La ignorancia no es mala fe. Pero perseverar en la ignorancia sí que lo es, desde «Estoy demasiado cansado y no quiero ponerme a pensar sobre ello», pasando por «Interfiere en mi visión del mundo así que no quiero pensar sobre ello», hasta llegar a «Interfiere en mi visión del mundo, que es la única posible y la que lo engloba todo, por lo que no necesito pensar sobre ello».
—Como acabar con la escritura de las mujeres (1983), Joana Russ
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MIGUEL ÁNGEL CONTRERAS BETANCOR| Director de SNN Como es uso y costumbre –me dijeron en la escuela– la entrevista se ha concertado con el tiempo suficiente para que el preguntador se esmere en su trabajo, o que al menos lo intente (no hay venda antes de la herida). El entorno no puede ser mejor:
El santo al cielo, crimen y martirologio. Brillante Carlos Ortega Vilas.
Almudena Natalías se encomienda a todos los santos del calendario para que Carlos Ortega Vilas publique nueva entrega con las investigaciones de sus dos increíbles detectives, Monteiro y Mataró.
Carlos Ortega Vilas (Las Palmas 1972) es escritor, profesor de español, corrector profesional y de estilo —algo que se intuye leyendo El santo al cielo, la novela que nos ocupa—, ha sido responsable entre los años 2007 y 2014 de los cursos de escritura de relato en Letra Hispánica (Salamanca). Coordina desde 2015 los talleres de escritura creativa Fuentetaja en Las Palmas. Colabora con El País en la edición digital de El Viajero. Autor del libro Tuve que hacerlo y otros relatos (Baile del Sol, 2015). Sus relatos han aparecido en diversas antologías, como Diario del Padre Tadeus Rintelen / Resaca negra (Ediciones Hontanar, 2013), A los cuarenta y otros relatos en crisis (Ediciones Beta, 2011) o La lista negra: nuevos culpables del policial español (Salto de Página, 2009), entre otras.
Un 5 de diciembre, en una ciudad indefinida, aparece el cadáver de un hombre en una casa cerrada desde el interior. Aldo Monteiro, Inspector de Policía y Julio Mataró, teniente de la Guardia Civil, son los encargados de descubrir quién es la víctima y quién el asesino. Paralelamente, conocemos a Silvia, una mujer discreta e insatisfecha.
A esta investigación se une el caso de Daniel, un adolescente desaparecido dos años antes, que obsesiona al Inspector. Cuando descubrimos que Daniel es el hermano de Silvia, sus pasados empiezan a ser clave en la resolución de ambos misterios.
Son estos tres personajes quienes llevan el peso de la historia en El santo al cielo.
Monteiro, profundo conocedor del martirologio, se define a sí mismo como «un ateo recalcitrante y sin fisuras (…) me divierte el psicoanálisis, la psicomagia, la interpretación de los sueños y todos los santos», aunque no hay duda de que es la mente más brillante de las tres.
Julio Mataró es un inseguro guardia civil que actúa como el Sancho Panza de Monteiro ya que, admirando su genialidad, intenta ser el contrapunto de sus excentricidades de manera apenas consciente. Es un personaje lleno de matices. Comienza siendo un Guardia Civil riguroso con las normas y escandalizado con los métodos de Monteiro, pero, poco a poco, acaba ablandando la coraza (quizás con cada cigarro que fuma casi a escondidas) y mostrando sus propias debilidades, que no lo son tanto ya que Mataró es el personaje más humano de la novela y el que aporta los guiños humorísticos al caso, que, como define Monteiro es un caso «amargo y frío».
Silvia, como la princesa de la Sonatina de Rubén Darío, poema con el que empieza la novela, quiere amor despreciando todo lo material y vive aislada en esa ciudad sin nombre, con miedo a compartir su soledad y sus secretos.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
La princesa persigue por el cielo de Oriente
La libélula vaga de una vaga ilusión.
Siendo una novela tan extensa es inevitable comentar algunos de los personajes secundarios que pueblan la Navidad de esta ciudad.
Waldo, alias el Santito, sicario con pocas luces, su mujer Ana Goicoechea, oronda exprostituta reconvertida en madre amantísima y su hijo Yeimer, alumno de Silvia, que protagonizan el secuestro más absurdo y grotesco que podamos imaginar.
#LecturaRecomendada: #ElSantoAlCielo, de Carlos Ortega Vilas, @DosBigotesEdit @almudenatalias
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La novela se estructura en tres partes y un epílogo. Los capítulos son breves y en cada uno de ellos el narrador nos muestra el punto de vista de un personaje diferente, lo que dota a la historia de una agilidad impropia de una novela tan larga.
