla con suavidad, acercándolo lo más posible. Y Manuel se olvida de como respirar, de cómo pensar, y se pierde entre los labios del rubio sin querer siquiera moverse para no arruinar el momento.
Pero no es necesario, el beso se arruina igual sin que Manuel tenga que hacer nada. Nomi, subido al respaldo del sillón, empezó a tantear sus rostros suavemente, tratando de unirse a la diversión. Porque, aunque no sabe muy bien a qué están jugando quiere participar. Y porque ha encontrado un nuevo pasatiempo en subirse a la cara de Manuel, incluso cuando está dormido.
Solo esperaba que no fuese un plan para asesinarlo y quedarse con el apartamento.
Cuando se separan entre risas bobas y sonrojos, Manuel toma al gato entre sus brazos, sonriendo de oreja a oreja sin poder evitarlo, y Martín le mira con ojos brillantes e igual de feliz.
“Valió la pena cargar tu sillón hasta acá.” El argentino finalmente susurra, acariciando la mejilla de Manuel con suavidad.
“¡Ayudar a cargar!” Le corrige nuevamente Manuel, fingiendo estar enojado, pero no le sale bien. No puede estar más feliz y se le nota en los ojos. En esos hermosos ojos cafés que Martín no puede dejar de mirar cada vez que se los encuentra.
Esa noche Martín se queda a cenar, y al día siguiente vuelve a la casa del chileno con un rascador para gatos en las manos y más besos asomándose en sus labios.
Lamentablemente a Nomi terminó gustándole más la caja en la que venía guardado que el rascador en sí. Pero ocupados en el sillón ninguno de los dos pareció notarlo.
Tres semanas ya habían pasado y la casa de Manuel ya parecía una tienda para gatos. Cada vez que alguien venía a visitarlo traía un nuevo juguete para Nomi, y aunque este aún prefería luchar con el papel higiénico y esconderse en cualquier caja que se encontrase en su camino, ambos pasaban un buen rato divirtiéndose con las chucherías que le traían sus amigos. Para ser sinceros, Manuel prácticamente corría del trabajo a su departamento para poder jugar con el minino. E incluso tenía una foto de Nomi en la pantalla de bloqueo de su celular, lo que suponía era la versión moderna de llevar una foto del gato en su billetera. Y aunque no estaba seguro cuando pasó de ser el apático cuidador a la vieja del gato, no se arrepentía de nada.
Martín también era un incentivo. El argentino pasaba tanto en su apartamento que ya parecía que vivía con ellos, y Manuel estaba empezando a creer que ya no era capaz de soportar un solo día sin acurrucarse entre sus brazos o besar sus labios. Además, había descubierto que aparte de veterinario y modelo en cubierto, Martín cocinaba decente. Y aunque seguía sin gustarle el mate, no tenía ningún problema en sentarse a picotear los alfajores que tanto parecían gustarle al rubio, por supuesto con un tecito en mano. Pancho venía a visitarlos tan seguido como siempre, aunque ahora pasaba la mitad de sus visitas jugando con el minino. Incluso Miguel podía ver que estaba más feliz, y Julio llevaba tiempo diciendo que se conseguiría un gato para empezar a conquistar.
Todo iba perfecto en la vida de Manuel. Pero nada tan perfecto dura suficiente.
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Las malas noticias llegaron una mañana de domingo. Manuel tuvo que liberarse con el dolor de su alma del apretado abrazo en el que lo tenía aprisionado Martín, sacarse el gato de la cabeza y separarse de las sábanas, para ir a ver quién llamaba con tanta insistencia a su puerta.
Estaba tan bronceada que casi no la reconoció bajo ese sombrero de paja, pero cuando se sacó los lentes de sol de la cara y vio sus ojos mirándolo con odio a Manuel casi se le heló la sangre: la loca de al lado. Por un momento sintió el impulso de cerrarle la puerta en la cara y correr a esconder a Nomi, cambiarse de edificio, de nombre y hasta de trabajo si era necesario. Pero se dijo a sí mismo que si no se había acordado del gato en todos esos meses, menos se acordaría de él ahora que regresaba de su supuesto retiro espiritual.
“¿Dónde está mi gato?” Fue lo primero que preguntó la mujer, furiosa.
Por supuesto. ¿Qué otra cosa vendría a hacer al apartamento de Manuel?
Primero intentó hacerse el tonto, y fingir que no recordaba ningún gato. Pero el portero le había contado a la mujer que Manuel lo había encontrado hace unos meses, y ella no se iría de allí hasta que se lo entregara. Manuel maldijo el hecho que el anciano fuese tan desprendido con la información, y esta vez mintió, declarando que había regalado el gato luego de notar que ella no pensaba volver. Porque él no era la clase de persona que gastaba su tiempo cuidando las mascotas de otros, y menos tenía ganas de encargarse de un cacho. Y la mentira sonó tan como él que por un instante estuvo seguro de que se desharía de la mujer para siempre.
No fue así.
La mujer se puso furiosa. No podía creer que Manuel hubiese tenido el descaro de regalar a su gato querido, a ese pobre animalito a quién ella adoraba con su alma. A Manuel le hirvió la sangre de la pura indignación, y no pudo detener su propia lengua. Le sacó en cara lo irresponsable y negligente que era como dueña, el cómo no merecía tener ningún animal a su cuidado nunca más, y lo egocéntrica que era todo el tiempo. Solo se detuvo cuando vio los ojos de la mujer arder de ira, y retrocedió un par de pasos, casi completamente seguro de que estaba planeando saltar sobre su cuello y ahorcarlo con sus propias manos.
Fue un grave error.
Bajo su pie el ratón de hule de Nomi chilló de dolor, llamando la atención de ambos.
La vecina miró con interés el juguete abandonado en el piso y sonrió satisfecha, descubriendo la mentira. “¿Así que lo habías regalado?” Saboreó la pregunta con deleite, sabiendo muy bien que ya había ganado.
A Manuel se le paró el corazón y se le formó un nudo en el estómago. No sabía qué decir para que no se llevara a su gato, porque a esa altura era más gato de Manuel que de ella. Pero por su puesto eso no la convencería. Quizás si suplicaba, o si le ofrecía algo a cambio…
“¿Manu?” Llamó Martín, acercándose a él y poniéndole una mano en el hombro, preocupado. Y Manuel supuso que debía verse tan débil y desconsolado como se sentía por dentro, pero en ese momento no le importa. Su mente maniobra apresuradamente buscando una solución a su dilema.
“¿Qué está pasando aquí? ¿Quién sos vos?” Martín insistió, pasando un brazo protectoramente por los hombros de Manuel, y mirando a la vecina con desconfianza.
La mujer paseó sus ojos de arriba para abajo, centrándose en el torso descubierto del argentino y sonriendo aprobadoramente. Manuel sintió una necesidad urgente de ahorcarla por roba gatos, acosa novios y rompe hogares, pero no lograba encontrar las fuerzas para moverse.
“Voy a venir con mi novio a buscarlo en una hora.” Anunció finalmente, y a Manuel la frase le dolió casi físicamente, como si le hubiesen asestado un golpe en el estómago. “El gato está a mi nombre, así que si intentan ocultarlo o detenerme llamaré a la policía.” Les advirtió antes de marcharse, cerrando tras de sí.
Martín prácticamente tuvo que arrastrarlo al sillón para que se sentara. Y aunque lo bañó en preguntas no logró sacarle una sola pieza de información al castaño, que estaba demasiado perdido en sus pensamientos como para reaccionar. Todo había pasado muy de repente, y Manuel aún no lograba sacudirse el sentimiento de irrealidad de encima. Quizás si cerraba los ojos y esperaba descubriría que solo era un mal sueño. Que su vecina loca seguía perdida en alguna parte de Asia, y él estaba seguro en su cama sin ninguna verdadera preocupación de la que encargarse.
Martín finalmente decidió salir del apartamento a llamar a alguien, quien fuese, que pudiese explicarle lo que sucedía. Y Nomi apareció unos instantes después junto a Manuel, con su juguete favorito en la boca como regalo, ronroneando suavemente para consolarlo. Manuel solo le rascó las orejas aún ensimismado, escuchando con espanto como el reloj de la pared avanzaba más rápido de lo que hubiese deseado.
La vecina tardó no una, sino cuatro horas en aparecer. Manuel ya se había esperanzado con la idea de que la mujer había decidido marcharse sin el gato cuando oyó que llamaban a la puerta. Fue Martín quién abrió, con reticencia. Pancho le había contado toda la historia, y ya sabía a lo que se encaraban. Un hombre alto y musculoso acompañaba a la vecina loca, cargaba en sus manos una de esas jaulas transportadoras y tenía una expresión hosca en su rostro, casi como si tratara de intimidarlos. Martín no quiso ser menos y se plantó frente a ambos de brazos cruzados y con el ceño fruncido, retándoles a pasar sobre él si querían acercarse a su novio y su gato. Pero a la mujer no le importó, y pasó de él, llegando a empujarlo un poco para abrirse camino.
Porque después de todo su novio es tan fornido como Martín y le saca casi una cabeza.
Y el gato sigue estando a su nombre.
Manuel, que tiene a Nomi en sus brazos y cara de tragedia desde hace horas, se levanta casi como un resorte al verla entrar. “Por favor,” intenta suplicar, pero tiene la boca seca y apenas le sale un hilo de voz de los labios.
Su susurro es ahogado por el chillido de felicidad de su vecina. “¡Namasté!” Grita la mujer, saludando al minino. Y al menos Manuel tiene el consuelo de no haberle dado al pobre gato un nombre tan ridículo como el original. Aunque Nomi sigue sin ser perfecto.
Y aunque a ella se le cae la baba por el gato, este no parece muy feliz de volver a ver a su antigua dueña. Cuando intenta tomarlo en sus brazos, Nomi (o más bien Namasté) le mete un zarpazo en la cara y salta de los brazos de Manuel hasta el piso. Cuando Manuel intenta agacharse para levantarlo el felino se escabulle corriendo a esconderse a su habitación. Finalmente es el novio el que logra cogerle, no sin antes perder un trozo de labio en la batalla. Y Nomi entra en el transportín llorando.
Manuel quiere decirle adiós, y pedirles que al menos se lleven sus juguetes favoritos, pero tiene un nudo en la garganta que le impide hasta respirar y algo le ha entrado al ojo. Y Nomi se marcha, aun gritando por ayuda, sin saber que Manuel no puede hacer nada. Porque, aunque todos lo hayan olvidado, la verdad es que no es su gato y nunca lo ha sido. Y ahora nunca lo sería.
Martín intenta abrazarlo cuando la puerta se cierra dejándolos solos, pero Manuel lo rehúye. No tiene ganas de tenerlo cerca, quiere estar solo para poder gritar de rabia y desahogarse por su cuenta. Pero Martín no quiere irse tampoco, y cuando vuelve a intentar acercarse con una frase de consuelo Manuel finalmente estalla. Porque no quiere la compasión de nadie y tampoco le interesa lo que tenga Martín que decirle. Y porque ya es hora de que se devuelva a su propio apartamento, porque Manuel ya no tiene ningún gato y no necesita de ningún veterinario. Y no quiere volver a verlo nunca más ni a él ni a nadie.
Cuando Martín finalmente se decide a irse, Manuel alcanza a verlo mirándolo con tristeza. Y cuando la puerta se cierra detrás de él, sonríe aliviado.
