Tal vez era su falta de experiencia la que la hacía una ingenua. O tal vez, eran sus libros los que la hacían querer ver el mundo con otros ojos y creer que ese mundo era real, que no estaba lleno de gente falsa y tediosa, gente que te traicionaba o te juzgaba, tal vez era eso, era esa chispa de soñadora, esa cucharadita de esperanza, ese toque de inocencia.
¡Necesitaba salvación! Era como un unicornio, de esos que son imposibles de encontrar, de esos se dice son un mito. Necesitaba ser salvada para poder alejarla de una sociedad egoísta, elitista e injusta. Y qué ejemplo más atroz, ¿por qué no compararla con un niño? un niño que no sabe el significado del mal, que es sincero porque no es consiente que existen consecuencias, un niño que actúa por su felicidad y no por complacer a los demás. Es en ese instante cuando ella se da cuenta porque Peter Pan no quería crecer, porque nos tardamos 15 años en llegar a la “madurez”.
No queda de más decir que estaba enamorada de la idea del amor; quería un amor intenso que la llenara hasta los huesos, como el de aquella chica rebelde que sin buscarlo lo encontró. Quería una historia de amor como la de sus libros, esos que la cogían por las uñas de los pies y la sacaban de un mundo donde la guerra y la corrupción era el pan de cada día.
Y tal vez ese era el problema: que esperaba demasiado de las personas y estas acababan por decepcionarla… Solo se enamoró una vez, dice con su voz suave y cantarina. Fue un amor fugaz, un amor honesto, un amor limpio (o ese es el concepto de ella). Amó con locura, – ¿de qué otra manera se puede amar? – se entregó en cuerpo y alma, pero no fue suficiente para nadie.
¿Aceptamos el amor que creemos merecer? Stephen Chbosky le regaló esa frase a ella inconscientemente. Era su padre nuestro, su insignia, su misión y su visión.
Era demasiado buena, y tal vez eso era un error. No era rencorosa y perdonaba con facilidad, era muy cándida con sus amistades, era de esas personas que daban la mano, le tomaban el codo y entregaba su cuerpo. Muchos decían que vivía en otro mundo, y era así. Su mundo era un lugar dónde todos estaban confundidos, dónde nadie tenía la culpa de ser como eran, que todo venía marcado por algo (o alguien). En su mundo todas las personas merecían amor, incluso las que creían no merecerlo (estas aún más), era tan buena que priorizaba la felicidad de los demás por encima de la suya.
¿Bajo autoestima? No, ella no era parte de los clichés. Sabía que era hermosa, pero no de las hermosas que abandonaban sus alimentos, no, ella era hermosa por su sonrisa, su libro favorito, su estilo de música, su forma de reír, ella enamoraba con algo más profundo que lo físico, enamoraba con ella. Sólo no le deseaba a nadie sentir como se sentía, vacía, no triste, sino llana. No era fea en lo absoluto –hablando físicamente- pero , ¿qué niña lo es?. Emanaba amor, pero ¿lo merecía?
Entonces llegó él, su maldición, su debilidad, su mal necesario. Llegó con su caminar despreocupado, sus bromas improvisadas, su mirada hipnotizante, sus besos adictivos. Llegó para recordarle lo miserable que era, lo mucho que puede doler querer a alguien. Y tal vez, no había dejado del todo atrás su niñez; volvía a ser una muñeca de papel: él hacía y deshacía con ella.
Le prometía castillos de oro hechos con arena, le prometía amores llenos de falsedad, le prometía lealtad llena de engaños. Pero hay personas que no saben hacer dos cosas al mismo tiempo, como prometer y cumplir. Cabe recalcar que no eran nada, no eran novios, ni amigos con derecho, eran dos personas lastimadas por un mundo cruel e insensible, dos personas en busca de amor. Él se acercaba cuando ella se alejaba y se alejaba cuando ella se acercaba, no concordaban en nada, la hacía reír como ninguno. Se reía con ella y muchas veces de ella. La quería, tanto él como ella lo sabían, pero era un amor extraño. Ella por su parte lo odiaba porque a pesar de haberle roto el corazón muchas veces, lo seguía amando, ¿ilógico no?.
Él era una marca más en su piel y es que ella esperaba estar equivocada porque cada vez que él cometía un error trataba de convencerse a sí misma que no la merecía, pero entonces volvía con sus flores artificiales y con una sola cosa bien la sorprendía, la volvía a conquistar y terminaba por descartar la idea de que no le convenía.
