Por la mañana alguien me dijo que le vendiera un gramo de paz, le expliqué que no me dedico a eso. "Me dedico a contar historias", confesé, todo lo que ves en derredor mío me lo han otorgado como un gesto altruista.” No le estaba mintiendo: este lugar y estos objetos no eran míos. Quién sabe quién fue su dueño original. Yo llegué aquí hace tiempo y me asenté. Mira nada más el paisaje: fue lo que me convenció. Pero no, yo no vendo paz, yo cuento historias.
Y, en verdad, me dedico a contar historias. De hecho, una vez, mientras estaba en España intentaron asaltarme a plena luz del día; "sólo cargo historias" le dije, "pero son muy buenas". Amanecí en una camilla; una enfermera estaba a mi lado. "Cuatro puñaladas", dijo.
Tuve que pagar la cuenta e irme a casa; por supuesto no pagué con efectivo, ni chequera, ni tarjeta de crédito. Yo pagué con historias. Cinco, para ser exacto; les conté una cada noche y al final todas estaban relacionadas entre sí. Estaban asombrados. Les respondí preguntas a los curiosos y acepté halagos de los demás.
Yo no tengo familiares, o tal vez sí, pero no los conozco, nadie sabe dónde nací, y yo ya no lo recuerdo.
No sé quién le habrá dicho que vendo paz; la única que me queda es de mi propiedad y no la vendería por nada; no es mi culpa que la población la necesite tanto.
Y es que, verán, a mí no me gusta andar inventando cosas ni creando conflictos; pero la sociedad últimamente ha necesitado paz desesperadamente. Nadie sabe exactamente cómo ocurrió; se rumoró de conflictos entre países que se expandieron sin que nadie les tomara atención, se habló de que existe una organización que nos dirigió a este punto tan crítico; algunos dijeron, también, que todo era culpa de nuestros antepasados, que se preocuparon por su bienestar y a nosotros nos dejaron predestinados a este escollo. Esta última acusación me parece difícil de creer por una buena razón; yo ni siquiera sé cuánto tiempo llevo habitando este lugar, aunque podría apostar que han sido más de dos siglos.
Por más increíble que parezca, tengo más de doscientos años y aún puedo sobrevivir a cuatro puñaladas. Debido a esto me he convertido en un nómada, un trotamundos que espera morir antes de que la paz sea erradicada por completo de la faz de la tierra. He de mencionar también que para mi persona morir es muy difícil, casi imposible; a pesar de haber tenido mil quinientos cincuenta y tres intentos de suicidio, no lo he podido lograr. Yo jamás le he encontrado sentido a mi existencia; cuando trato de contarle mi historia a alguien, me juzga deliberadamente como un desquiciado.
Sólo ha existido en estos doscientos y tantos años alguien que ha escuchado mi historia. Su nombre era Christine y nos encontramos hace aproximadamente ciento diez años en Riquewihr, una villa pequeña situada en una región de Francia llamada Alsacia. Como han de imaginar, domino por completo casi todas las lenguas que he conocido a lo largo de mi existencia, excepto el idioma nipón debido a que jamás he visitado Japón. Y no lo haré. Debe ser muy aburrido.
Pero les contaba acerca de Christine. Quisiera recordar todo acerca de ella, pero el tiempo ha borrado muchos de mis recuerdos. Tenía un cabello dorado y ondulado, ojos color miel y una sonrisa que casi nunca desaparecía de su rostro, excepto cuando los niños la fastidiaban exageradamente. Porque sí, tuve un par de hijos con Christine y, de hecho, nos casamos; llamamos al varón Miguel como su padre y a la mujer Ellen como la madre de Christine.
Después de sus nacimientos nos asentamos en Marsella. Y ahora que viene a mi mente, una de las cosas que más me han gustado de mi vida es que algunas personas me han contado que antes había restricciones para viajar de un país a otro, ahora las fronteras existen pero no son importantes. Uno puede elegir el lugar que deseé para vivir, sin tener que depender de nada.
