El pasado sábado, 3 de febrero de 2018, fiesta de san Blas, obispo de Sebaste en Armenia, y mártir (para ir a tono con el libro que comentamos) y coincidiendo con BCNegra 18, tuvo lugar en la librería «Antinous» la presentación de la primera novela del autor canario Carlos Ortega Vilas, a cargo de la escritora barcelonesa Susana Hernandez, especialista en género negro. “El santo al cielo”, publicado por la editorial Dos Bigotes en una cuidada y atractiva edición, es un libro que atrapa desde las primeras páginas, en las que ocurre un asesinato que ha de resolver una pareja “mixta” de agentes: Aldo Monteiro, inspector de la Policía Nacional, y el teniente de la Guardia Civil Julio Mataró, designado colaborador suyo en la investigación.
El hecho de que sepamos desde el principio quién asesinó a la víctima no resta en absoluto interés a la trama, ya que esa primera revelación esconde todo un trasfondo criminal que es el que acabarán por desentrañar los dos protagonistas masculinos y en cuyo centro se halla el duro secreto que ha hipotecado la vida de la profesora Silvia Manzanares, el tercer personaje principal. A partir de este planteamiento y a lo largo de 560 páginas muy bien escritas y que se hacen cortas, el autor nos conduce por los recovecos de una historia en la que no faltan inesperadas evocaciones de tipo histórico (el sutil atentado que costó la vida a Isabel, emperatriz de Austria-Hungría, la célebre Sissi), poético (la figura del modernista Rubén Darío, de exquisita estética, “para mariquitas” como dirá uno de los personajes) y hagiográfico (el “Martirologium Romanum”, catálogo razonado de todos los santos de la Iglesia Católica, que el autor utiliza felizmente en su edición anterior a las reformas litúrgicas salidas del Concilio Vaticano II, con lo que queda intacta su original enjundia).
A propósito del elemento hagiográfico, aunque de paso, hay que decir que la portada del libro está muy bien lograda: san Miguel Arcángel, reivindicador del orden divino (personificación de la justicia) y, al mismo tiempo, abogado de las almas de los difuntos ante el tribunal divino (representación de la indulgencia) encierra la dinámica que se entabla entre las actitudes de Monteiro y Mataró ante quien comete el asesinato que está en el origen del relato. Muy sugestiva, además, es la postura del ángel que clava su lanza no en el consabido dragón luciferino, sino en un corazón descubierto, de modo que no se sabe si se trata de un golpe exterminador o de una sublime transverberación (amor dolens). Y esta tensión es el que atraviesa la novela: amores que hieren (y matan), tipos que se deifican y se creen los árbitros de las vidas ajenas y que lo tienen todo bajo control, venganzas justicieras y justicias vengadoras…
Acertados los recursos literarios: la indeterminación de la ciudad desde la que se conduce la investigación (puede ser cualquiera que tenga un jardín botánico y tren metropolitano, quedando excluida Barcelona por la presencia en la acción de cuerpos policiales de escasa operatividad en Cataluña), lo que permite al lector adaptar los datos a ambientes que le son familiares y cómodos de evocar; la tensión sexual que no se acaba de resolver entre el policía nacional y el guardia civil, lo que evita caer en la obviedad y lo trillado, alimenta el interés en esa atracción mutua que flota entre los dos hombres y mantiene en vilo al lector hasta un final que queda promisoriamente abierto; ciertos personajes secundarios, caracterizados de tal manera que complementan y ayudan a entender mejor por contraste a los protagonistas (es el caso del capitán Herranz, del docente Pedro y de la exuberante Ana); el epílogo, que, en realidad, es un flashback en el que se revela el hecho subyacente al asesinato del comienzo, pero que ya había ido siendo sugerido a lo largo de la narración.