Después de todo ya estaba cansado de ver tantos ojos verdes mirándolo con angustia. Y además es la primera vez en meses que todo vuelve a ser como debe ser. Un departamento vacío: sin gato, y sin novio.
Lo único que arruina la reencontrada paz del castaño son la pila de juguetes abandonados en el piso, y las lágrimas que caen sin cesar de su rostro.
Por primera vez en meses, Manuel vuelve a sentirse solo.
A la mañana siguiente Francisco, Julio y Miguel llaman a su puerta, pero Manuel no contesta. Se han enterado de lo ocurrido y vienen a verlo. Pancho intenta convencerlo de que todo estará bien, de que van a llamar a esas agencias de abogados de animales para exigir una custodia o algo por el estilo, pero Manuel no se hace ilusiones. Ya leyó todo lo posible al respecto y no hay nada que puedan hacer, el gato sigue sin ser suyo y no hay ningún divorcio o relación anterior en la que sostenerse. Miguel trata de convencerle que le conseguirán otro gato y todo volverá a ser como antes, pero Manuel no quiere otro gato. Y no sabe cómo hacerles entender que el problema no es haberse quedado sin gato, sino haber perdido a Nomi. Así que se queda callado mirando el techo, sin contestar.
La noche anterior ha visto en el Facebook de su vecina que ella, el novio y “Namasté” van a pasar unos días en una cabaña a las afueras de la ciudad antes de mudarse definitivamente. Quizás a otra ciudad, quizás a otro país. Manuel no sabía, pero presentía que sería lo suficientemente lejos para no volver a ver a Nomi nunca más.
Solo esperaba que esta vez lo cuidaran bien.
Desde afuera Julio le sugiere que deje de llorar sobre la leche derramada y Manuel está casi seguro de que oyó a Miguel dándole un golpe. Y sonríe imaginándoselo, pero solo un ratito. Porque el siguiente en hablar es Martín y a Manuel le vuelve a doler el pecho de solo pensar en cómo lo trató la tarde anterior. No puede evitar que un par de lágrimas vuelvan a aparecer en sus ojos rojos y cansados, y trata de cubrirse los oídos para hacer caso omiso a lo que le diga.
Porque la verdad es que Martín no suena enojado ni rencoroso, sino que preocupado. Infinitamente preocupado. Y Manuel tiene miedo de que se le olvide toda la vergüenza y el orgullo, y termine corriendo a sus brazos en búsqueda de consuelo.
Pero no lo hace.
Porque Manuel sigue siendo Manuel, y toda una vida de antisocial no se arregla de la noche a la mañana.
Al final todos sus amigos se cansan y deciden marcharse, no sin antes advertirle que, si no salía de su apartamento para mañana, ellos mismos se encargarían de echar abajo la puerta. Manuel los ignora y suspira aliviado de volver a estar a solas.
“Flaco,” vuelve a llamar Martín luego de un rato de silencio, y Manuel tiene que apretar los labios y cerrar los ojos para no pensar en lo estúpido que es y cómo ha arruinado todo entre ellos. Porque si lo hace le van a dar ganas de llorar y ya está cansado de lágrimas. No puede faltar dos días seguidos a la pega sin una buena excusa, ni tampoco llegar con los ojos rojos.
“Abríme, porfa.” Suplica la voz de Martín luego de unos instantes. De nuevo no hay respuesta, y luego de unos minutos Manuel se convence de que se ha ido. Finalmente decide ponerse de pie, porque tirado en el sillón no va a solucionar nada, y empieza a limpiar el departamento para distraerse, pero, no llega a hacer mucho.
Después de todo no tiene idea de qué hacer con tantos juguetes de gato.
Y nadie más que él va a ver ese desorden.
Cuando Manuel no respondió a su llamado, la desesperación de Martín subió por las nubes. Las primeras dos horas luego de su pelea se las había pasado rumiando para sí, enfadado y dolido con las palabras de Manuel. Y cuando Pancho le había llamado para preguntarle qué había sucedido, porque Manuel no respondía el teléfono y ya estaba preocupado, le terminó contando todo lo que había pasado, incluida su discusión.
Para su sorpresa Francisco no parecía muy sorprendido por la reacción de Manuel. Según le dijo, esas explosiones eran normales en el castaño. Solía desquitarse con quienquiera que se encontrase en su camino cuando estaba bajo demasiada presión, y luego se arrepentía de todo lo que había dicho en su ataque de ira. También le confesó que Manuel era la clase de persona que solía alejar a todos de su lado cuando tenía problemas, porque no le gustaba que le viesen en sus momentos de debilidad. Y sinceramente la explicación sonaba tan como Manuel que Martín ya sintió que lo estaba perdonando sin siquiera haber hablado con él.
Faltaron dos horas más de reflexiones para que el rubio se diese cuenta de cuánto se parecían las palabras de Manuel a la rabieta de un niño pequeño. “No quiero verte a ti ni a nadie nunca más,” no sonaban ni remotamente como las palabras que diría un adulto que está pensando lo que dice. Menos aún sonaba como algo que diría Manuel, al que le gustaba verse maduro usando palabras sofisticadas y ahogando sus conversaciones en sarcasmo. El Manuel que hacía las bromas más inteligentes que Martín hubiese alguna vez oído, y los comentarios más ingeniosos y mordaces que pudiese alguien imaginarse. El Manuel que balanceaba la dureza de su lengua con su esquiva pero dulce sonrisa, y su rostro angelical, y sus bellos ojos.
Y Martín se dio cuenta que estaba demasiado enamorado de Manuel como para enojarse con él demasiado rato.
Demasiado enamorado de él como para poder verlo sufrir en silencio sin hacer nada.
Porque él era Martín El Groso Hernández, y si su novio necesitaba ver a cierto gato negro para volver a sonreír él se lo conseguiría de vuelta, aunque tuviera que matar para recuperarlo.
Bueno, no literalmente.
Pero recuperaría a Nomi, aunque fuese la última cosa que hiciese. Porque juraba por Dios que no sobreviviría si pasaba otra noche sin saber si Manuel estaba bien allí dentro, encerrado en su apartamento.
Y porque nada era imposible para Martín si tenía un incentivo. Y sin duda la felicidad de Manuel era el mejor premio de todos.
A la mañana siguiente Manuel está bañado y vestido otra vez, listo para ir al trabajo. Apenas ha logrado picotear un poco de cereal y solo ha pegado las pestañas un par de horas, pero no le importa. Lo único que quiere es escapar de ese desorden de emociones y pensamientos que se ha vuelto su apartamento, y está más que dispuesto a tomar horas extras si con ello puede retrasar las miradas de lástima que le van a dedicar todos sus conocidos en cuanto lo viesen.
Está a punto de salir cuando oye que llaman a su puerta. El llamado es demasiado evidente para poder hacerse el tonto, y ya ha aceptado que tarde o temprano tendría que volver a entrar en contacto con la civilización, aunque es demasiado temprano para su gusto. Un segundo golpe y Manuel suspira resignado, tomando sus llaves para abrir.
“¡Che, Manuel, abrí de una vez! Tengo a alguien acá que se muere por verte.” Llama Martín, y Manuel siente un nudo en el estómago de los puros nervios, olvidándose por completo de procesar las palabras del argentino. No es necesario. Un maullido al otro lado de la puerta llama su atención y a Manuel le tiemblan tanto las manos de la emoción que casi no puede poner bien la llave.
Cuando abre la puerta Martín y Nomi le reciben. El gato está tan emocionado que salta de los brazos de Martín hacia Manuel, y este a duras penas logra atraparlo. Por su parte, Martín no puede dejar de sonreír del puro alivio de ver que Manuel estaba bien, en la medida de lo posible.
“¿Cómo?” Pregunta Manuel, demasiado emocionado para poder formular una pregunta completa, y Martín solo se dedica a verlo besuquear y abrazar al gato en silencio, casi derritiéndose de la ternura. “No me digas que te secuestraste un gato,” insiste Manuel, mordiéndose la lengua para no agregar un por mí. Y sonríe tan deslumbrantemente que Martín tiene que desviar la mirada para poder concentrarse.
“No.” Farfulla, pasándose una mano por la nuca y tratando de recordar la pregunta de Manuel. “Mi primo, el Sebas, es abogado.” Explica. “Lo lleve conmigo para buscar a la mina y la amenazamos con denunciarla por maltrato animal y negligencia si no nos entregaba el gato, con papeles y todo. No teníamos ninguna prueba y solo un par de testigos, pero ella no lo sabía.” Añade con una sonrisa incómoda. “Debiste verlo, se puso pálida del susto. Creo que pertenece a una organización animalista o algo porque se apresuró a firmar todo y casi que salió corriendo.”
Y Manuel lo mira con una mezcla tan bella de felicidad, agradecimiento, admiración y amor infinito que Martín casi no puede resistir el impulso de abrazarlo y asegurarse que de verdad está bien. Pero decide tomarse las cosas con calma para no espantar al castaño, y saca un papel algo arrugado de su chaqueta.
“Ahora eres el dueño oficial.” Anuncia con orgullo, mostrándole lo que está escrito. Pero contrario a lo que había planeado, la sonrisa de Manuel no se ensancha, sino que sus ojos se llenan de lágrimas. Y Martín no sabe bien qué hacer, nunca ha visto llorar a Manuel antes y no sabe cómo arreglarlo. “¿No te agrada?” Pregunta, y se le nota el miedo a volver a arruinar todo en la voz.
Manuel niega con la cabeza y parpadea un par de veces para contener las lágrimas. “No,” aclara buscando qué decir. “Pero yo… yo te traté super mal y no lo merezco… no merezco esto, no te merezco a ti, yo…”
“Manu,” trata de detenerlo Martín, ansioso por volver a abrazarlo y que todo vuelva a la normalidad.
“No, escúchame.” Pide Manuel, cambiando el peso de un pie a otro con incomodidad. En sus brazos Nomi ronronea un poco como dándole fuerzas. “Lo que dije no es verdad, no quise decirlo. Pero estaba muy enojado y triste y cuando estoy así hablo puras leseras, y el punto es que no eres solo un veterinario para mí, no es verdad. Y si alguna vez te vuelvo a decir algo así no me pesquís porque solo estoy siendo un imbécil y…”
Mientras hablaba, su voz se iba volviendo más y más temblorosa y sus ojos amenazaban con volver a humedecer sus mejillas. Martín simplemente no pudo soportarlo más y lo atrapó entre sus brazos con fuerza, como estaba tan acostumbrado. “Lo sé, Manuel, no tenés que decirlo.” Le susurró, cerca de la oreja. Dándose el lujo de pasar la nariz por sus cabellos castaños, aspirando el aroma que había extrañado tanto.
Manuel alzó una mano para atrapar la mejilla del rubio, y parándose en putitas alcanzó sus labios con los propios. El beso fue corto y casto, pero eso no evitó que las mejillas del castaño se tiñesen de carmín por la vergüenza, incentivando a Martín a robarle más besos mientras los tres retrocedían al departamento de Manuel a pasar las penas entre mimos y besos.
Porque Martín tenía el día libre, y a Manuel ya no le importaba faltar un segundo día al trabajo si podía acurrucarse en el sillón junto a Martín y con Nomi en sus brazos.
La verdad. Ya no le importaba nada si podía estar nuevamente con su familia.