Yo siempre he pensado que nací en algún lugar de Latinoamérica, siempre que llego a esas tierras me siento cómodo y feliz, aunque también en Francia la pasé bien. Lamentablemente Christine murió entre mis brazos hace aproximadamente setenta y siete años, a causa de neuromielitis óptica; no pudo observar a su familia mientras nos despedíamos de ella a causa de la ceguera causada por esa terrible enfermedad. Mis hijos estaban devastados y yo no sabía realmente qué hacer. Me preguntaba si mi destino era ver morir a mis seres queridos sin siquiera envejecer un poco y un mes después de la muerte de mi amada Christine vino el primer intento de suicidio. Ni siquiera lo recuerdo, pero fracasé. Sólo estuve un par de días en el hospital. Hice creer a mis hijos y a los doctores que había sido un accidente y todos siguieron sus vidas como si no hubiese pasado nada, mientras yo anhelaba intentarlo otra vez.
Cuando mis hijos fueron por última vez al hospital a causa de uno de mis “accidentes” fue, si mal no recuerdo, en el vigésimo séptimo. Desde ese día decidieron alejarse de mí; ellos sabían mi condición, sabían que no moriría y no tenía ningún sentido para ellos preocuparse por mí. Yo no intenté detenerlos en ningún momento; sabía que, aunque me doliese, era lo mejor.
Decidí ir a Argentina para intentar sentir la comodidad y felicidad que esas tierras me otorgaban. Me refugié en un hotel barato de Buenos Aires; mis constantes visitas al hospital me quitaban el tiempo de conseguir dinero. Fue ahí cuando decidí comenzar a contar historias para subsistir. Al principio no fue sencillo, pero mis travesías por todo el mundo terminaron por convertirme en un especialista. Conseguía todo lo que quería, incluso pude conseguir una casa pagando con historias. En esa casa viví un par de años, acumulando más y más intentos de suicidio. Los médicos comenzaban a sospechar que no eran accidentes y decidí abandonar el país. Esto fue hace como setenta y dos años.
Comencé a andar sin un rumbo fijo como en los viejos tiempos, antes de que conociera a Christine y ella escuchara mi historia. No recuerdo cómo lo hice, pero llegué a Rusia; para mi mala suerte este país sólo me trajo desventuras. Allí no fueron necesarios los intentos de suicidio: al menos una vez a la semana terminaba herido en el hospital. Parecía que a los ciudadanos no les gustaba para nada mi manera de negociar, por lo que dejé de contar historias y trabajé en un embarcadero; no recuerdo bien qué labor desempeñaba pero la paga era suficiente para sobrevivir.
En Rusia, duré dos años: uno en el que los demás me herían, otro en el que yo seguía intentando suicidarme. Cogí mis maletas un día lluvioso y me dirigí a Londres; tal vez no se los dije pero allí contraje nupcias con Christine hace unos ciento nueve años. No recordaba el nombre del lugar ni la ubicación; además, la ciudad cambió bastante. De mi bolsillo saqué una fotografía de Christine y me senté en un parque; lágrimas rodaban por mis mejillas mientras las personas pasaban de largo sin siquiera voltear a verme. “Al menos ustedes morirán antes que yo”, pensé, “y si es que yo logro morir algún día”.
Tal vez ese regreso a Londres no fue buena opción, por eso decidí prohibirme volver, tanto a Londres como a Francia.
Estuve años vagando sin rumbo hasta que llegué a Ámsterdam, hace sesenta y cinco años; es aquí donde las fechas ya no son aproximadas. Puedo recordarlo todo desde esa fecha. En Ámsterdam pude volver a contar historias, aunque de un modo distinto. El dueño de un bar me pagaba por contar mis historias a los visitantes; me contrataba cuatro días a la semana y a mí me sentaba bien. Ahora tenía una cartera que guardaba mi dinero y la fotografía de Christine. Los intentos de suicidio disminuyeron, aunque ya había cometido novecientos setenta y ocho en lo que llevaba de vida.