No hay “efectos bomba”, ni golpes de escena, ni explicaciones retorcidas (muy acertadamente rechazadas como deshonestidad por Susana Hernandez) ni soluciones forzadas o expeditivas (como el deus ex machina que en las óperas barrocas bajaba al proscenio para arreglar los más enrevesados argumentos). El suspenso se mantiene gracias a que el autor lo cuenta todo desde el inicio, pero no del todo: los episodios se suceden, desarrollando progresivamente el cuadro hasta que se impone la elemental lógica de los hechos, tal como pasa en la vida. El volumen, como queda dicho, tiene más de 500 páginas, pero no hay que asustarse: una vez emprendida su lectura se pasan con tal facilidad y fruición que quedan ganas de más. Y más es lo que nos promete (para regocijo de sus lectores) Carlos Ortega Vilas de las andanzas de Aldo, Julio y Silvia.
La presentación que de “El santo al cielo” hizo –en el marco del club de lectura de los sábados de «Antinous»– Susana Hernández fue acertada e instruyó a la concurrencia en varios aspectos importantes de la novela negra tanto en su exposición como en diálogo con el autor. Los asistentes pudimos ver así colmada nuestras expectativas al acudir a este acto, en el que destacó, además, la presencia de otro escritor ya presentado en la librería: Francisco Javier Olivas, autor de la novela contra la homofobia “El tercer lobo”. Da gusto ver cómo jóvenes literatos mantienen vivo con su talento nuestro gusto por los libros.
Entrevista de Eduardo García Rojas para Diario de Avisos
“No puedo evitar verlo todo un poco negro, escriba lo que escriba”
El santo al cielo es la primera novela de Carlos Ortega Vilas (Las Palmas de Gran Canaria, 1972), un libro que desde que circula en librerías ha logrado que se acerquen a él lectores aficionados al policíaco como los que se encuentran en las antípodas del género. Estilo, gracia y sobre todo un acerado retrato de la condición humanase son algunas de las claves que han hecho de El santo al cielo un título revelación. Carlos Ortega Vilas es además escritor de relatos cortos, territorio en el que se mueve con comodidad y que ha dado como resultados Manuel de depredadores y Tuve que hacerlo y otros relatos, precisamente son cuentos pero también una nueva novela los materiales con los que el escritor trabaja en la actualidad, obras de las que no quiere avanzar mucho aunque asegura que serán, inevitablemente, negras.
- Uno de los protagonistas de la novela, Aldo Monteiro, siente debilidad por los santos. ¿Siente Carlos Ortega Vilas debilidad por los santos?
“Esa debilidad por los santos, en el caso de la novela, es ante todo un rasgo que define la personalidad del personaje. El martirologio cristiano es una fuente inagotable de historias truculentas que me venían muy bien –o le venían muy bien a Aldo, mejor dicho– para ilustrar algún aspecto de la investigación. Al principio me pareció que era una contradicción interesante, porque Aldo se declara ateo. Sin embargo, a medida que iba profundizando en el personaje, comprendí que la contradicción no era tal. Aldo tiene un concepto muy estricto de la justicia –inflexible, casi–, una ética personal inquebrantable. Y ahí es donde conecta con estos primeros mártires, que murieron por defender un ideal. Aldo, al citarlos, no hace otra cosa que ponerse en la piel de esos personajes –con ironía, pero también con respeto– porque sabe que en otra coyuntura su propio sentido de la ética, de la justicia, podría acarrearle problemas muy serios. A lo largo de la historia, ¿cuántas personas con una ética inquebrantable no han sido también asesinadas por defender unos valores, como esos mártires primitivos? No los conocemos porque, curiosamente, las víctimas suelen perder el derecho a la individualidad. Son una masa informe sin nombre ni rostro, salvo en escasísimas ocasiones.”
- Pero sí se conoce a los verdugos.
“Los conocemos hasta la saciedad. Uno acaba preguntándose si no debería ser al contrario. Aldo, al menos, es de los que se hacen esa pregunta. Mi debilidad por los santos surge también de una contradicción que descubrí de pequeño: mis padres eran ateos –y yo también, claro–, pero siempre que surgía un problema llamábamos a mi abuela para que intercediera por nosotros ante algún santo –normalmente recurría a san Benito, por ser gallega, o a santa Rita–. Y, oye, siempre resultaba. Aprendí pronto que todos tenemos un agujero en el zapato. Es una de las lecciones que más me han servido a la hora de escribir.”