Y tal vez no era culpa de ella, tal vez era culpa de una sociedad odiada y regida por nosotros mismos, donde imponemos reglas y exigimos absolución de éstas. Tal vez la culpa era de sus escritores favoritos y de sus historias perfectas. Tal vez le llegaría su turno de ser feliz mañana, o en dos días, en una semana, en tres meses, en un año o dos, no lo sabía pero esperaba, tenía esperanzas y eso no se lo iba a quitar nadie.
Tal vez era culpa de sus ídolos o de sus programas de televisión. No quería ser una “maldita perra”, esas que fueron tan lastimadas por el mundo que murieron en él dejando su peor legado, dejando su peor cara. Y tal vez eso era lo que necesitaba: demostrar miedo, pisotear a los demás.
Tal vez su peor pesadilla era su mejor solución en un mundo hecho de cristal. Pero eso no era lo que ella quería.
"… Se lo había dio su padre: “¿Música? ¿Quieres estudiar música? ¿Para qué? ¿Para terminar consumiendo malditas drogas y en la quiebra, sin un solo peso porque no te dará para vivir ni comer? ¿Para eso Jorge Emiliano?”. Maldita sea."
Jorge Emiliano sintió una pesadez en todo su cuerpo cuando se levantó de la cama que había comprado en una venta de garaje de la señora Dolores. Caminó sin dar rumbo por su apartamento de clase media baja en la entrada del barrio Kennedy en Bogotá; iba de un cuarto a otro y siempre que ingresaba a alguno olvidaba su objetivo, por muy simple que fuera. Puso uno de sus dedos en su boca y mientras mordía la uña de su dedo anular sintió un sabor agrio en su lengua, un sabor que continuó bajando por su garganta y de alguna manera soltó un aroma desagradable que inundó sus fosas nasales y se fueron hasta sus pulmones donde estos, ofendidos por la mala hospitalidad de Jorge Emiliano, gritaron con dolor. Al caer en cuenta, Jorge Emiliano decidió tomar una ducha, de esas que ya nadie se toma: con jabón barato y papeletas de 500 pesos de champú comprado en la esquina donde los paisas.
Al entrar en la ducha y abrir la llave gritó y saltó a un lado del rectángulo pequeño, allí donde no caía ni una gota de la regadera, el agua estaba más fría que el piso del apartamento ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Se habría dañado la calefacción? Pensó mientras cobardemente fue introduciéndose en el agua. El baño no duró mucho y no debía de hacerlo, el recibo estaba llegando últimamente muy costoso y debía bajar su consumo de luz, agua y gas. Salió de la regadera, cogió la toalla del piso la enrolló alrededor de su cadera y se quedó mirando su reflejo en el espejo manchado de pintura blanca. Se encontró con una cara pálida y un cuerpo sumamente delgado. Se lo había dicho su padre: “¿Música? ¿Quieres estudiar música? ¿Para qué? ¿Para terminar consumiendo malditas drogas y en la quiebra, sin un solo peso porque no te dará para vivir ni comer? ¿Para eso Jorge Emiliano?”. Maldita sea, pero él no podía regresar con su familia. No, era lo suficientemente orgulloso como para no hacerlo.
Después de reprocharse un poco más, caminó hasta la cocina y puso a calentar un poco de café oscuro, abrió la segunda gaveta, esa donde estaban los exprimidores de limones y los abrelatas, y sacó su caja de cigarrillos junto con la mechera que le había quitado a su padre y con un beso tan fugaz y hermoso, un beso que sólo él entendía por qué era tan preciado, que solo él entendía su perfección; prendió su propia arma suicida. Fumó hasta el último milímetro de este mientras disfrutaba de aquél café negro. De pronto escuchó un chirrido de llantas, un golpe y cuatro disparos contados en su cabeza. Enseguida un grito femenino llenó sus oídos y el escalofrío llenó su cuerpo, estaba lleno de emociones inexplicables y un miedo infernal, su mente se puso en blanco y la taza de café se le cayó al piso dando un estruendo casi sordo. Jorge Emiliano corrió y salió del edificio lo más rápido que pudo y se encontró con Anastasia Josefa, su prometida, arrodillada al lado de un cuerpo yacente en el andén. La peor decisión de Jorge Emiliano no fue tal vez levantarse sin ánimos, o rendirse ante sus sueños y metas, ni mucho menos fumarse aquél cigarrillo. Su peor error fue haberse acercado lo suficiente como para darse cuenta que era peor de lo que pensaba.