El asesinato de Orion Dauber es solo el punto de partida. Este crimen pertenece al subgénero de «misterio de tipo cuarto cerrado», uno de los esquemas más clásicos de la novela policiaca, recordándonos Los Crímenes de la Calle Morgue de Poe, El Misterio del Cuarto Amarillo de Leroux; si la casa está cerrada y el asesino no puede salir de otra manera… ¿cómo pudo escapar? Carlos Ortega Villas recupera un género que nos remite a las novelas del XIX sin hacer ninguna trampa de última hora. Monteiro y Mataró tienen que resolver el misterio utilizando el razonamiento y la lógica, sin dejar ningún cabo suelto.
El lector se adelanta a la investigación al conocer la identidad de la víctima y la identidad del asesino, por lo que puede centrarse en descubrir la personalidad y el pasado de algunos personajes, pasado que irremediablemente entorpece la investigación. Una antigua desaparición, un secuestro, blanqueo de dinero, unas relaciones incestuosas, otro asesinato, actos de vandalismo, todo esto se mezcla en esta historia convirtiéndola en un puzle a completar.
Los diálogos son ágiles y útiles, sobre todo las conversaciones entre el Inspector y el teniente:
—Quizás es un delirio de Ana. Igual tiene astenia, después de todo…
—Isquemia, teniente.
—¿Y qué dije?
—Astenia.
—Ah. Eso es lo que tengo yo.
El Santo al Cielo es, por tanto, una historia que obliga al lector a permanecer leyendo hasta desentrañar el entramado de historias que rodean al crimen. Hoy es 17 de octubre —como diría Monteiro al empezar el día—, encomendémonos a Santa Teresa de Ávila, Virgen y Doctora de la Iglesia, Reformadora del Carmelo y patrona de los escritores católicos, para que podamos disfrutar de más investigaciones de estos peculiares detectives.
@almudenatalias se encomienda al santoral: quiere más novelas de Carlos Ortega Vilas.
‘El santo al cielo’ en el blog ‘Durante mucho tiempo me acosté con Proust’
Por Antonio Bordón
La banalización del mal
La novela negra ha experimentado en los últimos tiempos cambios drásticos, o lo que es lo mismo, ha sufrido un retroceso, un descenso deshonroso a las formas y maneras de consumo popular de donde la rescataron el siglo pasado autores como Dashiell Hammett, Raymond Chandler o Patricia Highsmith. Y lo hicieron adoptando sin contravenirlos los hilos y mimbres del relato policíaco clásico para, eso sí, malear sus convenciones de escritura, poniendo el celo máximo en el lenguaje y en unos diálogos agudos, ocurrentes e inteligentes. En la actualidad, poco de esto queda, ya que la "banalización del mal" ha llegado también hasta la novela negra, especialmente en nuestro país, donde la anécdota deviene categoría, lo trivial se trasmuta en estilo y lo ordinario adquiere naturaleza de extraordinario. Al menos eso es lo que se premia hoy en las “semanas negras” de la España más negra, que no es precisamente la de Puerto Hurraco, Alcácer o Fago. Por eso hay que saludar con entusiasmo El santo al cielo (Dos bigotes, 2016), de Carlos Ortega Vilas, una novela negra sobre la violencia como trance real, y no como una vaga entelequia, en el contexto de una oscura historia familiar que reúne todos los atributos temáticos del género —asesinatos, desapariciones, complots, relación amorosa entre agentes: un inspector de la Policía Nacional y un teniente de la Guardia Civil— sin que la trama, por decirlo de alguna forma, sea lo más importante. Ortega Vilas evidencia a lo largo de El santo al cielo su gusto por las emociones fuertes hasta el punto de que nos niega la catarsis que, sometido a la ferocidad de los sucesos que relata, cualquier lector mínimamente sensible exige casi a gritos después de acumular tanta tensión, tanto desasosiego. Siempre son odiosas las comparaciones, desde luego, y a menudo suelen esgrimirse cuando se carece de argumentos de peso para demostrar ciertas cosas. Sin embargo, a veces ayudan a clarificar los conceptos. Por eso, leyendo El santo al cielo, uno no puede dejar de pensar en algunas novelas de Highsmith, como Ese dulce mal o El grito de la lechuza, cuyos protagonistas, por encima de los artificios del género, actúan de manera natural con la situación dramática planteada. Con El santo al cielo, por su avasalladora rareza, su ritmo vertiginoso —la pausa es la fuente de inquietud—, y su vocación de estilo, Ortega Vilas se confirma como un escritor a seguir muy de cerca en el futuro.
"Qué alivio sentir que otro tomaba decisiones por ella, aunque fuera una tan simple como situarla en un espacio concreto, con un fin concreto. ‘Descansa’, le dijo. Ese era el fin. Silvia se volvió de cara a la pared. Él llamará ahora a la policía y ellos me reubicarán en otro espacio, pensó casi con indolencia. Tenía que aceptar que la vida no era más que eso: una mudanza continua. Un dolor agudo en el costado. Y un tener que afrontar la verdad en el momento menos oportuno. Pero, ¿acaso existía un momento oportuno para encarar una verdad como la suya?"