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Martín es un bailarín de tango profesional, Manuel un hada curiosa y obstinada. Una noche de primavera sus destinos se unen.
Prompt día 2 ArgChi Week: bailes tradicionales
Disponible también en Fanfiction y AO3.
Sigan leyendo que les juro que más abajo tiene sentido con la prompt
El prado estaba completamente bañado en la oscuridad de la Hora de los Sueños cuando llegaron a visitarle. Suaves revoloteos descendieron desde los cielos posándose sobre los capullos que tímidamente adornaban el vergel. Su sola presencia pareció sacudir el hechizo invernal que mantenía dormidos a cada vástago, brote y retoño; y a su alrededor el Viento danzó ansioso por volver a cargar con las más delicadas fragancias y acariciar los suaves pétalos. El delicado murmullo de la primavera alertó a todos de que el momento había llegado. Y en el firmamento la Luna se inclinó para observar expectante como las hadas comenzaban su trabajo.
La primera en iniciar su baile sacudió suavemente sus pies sobre un capullo amarillo antes de empezar a dar gráciles saltos y vueltas para anunciar a su dormida amiga que el momento de florecer había llegado. Todos los ojos del mundo parecieron posarse sobre ella, observando maravillados como una margarita floreció bajo sus hábiles pies, pétalo seguido de pétalo, paso tras paso. A su alrededor decenas de hadas la imitaron, trayendo a la vida a todas las somnolientas plantas. Los tulipanes abrieron los ojos maravillados por los delicados movimientos de brazos, las gardenias se impresionaron con los saltos, las dalias se entusiasmaron con los giros, los rosales suspiraron con los valses y las hortensias no pudieron hacer caso omiso a las elaboradas rondas que se interpretaban sobre sus cabezas.
Y poco a poco, bajo la atenta mirada de las Estrellas, el mundo fue llenándose de colores y olores en una fiesta mágica de vida. Prestos los claveles, fresias, crisantemos, narcisos y lirios despertaron de su sueño, y las ramas de los árboles se tiñeron de verde dejando el invierno detrás. Pronto la canción que solo puede ser escuchada por aquellos que pertenecen al mundo de las hadas resonó por los cielos, y las faldas giraron, los pétalos se agitaron, y las hojas se sacudieron a su ritmo en una vorágine de júbilo y alegría, robando sonrisas luminosas al firmamento.
Un poco más alejado del jolgorio se hallaba un hada que revoloteaba con decisión hacia el jardín de una casita de campo. Sus ojos se habían fijado en un capullo que yacía olvidado en una maceta junto a una de sus ventanas, e incapaz de dejar ninguna flor olvidada y condenada a un sueño eterno dirigió sus alas en su socorro. El pequeño botón verde pareció suspirar de alivio al verle, aún entre sueños, y el hada se apresuró a iniciar su baile. Se colocó sobre las puntas de sus pies estirándose cuán largo era y cerrando los ojos empezó a girar alrededor del capullo, haciendo elegantes poses combinadas con giros y saltos bajos, que liberaban su magia poco a poco, como un pequeño cosquilleo que sacudía con dulzura a la joven Amapola adormecida. Y así, poco a poco, y pétalo tras otro, la flor fue despertándose entre bostezos, abriéndose más y más con cada nuevo paso del hada.
Cuando el hada pudo presentir que solo hacía falta un par de giros más para que el corazón de la Amapola volviese a latir, realizó un último salto y empezó a coronar su danza de primavera con una serie de giros cada vez más rápidos. Finalmente, la Amapola extendía sus hojas y estiraba su tallo, enhiesta, finalmente el dios de los sueños empezaba a liberarla de su protector abrazo. El hada comenzó a abrir los ojos suavemente para admirar cómo el cinturón de pétalos rojos se abría en todo su esplendor y entrever el mundo que giraba a su alrededor. Y hubiese permanecido así hasta terminar con la última corola carmín si no hubiese captado con el rabillo de su ojo movimientos al interior del hogar de humanos.
La pobre hada tiritó de pies a cabeza, escondido tras el macetero de la Amapola. Todo su cuerpo se encogió de puro pavor, y con el alma en un puño tuvo que darse valor para mirar por entre las hojas de la flor y comprobar que nadie le hubiese visto. Su vista se deslizó por la habitación cuyas luces se habían encendido en algún momento de su baile. El piso era de madera lustrosa, al fondo unas copas de oro y pequeñas estatuas descansaban sobre unos estantes. En el extremo opuesto una mesa baja con un florero adornado con rosas moribundas, y un par de sillas se acomodaban cerca de unas ventanas del tamaño de puertas. Y al medio de todo un reloj pequeño colgaba de la pared marcando los segundos con taciturna constancia.
Lo único interesante sucedía en el centro de la habitación.
Erguido con elegancia y avanzando con precisión, un humano de cabellos del color del Sol y ojos de esmeralda bailaba solo, sin siquiera música para acompañarlo. Sus pasos eran rápidos y lentos a la vez, y tenía una ligereza de pies que pocas veces podía apreciarse en criaturas que no fuesen mágicas. Sus brazos se alzaban guiando a un acompañante invisible en un extraordinario intercambio de giros y poses. Pronto alejaba con dolor a su pareja de su lado, y con la misma presteza volvía a acercarle a su torso y envolverle en un anhelante abrazo. Y así, lentamente, una historia de pasión y tormento empezó a ser dibujada por su solitario y prodigioso andar.
Los ojos cobrizos del hada brillaron con emoción, siguiendo hipnotizado cada uno de los movimientos del humano. Nunca en sus miles de años de existencia había visto danza semejante. No era similar a los valses que fascinaban a las flores finas, ni a los ritmos animados que sacaban de su sopor a las más coloridas. No, el hada no podía siquiera imaginarse qué tipo de flor se sentiría atraída por un baile de ese estilo, pero de seguro sería muy hermosa. Seguramente una de las flores más hermosas de todo el mundo.
Olvidando todo temor a ser observado por el hombre perdido en la pasión de su baile, la joven hada se paró enhiesta e imitando la posición de sus brazos y pies trató de seguir cada uno de sus pasos, pero el ritmo era mucho más inconstante de lo que solía bailar y pronto terminó enredándose con sus propios pies y deslizándose en un Split hasta el piso. La Amapola junto a él lo observó confundida, demasiado adormilada aún para poder comprender bien lo que sucedía, y las mejillas del hada se tiñeron del mismo carmín de sus pétalos, embargado por la vergüenza. No era siquiera pensable que un humano le superara en aquello para lo que había nacido, y aun así los movimientos de aquel con cabellos dorados parecían superarlo en habilidad.
Pronto el baile cesó. Las luces se apagaron y el humano desapareció tras una puerta con expresión indescifrable. La suave caricia de los rayos de la Luna fue sucedida por el saludo del Sol en el firmamento, y la danza de las hadas fue reemplazada por la apacible quietud de la primera mañana de primavera. Pero la emoción en el corazón del hada que aguardaba sentada junto a la Amapola no pudo ser sustituida por quietud mientras los recuerdos de la hipnótica danza permanecieran en su mente, y el deseo de emularla recorriese su cuerpo de pies a cabeza.
No, cuando un capricho se apoderaba de los pensamientos de un hada, no existía fuerza en el mundo capaz de evitar que las obstinadas criaturas cumplieran su cometido.
Al día siguiente el hada apareció ante la puerta del humano de cabellos de oro sin siquiera anunciarse. El hombre se lo encontró de golpe, observándolo a través de sus puertas francesas con uno de sus brazos en jarra sobre su cintura, y tuvo que tomarse unos segundos para recomponerse del susto. Cuando volvió a alzar la vista para comprobar que no se lo había imaginado, el muchacho seguía allí, con sus ojos cobrizos clavados en él. Cabellos del color de las castañas, piel tersa y mejillas rosadas lo recibieron con atenta vigilancia; de contextura delgada y estatura media, el joven vestía una camisa carmín sin mangas que se ajustaba perfectamente a su torso, y se soltaba a la altura de la cintura en una especie de falda que descendía hasta el inicio de sus muslos. Bajo ello mallas blancas, y en sus pies ballerinas carmesí.
La mirada esmeralda volvió a recorrerlo un par de veces, incapaz de comprender que hacía un bailarín de ballet en medio de su jardín, espiándolo sin descaro alguno. Pero no tuvo mucho tiempo para meditarlo, porque con su mano libre el extraño joven golpeó el marco de su puerta, exigiendo que se le atendiese.
“Buenos días.” Murmuró el hombre, aún confundido con la situación.
Pero el hada, que por muy disfrazado de humano que estuviese poco conocía de las maneras propias de los mortales, no pudo comprender que se trataba de un saludo y solo atinó a asentir suavemente. Después de todo no había días más buenos para un hada que los del inicio de la primavera.
“Deseo que su cortesía haga el favor de enseñarme a bailar como usted.” Explicó rápidamente, sin vueltas.
El hombre volvió a quedárselo mirando ensimismado, y el hada se cuestionó si había algo en su apariencia que diese señales de su artificio.
“¿Querés que te enseñe a bailar tango?” Preguntó el humano, asegurándose de haber entendido.
“Tango.” Repitió con deleite, saboreando la palabra en su boca. “Sí, eso es lo que quiero.” Aseguró, ansioso por comenzar.
“¿Y has venido todo el camino hasta acá para pedirme que te enseñe a vos?” Cuestionó, entre ofendido y divertido por el atrevimiento del misterioso joven.
“No ha usted de temer por mis ánimos y energía, pues mi viaje no ha sido tan largo como imagina, ni mi travesía cansadora.” Le tranquilizó el hada. “¿Cuándo podemos comenzar?”
“¿Y por qué debería enseñarte a bailar, si es que puedo preguntar?” Cuestionó nuevamente el humano con una sonrisa resbalándole de los labios, cada segundo más fascinado con su indescifrable visita.
El hada frunció las cejas, confundido y enfadado por la innecesaria demora. "Si es la recompensa lo que os preocupa no debéis de temer, cualquier riqueza que sea de su ambición puedo proveerla." Y mirando hacia las copas reposando al fondo de la habitación añadió. "Si es oro lo que os place, oro tendréis."
Y el humano de cabellos bañados con el color del fuego tuvo que cubrirse la boca para no soltar una carcajada. Ese chico no podía ser más raro, y aun así había algo cautivador en su presencia que le impedía despacharlo inmediatamente.
"¿Y si no atesoro oro o riqueza alguna?" Volvió a presionar el dueño de casa.
El hada se lo quedó mirando en completa confusión, pues era bien sabido entre todos los seres mágicos que no existía humano cuyo corazón no ambicionara algo, tal era la naturaleza de su raza, y así permanecería hasta el final de todos los tiempos. Claramente el hombre estaba ocultando la verdad tras su sonrisa, y ante mentiras un hada no sabía cómo actuar.
“Por el placer de compartir la belleza y dicha de una danza no hay sacrificio demasiado grande.” Se aventuró a decir, deseando intensamente que sus palabras lograran convencerlo, ¿pero existirían pensamientos tan nobles dentro de mentes tan sencillas?
El hombre cesó sus preguntas, sorprendido. Y un inusual brillo hizo sonreír a las esmeraldas de sus ojos. Una nueva revisión de pies a cabeza y un suspiro hicieron falta antes de que la puerta se abriera por completo para su visita, y el hada entró presto, deteniéndose expectante al medio de la pista de baile.
