Plazoleta
El pobre, para crear, solo necesita su imaginación: una calma y aburrida intelección serenada por la paz de la escasez.
El rico, en cambio, multiplica las necesidades. Nunca está satisfecho, porque su mente está agitada. Y no hay novedad en la convulsión del espíritu.
Antes de escribir aquí pensé en una aplicación ideal para escribir. Pensé: bajaré una aplicación con distintas secciones, que sea colorida, que sea y sea y sea. Cuando, en realidad, solo necesito cerrar los ojos del estrés y hundirme en la belleza exterior.
Alzo la vista y veo: un banco de hierro pintado simulando la madera; un sol incandescente ardiendo en su cénit; un hermoso jardín de suculentas áridas, adornadas por la compañía solitaria de un arbusto sentinela, larguirucho y ondeado por la brisa.
Brisa de verano dominicano.
La música en mis oídos —un lofi tierno, con instrumentos de viento y su beat característico— tranquiliza mis pensamientos. “Qué bueno es estar”, me digo a mí mismo, deseándolo realmente. ¿Por qué no lo desearía?
Detrás del jardín rectangular de la plazoleta, completa el paisaje una ceiba enorme, de una antigüedad casi sagrada. Sembrada en la bifurcación que da inicio a las Carreras, regala su sombra oreste a transeúntes, vendedores ambulantes y acalorados conductores de guaguas blancas y modernas, apagadas para ahorrar combustible en su larga espera por pasajeros que pronto las demandarán hasta agotarles la paciencia.
Rostros sonrientes, brillosos por el hidratante calor; panzas regordetas de hombres de medio siglo, en su mayoría, coronan el paisaje mundano de una contemplación casual.
Ejercicio del espíritu distraído, que intenta volver a su cauce.
Y de pronto un niño me llama, desde mi conciencia, y me pide la mano mientras va de la escuela a su casa. Feliz, como un mandarín.









