No le ve razón, busca frívolo los espacios entre palabra y palabra, e interrumpe su idea su emoción y roba, roba de manera impune, sin escrúpulos, de nuevo los espacios, los silencios entre parada y parada. Sin recato, a viva voz, como en los mercados de abastos, lanza su lazo de pena por las plazas y los patios, jardines y esquinas, recovecos ocultos ante ojos extraños. Llora sin consuelo y se da de bruces, toca una a una las cicatrices en su cara, en su pecho, en su boca, y roto por el dolor pero suave, suave y pulido por el paso del tiempo, camina cabizbajo, sin expectativas. Tropieza con un espíritu. Secuestra su reflejo de los escaparates. Camina de la mano de los ángeles a una cornisa. Desmigaja con los dedos los últimos suspiros, salta a caballo del ruedo, golpea el foso frente al público y muere, y perece, y cae el telón de golpe y arrastra un final tan grave que un estruendo recorre la sala, y sale de entre las sombras un ángel blanco y virgen que regresa a los salones de los suyos, a las cenizas de la tierra, a concluir su papel como padre, como abuelo, como tercera persona, como margen, como final.