“¿Comenzaremos ahora?” Preguntó con una sonrisa victoriosa, demasiado entusiasmado para pensar por más de unos instantes en que aquella justificación no era suficiente pago por el favor que se le estaba concediendo. Pero desechó la preocupación con rapidez, después de todo no le bastaría más de unos días para descubrir aquello que añoraba su corazón, y en consecuencia concedérselo como recompensa. Ningún hada ilustre guardaría jamás deudas impagas, menos aún con mortales.
“Esperá un minuto, aún no he aceptado.” Le advirtió, acercándose a él y extendiendo la mano. “Partamos por el principio: Martín Hernández.” Se presentó.
Y el hada posó su mano sobre la del hombre con suavidad, sin sacudirla ni apretarla; no muy seguro de qué estaba pidiéndole.
Martín no perdió la oportunidad de besar seductoramente el torso de su mano y guiñarle un ojo de manera cómplice, pero nuevamente las maneras de los hombres se le hicieron desconocidas a la pobre hada, y solo retiró su mano con incomodidad.
“¿Y tu nombre es?” Le instó Martín, ansioso por concluir las presentaciones.
El hada abrió la boca para contestarle, pero se detuvo al recordar que no había palabras en ningún lenguaje humano que permitiesen igualar el ruido de los rayos de luna sobre pétalos carmines, ni oídos mortales que comprendiesen el lenguaje de las hadas. Solo le quedaba decir la verdad. “No tengo ninguno de vuestros nombres.”
Martín alzo una ceja, divertido. “Me gusta que te hagas el misterioso, pero si te voy a enseñar necesito alguna forma de llamarte.”
“En ese caso puede darme el nombre que os plazca.” Cedió el hada, frunciendo el ceño con impaciencia.
Martín tomó su tiempo para examinar al joven. Observó su rostro con detenimiento y dio un par de vueltas alrededor de él como si esperase encontrar alguna etiqueta con su nombre escrito en ella. Finalmente anunció que su visita tenía apariencia de Manuel, y el hada no se lo cuestionó ni puso objeción alguna.
“Bien Manuel, no estoy seguro cómo lo conseguiste, pero me tenés bastante convencido. Solo necesito una cosa.” Habló Martín sentándose en una de las sillas que aguardaba junto a su mesa de café. Y antes de que el hada pudiera responderle agregó. “No importa que tan bonito hayas venido, necesito saber cuán ligeros son tus pies y cuán grandes son tus habilidades antes de aceptarte como mi estudiante.” Declaró, poniéndose cómodo. “Mostráme que sabés bailar y soy todo tuyo.”
El hada no pudo evitar sonreír de oreja a oreja, completamente complacido con el acuerdo. Y retrocediendo con tranquilidad un par de pasos se plantó ante Martín con uno de sus brazos estirado hacia el techo en una elegante pose, resistiendo así unos segundos antes de comenzar su danza.
Manuel elevó una de sus piernas con la rodilla doblada, y volvió a bajarla con suma gracia, cruzando sus pies tras de sí y estirando por completo su pierna sobre su cabeza antes de avanzar los primeros pasos. Un giro siguió a otras poses, y pronto Manuel se encontró realizando delicados saltos que toda bailarina profesional envidiaría, y diestras piruetas que dejarían sin aire a cualquiera. Cada uno de sus gestos y movimientos poseía una fluidez y naturalidad innata que hacía imposible quitarle los ojos de encima. Y Martín pronto se encontró envidiando la fina tela que se arremolinaba alrededor de la cintura de Manuel, e imaginando qué clase de tango invocaría alguien tan avezado en el arte del baile. El hada realizó una serie de giros que parecieron despertar el dulce recuerdo de violines en la mente del rubio, y con suma parsimonia concluyó su presentación en la misma pose en la que había comenzado. Permaneció quieto apenas unos instantes, antes de voltear el rostro con emoción, deseando ver la reacción del rubio.
Pero ya sabía cuál sería su respuesta.
En los próximos días Martín descubrió que todo el garbo y elegancia que poseía el cuerpo de Manuel se desvanecía completamente al momento de bailar tango. Los pies del bailarín no podían coordinarse cuando el ritmo de las canciones cambiaba de lento a veloz y viceversa, sus movimientos eran o demasiado delicados o muy bruscos, y nunca lograba ponerse en sintonía con el tono que le correspondía a cada canción. Peor aún, Manuel no entendía ni en lo más mínimo la clase de emociones que debían desplegarse al bailar un tango, y aun las pocas veces que lograba realizar los pasos correctamente su interpretación era plana y vacía, nada comparado con lo que le había demostrado que era capaz.
Pero a pesar de todo Martín debía admitir que la voluntad del castaño era inquebrantable, y su pasión infinita. Los ojos cobrizos brillaban con intensidad cada vez que el rubio le daba un consejo o le enseñaba un nuevo paso, y nunca se detenía hasta lograr imitarle a la perfección. El argentino creía haber hallado por fin a alguien cuyo amor por el tango fuese tan grande como el suyo. E incluso cuando se equivocaba Martín no podía evitar sonreír con afecto, porque las torpezas de Manuel eran seguramente las más gráciles que alguna vez se hubiesen visto.
Su vida comenzó a llenarse de Manuel. Cada mañana se encontraba con el muchacho esperándole en su patio trasero, y cada mañana sonreía de oreja a oreja al oírle quejarse de cuánto lo había hecho esperar, aun cuando le invitase a entrar antes de la hora pactada. Los días se deslizaban viendo a Manuel practicar, primero con una escoba entre los brazos para asegurar su correcta posición, y luego con Martín sosteniéndole por la espalda para corregir algún gesto o guiarle por la pista. Y poco a poco su cuerpo fue olvidando los errores, eliminando las torpezas y aprendiendo a conducirse con el estilo y la impronta necesaria.
Pronto Manuel pareció entender cómo hablar con humanos, y sus conversaciones se volvieron más largas y habituales. El modo arcaico que había aprendido de sus hermanas mayores se volvió más relajado e informal, y comprendió que en las futilidades yacía el truco para dejar a cualquier mortal satisfecho. Y Martín parecía amar hablar. De él supo que había dedicado su vida al baile, que había aprendido a bailar cuando aún era niño (lo cuál había sido apenas un poco más de dos décadas atrás), que venía de tierras lejanas, y que las copas y estatuas que poseían eran regalos otorgados por ser el mejor bailarín de tango en todos los reinos que visitaba.
Y aunque Manuel apenas podía dar vagas respuestas sobre quién era él, a qué se dedicaba, dónde vivía y cuántos años llevaba existiendo en ese mundo; no tenía problemas en reciprocar sus confidencias contándole de sus flores favoritas, o de lo hermosas que se veían las Estrellas en plena noche, lo amable que era el sople del Viento, y de cuánto le gustaba que el rocío matinal bañara su piel. Y Martín parecía contentarse con saber que el color rojo era su favorito y que había aprendido a bailar todo tipo de cosas desde muy pequeño, porque cada vez que le contaba algo una sonrisa aparecía en su rostro y sus ojos le miraban con un brillo intenso, como si comprendiese plenamente las bellezas de las cuales el hada le hablaba.
Manuel descubrió también que Martín no era la clase de humano del que había oído. Las anécdotas que hablaban de guerras, odio, mentiras y egoísmo no parecían alcanzarlo; y en su temperamento y maneras el hada no lograba entrever más que bondad y alegría. No había más que una sonrisa y un comentario alegre cuando su voluble temperamento le hacía quejarse, ni menos que un cumplido y una frase de ánimo cada vez que cometía una equivocación. Además, sus modales para con él eran impecables, su sonrisa deslumbrante, y sus rasgos tan gallardos como los de cualquier príncipe del que alguna vez hubiese oído; por lo que al hada no le quedaron dudas de que se había hecho de la compañía del más ilustre de los humanos. Fue así como con el tiempo aprendió a disfrutar no solo del baile, sino también de su simpatía.
Había días donde la inhumana resistencia de Manuel les hacía olvidar del paso de las horas, y ninguno de los dos probaba bocado alguno hasta que sus estómagos se los suplicaban con desesperación. Y muchas más veces en las que Martín debía arrastrarle hacia su cocina con la expresa amenaza de no seguir entrenándole si no comía algo. Pronto aprendió que Manuel solo parecía alimentarse de frutas y vegetales en muy pequeñas porciones; y que no importaba cuántas veces le asegurase que ninguna dieta era necesaria para él, quien ya era perfecto, el apetito de su estudiante nunca era suficiente para acabar un plato. La pobre hada, que no obtenía beneficio o placer alguno de ello, se esforzaba cada día en masticar un par de cosas para dejarle contento, aunque Martín nunca estuviese completamente satisfecho con sus intentos.
La solución a sus problemas llegó de manera fortuita un día en que Martín intentó tentarle con uno de sus alfajores, preocupado luego de que Manuel solo mordisquease un par de trozos de manzana. El suave sabor del chocolate y el dulce de leche en su boca iluminó el rostro del hada que, aunque seguía sin ser adepto a la comida humana, podía reconocer que entre los dulces se encontraban sus mayores delicias. Desde entonces Martín empezó a ordenar tartas y pasteles para su goloso discípulo con tal de no llegar a verlo desmayado en medio de su pista de baile. Además, todo valía la pena si lograba entrever la deslumbrante sonrisa del de cabellos castaños y el delicado sonrojo con el que la alegría teñía sus mejillas.
Con las semanas, los pies de Manuel recobraron la habilidad innata en ellos y el muchacho aprendió a variar la velocidad y controlar la técnica. Sus movimientos se volvieron tan precisos como los de su maestro, y su naturalidad y flexibilidad empezó a favorecerlo al momento de interpretar las piezas. Pero Martín aún no lograba ver pasión o deseo en ninguno de los pasos de Manuel, sin importar cuán elegantes e impresionantes fuesen sus piruetas. Y a pesar de que no era algo que podía enseñarle, y de que se había prometido a sí mismo no acompañarle en sus bailes, pronto se vio guiándole por la pista, completamente perdido entre sus ojos cobrizos.
Manuel era más bajo que él y no pesaba casi nada. No tenía que ejercer ningún esfuerzo para guiar sus pies livianos a través de la música, y levantarlo o arrástralo por el piso no era ningún problema. También era capaz de estirarse en un Split sin siquiera pestañear, de acompañarlo en las series de pasos más complicadas sin siquiera soltar una gota de sudor, y levantaba las piernas muy por encima de su cabeza. Todo en él le hacía el acompañante perfecto con quien siempre había soñado.
Y aunque una vez más trató de guardar las distancias y no dejarse guiar por sus emociones, era difícil no tentarse por el bello rostro de Manuel, o su dulce inocencia, el inteligente brillo de sus ojos o su enigmática pero cautivadora personalidad. Su mano empezó a deslizarse cada vez más cerca de la cintura de Manuel, y su contacto se volvió más apretado. Por primera vez en todos sus años de práctica Martín no tuvo que fingir que le dolía en el alma cada paso que les separaba siquiera unos centímetros, ni preocuparse por que sus ojos y manos recorriesen la piel de su pareja con anhelo suplicante. Pronto se volvió un juego de voluntad el acercar su rostro con el del castaño sin robarle un beso, y sus clases se extendieron hasta que el Sol desaparecía del firmamento y Manuel terminaba huyendo de sus brazos.
