Foolish cantandole el feliz cumpleaños a Leo.

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Foolish cantandole el feliz cumpleaños a Leo.
Esta semana en Wild Faith. No te lo pierdas, acceder a la Biblia es muy fácil.
Sin duda el momento más bochornoso de su vida había sido el planear alguna excusa creíble pero a la vez absurda que mantuviera a Mary y a Robert tranquilos después de la abrupta reacción de James en el baile. No se había vuelto a encontrar con él en semanas y, aunque no lo quisiera admitir le dolía en el fondo de su delicado corazón observar por entre las calles a los jóvenes uniformados y de civiles, todos compartían momentos cálidos con sus compañeros, incluso Robert, pero el espléndido rostro del ojiazul no se reconocía ni en el más angosto recoveco de la ciudad. La jornada laboral ya no era lo mismo de antes, sus párpados luchaban por no caer y lograr que le despidieran a causa de su ineptitud, párpados que estaban cansados de mantenerse arriba a media madrugada. Diana sufría de oscuros y angustiosos desvelos, preguntándose el porqué de aquellas sinceras y bellas palabras que se desprendieron de sus labios hacia ella, existían un centenar de dudas que se esparcían por su cabeza golpeándole las sienes con violencia, sintiendo su corazón subir lentamente por su garganta, queriendo estallar incluso por el detalle más trivial e insignificante que se le presentara en cualquier instante de debilidad. De lo único que estaba segura era de algo que no se le pudo escapar en la reflexión prometedora consigo misma que tuvo esa noche, James era poco expresivo cuando se encontraba a su lado, casi no le dirigía la mirada mientras se impregnaba los labios con el nombre de su compañera y prefería evadir los llamados de atención de Diana, cubriéndolos con Robert. Todas esas señales y la descripción deslumbrante que hizo frente a sus ojos –que más bien lucía como una leve declaración de enamoramiento– bastaron para hacerle caer de frente que era necesario verlo una vez más antes de la guerra, no para restregarle el hecho de que se encontraba sumamente enamorada del rubio apuesto hombre, sino para despejar su mente del humo tóxico y confuso que envolvía a su incertidumbre.
Salió de su hogar con una lista en la mano doblada en cuatro partes, la cual contenía artefactos y pedidos importantes que su madre le hizo para poder terminar en su trabajo como costurera. El cielo ya comenzaba a tornasolarse de un púrpura discreto y los niños se resguardaban en casa, corriendo hacia sus madres, con sus rostros empolvados pero sintiendo un gozo inmenso de haber compartido un mundo paralelo en el cual las puras y esperanzadoras almas de no más de diez años inflaban su pecho creyendo que salvaban a su patria con un acumulo de inocencia, admirando a los jóvenes uniformados que les doblaban en edad. La castaña caminaba por el asfalto saludando cordialmente a quien paseara cerca suyo, era una muchacha conocida por su labor desempeñada como enfermera y a la vez por ser hija de una de las viudas más memorables del pueblo. Traía el cabello suelto, le caía sobre los hombros sin observarse vulgar, no existía mechón que le estorbara en el rostro y su vestido sencillo color amaranto hacía un maravilloso contraste con el tono blanquecino de su piel. Se aproximó a empujar con suavidad la puerta del almacén, observando la cantidad considerable de individuos que esperaban con calma y con desasosiego también a su turno para llevar a casa eso que tanto deseaban. Diana, como buena dueña de una gran gota de paciencia y tranquilidad se quedó de pies juntos dando un vistazo a la sección de telas nuevas importadas desde la India. Hubiera concentrado sus pupilas en admirar el bordado perfecto y las texturas que trazaban diminutas formas de no ser por el apuesto muchacho que recibía una bolsa de papel en las manos mientras entregaba dinero. Abrió su vista más que de costumbre y se escondió entre sus cabellos, evitando a toda costa que el joven Wright notara su presencia en el recinto. Si algo se hallaba con claridad en ese segundo era extraña impaciencia de la castaña por enfrentarlo y pedir amablemente una charla que no le quitara mucho tiempo. “Lo siento madre, pero no puedo, ni debo dejar pasar esta oportunidad” pensó conteniendo el aire en sus pulmones. Cuando la alta y delgada figura del hombre cruzara esa puerta ella también lo haría y utilizaría la prudencia para no alarmarlo hasta encontrar un lugar tranquilo y tomar el impulso necesario para hacer oír su voz.