- ¿Y cómo fue el proceso de creación de los personajes?
“El proceso de creación de personajes es siempre muy intuitivo. Quizás lo más difícil sea individualizarlos, otorgarles una voz propia –me molesta cuando leo novelas en las que todos se expresan de la misma manera y en el mismo tono, como si al autor le preocupase más escucharse a sí mismo que dotar de entidad a sus personajes–. Yo parto de la siguiente premisa: cada acción tiene consecuencias. Es ahí, donde se quiebra el equilibrio, que puedo intuir de qué pie cojea cada uno. Siempre trabajo a partir de las contradicciones de los personajes.”
- ¿Pero cuál le costó más trabajar?
“La protagonista femenina, Silvia, quizás fue el que más me preocupaba, porque no quería que cayese en el estereotipo de mujer fatal propio del género ni que fuera un personaje supeditado por completo a la historia de la investigación. Debía tener la misma importancia –o más– que los dos investigadores. Para lograrlo tuve que idear una serie de situaciones que me permitieran mostrar un arco evolutivo propio, lo más completo posible. De ahí, en gran medida, las subtramas que van entrelazándose a lo largo de la novela. El resto de personajes surgieron al tiempo que esas historias paralelas iban cobrando peso. Quizás el que más claro tenía desde el principio –aunque apenas aparece– sea Daniel, el adolescente desaparecido. Él es el verdadero origen de todos los acontecimientos. En cuanto a los secundarios, procuré tratarlos con idéntico mimo y respeto que al resto. Por breve que sea su aparición, todos tienen su momento de protagonismo, su peso en la trama.”
- ¿Y quiénes son Aldo Monteiro, inspector jefe de la Brigada de Homicidios y Desaparecidos de la Policía Nacional y el teniente Julio Mataró, su enlace con la Guardia Civil?
“Tanto Aldo como Julio surgieron en un relato anterior a la novela. En principio, ambos eran policías, pero decidí que Julio pasara a formar parte de la Guardia Civil para crear un conflicto añadido. Por entonces –en 2006, cuando comencé a escribir El santo al cielo– se había vuelto a reavivar un viejo debate: la unificación de los dos cuerpos. Me pareció una buena metáfora de situación. A lo largo de toda la novela se alude varias veces a esa posibilidad, que despierta recelos y malestar en ciertos círculos muy conservadores –y homófonos–, al tiempo que Julio va sintiendo una atracción cada vez mayor hacia Aldo. Hay un doble sentido en ese deseo de «unificación» de los cuerpos que trasciende los límites de lo estrictamente policial. De Aldo creo que ya he hablado bastante cuando tratamos su afición por el santoral. En cuanto a Julio, creo que es algo más ingenuo que el inspector —aunque a veces su actitud parece más una pose, una forma de protegerse— y mucho más flexible, más humano: comprende la debilidad de los demás. Ambos comparten un sentido de la ética y del deber —no de la justicia— bastante similar. Julio no es un héroe, pero es capaz de realizar algún que otro acto heroico, sin pretenderlo. Y eso es lo que, quizás, más valora Aldo en él. De alguna forma, se complementan. Creo que no puedo desvelar mucho más…”
- ¿Volveremos a verlos juntos en otra historia?
“Eso espero. De momento, tendrán que esperar un poco. De todos modos, hay una segunda novela esbozada donde los dos personajes vuelven a encontrarse. Lo bueno de las sagas es que una vez que has interiorizado a los protagonistas, sus voces permanecen.”
- ¿Cómo fraguó el diseño de la trama?