Cada vez que impresionaba a Manuel con un movimiento y sus ojos brillaban emocionados, Martín se sentía más joven. Cada vez que un sorprendido jadeo se escapaba de los labios rosados, seguido de una sonrisa, Martín no podía contener el cosquilleo que le revoloteaba en el estómago. Y deseaba permanecer de ese modo para siempre, bailando tango con Manuel por la eternidad si ninguna preocupación, en un juego de seducción interminable. Pero Martín se quedaba sin aliento mucho más rápido de lo que deseaba, y pronto debía ceder a Manuel a su rival invisible, y contentarse solo con robarle sonrisas al de cabellos castaños cada vez que le entregaba un cumplido.
Y aunque Manuel no quisiera admitirlo, ya estaba empezando a desear no ser un hada para poder quedarse a bailar toda la noche junto a Martín sin miedo a transformarse frente a sus ojos; y así ser capaz de sentir el electrizante cosquilleo que lo embargaba cada vez que el rubio lo levantaba con firmeza, el delicioso temblor que lo recorría cada vez que sus ojos se topaban, y el excitante latir de su corazón sin que ninguna pausa o despedida les interrumpiese. No había nada en el mundo que le permitiese esconder sus sonrojos cada vez que el humano le halagaba, ni satisfacción más grande que iluminar las esmeraldas con emoción, y llevar una sonrisa a su boca. Manuel incluso podía jurar que toda felicidad del pasado era opaca ante la que compartía con el hombre de cabellos de oro.
Y a pesar de que Manuel no sabía lo que era entrar por la puerta principal, las metáforas pasaban por sobre su cabeza, no entendía la mitad de sus chistes, y a veces era demasiado directo y un poco gruñón; Martín aprendió a amar todas sus peculiaridades. Y aunque Martín era humano, Manuel cada vez encontraba menos defectos en él, y comenzó a amarlo aún con su corazón propenso a la inconstancia, y por sobre todas las cosas bellas y perfectas que sus ojos de hada habían conocido antes.
Pero Martín siempre estaba triste y cansado, Manuel podía verlo. La melancolía estaba ahí en sus ojos cada vez que creía que no podía verlo, ocupado en su baile solitario. Y estaba allí cada vez que los ojos del hada lo espiaban en la noche, cuando ya no podía resistir la separación y se asomaba por su ventana abandonando todas las flores del mundo con tal de volver a verlo. Pero el hada, aunque cada día entendía más sobre humanos, no sabía qué hacer para arreglar un corazón en pena, pues el suyo propio, demasiado joven y puro, no había encontrado dolor alguno hasta ese día en que descubrió desdichas en el otro. Así que hiso lo único que sabía hacer para traer alegría al mundo.
Cada vez que se separaban para que Martín recobrara el aliento, Manuel rechazaba a su acompañante invisible y en cambio empezaba a interpretar piezas para Martín. Al principio el hada sintió vergüenza de sí y temió que sus intentos no dieran resultados, después de todo flores y corazones no tenían nada en común. Pero luego de comprobar que el hombre de cabellos de oro le miraba hipnotizado tras cada giro y salto estuvo seguro de que sus bailes no solo lograban despertar la primavera, sino que también podían aligerar los corazones. Y aunque había pocas cosas más adictivas que bailar tango con Martín, el capturar su mirada con el baile le seguía bastante cerca, por muy bochornosamente vanidosos que esos pensamientos fuesen.
Y bailar dejó de ser su vida entera, y empezó también a ser un regalo para aquel otro que ahora formaba parte de ella. Y aunque había veces en las que Martín prefería solamente sentarse y compartir un abrazo, o sostenerse de las manos mientras recuperaba la compostura; Manuel no perdía la esperanza de que algún día su baile terminaría por eliminar todos los problemas del hombre de cabellos del color del Sol y por fin su deuda sería saldada. Aun cuando eso significase, lamentablemente, no tener ningún motivo para quedarse ni impedimento alguno para marcharse a entretener flores con su nueva habilidad.
Porque Manuel amaba a Martín con ese amor puro y candoroso de las hadas, y estaba dispuesto a todo con tal de traerle felicidad a su ser amado.
Su primer y único amor.
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Por eso cuando Martín se levanta de su asiento con fuego en su mirada, y lo toma de la cintura para regresarlo al centro de la pista, Manuel no puede reprimir un suspiro. Con una sonrisa se deja guiar por los brazos expertos del rubio alrededor de la pista, apretando su torso al del más alto, y enredando sus piernas entre las del otro en una serie de pasos que roban jadeos de emoción de su boca. Un giro, un salto y una vuelta los separan antes de que los brazos del rubio lo reclamen para él. Y es entonces, cuando Martín lo inclina hacia atrás sosteniéndolo con firmeza, una mano en su espalda y la otra en su muslo, que sucede: cobre y esmeralda se encuentran y aunque la música sigue sonando ninguno de los dos puede moverse.
Cuando los violines empiezan a anunciar el crescendo, Martín finalmente reúne las fuerzas necesarias para atreverse a acercar más sus rostros y, si así se lo concedía el dueño de todos sus pensamientos, besar la dulce boca con la que lleva soñando más de un mes. Y a pesar de que Manuel tiene miedo de que las emociones que lo embargan en ese momento sean demasiado fuertes y termine olvidándose de mantenerse oculto tras su disfraz, no puede evitar rodear el cuello de Martín con los brazos y cerrar los ojos dejándose llevar en la espera de la caricia de unos labios que nunca llegan.
“¡Martín Hernández!” Clama una voz tras sus espaldas. Y el grito es tan duro y mordaz que ambos saltan asustados, olvidándose del beso que aún hace que sus labios hormigueen expectantes. “¿Qué se supone que estás haciendo?” Pregunta un hombre rubio y con gafas a la entrada de su salón de baile. Y Martín no puede evitar intentar esconder a Manuel tras su espalda mientras sostiene su mano con fuerza.
Porque, aunque sabe que ha llegado el momento de enfrentar la realidad y dar respuestas, no está dispuesto a dejarlo a ir por nada del mundo. Incluso si ello significa tener que renunciar a su segundo amor en la vida: el tango.
El hada no logra comprender la mitad de las cosas que suceden desde que el segundo hombre ingresa a la habitación. Es la primera vez que ve a otro humano en la casa de Martín, y no sabe muy bien quién puede ser ni qué otra cosa, aparte de sonreír por simpatía, es la conducta apropiada en esa clase de ocasiones. Sus dudas son aliviadas cuando Martín le presenta al extraño como Sebastián, con quien comparte lazos de sangre. Pero cuando le llega el turno a él para saludar a la otra parte, y Manuel se presenta como Manuel, ninguna conversación casual se hace presente (aun cuando el hada ya tenía, para su propio orgullo, varias respuestas preparadas en su cabeza), y en cambio solo un odio profundo parece brillar en los ojos del recién llegado.
Y aunque no conoce las maneras de humanos, está bastante seguro de que el trato que Sebastián le dedica durante los pocos minutos que conviven juntos está falto de modales, pues no cree haber cometido ofensa alguna que le viese en la obligación de ser expulsado de la reunión familiar. Menos aún se siente merecedor de la indiferencia y animosidad instantánea con las que injustamente es tratado. Pero Martín solo lo mira con pesar en sus ojos sin decir nada en favor suyo o de su estadía, y el hada termina por marcharse hacia el jardín, desapareciendo camino hacia los prados para sorpresa de la visita.
No va muy lejos.
Manuel zumba preocupado, volando hacia la abertura de la ventana para poder escuchar mejor lo que está sucediendo. Y la alegre Amapola, que ha florecido incansablemente desde su primer encuentro con Manuel, le observa pasar a su lado contagiada del mismo desasosiego que aprieta el corazón del hada. Lamentablemente no dura mucho adentro. Martín pronto lo descubre revoloteando dentro de su salón, y casi como si lo hubiese reconocido en su nueva forma, lo toma en sus manos con delicadeza y lo conduce hacia la libertad del jardín, aún con las ácidas palabras de Sebastián carcomiendo sus oídos.
Su segundo intento es apenas más fructífero. Convertido nuevamente en mariposa, Manuel decide esta vez descansar sobre la amable Amapola, que abre sus pétalos con orgullo para demostrarle lo mucho que ha crecido gracias a la constante magia que bebe de sus bailes, y el espectacular tono carmín que la tiñe entera. Pero Manuel no tiene tiempo para prestar atención a esos detalles, demasiado ocupado intentando que sus delicados oídos de mariposa logren captar al menos un par de frases de lo que sucede adentro. Bien sabido es por las hadas y todo ser mágico cuán iracundos y violentos algunos humanos pueden ser. Y aunque está seguro de que el alma amable de Martín jamás recurriría a tales excesos, no conoce al extraño, y no puede asegurar que los lazos formados por la familia vayan a detenerlo al momento de que su ira se desate.
“… un completo extraño!” Remarca Sebastián, y Manuel no debe recurrir a ninguna magia para descifrar que están hablando de él.
“Lo conozco muy bien y con eso me basta.” Contestó Martín, igual de ofendido que la pequeña hada.
“¿Cómo sabés siquiera que es lo que en realidad quiere? ¿Cómo podés estar seguro que…”
“Lo estoy. Manuel no haría nada de lo que estás pensando, él no es así.”
“Te estás cegando por una cara bonita.” Le recriminó el hombre.
Y por unos instantes no pudo escuchar el resto de la discusión, distraído por el murmullo del Viento que le llamaba para obsequiarle con sus ráfagas y permitirle jugar entre sus suspiros. Pero rechazó la invitación con cordialidad lo más rápido que pudo y cuando volvió a dirigir su atención a la discusión las palabras que lo enfrentaron le dejaron aún más inquieto de lo que se sentía.
“¡Seguir así va a matarte! Y si no lo echas tú, yo…”
“¡Vos nada! No quiero que vuelvas a acercarte a Manuel otra vez.” Rugió Martín agarrando el brazo de su primo con ira en su rostro, y la pequeña mariposa tembló de temor. Nunca había visto a Martín así y ahora temía que fuese él quien estallara en un arrebato de violencia contra su visitante. “Es más, no quiero volver a verte por aquí.” Agregó el rubio, arrastrando al otro hombre de vuelta a la puerta de entrada. “Y si te atrevés a …”
Manuel no pudo seguir escuchándolos luego que desaparecieran por el pasillo, pero se apresuró e convertirse en petirrojo y voló por sobre la casa de Martín hasta posarse en el árbol de la entrada para observar que sucedía.
Sebastián suspiró derrotado luego de que la puerta se cerrase en su cara, y con rostro angustiado entró a la carroza de metal que dormitaba fuera de la casa de Martín. Los ojos miel del humano observaron la apacible fachada un par de minutos, casi esperando que la puerta volviese a abrirse y la razón entrara en la cabeza de su primo, pero sabía que no sería así. Finalmente despertó al monstruo de metal y condujo su andar lejos del hogar de Martín. Manuel le observó desaparecer por el camino de tierra, y solo voló de vuelta a la ventana del rubio cuando comprobó que no había peligro de que regresase.
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Encontró a Martín sentado en el salón de baile, con la cabeza oculta entre las manos y mirando el piso. Solo hizo falta que se aproximase unos pasos para percibir que su alma estaba conflictuada, y no pudo evitar temer que fuese él la causa de toda esa aflicción.
