Ahí estaban ambos, extrañándose, adorándose y odiándose como nunca antes, sin verse, sin tocarse. Pero algo, algo nuevamente no iba a cambiar... su cobardía, ella siempre lo fue, ella lo está siendo y lo será. Por estos motivos ahora se encuentra sentada en ese café, ese con la vista al pequeño parque de tenue luz, con un café en sus manos y la sensación de vacío, esa que tanto odiaba, con la cual tendría que vivir para siempre, por haber sido, estar siendo y seguir siendo... una cobarde más en esta ciudad del silencio. En la ciudad de los besos prohibidos, donde nació, se crió y seguramente morirá.