“En principio, El santo al cielo surgió de una propuesta de ejercicio en el marco de un taller de novela negra: resolver un misterio de habitación cerrada (un cadáver, una estancia cerrada desde dentro, un asesinato). Normalmente este tipo de historias se centra en averiguar el cómo. Las novelas enigma no me interesan en particular, de modo que me centré en los personajes. Mi principal preocupación a la hora de diseñar la trama fue reflejar sus motivaciones, en particular, las de Silvia —la asesina—. Planifiqué de antemano la estructura, capítulo por capítulo, hasta el epílogo, que para mí es la piedra angular de toda la novela. Es lo que suelo hacer cuando comienzo un proyecto, ya sea un relato breve o una novela: tengo una escena final en mente que muchas veces es también el origen de la trama, y voy reconstruyendo la historia con ese desenlace en la cabeza. No lo escribo hasta el final, me obsesiona de tal modo que actúa como un detonante con efecto retardado. Tengo que llegar a él, antes de que explote… Aunque tarde tres años, como en este caso. Reconozco que a veces resulta un tanto agónico trabajar así, pero es la expectativa lo que mueve toda narración. Siempre hay que mantener una puerta abierta a la incertidumbre.”
- ¿Y qué atractivos tiene para usted el género policíaco?
“En primer lugar, me gusta cuestionar los estereotipos. Quizás fue uno de los retos que más me motivó a la hora de utilizar el género para contar esta historia. Ver de qué manera podía darle un vuelco a todos esos personajes de novela negra que me parecían muy manidos, que me provocaban antipatía o con los que no lograba empatizar —en especial cuando se trataba de protagonistas femeninas o de personajes homosexuales, tan planos en ocasiones, tan poco humanos—. Lo demás, tuvo que ver con mi manera de entender la escritura. No concibo contar sin utilizar el suspense, por ejemplo. También me gusta el ritmo propio del género, donde prima la acción sobre la descripción, los diálogos, el lenguaje cinematográfico, una cierta sensibilidad para contar que a veces se aproxima a la del realismo sucio. Me gusta el trasfondo de crítica social que suele contener este tipo de novela, la capacidad de retratar una época y sus miserias. Por último, creo que lo negro es una forma de mirar, más que una fórmula para crear tramas. Y yo no puedo evitar verlo todo un poco negro, escriba lo que escriba.”
- Usted que imparte talleres literarios, ¿cree que son necesarios para aprender a escribir una historia?
“Creo que los talleres de escritura sirven para adquirir una rutina de trabajo, para experimentar con tus propias posibilidades y sorprenderte. Es útil para conocer técnicas y desechar «vicios», para afianzar un deseo, expandir límites, descubrir nuevas lecturas, nuevos autores. Quizás, lo más importante que puede aprenderse en un taller es a concebir la escritura como un oficio, y no precisamente fácil. Aquí no hay fórmulas matemáticas —ni mágicas— para conseguir un resultado idóneo. Luchamos constantemente con la inseguridad, con el miedo a exponernos ante la mirada crítica de los demás. La literatura nace de la intuición, y de la propia literatura. La intuición no se puede enseñar, y la literatura precisa de una inmersión demasiado íntima para ser impuesta. Pero sí se puede entrenar la capacidad de observación, la mirada —cómo objetivar el tema, cómo seleccionar y dosificar la información—, la lectura crítica… Lo demás es empeño personal y, lo más importante, una mente abierta. Los prejuicios y los lugares comunes deberían quedar desterrados del papel.”
Carlos Ortega Vila explica que cuando escribe relato “tengo muy claro lo que debo callarme” mientras que cuando escribe novela “intento centrarme más en lo que debo contar para que los personajes hundan las raíces en la historia y se agarren bien a ella; que no los tumbe una corriente de aire.” No obstante, reconoce que en esencia aborda de la misma manera tanto un género como el otro y huye de las digresiones interminables “aunque digan que en la novela están permitidas” porque intenta que todo resulte relevante en el texto, que tenga una función, da igual que sea novela o cuento. “No soy un lector sufriente, y por tanto no me gusta hacer sufrir a nadie. Creo que la literatura no está reñida con el entretenimiento, y que muchos de los mecanismos que funcionan en el relato no hay que perderlos de vista al escribir novela: síntesis, acción, esfericidad…, incluso la irrupción de un elemento extraño son algunas de las cosas que tengo muy en cuenta a la hora de escribir, da igual el género.
Saludos, santo, santo es el Señor, desde este lado del ordenador.