“Martín.” Le llama con suavidad, el dolor asomándose en sus ojos. Y cuando el rubio levanta la vista sorprendido de que el muchacho se encuentre parado junto a él, el hada puede ver que sus ojos están rozando las lágrimas. “¿Ha sido mi culpa?” Pregunta, secando una gota que ha caído por la mejilla del humano con su pulgar, temeroso de oír la respuesta.
“¿La pelea?” Pregunta Martín, y Manuel asiente desviando su vista porque no quiere que el hombre vea el desconsuelo en sus ojos. “No, no. Claro que no.” Le asegura el hombre, colocando una mano sobre la de Manuel y regalándole una sonrisa consoladora.
“No he querido causar problemas.” Insiste Manuel, aún incapaz de creer sus palabras. Porque a pesar de lo que vio, sabe que Martín es tan amable y gentil como cualquier hada, y que haría lo posible por evitarle dolor a otros.
Pero Martín lo jala de la cintura y lo sienta en sus piernas con ternura. “No debes preocuparte por eso, nunca has sido un problema, al contrario.” Le reconforta en un apretado abrazo, apoyando su nariz sobre los cabellos castaños y aspirando su aroma a flores. “Eres lo único bueno de este lugar.” Le asegura, y Manuel no puede evitar levantar el rostro con las mejillas encendidas y el corazón latiéndole fuerte.
“Lo único bueno que he tenido en años.” Susurra Martín con ojos brillantes, acariciando su mejilla con delicadeza. Y el hada está seguro de que nunca se ha oído en la historia galanteo tan dulce, ni palabras más bellas han sido compartidas entre otro par de amantes.
Por eso cuando Martín se inclina hacia su dirección Manuel no pierde ni un segundo en enredar sus brazos alrededor de sus hombros. Y cerrando los ojos con suavidad, deja que los labios de Martín beban de su boca, y que toda preocupación anterior se desvanezca ante el hormigueo que inunda su vientre y nubla sus pensamientos. Los brazos de Martín se cuelgan de su cintura y sujetan su cabeza, atrayéndolo hacia él con delicadeza. Y Manuel descubre en la boca ajena algo más encantador que un baile, permitiendo que la tarde se deslice poco a poco, aun sujeto a sus labios.
Solo la llegada de las primeras estrellas logran arrancarlo de sus brazos. Porque, sin importar cuán placentero sean sus besos, hay una ley que no puede ser rota: cuando la Hora de los Sueños se abre paso por la noche ninguna hada debe estar frente a ojos humanos.
Y Manuel no desea arriesgarse. Porque ha decidido por siempre a su lado quedarse, y si para ello ha de sufrir unas horas de separación, bienvenido fuese.
Pues no hay mal que por bien no venga; y cuando el amor se apodera del corazón de un hada, no existe sacrificio en el mundo capaz de evitar que cumpla su anhelo.
Manuel no vuelve a visitar los prados ni baila para flor alguna. Sus días los pasa enredado entre los brazos de Martín, bañado en suaves caricias. Y aunque ya no puede disfrutar de tardes enteras compartiendo apasionados tangos con Martín, no deja de bailar para él los más hermosos ritmos que alguna vez hubiese aprendido. Porque Martín le ha confesado con pesar que ha venido al campo a descansar y cuidar una lesión, y que no se supone que deba hacer ejercicio ni esfuerzo alguno. Y a pesar de que al principio no puede evitar molestarse con él por haberle mentido sobre algo tan importante, un par de besos en su ceño fruncido y las palabras de perdón de Martín son suficientes para que su temple se calme y su corazón vuelva a inundarse en cariño.
Y se dice a sí mismo que Martín tiene razón, que ocultar información no es lo mismo que mentir, y que no debe temer alguna vez que su amor le engañe. Porque Martín es bueno y amable, y porque su corazón es fuerte y nunca caería ante la inconstancia y la oscuridad que aquejaba a otros humanos.
Y así pasan las semanas, solo separados cuando la infame hora se acerca y Manuel debe huir del abrazador contacto de Martín para refugiarse de su mirada hasta el siguiente amanecer. La Luna, fiel compañera de los amantes afligidos, lo observa todas las noches aguardar en el tejado a que las Estrellas se destiñan en el cielo, y el Sol vuelva a reinar el mundo. Y aunque el hada percibe el llamado de la avanzada primavera, y su cuerpo se agita en un dulce hormigueo deseoso por correr a los campos y seguir su camino al sur en búsqueda de más flores que despertar; Manuel hace oídos sordos y se mantiene firme hasta que las voces de su alma se acallan y una nueva mañana llega.
Todos los días le pregunta ansioso a Martín. “¿Vas a recuperarte pronto?” Y todos los días Martín le responde con dulzura, “Solo si sigues bailando para mí.” Y a Manuel le parece una respuesta muy sabia, y hace caso a su solicitud, completamente ignorante de la clase de afecciones que alteran los cuerpos humanos y de cómo curarles. Pero no importa, porque a Martín le encanta incluso hasta la forma en que Manuel camina, y no puede pasar ni un solo día sin ver su rostro brillar con emoción cada vez que baila para él. Y porque mientras siga las ordenes de su doctor y descanse nada debería arruinar el idílico paraíso en el que Manuel lo ha sumergido.
O eso es lo que espera.
Pero los anhelos humanos no siempre se hacen realidad. Y una mañana Martín amanece tan cansado que apenas logra salir de la cama y comenzar su día. Pero debe fingir, porque Manuel lo saluda con un beso en la boca al primer instante que aparece en la cocina, y se ve tan hermoso vistiendo la polera que le ha prestado junto a los jeans que le ha comprado para variar su eterno atuendo, y tan infinitamente sonriente, que Martín no tiene fuerzas para arruinarle el día con sus problemas. Y después de todo, nada dice que no se deba a las horas de sueño que ha perdido pensando en lo afortunado que es de tener a Manuel a su lado, o a lo temprano que se ha levantado.
Así que se traga un par de pastillas extra a escondidas y se sienta a tomar desayuno como cualquier otro día, dejando a un lado sus preocupaciones. No puede evitar sonreír con embeleso al ver la expresión del rostro de Manuel cuando le cuenta la feliz noticia de que una alondra ha decidido hacer su nido en su jardín, y el brillo de sus ojos cuando prosigue la conversación relatándole fascinado las nuevas maravillas que devoró de su biblioteca. Y es entonces que se da cuenta que ama tanto a Manuel que llega a dolerle el pecho de puro cariño. Su respiración se escapa de sus labios con la repentina realización, haciéndolo caer al piso ante los espantados ojos cobrizos.
Y Martín no puede soportar el horror de ver a Manuel completamente angustiado llamando su nombre, sin saber qué hacer para ayudarlo. No puede, porque la felicidad de Manuel es lo más preciado que tiene en el mundo, y desea conservarla hasta el último momento, e incluso más si es posible. Por lo que hace un esfuerzo por mandarle un mensaje de emergencia a Sebastián, y luego se preocupa de secar las lágrimas que alteran su bello rostro, prometiéndole que todo estará bien. Y sabe que es verdad, porque aún no está listo para dejarlo ir, y menos aún sin una despedida apropiada.
Pero la congoja no desaparece del rostro de Manuel por más palabras consoladoras que le recite. Y cuando Sebastián aparece como un huracán y le encuentra completamente mortificado, y con Martín cuidadosamente acurrucado entre sus brazos, hasta siente vergüenza de haber dudado de su amor por el bailarín de tango y de haber sospechado que venía a aprovecharse de su talento. Pero no hay tiempo de preguntas ni segundas impresiones, y pronto se encuentran conduciendo a toda velocidad hacia el hospital más cercano, con Martín bien protegido en el abrazo del hada que no puede parar de hipar de pura desesperación; a pesar de que Sebastián le asegura que nada va a pasarle.
Es en la sala de esperas del hospital rural que Sebastián le confiesa que la lesión de Martín es en realidad una enfermedad al corazón que le ha sorprendido en la flor de la vida y la cúspide de su carrera. Y que, de no encontrar uno nuevo para él antes de que otro de esos episodios se repita, Martín tiene los días en ese mundo contados. Pero que no debe preocuparse, porque está entre los primeros en la lista de espera y es más que seguro que alguien llegará pronto a regalarle uno nuevo.
Pero Manuel no desea que le consigan un corazón nuevo a Martín. Porque, aunque el que tiene ahora es tan propenso a las mentiras como el de cualquier otro mortal, es el corazón amable, alegre y apasionado que Manuel ama; y no puede llegar a imaginarse al hombre con ningún otro.
Es por eso que, cuando la noche cae y la Luna posa sus ojos sobre él, conocedora de su angustia; Manuel toma una decisión.
Cuando Martín vuelve a abrir los ojos, el rostro de Manuel se ilumina como si no hubiese sentido vez alguna dicha más grande en el mundo. Y aunque Martín puede notar los rastros de lágrimas en su rostro, y la palidez de su semblante, está sumamente agradecido de no tener que volver a verle con el corazón roto y el rostro hundido en pesares. Apenas le bastan unos segundos para recibirlo entre sus brazos y pronto se asegura de curar todas las penas de Manuel con sus labios. Y aunque Sebastián no puede evitar comentar lo extremadamente melosos que se están comportando, está feliz de que su primo pueda disfrutar de la compañía de Manuel en esos días tan críticos.
Por eso, cuando Martín es finalmente dado de alta y le pide que le deje volver a su hogar con Manuel, no pone ninguna resistencia y conduce en silencio hasta la retirada casita de campo, sin ningún comentario o reproche de su parte. Cuando se despiden, no obstante, no puede evitar suplicarle a Manuel que le llame si sucede otra crisis. Pero Manuel solo le sonríe con dulzura y le asegura que todo va a estar bien, que él cuidará de Martín, y que pronto su primo volverá a bailar los tangos que tanto ama como si nada hubiese pasado. Y a pesar de que Sebastián sabe que solo son palabras de consuelo, no puede evitar estar satisfecho por el aura de serenidad que embarga al extraño muchacho. Así que cuando se marcha lo hace sin mayores preocupaciones, seguro de haber dejado a Martín en buenas manos.
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Y Martín no puede quejarse de lo contrario porque la última semana que pasa junto a Manuel es la mejor época de toda su vida.
Las mañanas comenzaban con Manuel bañándolo en caricias, y transcurrían con una fascinante tranquilidad entre susurros y risas. Su apetito fue empeorando, pero eso no le impidió jamás golosear algún alfajor junto a su hermoso novio, ni robar de sus labios restos de chocolate que apenas conseguían competir con la dulzura de la rosada boca. A mediodía, una apacible siesta y la delicia de sostener a Manuel entre sus brazos lo alejaba de todos sus dolores. Y aunque sus fuerzas fueron menguando, todos los días sin falta, acompañaba a Manuel hasta su jardín y juntos observaban el paisaje hasta que el calor del Sol dejaba de bañar sus rostros, y volvía a ser hora de dormir arrullado por la voz del hada que entonaba para él las más bellas canciones de cuna.
Si Martín tenía algo de lo que arrepentirse en esos días, era de no haber encontrado a semejante ángel antes en su vida, de no tener recuerdos de un largo romance a su lado para legarle, ni más que unos meses de amor y alegría para regalarle. Pero Manuel solo le sonríe con calidez asegurándole que no hay diferencia entre un segundo o mil años a su lado, porque él le hubiese amado con la misma intensidad con que le ama ahora, y ante semejante pasión los dictámenes del tiempo y la muerte no son ni serán nunca nada. Y aunque Martín quiere volver a disculparse por tener que abandonarlo tan pronto, Manuel rápidamente le distrae de sus preocupaciones comentando lo maravillosa que es la vida en primavera, y cuán increíblemente encantador debía ser nacer como una flor y vivir para traer alegrías y belleza al mundo.