Después de cinco años el bar cerró, el jefe me dio mi última paga y yo salí del lugar decepcionado. Me dispuse a caminar y encontré un bar cerca, entré y bebí hasta perder el sentido. Desperté en mi casa con una resaca espantosa y una mujer acostada a mi lado; fui a la cocina después de admirar la belleza de aquella mujer y bebí un vaso de agua; al regresar ella no estaba. Parecía imposible; sólo la dejé sola unos segundos. Me encaminé por otro vaso de agua y no podía dejar de pensar en ella. Incluso podría decir que se parecía a Christine cuando la conocí en Riquewihr. Volví de nuevo a la habitación e inspeccioné hasta encontrar en la bolsa de mi pantalón una nota; ésta decía que todo había sido fantástico pero tenía un precio, así que debía llevarse mi cartera.
Pensé en Christine, en la fotografía y decidí intentarlo una vez más, con el rostro lleno de lágrimas y la soga en el cuello. Christine fue la única que conoció mi historia y no pude hacer nada para salvarla de esa terrible enfermedad. Me sentí impotente y apreté mis puños; estaba decidido a morir ese día. Sin embargo, el resultado fue el mismo de siempre. Los doctores haciendo preguntas y yo evadiéndolas. Me recuperé en sólo un día y Holanda se volvió otra ciudad a la que me prohibí volver.
En los siguientes países que visité volví al método de negociar directamente con mis historias; recorrí casi todo Latinoamérica sobreviviendo así, aunque sobrevivir no tenía sentido, pues prácticamente soy inmortal. Pasé por Brasil, Chile, Colombia, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Durando un tiempo considerable en cada uno y completando cincuenta y nueve años. De un año para acá he vivido en Perú, en algo que según me dijeron se llama Machu Picchu. Cuando llegué sólo había un hombre por aquí; me dijo que si quería el territorio y me pareció perfecto; el paisaje fue el que me convenció. Él dijo que antes esto era denominado una maravilla del mundo y ahora lo han dejado completamente solo. Debió haber sido mucho antes de que naciera porque yo no recuerdo haber escuchado acerca de él antes.
Ahora que recuerdo, olvidaba terminar de contarles lo que sucedió esta mañana. Alguien pudo subir a mi territorio y me dijo que le vendiera un gramo de paz, yo le dije que no vendo paz pero que cuento historias; le expliqué que todo lo que veía en derredor mío me lo habían otorgado como un gesto altruista, pero que debió confundirme pues yo no vendo paz, yo cuento historias. Él se puso agresivo y me amenazó con quitarme la vida para apoderarse de mi territorio. Sonreí. Todos han sido tan ingenuos conmigo, incluso yo.
Caminé lentamente hacia él y cuando estuvimos a centímetros de distancia me apuñaló en el estómago, dio un paso atrás y desencajé el puñal para clavárselo en el pecho. Ahora estoy recuperado, así que esconderé su cadáver y guardaré su puñal por si alguien más llega a venir. Es gracioso que en un año ya hayan venido veinticinco personas con las mismas intenciones; lástima que nadie pueda acabar conmigo. Quizás algún día podría conquistar al mundo, cuando junte suficientes puñales.
Miren, pero si por ahí viene otro; parece que es mi día de suerte. Y éste tiene un arma más grande: entonces podré conquistar el mundo más rápido. Me pregunto qué será; primero sentiré el dolor que pueda provocarme y luego lo mataré. Eso seguro.
—Esa arma es sorprendente; ¿no es así?; no deberías jugar con ella.
—Deberías estar halagado. La traje desde Japón sólo para asesinarte.
—Japón es aburrido, y asesinarme es imposible.
—Padre, ¿sigues creyendo eso?
—¡Eso es imposible; tú naciste hace más de cien años; deberías estar muerto!
—Tú hace más de doscientos, ¿no? A fin de cuentas llevamos los mismos genes.
Desenfundó su arma y comenzó a correr, pero detuvo su espada a unos centímetros de mi pecho.
—Sabía que no lo harías ¡Sigues siendo un cobarde!
—Si no hubieras matado a tantos inocentes no tendría que hacerlo. Tú elegiste morir y sólo Ellen y yo podemos acabar contigo. Pero me haré cargo yo.
Atravesó mi pecho con la espada y una bocanada de sangre mancho el suelo. En ese momento, después de más de dos siglos de vida y mil quinientos cincuenta y tres intentos de suicidio. Por fin pude conocer la muerte.