Una miríada de miradas oteaban el horizonte, allí donde el basto cerco de la tierra se perdía de vista. No sé yo lo que observaban, pero sentí que entre esa multitud embebida en aquel diáfano paisaje mi conciencia se diluía.
Me había visto arrastrada por aquella masa del todo desconocida y había sido trasladada de una manera tan poco coherente y realista que más que caminar pareciera el truco de algún escapista.
Fijé mi vista, allá a lo lejos, descubriendo la curvatura del planeta como si fuera el contorno de un colmado seno y me pregunté si alguien más llegaría a la misma analogía que yo había hecho.
Me sentí diminuta y en contacto directo con el mundo en su máxima expresión. También un vértigo volátil carente de toda razón, me hizo abrazarme a mi misma, intentando buscar un cobijo a algo que sólo amenazaba desde mi interior.
Cuando me despegué de aquel sitio, de un modo que no soy capaz de discernir, una miríada de escalofríos recorrieron mi piel y empezó a sangrar copiosamente mi nariz.
Estaba postrada en mi cama, sentada y sudorosa. Ni siquiera puedo asegurar que yo misma estuviera conmigo. Sólo estaba la bucólica sentencia de que no era seguro que fuera cierta mi existencia y el vano recuerdo del pecho de Madre Tierra que sin saberlo aquel día me ofreció su cobijo.