Martín no puede evitar sonreír con ternura infinita ante la inocencia de su perfecto Manuel, que de flor ya tenía mucho, y entierra sus pesares para siempre. Y aunque está seguro de que tras la sonrisa de su amado se oculta la tristeza y el desconsuelo, está dispuesto a hacer de su limitado tiempo juntos lo más provechoso posible, y se dedica a robarle risas y sonrojos en cada ocasión que se le presenta. Porque si Manuel ha decidido hacer de sus últimos días los más bellos de su vida, él no puede hacer menos que reciprocarle.
Por eso cuando Manuel le pide un último deseo egoísta, Martín no puede siquiera pensar en negárselo. Y de la mano caminan hacia su salón de baile, a compartir un último tango.
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El violín resuena a lo largo del salón en un dolido llanto que hace temblar los corazones de la pareja, obligándoles a juntar sus frentes mientras avanzan con lentitud por el piso de madera, en un suave pero estremecedor andar que habla de toda la pena y el dolor en la que se ha convertido la tragedia de su amor. Con seguridad y lentitud Martín le hace girar sobre la punta de sus pies, y vuelve a avanzar con él a rastras, apretando bien su torso contra el suyo con el secreto anhelo de no dejarlo ir nunca. Y Manuel estira su pierna hasta detrás de su espalda y luego de vuelta en un calmado gesto, siguiendo su andar con maestría, y sin sacar sus ojos de las esmeraldas.
Pronto se une un acordeón al canto del violín, y aunque la velocidad no aumenta algunos de sus movimientos se vuelven más rápidos y juguetones, y de repente ambos recuerdan que es su último baile, y que deben hacerlo merecedor de ese título. La sonrisa empieza a deslizarse por sus labios, y un brillo de emoción se escapa de sus ojos cuando el piano marca sus últimas notas y la canción cambia de ritmo.
Los pies de Martín se mueven rápido por el piso, guiando a su pareja con firmeza. Manuel avanza primero girando a un costado y luego hacia el otro, sin despegar su vista del rostro de Martín ni un solo instante. Y la abrazadora mirada del rubio también le vigila con recelo, deseoso de ser el único dueño de esos ojos cobrizos. Sorpresivamente, Martín se apodera de una de sus piernas y lo levanta sin un esfuerzo, haciéndolo girar por los aires para terminar acurrucado sobre su muslo. La nariz de Martín recorre su piel con anhelo, y Manuel estira el cuello con placer antes de impulsarse de vuelta en un medio giro y caer en la punta de sus pies, con sus frentes unidas. Y Martín vuelve a guiarlo de regreso al inicio con pasos cada vez más ingeniosos y más vueltas, ansioso por seducirlo con sus habilidades.
Los violines se interrumpen bruscamente unos instantes y sus rostros vuelven a encontrarse frente a frente con ansia, Manuel con una pierna estirada hacia atrás y su espalda curvándose cuán largo es. Y Martín le arrastra esta vez como si estuviera arrebatándole al mundo su tesoro más preciado. Dos giros más llenos de coqueteos y sonrisas, y Martín le da vueltas colocándose tras su espalda. Manuel estira con lentitud sus brazos a los costados y Martín sigue su recorrido con las manos, admirando con codicia la suavidad de su piel. Los violines cantan con coquetería cuando se vuelven a encontrar frente a frente, y Manuel toma sus manos y sube su pierna por encima de su cabeza, depositando su muslo sobre la mano de Martín que le mira como si su sola presencia le hiciese arder de pies a cabeza.
Manuel siente dolor en su pecho cuando Martín separa sus cuerpos, y vuelve a girarlo para volver avanzar por la pista; y tiene que controlarse para no saltar sobre sus labios y arruinar el baile. La música retumba en el salón cada vez más rápida, y Manuel siente que flota y se quema a la vez, y anhela con todo su corazón poder hundir su cuerpo en el del rubio y no separarse nunca más de su lado. Los últimos acordes se acercan, y Martín abraza su cintura con fuerzas y lo eleva unos centímetros para que realice una pirueta con sus piernas. Sin darle descanso, lo guía en una serie frenética de pasos y por último vuelve a levantarlo una vez más para terminar el baile con Manuel entre sus brazos, con una pierna apoyada sobre el muslo del rubio y la otra colgando hacia el vacío.
Sus rostros, sonrojados por el esfuerzo y la emoción, se encienden cuando sus miradas vuelven encontrarse, ahora envueltas en el silencio. Y su piel parece llorar por el tacto del otro, ardiendo en un hormigueo imparable allí donde sus cuerpos se unen. Lentamente sus bocas se acercan y comparten un beso pausado y apasionado; y Manuel enreda sus piernas alrededor de las caderas del más alto, incapaz de separarse siquiera un centímetro. Martín procura sostener bien la cintura de Manuel antes de avanzar a ciegas hacia su lecho de flores de algodón, saboreando hasta el último centímetro de la boca y la piel del de ojos cobrizos.
Es allí, en ese cuarto bañado por el Sol del último día de primavera, donde Martín le enseña el amor fogoso, desenfrenado y pasional con el que aman los humanos. Y por fin el corazón del hada comprende el último ingrediente necesario para interpretar el tango más perfecto del mundo.
El Sol estaba soltando sus últimos destellos sobre el firmamento cuando Manuel lo llamó con voz dulce, liberándolo del mundo de los sueños. Martín abrió los ojos lentamente, cansado, y sonrió con dicha al encontrarse el rostro de Manuel esperándolo a su lado. Sin aguardar un segundo tomó su cintura con suavidad y le robó un casto beso y un delicado sonrojo.
“Buenas noches,” le susurró el hombre de cabellos dorados como saludo. Y Manuel asintió complacido.
“Ninguna otra noche mejor que esta,” coincidió. “¿No te gustaría ir a ver las Estrellas conmigo?” Agregó nervioso, pero sin dejar de sonreír.
La mano de Martín acarició su mejilla mientras meditaba, con su cabello desparramado sobre la almohada cual rayos de Sol. “No lo sé, Manuel. Estoy cansado.” Contestó finalmente. “Podemos dejarlo para mañana.” Añadió luego de ver la decepción asomarse por los ojos cobrizos.
“No podemos,” se negó Manuel. “Ninguna otra noche del año será como esta. Y, además, hay algo importante que tengo que mostrarte, y no puede esperar.” Explicó, liberándose del abrazo de Martín con un delicado salto, y estirando su mano para jalarlo fuera de la cama. El hombre de ojos de esmeraldas no pudo evitar notar que Manuel volvía a lucir las ropas con las que le había conocido.
“Está bien, está bien. Vos ganás, pero dejáme abrigarme primero.” Y así lo hace, bajo la atenta mirada de Manuel que no puede parar de ir y venir por la habitación, con una ansiedad tan grande que pone nervioso hasta a Martín.
Ninguna de sus preguntas es contestada mientras se dirigen hacia el jardín, y aunque el hombre le ofrece su chaqueta Manuel sostiene que no tiene ni tendrá frío. Afuera el Viento sopla con una serena suavidad, sacando murmullos de las hojas de los árboles. Y las primeras Estrellas abren los ojos con somnolencia, en espera de que la Luna ilumine la noche con destellos de plata. Frente a ellos, delicadamente depositado sobre el camino de piedra que guía hasta los prados, un pequeño macetero les espera con nada más que tierra fresca descansando en su interior.
Martín no puede evitar preguntar si es aquello lo que Manuel tanto deseaba mostrarle, pero el muchacho solo sonríe y niega con la cabeza, observando a la Luna con melancolía. No puede evitar apretar su mano con más fuerza, porque parece que Manuel va a llorar en cualquier momento y la sola idea lo desconsuela. Pero Manuel no llora, y en cambio le mira con la sonrisa más tierna que alguna vez le haya visto.
“A tu lado he pasado los días más felices de toda mi existencia.” Murmura Manuel, sin poder evitar que su voz tiemble de la emoción. “Y si en mis manos hubiese estado, habría elegido compartir contigo siglos de ser posible.” Agrega, y Martín no puede evitar que se le humedezcan los ojos con la culpa. “Te amo.” Concluye al fin, y la frase es tan simple pero tan intensa que Martín no necesita nada más para saber que es verdad.
“Manuel…” Susurra con un nudo en la garganta. Pero el de cabellos cual castañas vuelve a negar con la cabeza, con los ojos cerrados. Y Martín le deja seguir hablando.
“Hay muchas cosas… Yo…” Titubea Manuel, apretando sus labios y tragando aire. “Podrías…” Intenta otra vez. “¿Podrías prometerme tres cosas?” Pregunta Manuel con desesperación, mientras la luz argenta empieza a bañar las sombras del mundo con su etéreo tacto y el canto de la noche envuelve entre acogedores sueños a todos los seres matutinos.
“Por supuesto,” Murmura Martín ansioso por complacerlo y por borrar todas las penas de su rostro. “Lo que sea.”
“Primero debes prometerme, que pase lo que pase no pensarás mal de mí. Prométeme, por favor, que nunca dejarás de amarme ni me olvidarás.” Suplicó el hada, sintiendo su corazón encogerse en su pecho. Porque, aunque el corazón de quién ama es inconstante e imperfecto, no quiere dejarle ir sin la certeza de que al menos en alguno de sus rincones la memoria de esos días reluciría aún con calidez.
Martín sonríe descolocado y lo envuelve entre sus brazos, emocionado. “Te prometo que no hay nada, ninguna sola cosa en este mundo, Manuel, que pueda alguna vez hacer que deje de amarte. Ni la muerte misma.” Le asegura, besando sus párpados para borrar las lágrimas que luchan por caer de las piscinas de cobre.
Y Manuel suspira tan feliz y convencido que todo miedo o resquemor en su interior queda destruido. Cuando vuelve a abrir los ojos, la segunda promesa se resbala de sus labios, ante la atenta mirada de un cielo plagado de indiscretas Estrellas.
“Prométeme también, que cuando te mejores no olvidarás lo que es la vida, ni en los días más tristes o las noches de mayor melancolía. Prométeme que vivirás cada día como si fuese una nueva alegría.” Ruega Manuel, enredando sus brazos en el cuello del rubio. Y Martín, que no tiene corazón para decirle que no hay cura alguna, y que pronto sus días en ese mundo habrán acabado; le da su palabra a Manuel de todas formas, dispuesto a seguir su deseo hasta perder su último aliento. El muchacho sonríe satisfecho, bañado por el delicado beso de la Luna.
“Por último, prométeme.” Agrega con premura, mirando al cielo. “Que beberás el agua de la flor bajo la Luna.” Implora Manuel, devolviendo su mirada a las esmeraldas. Y aunque Martín no sabe de qué habla, jura por su vida que así ha de ser. Porque si ello hará feliz a Manuel, entonces nada en el mundo impedirá que así sea.
Y el muchacho sonríe con tanto deleite que todos los astros del cielo se opacan frente a su brillo. Pronto inclina su rostro hacia Martín, y le roba un beso rápido antes de alejarse unos centímetros, sin soltar sus manos. “No debes asustarte ni llorarme, pues nada más que amor me ha guiado a mi elección, y nada más que la dicha de haberte salvado me acompañará hasta el final de todos los días.”
Y Martín no tiene tiempo de preguntarle el significado de tales palabras, porque la Hora de los Sueños resuena en todos los relojes del mundo, y frente a sus ojos Manuel se transforma en un mar de luz blanca y cristalina que se va consumiendo poco a poco hasta que solo queda un pequeño brillo rojo entre sus manos. Cuando las esmeraldas vuelven a abrirse otra vez, una versión pequeña de Manuel le observa con una sonrisa en los labios, y Martín cree que se le va a parar el corazón ahí mismo.
“¿Ma.. Manu?” Murmura atónito, y la pequeña hada de apenas el tamaño de su palma asiente con un ruidito de cascabeles; girando de un lado para otro para mostrarle con orgullo sus alas de luz de plata. Martín jadea una vez más, sonriente. Y solo atina a acercarle más a su rostro y susurrar. “Sos bellísimo.” Y aunque el rostro de Manuel es tan pequeño como la yema de su dedo índice, un inequivocable sonrojo baña sus mejillas de carmín y una sonrisa se asoma en sus labios.
Sin perder más tiempo, Manuel acerca su boca al labio del rubio y le da un último beso de despedida. Y revolotea con delicadeza hasta el macetero vacío, ofreciendo su pacto de amor a la Luna que asiente complacida. Para su contento, Martín le ha seguido y posa sus grandes ojos en él con curiosidad. Por fin el escenario para su último baile está listo, el telón ha caído, y ante los curiosos ojos de las Estrellas y de cientos de hadas, Manuel empieza su tango.
Su primer movimiento es seguro y rápido, Manuel estira la pierna a un costado con agilidad y mueve sus brazos en círculos para robar la mirada de su principal espectador. Un giro tan fluido que consigue la envidia del Viento le devuelve a la posición inicial, y pronto levanta la pierna en un Split y empieza a caminar por su terrosa pista sin compañero invisible que lo guíe, porque el único digno de bailar con él está entre su público y el hada no piensa traicionarle ni en el último de los instantes. Una serie de pasos juguetones hacen que el hormigueo de la magia de la Luna le recorra entero, y para su dicha el fuego vuelve a arder en las esmeraldas.
Otro giro se sigue de un gracioso salto que quita el aliento de todos los presentes; y Manuel se mueve con tanta pasión y elegancia que la música parece salir de su cuerpo y envolver todo a su alrededor. La Luna brilla con más candor, maravillada; y una corriente de energía le recorre de pies a cabeza, trayendo la memoria de miles de primaveras pasadas. Manuel danza sin detenerse ni un solo instante; porque la noche es corta y el hechizo debe terminarse antes de que la Luna desaparezca del firmamento, antes que sus alas desaparezcan y su luz se apague completamente. Un nuevo salto y el cuerpo de Manuel grita su eterno amor a los cielos, un giro y sus suspiros de dolor llenan el aire. Y sus pies relatan su historia de amor prohibido y el trágico final que les espera, emocionando hasta el más frío de todos los corazones.
Pronto el hada puede percibir que la magia está dando resultado, pero no se detiene ni un instante, deseoso por capturar la mirada amada hasta el final. Y aunque sus pies se vuelven tan pesados que no puede volver a saltar ni girar, y sus brazos tan frágiles que apenas puede moverlos, Manuel sigue adelante. Poco a poco el pacto de vida se va haciendo realidad, y sus pies se van transformando en raíces que se hunden en la tierra, su cuerpo largo y esbelto se vuelve tallo, y sus brazos extendidos hacia la bondadosa Luna suplican por última vez que mantenga su promesa y salve a su amado antes de volverse largos pétalos tan rojos como la sangre y tan suaves como las nubes. Y de entre los pétalos apenas dos filamentos resplandecientes quedan como prueba de que alguna vez los ojos cobrizos más bellos del mundo adornaron el rostro de la más noble de todas las hadas.
Y de repente solo queda soledad y silencio.
“¿Manuel?” Jadea el hombre de cabellos dorados, atrayendo el macetero atónito, sin entender nada. Pero la flor no da respuesta alguna porque no hay palabras en su boca que puedan llegar a oídos humanos, y porque la expresión de dolor de su rostro le hace temblar de la raíz a los pétalos. “¿Manu?” Suplica una vez más Martín, y la misericordiosa Luna le explica con ternura que el hada se ha ido, y que no hay poder ni magia en el mundo capaz de devolverle a sus brazos. Porque cuando la Hora de los Sueños se abre paso por la noche ninguna hada debe estar frente a ojos humanos si desea conservar su vida y sus alas.
El grito de agonía se eleva hacia el firmamento, estremeciendo a toda criatura viviente a su alrededor. Y mientras el hombre de cabello de fuego aferra con desesperación la maceta, las Estrellas y la Luna le acompañan en su aflicción, soltando lágrimas de magia pura que pronto llenan el interior de la flor de sangre. Es así, entre sollozos y gemidos, que el pacto por fin se completa, pero nadie bebe de su néctar de vida, ni ningún labio acaricia los pétalos escarlatas. Desesperadas, en la pantalla de oscuridad que cubre al mundo, los Astros suplican al humano que termine el hechizo y cure su corazón de todo tormento.
Pero Martín no puede dejar de llorar y gritar de desesperación, porque perder a Manuel fue como perder una parte de sí mismo, y el dolor que lo invade en ese instante es mucho más grande que cualquier otro que alguna vez haya sufrido, y nubla toda otra emoción y borra todos sus pensamientos. ¿Qué es, después de todo, la vida sin Manuel? ¿Qué es la vida sin aquel a quien amas? ¿Qué valor hay en seguir existiendo si no hay nadie con quien compartir penas, pasión y alegrías? ¿Cuál era siquiera el objetivo de permanecer en ese mundo si la única época en la que se había sentido realmente unido a la vida había sido el tiempo en que Manuel estuvo a su lado? Y Martín no puede dejar de recordar mañanas de bailes, tardes llenas de sonrisas y noches con Manuel en sus brazos hasta tal punto que desea que su corazón se detenga ahí mismo si eso logra impedir tener que pasar siquiera un segundo más sin el hada a su lado.
Su llanto es tan sincero y tan afligido que las Nubes deciden acompañarlo en su congoja, y el Viento decide gritar sus penas, y los Árboles tiemblan entre gemidos. En la ventana de su salón, la tierna Amapola se desgarra a sí misma en un grito de luto por su amiga hada, y pronto sus pétalos se vuelven polvo y desaparecen arrastrados por la dolida brisa. Por un momento el universo entero parece estar en duelo por la muerte de la pequeña y noble hada; que sacrificó toda su existencia por amor, y por amor su sacrificio parecía a la ignorancia condenado.
Pero Manuel, que aún con su corazón puro y su alma cristalina siempre fue terco y obstinado, usó sus últimas fuerzas para susurrarle a Martín que aún debía cumplir sus promesas. Y aunque Martín no entiende ni puede escuchar nada de lo que la flor le dice, una parte de él presiente el llamado de Manuel. Y aún con las lágrimas bañando su rostro y los sollozos alterando su respiración, el humano con cabellos de oro y ojos de esmeralda bebe hasta la última gota del néctar curativo que el hada consiguió entregando su propia vida, y la deuda que alguna vez había adquirido por fin queda saldada. Pronto un suave calor llena su pecho y recorre todo su cuerpo llenándolo de energía y vitalidad, eliminando hasta la última de sus fatigas y padecimientos. Sin embargo, ni la última de las gotas es capaz de curar su corazón roto. Y se queda en el jardín llorando su pérdida mucho después de que los cielos se despejen, de que la Luna se retire a descansar a sus aposentos, y de que el Sol vuelva a reinar sobre el firmamento.
Es allí donde Sebastián lo encuentra al día siguiente, completamente solo y empapado. Ojos rojos y una mirada perdida en sus propios pensamientos son lo único que le reciben, y aunque llama por Manuel y llena a Martín de preguntas en búsqueda de una explicación sensata a tamaña negligencia para su salud nadie parece escucharle. Finalmente, Martín le murmura casi sin voz que ningún abogado o notario son ya necesarios; porque su corazón por fin ha sanado, y ya no hay ningún Manuel a quien legarle todo lo que posee. Y se deja arrastrar por Sebastián al interior de la casa que alguna vez compartió con su mágico amante sin oponer resistencia ni separarse un solo centímetro del macetero que contiene lo último que en ese mundo de Manuel ha quedado.
Un par de semanas fueron necesarias para comprobar que la condición de Martín había desaparecido sin dejar secuela alguna, y todo el mundo recibió la noticia del milagro con gran deleite. Sebastián nunca logró perdonar a Manuel por desaparecer sin dejar rastro, y aunque Martín quiso explicarle la verdad detrás de todo pronto comprendió que nadie creería la historia del hada que dio su vida para salvarle a él. Con los años aprendió a conservar el recuerdo del joven de cabellos del color de las castañas y ojos de cobre como el más dulce y doloroso de todos sus secretos; y aunque su corazón roto nunca sanó, ninguna enfermedad o molestia volvió a acosarlo incluso en los últimos días de su corta vida de mortal.
La flor que alguna vez fue Manuel crecía todas las primaveras, deseosa de volver a ver a aquel que le había robado su dulce y puro corazón; y todas las primaveras Martín bailaba para él hasta que sus pétalos se caían, y su tallo se volvía yermo.
Y aunque los años pasaron, y los cabellos del color del Sol se convirtieron en blanca nieve, nada ni nadie jamás logró impedir que Martín viviese cada día con pasión y bailase tango hasta que sus pies se rindieran. Y nada, ni su corazón inconstante, ni su alma ambiciosa y ni la muerte misma, consiguió que alguna vez dejase de amar con todas sus fuerzas a aquel hermoso y desconcertante muchacho sin nombre que alguna vez llegó a su puerta para pedir clases de tango.
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El prado estaba completamente bañado por la suave luz de la Hora de la Vida cuando finalmente todas, menos un hada, se marcharon a perseguir la primavera.
El nombre de hada de Manuel era, en efecto, una predicción de su final en ese mundo.
La ropa que vestía Manuel es similar a un maillot con faldita.
La flor en la que se transformó Manuel es una Añañuca. La añañuca es una flor del desierto que solo crece en la precordillera entre Chile y Argentina. Tiene una gran potencia sanadora, entrega paz, calma, renovación y enseña a vivir en plenitud.
La Amapola simboliza a aquellas personas que nos atraen y apasionan, y que hacen el mundo mejor; pero que de ningún modo debemos atraer a nuestro lado, porque se destruyen o nos destruyen. En el lenguaje de las flores, la amapola simboliza el reposo, la tranquilidad y el consuelo.
Música que utilicé de inspiración para este fic:
“Tír na nÓg” de Celtic Woman, para el baile de primavera de las hadas.
“Magic Hour” de Ahn Trio, para el solo de ballet de Manuel.
“La Cumparsita” de Gerardo Matos Rodríguez versión Forever Tango, para el tango entre Martín y Manuel.
“Assassin’s Tango” de Jhon Powell, para el solo de tango de Manuel.
“The Last Rose of Summer” de Celtic Woman junto con "Sus Ojos se Cerraron” de Carlos Gardel, para el final.